Por el reverendo Robert A. Sirico
Para Acton Institute
 No es infrecuente analizar la literatura en respaldo de una determinada agenda política, económica y social; pero es algo que debe hacerse con gran cuidado.  Cuando se mira la alta cultura a través de un prisma crítico e ideológico reduccionista, se corre el riesgo de restringir el aporte que la literatura hace a la cultura, por mirar toda la obra de un artista desde el extremo equivocado del telescopio. En esta era posmoderna plagada de deconstrucción, es muy fácil blandir el argumento de que incluso los elementos más banales de nuestra cultura merecen consideración por parte de aquellos que tienen un interés personal en la crítica.
Leí con atención una entrevista que dio el Papa Francisco, en la que alude a algunos de sus intereses literarios, porque comparto lo que conozco del gusto literario del Papa Francisco    (Romano Guardini, Robert Hugh Benson, Gerard Manley Hopkins, San Agustín, Henri de Lubac, etc.) y porque el Papa hace referencia a uno de mis héroes. Y esto me lleva a Alessandro Manzoni.
Manzoni fue una personalidad enigmática. Criado en gran medida por niñeras, «supo divertirse», como se dice, hasta que por fin sentó cabeza, volvió a la práctica de su fe y por lo visto acercó también a su esposa y a su madre. Tal vez Manzoni heredó sus propias sensibilidades liberales (en el sentido europeo) de su abuelo paterno  Cesare Beccaria, de quien se cuenta que en cierto sentido anticipó las teorías económicas de Adam Smith. Esto nos permite dar una mirada a la poco apreciada y no muy aludida tradición del liberalismo católico italiano (de nuevo, en el sentido europeo del término). Manzoni también fue amigo de otro liberal italiano del siglo XIX, el gran sacerdote, teólogo y filósofo Antonio Rosmini, autor de una vasta obra, incluida La constitución según la justicia social –que me ocupé de que se tradujera y publicara en inglés por primera vez (véase http://shop.acton.org/catalogsearch/result/?q=Rosmini).
Resulta que el Papa Francisco es aficionado a Manzoni, que escribió, junto con La Divina Commedia de Dante, la que tal vez sea la obra más lograda de la literatura italiana: I Promessi Sposi (Los novios). El Papa Francisco se refiere a la importancia que la novela tiene para él en una amplia entrevista para la revista America en 2013:
He leído Los novios, de Alessandro Manzoni, tres veces y ahora lo tengo sobre la mesa para volverlo a leer. Manzoni me ha dado mucho. Mi abuela me hacía, de niño, aprender de memoria el comienzo de Los novios: «Ese brazo del lago de Como que se vuelve a mediodía, entre dos sucesiones no interrumpidas de montañas…».  («Quel ramo del lago di Como, che volge a mezzogiorno, tra due catene non interrotte di monti…»)
Los novios, como se infiere de su título, es una épica historia de amor que sigue el rastro de los circunloquios del compromiso de Lorenzo Tramaglino con Lucia Mondella a través de la campiña magníficamente descripta de la Región de los Lagos del Norte de Italia y Milán. Aunque fue escrita a principios del siglo XIX, la novela transcurre a mediados del siglo XVII y describe hechos y personajes históricos. No les arruino la lectura si les digo –y les aliviará saberlo– que al final el muchacho se gana a la muchacha y terminan casándose. Pero es lo que ocurre en el camino lo que hace de Los novios una obra tan atractiva e instructiva.
El antagonista de la novela, Don Rodrigo, es un extranjero español que ejerce el control en la región de Lombardía, al norte de Italia, y así ocurrió en el siglo XVII. Para cuando Manzoni publicó su novela en 1827, Lombardía estaba bajo el control del Imperio Austríaco, y hay quienes especulan que, en su novela, Manzoni trazaba una comparación con la ocupación austríaca.
Los novios logra una detallada ficción de las realidades históricas de la Guerra de los Treinta Años y de la Gran Plaga. Manzoni detalla el impacto negativo del control de precios en Lombardía en particular, y en toda Italia en general, con un sorprendente dominio de la economía.
La cordura económica, lamentablemente, no suele verse en muchas de nuestras élites cultivadas, cuyo analfabetismo al respecto alimenta los antagonismos de clase.
No es mi intención ofrecer en este ámbito una apreciación exhaustiva de los méritos literarios de Los novios, tan bien emprendida en otros espacios –Paris Review, Italica, y Edgar Allen Poe en The Southern Literary Messenger, por mencionar algunos. Simplemente, deseo hacer una breve reseña de los capítulos XI y XII, donde vemos la perspicacia económica de Manzoni en su descripción de la escasez provocada por la actividad humana. En el capítulo XI, acompañamos a Renzo cuando llega a Milán y descubre la falta de pan en su camino desde Monza:
Prosiguiendo, sin saber qué pensar, vio en el suelo unas franjas blancas y blandas, como de nieve; pero no podía ser nieve, pues no forma franjas, ni suele caer en esa estación. Se inclinó sobre una de ellas, miró, tocó, y halló que era harina. «Gran abundancia — dijo para sí— debe de haber en Milán, para despilfarrar de esta manera los bienes de Dios. Y nos querían hacer creer que había carestía en todas partes. Mira lo que hacen, para tener quieta a la gente del campo.»
Pero, pocos pasos después, llegado junto a la columna, vio, al pie de ésta, algo aún más extraño; vio en los escalones del pedestal diseminadas ciertas cosas que sin duda no eran guijarros, y que si hubieran estado en el mostrador de un panadero, no se habría vacilado un momento en llamarlas panes. Pero Renzo no osaba dar crédito tan pronto a sus ojos; porque, ¡diantres!, aquel no era lugar para panes. «Qué puede ser esto, veamos», siguió diciendo para sus adentros; fue hacia la columna, se agachó, cogió uno: era de verdad un pan redondo, blanquísimo, de los que Renzo no acostumbraba a comer más que en las solemnidades.
—¡Es pan de verdad! —dijo en voz alta; tal era su asombro—. ¿Así lo tiran en este país?, ¿en este año?, ¿y ni siquiera se molestan en recogerlo cuando se cae? ¡Será éste el país de Cucaña!’ [una suerte de ‘tierra donde corren ríos de leche y miel’]. *
Desde este momento, Manzoni –en las cavilaciones de Renzo– anticipa la mentalidad que darían a luz Karl Marx y Friedrich Engels más adelante ese mismo siglo. Renzo observa «… que cada cual pillaba, en proporción a su voluntad y su fuerza, dando palos en pago». Manzoni observa que Renzo,
… no siendo en absoluto un hombre superior a su siglo, vivía también él con aquella opinión o pasión común, de que la escasez de pan era ocasionada por los acaparadores y los panaderos; y estaba dispuesto a encontrar justo cualquier medio de arrancarles de las manos el alimento que ellos, según esa opinión, negaban cruelmente al hambre de todo un pueblo.
En el capítulo siguiente, sin embargo, Renzo se da cuenta de que el pan y la harina que por casualidad encontró eran meros sobrantes de años anteriores. Pero en 1628, la cosecha fue mala, lo que Manzoni atribuye al mal tiempo, a la guerra y a las consecuencias no previstas de los gravámenes impuestos a los campesinos, «los cuales, en vez de procurarse con su trabajo pan para sí y para los otros, se veían obligados a ir a mendigarlo por caridad». Lo que crecía, explica Manzoni, era cosechado desordenadamente, lo cual contribuyó a la consiguiente penuria: «con la penuria ese doloroso, pero tan saludable como inevitable efecto suyo, la carestía»**.
El empleo de la palabra saludable (salutevole) por Manzoni para describir las consecuencias de la suba de precios ante la escasez demuestra su comprensión de la manera en que la ley de la oferta y la demanda se refleja en los precios. Allí donde los precios pueden subir, las señales son enviadas a todos, de dentro o fuera de la región, aquellos que busquen obtener una buena ganancia por encontrar maneras de resolver la crisis. Puede ver cómo las divisiones de clase son destructivas e ilusorias. Olvidando los principios de la oferta y la demanda, el público encontrará otras razones para culpar por el aumento en los precios, incluso a los pícaros
… acaparadores de trigo, reales o imaginarios, a los propietarios de tierras que no lo vendían todo en un día, a los tahoneros que lo compraban, a todos aquellos, en suma, que tuvieran poco o mucho, o que tuviesen fama de tenerlo, a éstos se les echaba la culpa de la penuria y el encarecimiento, éstos eran el blanco de las lamentaciones generales, la abominación de la multitud mal y bien vestida. Se decía con seguridad dónde estaban los almacenes, los graneros, repletos, rebosantes, apuntalados; se indicaba el número de sacos, disparatado; se hablaba con certeza de la inmensa cantidad de cereales que era enviada en secreto a otros países; en los cuales probablemente se gritaba, con igual seguridad y con igual arrebato, que los cereales de allí iban a Milán.
Y más adelante, Manzoni da certeramente en el clavo económico cuando relata los intentos del gobierno por mitigar las carestías que sus políticas ayudaron a generar. Entre las «soluciones» del gobierno que cuenta Manzoni figuran «establecer el precio máximo de ciertos productos, intimar penas a quien se negase a vender, y otros edictos del mismo género».  Tal es la falta de visión del gobierno, escribe Manzoni, que se olvida de la solución más obvia: atraer importaciones de aquellas áreas que reconocen tener sobrantes de las cosechas. A su vez, el empeoramiento de la situación exacerba al pueblo, que implora al gobierno que intervenga aún más.
Manzoni traza una vívida analogía de los políticos, que hicieron «… como una mujer antaño joven, que pensara rejuvenecer alterando su partida de bautismo». Me recuerda a la máxima de Milton Friedman: «Existe una manera infalible de predecir las consecuencias de un programa social del gobierno adoptado para alcanzar fines dignos. Averigüen cuál era el objetivo de las personas bienintencionadas que en aras del interés general propugnaron la adopción de tales programas. Luego reviertan las expectativas. Obtendrán una predicción precisa de los resultados concretos»***.
Manzoni es una figura literaria imponente en su aporte a la literatura italiana. Cuando extraigo de Manzoni las cuestiones económicas, mi intención es identificar una tradición sensible al pensamiento católico sobre economía y llamar la atención del Papa Francisco hacia esta tradición a partir de fuentes que considera creíbles.
No difiere del pensamiento del predecesor de Francisco, Pío XI, quien, en su encíclica Quadragesimo Anno, de 1931, afirma:
Pues, aun cuando la economía y la disciplina moral, cada cual en su ámbito, tienen principios propios, a pesar de ello es erróneo que el orden económico y el moral estén tan distanciados y ajenos entre sí, que bajo ningún aspecto dependa aquél de éste.
Las leyes llamadas económicas, fundadas sobre la naturaleza de las cosas y en la índole del cuerpo y del alma humanos, establecen, desde luego, con toda certeza qué fines no y cuáles sí, y con qué medios, puede alcanzar la actividad humana dentro del orden económico; pero la razón también, apoyándose igualmente en la naturaleza de las cosas y del hombre, individual y socialmente considerado, demuestra claramente que a ese orden económico en su totalidad le ha sido prescrito un fin por Dios Creador.
[…]
Conviene, por tanto, que la suprema autoridad del Estado permita resolver a las asociaciones inferiores aquellos asuntos y cuidados de menor importancia, en los cuales, por lo demás perdería mucho tiempo, con lo cual logrará realizar más libre, más firme y más eficazmente todo aquello que es de su exclusiva competencia, en cuanto que sólo él puede realizar, dirigiendo, vigilando, urgiendo y castigando, según el caso requiera y la necesidad exija.
Por lo tanto, tengan muy presente los gobernantes que, mientras más vigorosamente reine, salvado este principio de función «subsidiaria», el orden jerárquico entre las diversas asociaciones, tanto más firme será no sólo la autoridad, sino también la eficiencia social, y tanto más feliz y próspero el estado de la nación.
Cabe reconocer que el Papa Francisco no está muy interesado en los temas económicos. De hecho, él mismo admitió ante los periodistas en septiembre de 2015: «tengo una gran alergia a la economía». Como consecuencia, tal vez no haya podido trazar las conexiones que Manzoni hace en su clásica obra.
Otro de mis autores favoritos, que sospecho que el Papa Francisco también disfrutaría, hizo una observación contundente en un contexto distinto, pero que viene al caso. En su ensayo The Church and the Fiction Writer, Flannery O’Connor escribió:
Es normal pensar que cualquiera que pueda leer la guía telefónica es capaz de leer una historia corta o una novela. Y es más que habitual encontrar entre los católicos la actitud de que, porque poseemos la Verdad en la Iglesia, podemos usar esa Verdad directamente, como instrumento de juicio en cualquier disciplina y en cualquier ocasión, al margen de la naturaleza de la disciplina misma.[****]
Hay ciertas realidades económicas –que nada tienen que ver con anteponer el dinero a las personas, con idolatrar el dinero, con la codicia o cualquier otra complicada falta a la moral que pueden surgir cuando las personas son libres– que, cuando se las ignora, realmente producen «una economía que mata» –para acuñar una frase. 
 
 
El reverendo Robert Sirico es presidente de The Acton Institute for the Study of Religion and Liberty, con sede en Grand Rapids, Michigan, EE. UU.
*    Fuente en español: https://ysseg14.files.wordpress.com/2011/06/los-novios-alessandro-manzoni1.pdf.  El autor transcribe la versión de Penguin, año 1972, traducida por Bruce Penman. [N.de la T.]
** En versión en inglés, «carestía» corresponde a «rise in prices» (literalmente, ‘aumento de precios´). [N. de la T.]
*** Es traducción propia. [N. de la T.]
[****] Fuente: https://books.google.com.ar/books?isbn=8474905990. [N. de la T.]