Virtudes olvidadas: la austeridad

Por Juan Pablo Roldán
Profesor e Investigador
Universidad del Norte “Santo Tomás de Aquino”

20 de septiembre de 2014

  1. Austeridad, pobreza y penitencia

El adjetivo austero, originado en el verbo griego auw, que significa desecar, es definido por la Real Academia Española como “agrio, astringente y áspero al gusto; mortificado, penitente; severo, rígido”. Tales calificativos parecen congruentes con la interpretación corriente de la austeridad como una virtud propia de una época de escasez, de pobreza, de privaciones, de poco desarrollo técnico y poca posibilidad de confort. Por este motivo, hoy en día no parecería un valor universal sino que sería adecuada únicamente para aquellos que, por imperio de la necesidad, no pudieran satisfacer sus necesidades como querrían. Por ejemplo, en cuanto la austeridad implica una moderación en la adquisición y el uso de los bienes materiales y una conformidad y resignación en el momento de recibir males inevitables, sería una cualidad útil para el argentino medio de hoy, sumergido en una pauperización generalizada. Asimismo, se trataría de una virtud exigible particularmente a los pobres, a quienes suele reprochárseles, por este motivo, sus excesos y derroches imprudentes. En cambio, ejercerla en medio del bienestar material supondría una supervivencia indebida de pretéritas costumbres sombrías, impropia en una época de “éticas indoloras” como la actual. Hoy la divisa parecería ser la de “gozar la vida y sus bienes”, sin culpas anticuadas y mientras se tenga la fortuna de poder hacerlo.

  1. Austeridad para todo hombre de toda condición

Sin embargo, para el pensamiento clásico, la virtud de la austeridad no es sólo un remedio para tiempos de indigencia, sino que interpela a todo hombre “que se decida a vivir como hombre”, en expresión de R. Guardini. La persona austera limita, modera, sus tendencias a poseer, a disfrutar, a evitar todo displacer, pero lo hace para vivir una vida verdaderamente humana. En efecto, un animal no tiene la posibilidad del desenfreno o de la búsqueda obsesiva de la acumulación de bienes. Toda tendencia a lo infinito es signo de la presencia del espíritu. El animal no la tiene por lo que no corre el riesgo de excederse en sus apetencias, sino que actúa siempre dentro de sus límites naturales. Los hombres, en cambio, necesitamos de la austeridad, que nos impide autoengañarnos, nos evita buscar desesperadamente y sin éxito lo infinito en lo finito. Por ello, no se trata solamente de una resignación conformista y pasiva frente a la mala fortuna, sino de una actividad positiva, emparentada con la virtud del ascetismo (del verbo griego askew, que significa trabajar, disponer con arte, ejercitar, ejecutar).

  1. La riqueza de la austeridad

Quien es austero, entonces,  puede descubrir, respetar y amar el valor de las cosas y personas que lo rodean. En cambio, quien busca poseer desenfrenadamente, no quiere nada en particular ni goza de nada. Basta pensar en los niños que, influidos por la mentalidad consumista de sus padres o de su entorno, no se asombran de nada y se aburren de todo. La actitud compulsiva y angustiada de los seguidores de la moda llevó al escritor G. K. Chesterton a definirla como “la dictadura de lo efímero sobre los desertores de la eternidad”. Estos desertores de la eternidad que se refugian en lo efímero no descubren la belleza del mundo que los rodea. Véase, por ejemplo, la limitación y el empobrecimiento cultural, la insensibilidad, que se da en aquél que sólo tiene un punto de vista “interesado”, obsesionado con la posesión material, con el placer como un fin, o con la imagen propia construida y artificial… Quien está de tal forma volcado hacia fuera, paradójicamente, es ciego ante lo que lo rodea, vive en “un mundo de pomposas fachadas de cartón, detrás de las cuales mora la nada absoluta”, según escribiera J. Pieper.

Más todavía, la austeridad embellece a quien la adquiere, es una especie de “cosmético interior”, que se refleja, por la unidad del hombre, en el exterior. No se trata aquí de una belleza sólo física, superficial o artificial (como sucede cuando se adivina la contradicción entre una aparente belleza exterior y la falta de belleza interior), sino del “resplandor del bien y la verdad”. Es fácil reconocer la belleza de quien tiene orden y serenidad interiores, de aquél en quien lo exterior está en armonía con lo interior. Es realmente doloroso, en sentido inverso, el caso particular de los niños que son privados, sin culpa alguna, de esa belleza interior, por influencia de los adultos. Quede claro, además, que no se trata de una virtud exclusivamente masculina, sino que existe una muy profunda austeridad ligada a la auténtica belleza femenina. En no pocas ocasiones, la mujer es modelo de austeridad en la familia, en su trabajo o en su ambiente.

  1. Austeridad y libertad

Cuando uno decide, opta por un camino y por fuerza deja de lado otros. El verbo latino decido significa, en su primera acepción, cortar. Es por este motivo que, para elegir, es indispensable una cierta austeridad para poder renunciar a las posibilidades que no se ejecutarán. Quien no es austero, desea conservarlo todo y por eso no decide, pero lo conserva sólo potencial o ilusoriamente, y no realmente, porque, finalmente, no obtiene nada en particular ni realiza nada concreto. Nótese que en esto consiste el escepticismo. La palabra griega skeyiV significa considerar, reflexionar. Es escéptico quien evalúa las posibilidades que se le presentan, pero no elige ninguna. El escepticismo, por lo tanto, es un problema de la voluntad y no de la inteligencia. Quien no es educado en la austeridad, entonces, es condenado a ir debilitando su libertad, su capacidad de decisión, a no poder realizarse, a no poder asumir responsablemente su vida, a no quererla sino a dejarla pasar con indiferencia.

En conclusión, la austeridad no implica debilitar las tendencias vitales ni disfrutar menos de la vida sino, por el contrario, fortalecerlas para que sean auténticas. No se trata de combatirlas, sino de ponerlas en orden frente al espíritu, que corre el riesgo de absolutizarlas. La austeridad nos previene del desenfreno, que es una forma de egoísmo autodestructivo y que aísla de los demás, y nos abre a una verdadera “autopreservación altruista” -en palabras de J. Pieper-, es decir, a un camino de plenitud personal y de apertura a los demás. Por eso, más allá de los condicionamientos culturales, más allá de los estereotipos que tanto influyen en nosotros, deberíamos tener la libertad y la audacia de redescubrir y educar en esta pequeña gran virtud, indispensable para una vida verdaderamente humana.

 

Juan Pablo Roldán

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