La caridad y los olvidados – Francisco Orioli

Octubre de 2016

Por Francisco Orioli

Como el sol que nos ilumina cada día para comenzar y acompañar nuestros trabajos, el amor nos da vida para llevar cada una de nuestras empresas a su debido fin. El amor nos muestra lo que somos y lo que estamos llamados a ser, nos orienta en nuestro caminar, nos da vida y sentido. Sin embargo, una de las palabras de las que más hemos abusado es amor. La hemos gastado como una moneda antigua que pierde su cuño, y le hemos dado tan diversos significados que hablar del tema bien puede ser cosa de bufones o de ideólogos.

Afortunadamente, ha habido a lo largo de la historia mentes brillantes que han echado luz entre tanta confusión. Una de las personas que alzó la voz acerca del amor en el mundo contemporáneo fue C. S. Lewis, quien en su libro Los cuatro amores distingue entre cariño, amistad, eros y ágape. Entre ellos, ágape es el amor que Cristo mostró por nosotros, por el cual se encarnó y dio la vida voluntariamente. Los otros amores se ordenan de algún modo a éste, pero sólo el ágape es amor en plenitud, distinguiéndose así de todo otro tipo de amor.

Hago esta referencia porque la traducción latina de ágape es caritas, de donde deriva la palabra española caridad. Haciendo una línea semántica entre las tres palabras, encontramos que caridad no es un mero sentimiento o una simple buena acción, sino que es el fundamento más profundo de toda la realidad, porque Dios es amor.

Si, entonces, la naturaleza más íntima de la Trinidad es la caridad, entonces es casi una obligación abrir los ojos para ver que fuimos creados desde el amor, por el amor y para el amor. Desde un punto de vista u otro, no podemos escaparnos de la caridad. Es nuestro ADN espiritual.

La cuestión aquí también es que ese amor es exigente. La caridad nos exige en todo momento recordar nuestra naturaleza y obrar de acuerdo a ella. Si fuimos creados por un amor desinteresado, entonces debemos amar de la misma manera: desinteresadamente. Eso es la caridad en nuestras vidas: no los centavos caídos del bolsillo, sino la práctica consciente y continua de un amor eterno que solo exige que seamos amantes. En ese amor que trasciende la creación, pero que se inmiscuye en ella; que trasciende a todos los hombres, pero que ha caminado entre ellos siendo uno verdadero, nuestra vida con los demás se alza en todo su sentido, y vemos que no hay nada más grande que vivir para los demás.

Este vivir para los demás incluye muchas cosas, que van desde ser atento en los pequeños detalles hasta estar en paz con aquel que menos queremos. Pero la caridad privilegia a unos pocos muchos, aquellos que sufren: ancianos olvidados, enfermos descartados y pobres marginados. La caridad nos obliga a ponerlos en primer lugar, sin olvidarnos de las otras obras que también ensanchan el corazón del mundo. A ellos, que son olvidados, dejados de lado y escondidos, solo se les puede ver el rostro cuando la caridad se acerca a ellos y se los ama desinteresadamente. El esplendor de su dignidad y la deslumbrante creatividad que ellos portan solo pueden ser reconocidas cuando se los mira con caridad y se les comunica la grandeza de ser amados desde siempre y para siempre.

El sufrimiento que los marca y los etiqueta como descartables, inútiles o improductivos, no es patrimonio de grandes teóricos y pensadores, ni de los más revolucionarios de los revolucionarios. Es patrimonio de los que sabiéndose amados, aman desinteresadamente, hasta el final, con todo lo que ello importa e implica. La caridad no conoce de ideologías, porque sobrepasa toda estructura humana y temporal. No obstante, sí inspira ideas que la canalizan más o menos a su destino, y que en cierto modo determinan el éxito o el fracaso de nuestras actividades sociales, políticas y económicas. Cuando las ideas dejan de estar inspiradas en la caridad, se convierten en ideologías. Cuando la caridad deja de vehiculizarse en ideas, se convierte en amor romántico, de cuento de hadas.

Para que nuestras ideas sean cada vez más efectivas, tendremos que volver constantemente nuestro rostro al primer Rostro, desde el cual todo cobra sentido. No debe haber ideas sin caridad porque ninguno de nuestros aspectos debe escapar al amor para el cual fuimos creados.

Si al final de nuestros días logramos esto, cuidar de los pobres y los abandonados no habrá sido solamente una cuestión de haber tomado partido por tal o cual sistema, sino de haber escuchado nuestra propia naturaleza y el mandato evangélico, y así podremos escuchar con alegría te aseguro que cada vez que lo hiciste con el más pequeño de mis hermanos, lo hiciste conmigo.

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