George Soros: un peligro para el capitalismo

Por Alberto Benegas Lynch (h)

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Publicado originalmente en la revista Perfil, México D.F., No. 69, abril de 1999.
Recordemos de entrada que ya Adam Smith expresó grandes reservas respecto de ciertos empresarios. Aquellas conjeturas y sospechas estaban bien fundamentadas cuando los empresarios se salen de su misión específica del arbitraje, es decir, comprar barato y vender caro. Adam Smith incluso se refería a la tendencia a “conspirar contra el público”. Esto ocurre si se reúnen en cámaras para fortalecer su aparato de lobby o cuando, por el mero hecho de ser empresarios exitosos, se ponen a pontificar sobre la ciencia económica. Esto último se traduce en una extrapolación ilegítima. Un buen verdulero, sastre o industrial no tiene porque conocer la teoría de la utilidad marginal ni la ley de Gresham, del mismo modo que un buen banquero no tiene porque conocer el teorema de la regresión monetaria. El operar con eficiencia determinado mecanismo no implica que se deba conocer la naturaleza y los ingredientes de ese mecanismo. Cuando usamos un dictáfono, escribimos en la computadora o viajamos en avión, no se sigue que debamos conocer como se construyen dichos aparatos.
A juzgar por su patrimonio, George Soros es un hábil comerciante pero, a juzgar por sus opiniones sobre economía no parece disponer de los conocimientos suficientes. No hay que sorprenderse por ello. Al fin y al cabo, como ha dicho Einstein, “todos somos ignorantes, sólo que en temas distintos”. En la revista estadounidense The AtlanticMonthly (febrero de 1997) Soros publicó un artículo titulado “The Capitalist Threat”. En ese trabajo el autor sostiene que en el sistema prevalente hay “demasiada competencia” y una injustificada “creencia en la magia del mercado”. Asimismo, afirma que vivimos en “una verdadera economía global de mercado”. Sin embargo, debemos subrayar que la participación del estado en la renta nacional antes de la primera guerra mundial era entre el 3 y el 8% en países civilizados, mientras que hoy en día nos debatimos entre el 40% y el 50% lo cual implica que la gente debe trabajar más para el gobierno. Las tan cacareadas “reformas del estado” resultan anécdotas si se comparan con los referidos guarismos. Por otra parte, es interesante recordar que antes de 1914 no había tal cosa como pasaportes mientras que hoy renacen los nacionalismos atávicos y xenófobos que la emprenden contra los movimientos migratorios, y por ende nada tienen que ver con la llamada “globalización”. Más aún, las abultadas restricciones extra-zonales de los tratados de integración regional revelan que aún no se han entendido los postulados básicos del librecambio.
Soros nos advierte en su artículo sobre los peligros que implica el “darwinismo social”, y dice que si no se procede a la redistribución de ingresos “las desigualdades se convierten en intolerables”. Evidentemente George Soros no comprende el proceso de mercado puesto que la asignación eficiente de recursos necesariamente se traduce en ingresos y salarios en términos reales mayores. Al contrario de lo que sucede en su llamado “darwinismo social”, en los procesos de mercado los más fuertes trasmiten (como una consecuencia no buscada y muchas veces no querida) su fortaleza a los más débiles vía aumentos en las tasas de capitalización. Las más amplias estructuras de capital, o inversión per capita, son la única explicación por lo cual aumenta el nivel de vida de la población. No son una consecuencia de la generosidad empresaria ni mucho menos de legislación laboral que entorpece arreglos libres y voluntarios. El llamado darwinismo social también resulta de otra extrapolación ilegítima: del terreno de la biología a las relaciones sociales.
Soros tampoco comprende la función social que implican las desigualdades. Las diferencias de rentas y patrimonios en una sociedad abierta significan mayores capacidades para administrar los siempre escasos recursos y destinarlos allí donde la demanda resulta más urgente. Si se procede a la “redistribución” esto implica que el aparato de la fuerza vuelve a distribuir coactivamente lo que el mercado ya distribuyó por vías pacíficas. No sólo esto: significa que se está sacando factores productivos de las manos consideradas más eficientes por el mercado a las menos eficientes lo cual se traduce en menores ingresos y salarios en términos reales, cosa que afecta muy especialmente a los más necesitados. Tal vez Soros está pensando en lo que en realidad ocurre en la mayor parte de los países que nada tiene que ver con el “capitalismo global”, esto es, que la distribución de ingresos es fruto del privilegio, la dádiva y la reglamentación gubernamental y no de la eficiencia por servir al prójimo. Pero, entonces, la solución debe dirigirse a liberar las trabas para dar lugar a los procesos de mercado.
Dicho sea de paso, es conveniente subrayar que cuando los economistas aludimos al mercado no estamos haciendo un antropomorfismo sino que nos referimos a las decisiones de la gente. Aludir al mercado es lo mismo que hacer referencia a las preferencias de los consumidores quienes tendrán mayor peso en la medida en que sus salarios e ingresos en términos reales aumenten y estos, como queda dicho, se elevarán en la medida en que el proceso productivo sea abierto y, por tanto, se maximice la capitalización.
Soros también arremete permanentemente contra el “laissez-faire”. No parece recordar que la historia de esa expresión surgió en la época de los fisiócratas como un grito de los comerciantes a los gobernantes para que “los dejen hacer”. Para que los dejen encarar actividades lícitas sin que aparezca la prepotencia del autoritarismo gubernamental. Sólo debido a una inaceptable tergiversación de los hechos es que “laissez-faire” se utiliza como sinónimo de caos y desorden. Por el contrario, el “dejar hacer a las actividades creadoras” permite la coordinación en el mercado a través del sistema de precios y la consiguiente asignación de derechos de propiedad.
Por último, (pero no por ello menos importante) en su artículo Soros asimila los procesos de mercado al “equilibrio” y a la “competencia perfecta”. Hasta el cansancio se ha explicado que los absurdos modelos de competencia perfecta nada tienen que ver con los procesos de mercado. Más aún, se ha explicado detalladamente que la competencia perfecta resulta una contradicción en términos, puesto que no puede haber competencia allí donde el conocimiento es perfecto ya que no habría lugar para el arbitraje y, por ende, no existiría el empresario. Respecto de este último punto, en la misma revista “The Atlantic Monthly” aparecieron varios economistas que -en la sección cartas de lectores- demostraron los errores de Soros, quien le atribuía nada menos que a Hayek, “como uno de los apóstoles del laissez-faire”, esas concepciones atrabiliarias. Tan es así que el propio Soros se vio obligado a responder, también por la vía de carta de lectores, admitiendo su equivocación (“I have to admit that my reference to Friedrich Hayek was misleading”, mayo de 1997).
Después de eso Soros publicó el libro La crisis del capitalismo global
que, por otros andariveles, continúa con el análisis incluido en el artículo a que nos hemos referido. Esta obra se divide en dos partes. La primera contiene básicamente consideraciones filosóficas en las que se mezclan aciertos, verdades a medias y errores conceptuales de distinta magnitud. En la segunda parte aparecen las recetas, las cuales consisten en reclamar mayores controles gubernamentales porque “una cosa es segura: los mercados financieros son intrínsecamente inestables: necesitan supervisión y regulación”. Por tanto, respecto del movimiento de capitales que no son de su agrado “la política adecuada consiste en esterilizar la entrada”. Insiste en que el problema estriba en “la falta de una autoridad supervisora y reguladora internacional adecuada”. A las instituciones financieras estatales les propone la siguiente instrucción: “la liquidez debe bombearse más directamente a la periferia”. En resumen, “mantener la estabilidad en los mercados financieros debe ser un objetivo explícito de la política pública”. Paradójicamente estas recetas están incluidas en el capítulo que se titula “Como impedir el desplome”. No satisfecho con la política de préstamos realizada por organismos internacionales con los recursos coactivamente detraídos de los contribuyentes, insiste en que se aumenten esas “ayudas”. Así, en el prefacio de este libro incluye su presentación ante el Congreso de los Estados Unidos donde sostiene que “este curso de los acontecimientos sólo podrá evitarse mediante la intervención de las autoridades financieras internacionales”.
Peter Bauer de la London School of Economics, Melvyn Krauss de NYU (ahora Stanford) y Karl Brunner de Rochester University, entre otros, han insistido desde hace décadas en que las debacles financieras son en gran medida responsabilidad de las instituciones financieras internacionales respaldadas por los gobiernos (léase por los sufridos ciudadanos). Sostienen que aquel adefesio llamado “el tercer mundo” y sus compañeros de ruta se han montado básicamente debido a los préstamos de aquellas instituciones y de la banca privada que tiene sus espaldas cubiertas por aquellas entidades. Los llamados países “subdesarrollados” cuentan muchas veces con cuantiosos recursos naturales pero se fugan sus mejores cerebros, se fugan los capitales locales (incluyendo cuentas numeradas que abren en países civilizados los ministros de economía de esos lares para salvarse de sus propias políticas). Sus medidas intervencionistas, reglamentaristas y socializantes conducen a la gente a las pobrezas más increíbles. Lo que sugieren los autores mencionados es que si se desea realmente ayudar a esos países habría que cortarles completamente el crédito gubernamental. En esa situación, estos países tendrían dos opciones: o continuar con sus políticas socializantes en cuyo caso deberían solicitar préstamos a La Habana pero no a Washington, o deberán reformar sus marcos institucionales para ofrecer las adecuadas garantías y así repatriar capitales, personas y atraer las tan necesarias inversiones. Ríos de tinta se han escrito para mostrar las corrupciones fenomenales en que han incurrido e incurren los gobiernos receptores de aquellos préstamos.
Soros es sin duda un destacado hombre de negocios, lo cual no quiere decir que no pueda cometer equivocaciones también en ese terreno. Nadie es infalible. En este sentido, tal vez sus errores en Rusia hayan sido los más llamativos. Jean-François Revel, de la Academia Francesa, acaba de escribir un prólogo para mi último libro. Allí dice que “La economía rusa en lo que se conoce como el post-comunismo no es una economía de mercado, es una economía de mafias salidas directamente de las entrañas del comunismo. Sin embargo -continúa Revel- George Soros acusa al mercado de haber provocado la bancarrota rusa, lo cual subraya que se puede ser a la vez un brillante financista y un muy mal economista”.
En La crisis del capitalismo global Soros vuelve a insistir que “El sistema capitalista global está respaldado por una ideología arraigada en la teoría de la competencia perfecta”. Ya dijimos que no hay capitalismo global y que la teoría del mercado no se basa en la competencia perfecta. Esto me recuerda a lo que decía el profesor Harry Johnson respecto del llamado “nuevo orden económico internacional”. Explicaba que no es nuevo porque apareció con los faraones en Egipto, no es orden porque conduce al caos, no es económico porque despilfarra recursos, ni es internacional debido a los antes mencionados aranceles extra-zonales y la xenofobia que se descarga contra el movimiento migratorio.
El liberalismo significa el respeto irrestricto a los proyectos de vida de otros. El mercado implica marcos institucionales que protejan los derechos de todos pero no impone reglamentarismos para torcer la voluntad de la gente. El liberal no procede de esta manera solamente por el respeto al prójimo sino porque tiene a flor de labios el “no sé” socrático. No sabemos lo que ocurre en nuestro propio cuerpo, tenemos muchas veces dificultades para manejar nuestra propia psique, podemos conjeturar lo que haríamos el mes que viene pero, debido a que las circunstancias se modifican, se modificarán nuestras conductas y no tenemos la menor idea de cual será nuestro conocimiento dentro de cinco minutos. Esta es nuestra situación y sin embargo hay quienes tienen la arrogancia y la presunción intelectual de manejar vidas y haciendas ajenas.
Las crisis financieras a que hemos asistido son consecuencia de desordenes monetarios y fiscales de diversa naturaleza. Curiosamente, Soros considera que estos dislates son el resultado “del funcionamiento del mercado”. En otro grueso error de diagnóstico afirma que “La ideología liberal fue la primera en ser desechada, como consecuencia de la gran depresión posterior a 1929 y el ascenso de la economía keynesiana”. Como lo han explicado reiteradamente autores tales como Ludwig von Mises y Milton Friedman, la crisis del 30 se produjo por las razones exactamente opuestas: por el pavoroso desorden monetario, lo cual se pretendió mitigar con intervenciones adicionales que condujeron a un desempleo masivo. Del mismo modo, hoy las alquimias de las bancas centrales, la manipulación de las tasas de interés y las intervenciones estatales en los mercados financieros y bancarios, los endeudamientos gubernamentales, los gastos estatales, la mayor presión tributaria, las corrupciones impunes, en nombre de la privatización el traspaso de monopolios estatales a monopolios privados y el deterioro de los marcos institucionales han conducido en el pasado reciente y conducirán en el futuro a desajustes de índole diversa. Lo que no es comprensible es que se endilgue la responsabilidad de estos lamentables acontecimientos a la libertad.
No dudo de que las intenciones de Soros sean las mejores, pero en sus preocupaciones respecto de las amenazas al capitalismo queda claro que no percibe que la amenaza es él mismo.

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