¿Puede pretender el insociable narciso, reinventar lo humano?

Por Alberto Eduardo Riva Posse

Al releer a Alexis de Tocqueville en “La democracia en América”, me impresionó la agudeza de su mirada (desde el siglo XIX), sobre los peligros potenciales para el futuro de la democracia.

El texto dice:

                     “Si imagino con que nuevos rasgos podría el despotismo implantarse en el mundo, veo una inmensa multitud de hombres parecidos,(1), sin características que los distingan, incesantemente girando en busca de pequeños y vulgares placeres, con los que contentan su alma, pero sin moverse de su sitio.  Cada uno de ellos, apartado de los demás, es ajeno al destino de los otros (2); sus hijos y sus amigos forman para él toda la especie humana. Por lo que respecta a sus conciudadanos, están a su lado y no los ve; no los toca y no los siente; no existe sino en sí mismo y para él mismo. Y si bien le queda aún la familia, se puede decir que ya no tiene patria.” (3)

“Por encima de esa multitud, se alza un poder inmenso y tutelar que se encarga exclusivamente de que sean felices y de velar por su suerte. Es absoluto, minucioso, regular, previsor y …. benigno. Se asemejaría a la autoridad paterna si, como en ella, tuviera por objeto preparar a los hombres para la edad viril; pero por el contrario, no persigue más objeto que fijarlos irrevocablemente en la infancia.  Este poder quiere que los ciudadanos gocen, con tal de que no piensen sino en gozar. Se esfuerza con gusto en hacerlos felices, pero en esa tarea quiere ser el único agente y el juez exclusivo; provee medios a su seguridad, atiende y resuelve sus necesidades, pone al alcance sus placeres, conduce sus asuntos principales, dirige su industria, regula sus traspasos, divide sus herencias. ¿No podría librarles por entero de la molestia de pensar y del trabajo de vivir? De este modo, cada día se hace menos útil y más raro el uso del libre albedrío. El poder circunscribe así la acción de la voluntad a un espacio cada vez menor y arrebata poco a poco a cada ciudadano el uso de ese libre albedrío. Entonces…..….El poder reduce a toda la nación al cabo, a un rebaño de animales tímidos e industriosos cuyo pastor es el gobierno.” (4)

1-  Iguales, similares,  de sexualidad indefinida, de género tornadizo.

2- Narcisistas solitarios.

3- Actualmente esa familia que describe, se desdibuja a causa de la concepción del gender.

4- El Poder establece ocultamente un dominio absoluto, sin necesidad de un autoritarismo cruel.

 

Los peligros que vislumbraba Tocqueville hace más de 160 años, hoy se han hecho realidad en muchos escenarios sociales. Con clarividencia, subrayó el peligro del eclipse y/o ausencia de una paternidad real, que con respeto y afecto, guíe el desarrollo personal hacia una madurez que le permita decidir su libre destino. La deconstrucción post-moderna de la familia fragiliza las lealtades y los compromisos personales. El debilitamiento de las funciones de la paternidad/maternidad, imperceptiblemente lleva a la sustitución de su tarea por el poder de un Estado disfrazado de “benefactor”. El Estado asume cada vez más el monopolio de la “producción” de los vínculos sociales. La libertad personal desaparece detrás de los intereses del poder dominante.

La sociedad “líquida” y consumista actual, facilita la inmadurez y el egocentrismo infantil y acrecienta las conductas impulsivas, muchas veces violentas e irreflexivas. La ponderación de la espontaneidad transgresora de las normas de convivencia, propia de la inmadurez, encubre la falta de responsabilidad sobre las consecuencias de las propias acciones sobre los “otros”.  Los arrebatos emocionales y el egocentrismo infantil, oscurecen la inteligencia y perturban la comprensión de la bondad estable de la Creación, (que trasciende al Poder estatal de turno).   

La propuesta de una sexualidad egocéntrica de relaciones efímeras sin encuentros humanos recíprocos y leales, crea la ilusión de mayor libertad en las denominadas “relaciones puras” (Giddens). Debido a una reactividad impulsiva, son personalidades incapaces de compromisos leales y estables con otros. La vida comunitaria se desorganiza. Los desafíos todo límite razonable pretenden ignorar los efectos destructivos de la ausencia de ideales compartidos como propuestas positivas a las que adherir dignamente con libertad. La propagación consumista de las adicciones en ausencia de una educación realista sobre las consecuencias patológicas de las mismas, se propone como un quimérico y engañador gozo de la llamada “libertad” postmoderna. Las identidades inmaduras y vacilantes, por temor, se repliegan suprimiendo todo pensamiento que ocasionaría el rechazo del poder del que dependen. Así recurrirán naturalmente desde su frágil aislamiento a ese Estado Paternal, buscando seguridad y orientación. Como resultado, en la adultez se comprueba una dependencia patológica, necesitada de ese Poder. Con ese objetivo, se conduce a los jóvenes hacia una regresión narcisista a la inmadurez, sin aparente violencia, sutilmente, haciéndolos dependientes del Estado Benefactor.

¿LA MODA DEL NARCISISMO REHACE LA CONVIVENCIA SOCIAL? 

En la tradición griega, “narcisismo” se entendía como el  amor a sí mismo. Cuando Freud lo formuló en 1914, lo describió como un estadio psicológico infantil, primitivo y universal en el que el niño se considera como único y atractivo: “his majesty the baby”. El relato más conocido sobre el mito de Narciso es el de Ovidio. Este relató en su tercer libro de Las Metamorfosis en el año 43 A.C., el mito que aquí resumiremos. Señala que en la génesis de una personalidad narcisista está siempre presente el antecedente de una causa traumática anterior a su nacimiento, que entorpece su desarrollo hacia la madurez. La tragedia comienza desde la concepción del niño Narciso. Él es fruto de una violencia sexual. El mito narra que el dios-río Céfiso, después de raptar y violar a la náyade Liríope, engendró en ella a un joven de espléndida belleza, de nombre Narciso. Ella preguntó si el recién nacido tendría una larga vida, y Tiresias, el sabio capaz de predecir el futuro, contestó crípticamente:  «Sí, siempre y cuando nunca se conozca a sí mismo.»

Narciso, al crecer, debido a su belleza, encendió grandes pasiones en mortales y dioses. Atrajo el amor de más de una ninfa, a las que ignoró. Nunca pudo responder a esos requerimientos pues estaba embelesado en si-mismo.

Según el relato de Ovidio, entre las jóvenes heridas por su amor estaba la ninfa Eco. Zeus anteriormente le había pedido a Eco que engañara a Hera, entreteniéndola, mientras él estaba con sus amantes. Cuando Hera se enteró, condenó a Eco a repetir el final de las frases y no poder decir nada más. Ella, apenada y dolida, se escondió. Eco fue, por tanto, incapaz de hablarle a Narciso de su amor por él, pero un día, cuando él estaba caminando por el bosque, perdido, se separó de sus compañeros. Cuando Narciso preguntó: « ¿Hay alguien aquí?», Eco, contenta respondió: «Aquí, aquí». Incapaz de verla pues estaba oculta entre los árboles, él le gritó: « ¡Ven!». Después de responder: «Ven, ven», Eco salió de entre los árboles con los brazos abiertos. Narciso desestimó su amor. Némesis vio lo que había ocurrido, y le pareció mal el comportamiento de Narciso y decidió castigarlo. Un día le infundió tanta sed, que Narciso se acercó al río a beber, pero al asomarse vio su reflejo y al contemplar su imagen en el espejo de la superficie del agua, sintió una fascinación por su propia imagen de la que no pudo sustraerse, pues su atención y su deseo se dirigían a esa imagen. Torturado por ese deseo imposible, no podía tocar ni abrazar al ser que veía reflejado en el agua, pero tampoco podía apartar su vista de él.  No pudo separarse del espejo fatal. El mito refiere que Narciso, subyugado por la bella imagen de sí mismo que le devolvía el agua, rehusó toda posible relación amorosa con otros seres. Su actitud indiferente se debía a la incapacidad de reconocer a todo otro como un “otro”. Solo se fijaba en sí-mismo. Esa excluyente atención a sí mismo lo llevó a desatender sus propias necesidades básicas. Su cuerpo se fue consumiendo y se transformó en la flor narciso, una flor tan hermosa como maloliente. Mientras tanto, Eco, consumida de melancolía, se retiró a una cueva donde su cuerpo también se consumió, quedando de ella solo una voz sin forma que repite, en la lejanía, la última frase o sílaba que se pronuncie.

La clínica psiquiátrica comprueba reiteradamente que las personalidades narcisistas necesitan mirarse continuamente en el espejo de los demás para saber quiénes son. En su inmadura dependencia infantil, sostienen la regulación de su autoestima exigiendo insistentemente el reconocimiento ajeno. Al intuir o descubrir las insuficiencias de sí mismos, se ven en la necesidad de ocultarlas y esconderlas. Por compensación, desarrollan una imagen artificialmente sobrevalorada que puede llegar hasta lo patológico. La mitología nos brinda la búsqueda de esa imagen especular que lo admira incondicionalmente.   Es terrible la frase del oráculo: “El niño tendrá larga vida si nunca se observa a sí mismo.” Evidentemente, solo en la ¨no reflexión¨, en la evitación constante de una profundización del conocimiento de si-mismo, de sus insuficiencias y del sentido de sus deseos, puede sobrevivir esta patología personal. El mito nos dice que en estas personas, a pesar de su apariencia omnipotente, hay algo que huele muy mal.

Narciso, en el mito, es producto de acciones aciagas, previas a su existencia. Los rasgos de la personalidad narcisista nacen de una herida inferida al individuo en sus primeras etapas del desarrollo o antes. Muchas veces, la indiferencia narcisista en la relación de uno de los progenitores es una dolorosa herida narcisista. Debido a sus propias carencias y la herida narcisista, la madre no siempre en forma consciente, transmite al hijo su resentimiento, su dolor, su rabia y su temor. Entonces manipula la vida del hijo para su reivindicación. Dentro de esa relación fusional no le permite un pensamiento libre e independiente. En esa fusión, la sumisión es la norma. Como compensación, ante tal vacío relacional donde se comprueba el fallido apego a sus figuras primarias, el traumatizado se refugia en su propia imagen de grandiosidad. Ello le permite sostener su maltrecha auto-estima y sentirse algo mejor consigo mismo. Frágil y dependiente equilibrio de su autoestima…..

Pero la inmadurez implica la inestabilidad en el control emocional y pérdida de la normal autonomía. Las fallas en los aportes afectivos en el sostén de la autoestima, causan grandes disturbios emotivos y conductuales. El control social de la violencia resultante agotará los recursos de dominio sobre estas aisladas individualidades. Por la dependiente sumisión, la libertad será limitada. La madurez personal y la sana vinculación familiar son el camino para evitar los peligros de la dominación que temía Tocqueville.

      ¿POR QUÉ MADURAR?

       …..TODO SER HUMANO TIENE QUE DESCUBRIR, TARDE O TEMPRANO:

  • La FINITUD, o mortalidad,
  • La INSUFICIENCIA entre sus deseos y la limitación de sus realizaciones, y sufre la dolorosa comprobación de los límites a su omnipotencia.
  • La ALTERIDAD, el reconocimiento del otro, libre, que puede amarlo, ignorarlo o rechazarlo. Sin embargo su vida se realizará indefectiblemente entre esos otros, reales.
  • La SEXUALIDAD: Fuerza unitiva que surge del deseo por el deseo de otro. Implica el reconocimiento o rechazo de pertenecer a un sexo y no dos.

                          ….. Y DEBE ACEPTAR QUE ES   IMPOSIBLE:

  • el deseo infantil de ser uno con la madre, (fusional)
  • poder controlar los pensamientos y las acciones de los otros,
  • el deseo de poseer el poder y los atributos sexuales de ambos padres,
  • reconocer que tenemos uno u otro sexo, y no ambos,
  • el deseo de ser eternos, evitando el envejecimiento y la muerte inevitable que a todos nos espera.

La madurez se adquiere con la aceptación progresiva de lo prohibido y lo imposible. La insuficiencia reconocida posibilitará el deseo. El objetivo humano universal en el que encuentra sentido el deseo personal, está en el dar y recibir afectos con los seres queridos y el bien que lo motiva. La realización de esos deseos de plenitud y grandeza que perseguimos en la búsqueda del bien, la bondad y la belleza, es inalcanzable sin el auxilio de otro(s) que nos guíe. En la soledad inmadura, ese objetivo se perturba tanto que se hace inalcanzable, dejando a la persona en el aislamiento y la depresión. La clínica muestra todos los días esta realidad.

Todos necesitamos el sostén adecuado de quienes amándonos, acompañan en las vicisitudes del develamiento de la realidad, manteniendo la positividad del amor que nutre y ayuda en el asentimiento a la realidad dada, que nos precede y nos alberga, acompañando e iluminando la esperanza de una vida buena, generadora de vínculos gratificadores. Por el contrario, el Yo que se asume absoluto, que dice no depender de nada ni de nadie para su desarrollo y que no agradece esta ayuda indispensable para comprender su existencia, ilusiona “poseer” la libertad. Pero, precisamente la absolutización del Yo conduce al aislamiento y destruye la capacidad de tener vínculos estables y creativos para vivir en sociedad.

La estructuración de una personalidad narcisista implica una detención o fijación del desarrollo de la persona en etapas infantiles.  La persistencia de la inmadurez es causada por la incapacidad para tolerar y enfrentar las dificultades, fracasos y límites que la vida naturalmente nos impone. Y ante las cuales sin recibir ayuda suficiente, algunas personas no llegan nunca a resolver y elaborar estas causales traumáticas universales que son la finitud, la insuficiencia, la alteridad y la sexualidad.

Dice Freud:  “Los hombres enferman a causa de su falta de tolerancia por la desgracia: aman a sus delirios como a sí mismos. Su narcisismo los lleva a engañarse respecto a la dureza de la vida humana”….  En lugar de afrontar la angustia y el destino prefieren refugiarse en la neurosis y el delirio…  Esta elección no es lúcida, su propia conciencia cae en el narcisismo y lleva al hombre a engañarse sobre si mismo”      FREUD

 

André Green describe este estado como la “borradura de la Huella del Deseo del Otro en el Deseo de lo Uno”. En el “Deseo del Uno” se describe la aspiración a una totalidad autosuficiente e inmortal cuya condición es el auto-engendramiento y la negación de la muerte. Reniega de su condición humana deseante. Su inmadurez lo lleva en su onanista persistencia a construir un aislado encierro y también…. su solitario túmulo.

La familia siempre ha sido eficaz en la tarea de promover la maduración.  Su destrucción en aras de un ilusorio gozo momentáneo, de una libertad que no adhiere a nada, salvo a sí mismo, se desgasta en una búsqueda infinita de lo imposible. Deja  a  los  niños  sin  esa  indispensable  ayuda.

La posición inmadura y narcisista siempre existió en todas las edades y culturas, pero era minoritaria y reprobada por quienes vieron la posibilidad de la integración en una vida social plena en la madurez personal. La infantilización de las formas relacionales en la sociedad actual, corroe las lealtades y pertenencias a las instituciones más tradicionales, produciendo personalidades frágiles, inseguras, solitarias y replegadas sobre sí mismas.

Excede las posibilidades de este artículo el examen de otros factores biológicos, sociales, etc., que confluyen para infantilizar y dominar la sociedad.  En cuanto a factores psicológicos, aquí me referiré a uno muy atacado en la actualidad.

LA PATERNIDAD:  UN CAMINO POSITIVO DE MADURACIÓN Y VINCULACIÓN SOCIAL

La función paterna tiene como cometido básico separar al niño de su madre. No es igual ni similar a la madre. Su presencia significa que se instaura la ley de la prohibición del incesto. No solo prohíbe la relación incestuosa erótica con la madre sino que funda la posibilidad de relación erótica con otras mujeres (exogamia) Así surge el padre como permisivo y donador de posibilidades de libertad . Esta vertiente positiva del accionar paterno, se juega en la relación con la madre y en el lugar (respetado o no) que ocupa para ella frente al niño. Se trata de una función que se decide en los hechos. El deseo paterno por la madre y viceversa, disciplina, estructura, simboliza y explica que algo le falta a la madre, que motiva “su” deseo por el padre. Y por eso se le hace posible al niño reconocer también que algo le falta a él mismo, que no puede aquietar intentando satisfacer totalmente los deseos maternos. Se estructura así la comprensión de su “falta”, que lo impulsa a identificarse con su padre para realizar la deseante búsqueda exogámica de otra, fuera de su madre. Comprende las razones de la diferencia hombre-mujer. Supera entonces la búsqueda de un “similar” fusional y comprendiendo la insuficiencia y la alteridad, puede amar a otro sexuado, complementario pero no idéntico, que implica la relación hombre-mujer. Estructura así su manera de desear una familia que permita comprender el dar vida y criar a hijos con el disfrute del “dar” y sacrificarse con preeminencia al puro “recibir” infantil. Y lo impulsa a relacionarse socialmente, más allá de sus primeros amores parentales. La ausencia de la función paterna significa la continuación de la relación fusional con la madre, y por supuesto, el fracaso en el desarrollo de una identidad personal consistente.

El pensamiento débil post-moderno, convalida las estrategias de sobrevivencia adaptativas y sumisas a la sociedad, esto es, al poder de turno. La afirmación de la vida, libre y positiva, de la vida en todos sus factores, sin renegar de todo lo vivo y real, de los hijos y sus necesidades, solo se valora desde la identificación con padres que así lo testimoniaron. Con niños demasiado llenos de amor a sí mismos, el deseo por los otros está debilitado. El otro, cualquier otro, no interesa mucho, solamente si proporciona un placer. Solo durará la relación por el tiempo que este placer dure. El superhombre nietzscheano, omnipotente y soberbio, dice “ser todo”, sin que nada le “falte”. No se interesa ni en Dios ni en el “otro”. Al apagarse el interés por el “otro”, aparece una gran apatía y desidia por los intereses constructivos de la convivencia social. Este desinterés por los otros se resume en que me importan “sólo mis propios intereses”. La fantasía ilusoria y tramposa del “hombre liberado” de toda norma deja empantanado a cada Zaratustra en la omnipotencia . Así, cuando todo deseo propio es excluyente ley de vida, todo “otro” pasa a ser instrumentado para el placer personal. Los inseguros apegos relacionales de una identidad sin filiación ni claridad de destino, hacen que la relación con las normas de convivencia se obscurezcan, y la falta del sentido de los límites lleva al crecimiento de la violencia y las formas antisociales de las conductas. Solo las personas maduras (paternales y maternales) sostienen el tejido social con la comprensión tierna de los otros.

En cuanto a las criticables fallas en la tarea paternal, recordamos que M. Levine dijo: “Tener hijos no lo convierte a uno en padre, del mismo modo en que tener un piano no lo vuelve pianista”.

Sin la función paterna, hoy tan desvalorizada, los pequeños superhombres post-modernos vagarán perdidos, suplicando al Poder del Estado que sujete sus cadenas para conseguir….seguridad.

Así lo temía Tocqueville.

De : LA DEMOCRACIA EN AMÉRICA (EDITORIAL ALIANZA Tomo 2- Cuarta parte – pág. 404-405)

ALBERTO EDUARDO RIVA POSSE

Médico

Especialista en Psiquiatría – Certificado AMA y CCPM

Especialista en Psicología Médica

Prof. Salud Mental – Medicina – Universidad  Favaloro

Doc. Aut. en Psicología Médica – Facultad de Medicina – UBA

International Distinguished Fellowship of the American Psychiatric Association

International Member of the Royal College of Psychiatrics.  UK.

Miembro de la Comisión Directiva de SAMYF- Asociación Médica Argentina

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