Peronismo y Doctrina Social de la Iglesia – Gustavo Irrazábal

20 de marzo de 2017

Por Padre Gustavo Irrazábal

En el ámbito de la Iglesia argentina, laicos socialmente comprometidos, obispos y sacerdotes, es tenida por una verdad indiscutible la afirmación de que el peronismo es el movimiento político argentino cuyas ideas más fielmente reflejan la Doctrina Social de la Iglesia. Si bien hoy esta idea no se expresa tan abiertamente como en el pasado, la misma ha sobrevivido siete décadas de accidentada historia argentina, dando muestra de la más asombrosa resiliencia. Pero ésta no es prueba suficiente de su verdad, por lo cual es necesario plantearse explícitamente la cuestión: ¿es el peronismo la interpretación política más fiel de la DSI?

Es preciso reconocer que en el momento de su surgimiento, en torno al año ’45 del siglo pasado, esta idea parecía plausible. En 1931, el Papa Pío XI había publicado la encíclica Quadragesimo anno, que junto con una dura crítica del capitalismo (al cual, sin embargo, y a diferencia del comunismo, nunca condenó como sistema) proponía un nuevo modelo de sociedad, una Tercera Vía: el corporativismo. No se trataba de una adhesión al fascismo (corporativismo de Estado) pero sí un intento de encontrar un camino intermedio que evitara tanto la fragmentación social de las repúblicas liberales, como el estatismo de los regímenes totalitarios.

Es cierto que esta propuesta era ya desde su nacimiento un anacronismo, dada la realidad irreversible de las sociedades modernas cada vez más complejas, pluralistas y dinámicas. Por lo pronto, Pío XII, su sucesor, guardó frente a ella un respetuoso e incómodo silencio. A esto se agrega que, como consecuencia de la traumática experiencia de la guerra, este último, en su radiomensaje de navidad Benignitas et humanitas (1944) hizo una opción explícita por la democracia. Pero la doctrina de Perón sobre la “comunidad organizada” (1949) seguía evocando un imaginario que la Iglesia católica no podía abandonar sin más, y que en ese momento se presentaba como la prueba de una sintonía de fondo con los ideales de la DSI, así como una garantía frente a la alternativa marxista. Por otro lado, no es un secreto que el posicionamiento de la Iglesia católica junto a las democracias occidentales fue para Pío XII más una necesidad histórica que una convicción, y que en su proyecto la utilidad de una Argentina católica, exitosa e internacionalmente relevante a la cabeza de las naciones de la misma confesión no podía desconocerse.

Todos estos factores contribuyeron a la convicción de una especial cercanía del régimen peronista a la Iglesia y su DS. Sin embargo, esta cercanía era más aparente que real. La opción explícita de Pío XII por la democracia –que ponía fin a varias décadas dominadas por el “principio de indiferencia” formulado por León XIII− pese a su carácter genérico constituía un indudable aval al liberalismo político como garantía frente al peligro del totalitarismo. Aunque Pío XII no abordó la dimensión institucional, sus sucesores la fueron desarrollando progresivamente, llenando así el vacío de una DSI tradicionalmente más interesada en lo social que en lo político.

Juan XXIII, en su encíclica Pacem in Terris (1963) adhiere a la doctrina de los derechos humanos; el Concilio Vaticano II, en su constitución pastoral Gaudium et spes, asume el pluralismo social; en Octogesima adveniens Pablo VI reformula la misión de la Iglesia en ese nuevo contexto; Juan Pablo II en Centesimus annus (1991) considera la democracia republicana como la forma de gobierno más apropiada para limitar institucionalmente el poder político. En síntesis, la visión organicista y unanimista de una sociedad conducida por un “movimiento nacional”, con un solo “pensamiento nacional” y un solo “proyecto nacional”, había quedado para la Iglesia católica definitivamente en el pasado.

La evolución de la doctrina económica no tuvo la misma velocidad pero sí la misma dirección. El Estado de bienestar de la posguerra, exitoso en Europa, parecía encarnar por fin la ansiada Tercera Vía, que permitía a la Iglesia conciliar su recelo frente al capitalismo y su rechazo de la economía centralizada. Por ello, dicho modelo recibió un convencido aval en la encíclica de Juan XXIII Mater et magistra (1961). Por otro lado, todavía Pablo VI en Populorum progressio (1967) da pie para el discurso antiimperialista, las políticas comerciales proteccionistas de los países subdesarrollados, y la orgullosa consigna de “vivir con lo nuestro”. Pero en los años ’70 el Estado de bienestar entra en crisis, y se hacen inocultables las grietas de las economías socialistas. La reflexión sobre estos fenómenos lleva a Juan Pablo II a formular en Centesimus annus (1991) una crítica concluyente al “Estado asistencial”, y una igualmente concluyente valoración favorable de la “economía libre, de empresa o de mercado”. La etapa de Francisco no altera radicalmente este panorama porque sus embestidas contra el capitalismo, más allá de las hipótesis sobre sus reales intenciones, si son interpretadas en continuidad con las enseñanzas pontificas precedentes, no pueden entenderse como una condena del capitalismo en sí, sino sólo de aquella modalidad carente de “un sólido marco jurídico” que Juan Pablo II rechaza. Si se tiene presente esta evolución, difícilmente pueda afirmarse que el peronismo es hoy el mejor reflejo de la DSI, aunque tampoco es incompatible.

Lo dicho hasta aquí sobre los cambios de la DSI en lo político y económico parecen estar dejando de lado un argumento central: el peronismo habría anticipado, y estaría en total sintonía con, “la opción preferencial por los pobres”, surgida en el magisterio latinoamericano y recibida por el magisterio universal. Sin embargo, dicha opción constituye un principio universal e indeterminado, que necesariamente debe ser encuadrado en un marco conceptual para su comprensión y aplicación. En Juan Pablo II, ese contexto es el de la sociedad republicana y democrática, plural e interdependiente, y el de un sano equilibrio entre solidaridad y subsidiaridad que no debilite la subjetividad de la sociedad civil. El peronismo, en cambio, pese a sus alegaciones en contrario, es una ideología clasista. Como su pariente teológico, la teología del Pueblo, su concepto de Pueblo está indisolublemente unido al de “anti-pueblo”. La clase “trabajadora”, reivindica para sí en exclusividad tal condición a expensas del resto de la sociedad, que no sería “trabajadora” en sentido propio. El “movimiento obrero” de carácter político-sindical es la “columna vertebral” del peronismo (Estado, gobierno y partido a la vez). Una sospecha moral pesa sobre las demás clases sociales que no comparten la unánime admiración por su líder. La consigna de “combatir al capital”, lejos de ser una licencia poética, expresa entonces una verdad apenas disimulada cuando el peronismo habla en prosa (si se entiende por “combatir” no buscar la lisa y llana eliminación del capital sino su subordinación a los intereses de los “trabajadores” y/o el Estado).

Decía al principio que la idea de una especial cercanía del peronismo con la DSI tuvo ciertos visos de verosimilitud en los comienzos. Pero esta última tuvo notables progresos en las décadas subsiguientes que fueron ahondando la distancia real. Este fenómeno quedó disimulado en parte por las tendencias socializantes y organicistas del magisterio latinoamericano y de amplios sectores de la teología de nuestro continente. El mismo Juan Pablo II hizo un gran esfuerzo por moderar sus críticas a la teología de la liberación (reflejadas en los dos documentos de la Congregación para la Doctrina de la Fe de 1984 y 1986), y rescatar lo que había en ella de valioso. Pero lo hizo encuadrando sus aportes en un sólido cuadro antropológico y teológico, que la reflexión social de la Iglesia latinoamericana y de nuestro país ha pasado mayormente por alto.

Hoy las declaraciones de nuestras autoridades eclesiásticas en los temas sociales traicionan con frecuencia una visión en la cual las categorías del peronismo clásico y la DSI se mezclan de un modo inextricable, sin que se pueda saber a ciencia cierta cuál se interpreta a la luz de cuál. Es por eso que resulta impostergable una reflexión crítica sobre las afinidades y diferencias entre ambas doctrinas, mientras es claro que su identificación ingenua debe quedar confinada definitivamente al arcón de los recuerdos.

 

Gustavo Irrazábal

20-3-17

 

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