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Director de investigaciones del Acton Institute de los EEUU. Para más información ver http://www.acton.org/about/staff/samuel-gregg

Samuel Gregg y la simbiosis perdida de razón y fe – Francisco José Contreras

 

Por Francisco José Contreras[1]

30 de septiembre de 2019

Fuente: Actuall

Benedicto XVI: “¿Qué hay en el origen? La Razón creadora, el Espíritu creador que obra todo y suscita la evolución, o la Irracionalidad que, carente de todo designio, produce extrañamente un cosmos ordenado de modo matemático, así como el hombre y su razón».

En su discurso de Ratisbona (2006) –¡qué tiempos aquellos en que la Iglesia era dirigida por un gran intelectual!– Benedicto XVI formuló con su proverbial lucidez el interrogante del que depende el sentido de la existencia, el dilema cosmovisional en el que se debate Occidente desde hace 2.500 años: “¿Qué hay en el origen? La Razón creadora, el Espíritu creador que obra todo y suscita la evolución, o la Irracionalidad que, carente de todo designio, produce extrañamente un cosmos ordenado de modo matemático, así como el hombre y su razón. Ésta, sin embargo, no sería más que un resultado casual de la evolución y, por tanto, en el fondo, también algo irracional”.

Tertium non datur: o la realidad última es una Inteligencia creadora, o lo es la materia estúpida, surgida misteriosamente de la nada, y autoestructurada de forma cada vez más compleja a lo largo de miles de millones de años, hasta generar eso que llamamos “conciencia”, que en realidad no es más que descargas eléctricas en el cerebro de un mamífero aparecido –por pura casualidad- anteayer, en un rincón recóndito de una galaxia de tercera. O la materia es un producto de la Conciencia, o la “conciencia” (un materialista está obligado a usar las comillas) es un subproducto de la materia irracional/no pensante.

Uno de los méritos de “Reason, Faith, and the Struggle for Western Civilization”, el reciente libro de Samuel Gregg –director de investigación en el Acton Institute y uno de los más sugestivos pensadores liberal-conservadores actuales- es poner de manifiesto la longevidad de la querella entre teístas y materialistas. El occidental medio tiende a pensar que el teísmo es el pasado, y que el presente y el futuro pertenecen al materialismo, identificado infundadamente con “la ciencia”. No hay tal. En el siglo V a.C. ya había ateos, y no dejó probablemente de haberlos en los dos milenios siguientes (aunque, desde el triunfo del cristianismo a la Ilustración, Occidente conociese una clara hegemonía teísta). Para Demócrito, todo lo que existe son átomos, y todo lo que ocurre, resultado de su movimiento e interacción: “En el principio fue el Vacío”. Epicuro o Lucrecio fueron también materialistas.

El libro de Gregg es totalmente ratzingeriano; el hilo conductor es la idea que el entonces cardenal expusiese en su debate público con Jürgen Habermas: la razón y la fe se necesitan mutuamente; rota su conexión, caen en respectivos fundamentalismos, a la postre autodestructivos. Y, además, la fecundación recíproca de razón y fe es, precisamente, la marca distintiva de Occidente. O lo fue.

Para Santo Tomás, el acto de fe no viene sino a completar o perfeccionar lo que la razón ha sido antes capaz de descubrir por sí misma (preambula fidei). La escolástica se sitúa así en una tradición de “fe razonable” que, como indica Gregg, se remonta al mismo San Pablo, el cual, aunque convertido en el camino de Damasco por un encuentro “fideístico” con Cristo (Hechos 9:1-31), no duda después en enzarzarse en discusión filosófica con los paganos (Hechos 17:16-34), convencido de que lo que cree es razonable y argumentable. Pablo piensa también que los preceptos morales del cristianismo no son un decreto caprichoso de Dios, sino una ética racional coherente con la naturaleza humana, cognoscible por tanto también por los paganos, que la llevan “escrita en sus corazones” (Rom. 2:13-15). Y San Juan, que “vio y creyó” ante la tumba vacía, recurre sin embargo a la filosofía helenística para interpretar a Dios: si Demócrito había dicho que en “el principio fue el Vacío”, el evangelio atribuido por la tradición al discípulo amado sostendrá que “en el principio fue el Logos”. Logos significa en griego tanto “palabra” como “razón”. Dios como razón creadora, pero también como “palabra” que irrumpe en la Historia e interpela al hombre.

El judaísmo ya había representado un esfuerzo de racionalización religiosa respecto a los mitos paganos: un Dios único, previsible y justo, frente al colorista panteón de dioses demasiado humanos; por eso el judaísmo era una religión en expansión en la era helenística, atrayendo con su teología más razonable a numerosos “temerosos de Dios” griegos y romanos. Pero el cristianismo, a su vez, se concibe a sí mismo como la coronación lógica tanto del judaísmo como de la filosofía griega. Platón, Aristóteles y otros griegos ya habían entrevisto la idea de un Ser Supremo (“pensamiento del pensamiento” o “Primer Motor Inmóvil” en Aristóteles); los estoicos habían atisbado la idea de una ley moral universal. El cristianismo primitivo se autoconcibe, no como religio, sino como vera philosophia (Clemente de Alejandría, s.II): la culminación de una búsqueda intelectual del fundamento de la realidad y del puesto del hombre en el cosmos que llevaba siglos en marcha. “Los cristianos somos los verdaderos seguidores del Logos”, dijo San Justino Mártir, el primer filósofo cristiano.

Gregg piensa que el “delicado tapiz” de la identidad occidental resulta del enhebramiento de cuatro hilos: creación (frente a la idea griega de un universo eterno, descartada en el siglo XX por el modelo cosmológico Friedmann-Lemaître –Big Bang- que asigna una fecha de nacimiento al cosmos); libertad (entendida, no como mera ausencia de coacción [freedom from], sino como libertad para [freedom for] el perfeccionamiento moral y la excelencia); justiciafe. Las cuatro están entretejidas en formas que no tenemos aquí tiempo de explicar (¡lean a Gregg!). Las cuatro han sido desechadas o desnaturalizadas por el giro materialista-relativista-nihilista de la cultura occidental en las últimas décadas.

El materialismo, en hibernación desde el triunfo del cristianismo, retorna a la escena filosófica a partir del siglo XVIII (o del XVII, si contamos a Spinoza como materialista), a lomos de la hybris producida por el éxito espectacular de la ciencia moderna. Todo ello es una gran paradoja, porque si la ciencia nace precisamente en Occidente, es porque solo aquí se creía en un Dios racional que dota a su creación de una estructura racional y de leyes estables descifrables por el hombre (que puede entenderlas porque ha sido creado “a imagen de Dios”, Gn. 1:26). Es algo que pusieron de manifiesto Alfred North Whitehead, Pierre Duhem y otros grandes historiadores de la ciencia (últimamente, el amenísimo Rodney Stark). Galileo, Newton, Kepler y demás padres de la ciencia moderna empezaron a buscar las leyes del cosmos porque eran cristianos devotos que creían que “Dios ha escrito el libro del mundo en caracteres matemáticos”. El Islam era también teísta, pero el suyo –sobre todo, tras el triunfo de los asharíes sobre los mutazilíes- es un Dios imprevisible que puede cambiar de opinión en cualquier momento. La idea de leyes estables de la naturaleza representaría, en la perspectiva islámica, una impensable autolimitación de la omnipotencia divina: “Si Dios hace lo que le place, y lo que le place es variable, el universo no opera según leyes regulares” (Stark). La idea de una relación analógica entre Dios y el hombre –base de la idea de dignidad humana en la cosmovisión occidental- resulta también blasfema en el Islam, asegura Rémi Brague.

El éxito de la ciencia precisamente confirmaba la racionalidad del cosmos y, por tanto, la existencia de un Creador racional. Pero, por algún tipo de malentendido, produjo la convicción contraria. Se empezó a dar por supuesta la existencia de leyes físicas matematizables: se dejó de ver en ello un milagro, un reflejo del Logos primigenio. Las leyes de la naturaleza, que para Newton o Kepler confirmaban la existencia del Creador, empezaron a ser interpretadas por nuevos materialistas –al principio marginales: incluso en la Ilustración, los ateos eran minoritarios frente a una mayoría deísta- como una explicación totalizadora que, al contrario, podía ser puesta en el lugar que antes ocupaba Dios. Algunos científicos se endiosaron: “No tuve necesidad de esa hipótesis”, contestó Laplace a Napoleón cuando el emperador le preguntó dónde quedaba Dios en su sistema astronómico.

Es decir: la ebriedad del éxito científico condujo al “cientismo” (scientism), que no es ciencia, sino filosofía materialista que usurpa el prestigio de la ciencia. De allí salieron el positivismo de Comte y los múltiples neopositivismos del siglo XX, del Círculo de Viena al “darwinismo neuronal” de los best sellers Dawkins o Dennett. El positivismo afirma que solo existe lo científicamente comprobable. Confunde los límites de la realidad con los del método científico. Olvida que “hay más cosas en el cielo y en la tierra de las que caben en tu filosofía” (Shakespeare). Además, el positivismo es autocontradictorio: la afirmación “solo existe lo empíricamente comprobable” no es, ella misma, empíricamente comprobable. No es una tesis científica, sino filosófica.

El cientismo/positivismo implica una trágica autocastración de la razón: “Una razón que se limita a sí misma de esta manera es una razón mutilada. Si el hombre ya no puede argumentar racionalmente acerca de las cosas esenciales de su vida, acerca de su de dónde y adónde, acerca de lo que debe y lo que puede hacer, acerca de la vida y la muerte, y tiene que dejar esos problemas decisivos a merced de un sentimiento separado de la razón, entonces el hombre no está exaltando la razón sino deshonrándola”, escribió Ratzinger en “Fe, verdad y tolerancia”.

Pero Occidente se ha vuelto cientista-positivista-materialista. La segunda parte del libro de Gregg explica esa caída progresiva en la sinrazón. Pues, si la realidad última es la materia inerte y la racionalidad no es más que un epifenómeno en su periferia, la razón no es digna de crédito. Bajo el aparente triunfo del racionalismo subyace un descenso a la irracionalidad (ya Nietzsche entendió que la muerte de Dios implicaría también la del concepto de “verdad”, rechazado por el occidental postmoderno como intolerante: Vattimo ha llamado “tirano metafísico” a la verdad). Todo lo no analizable por el método científico pasó a ser considerado subjetivo y relativo. La cuestión del bien y el mal, por ejemplo, ya no se considera susceptible de argumentación racional: no existe una moral objetiva/universal; “cada uno tiene su moral”, igual que cada uno prefiere un tipo de helado. El emotivismo ético concibe las afirmaciones morales como simple expresión de sentimientos y emociones: “Cuando digo “matar es malo” en realidad quiero decir “no me gusta que se mate””, escribió el neopositivista Moritz Schlick, y corroborarían Ayer o Stevenson. Quien afirme “matar es bueno” también está simplemente expresando un gusto personal. Y sobre gustos no hay nada escrito.

Pero se me está escapando una vez más el artículo de unas dimensiones razonables. Mejor lean a Gregg para entender cómo estamos perdiendo el “delicado tapiz”: “La integración occidental de [las ideas de] creación, libertad, justicia y fe es siempre frágil, y socavar cualquiera de los cuatro elementos fragiliza también a los otros. Sin Creación, la inteligibilidad del universo es difícil de sostener. Sin inteligibilidad, la libertad es solo un espejismo [el materialismo es determinista: nuestra sensación de libertad psicológica es puramente subjetiva], la justicia un sofisma [los ideales de justicia son mera racionalización de los intereses de clases sociales en pugna, decía el marxismo clásico, o de sexos, orientaciones sexuales y razas, dice la identity politics ahora en boga], y la fe nada más que emotivismo o ideología. Si la libertad es ilusoria, las personas no son realmente responsables de sus acciones. Sin responsabilidad personal, no hay justicia verdadera. Sin justicia, la existencia de un Creador inteligente ante el que todos deben finalmente responder es puesta en duda”.

¿Está todo consumado? Gregg cree que no: “Sin el Logos, Occidente está perdido. Pero el declive no es inevitable. La opción por el Logos, y consiguientemente por la razón y la fe, todavía está a nuestro alcance. El deseo de verdad, libertad y justicia forma parte de lo que somos”. Y, si tenemos sed de verdad y justicia, debe existir el agua que la satisfaga.

 

[1] https://www.actuall.com/educacion/samuel-gregg-y-la-simbiosis-perdida-de-razon-y-fe/?fbclid=IwAR2pfgcjbkQnj8_JA7FJ8hEw_GzOZatBAzftYIrzjiGCNvUhji6iXZYZaYE

Samuel Gregg

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Razón, fe y lucha de la civilización occidental – Samuel Gregg

Por Samuel Gregg

2 de septiembre de 2017

La abierta defensa del presidente Trump de la civilización occidental, en su discurso de julio de 2017 en Varsovia, fue un notable recordatorio de que una característica preocupante de nuestro tiempo es el asalto continuo a la misma idea de Occidente. Esto se manifiesta más claramente en el uso implacable de la violencia física por parte de los yihadistas decididos a aterrorizarnos primero a la aquiescencia y, finalmente, a la sumisión. Seguir leyendo Razón, fe y lucha de la civilización occidental – Samuel Gregg

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Acerca del artículo extraño, inquietante y antiamericano de la «civiltà cattolica» – Samuel Gregg

por Samuel Gregg

(Research Director, Acton Institute, Grand Rapids, Michigan, EE.UU.)

 

El antiamericanismo es tan antiguo como la propia Revolución americana (o aún más antiguo). Como todas las naciones, Estados Unidos tiene sus defectos. Sin embargo, estos defectos atraen una atención desmedida del resto del mundo. Esto se debe en parte al tamaño y al alcance mundial de los medios de comunicación de Estados Unidos, así como al estatus de superpotencia de Estados Unidos. A escala global, las decisiones tomadas por Argentina e Italia, por ejemplo, no son tan importantes para los asuntos internacionales como las decisiones tomadas por Estados Unidos. Seguir leyendo Acerca del artículo extraño, inquietante y antiamericano de la «civiltà cattolica» – Samuel Gregg

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Dando sentido al dinero – Samuel Gregg

Por Samuel Gregg

Fuente: The Public Discourse

Abril de 2017

 

  1. Adam Seagrave sostiene, en su reciente ensayo de Public Discourse, «The Counterfeit of Money of Our Casino Economy», que muchos de nuestros problemas económicos contemporáneos no se resolverán hasta que el dinero vuelva a centrarse en su función económica fundamental: servir como un medio de intercambio. De acuerdo con Seagrave «cuando sea que el dinero aparezca al final de la ecuación y no en el lugar de en medio —queriendo decir que el dinero es tanto el medio de intercambio como uno de los bienes intercambiados— su valor y propósito estarán distorsionados».

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Samuel Gregg

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El Hombre de Davos, globalismo y la defensa del libre comercio – Samuel Gregg

 

Por Samuel Gregg

Son tiempos difíciles para el libre comercio —los más difíciles desde que la primera era de la globalización se detuvo estrepitosamente con el estallido de la guerra en 1914 y los aranceles barrieron al mundo después de 1918. Seguir leyendo El Hombre de Davos, globalismo y la defensa del libre comercio – Samuel Gregg

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¿Realmente cree Francisco que los comunistas piensan como los cristianos? – Samuel Gregg

14 de noviembre de 2016

por Samuel Gregg

Fuente: The Stream 

Los marxistas, las ideas marxistas y los regímenes marxistas han llevado a millones a la muerte y a la destrucción. Sin embargo, según el papa Francisco, «en todo caso, los comunistas piensan como los cristianos». ¿Qué está pasando aquí? Seguir leyendo ¿Realmente cree Francisco que los comunistas piensan como los cristianos? – Samuel Gregg

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Libertad religiosa y libertad económica – Samuel Gregg

Religious Liberty and Economic Freedom[1]

15 de noviembre de 2016

Samuel Gregg

My subject is religious liberty and economic freedom. Concerning the first of these freedoms, one hardly need say that religious liberty is a subject of some urgency for many Christians today. In fact, in some cases, it is now literally a matter of life and death. Every day, it seems, we read of the brutal killing of Catholics and other Christians in the Middle East, in Africa, and in some parts of Asia. Sometimes this has more to do with ethnic and political rivalries than religion per se. It is also true that at least some of the violence against Christians flows precisely from antagonism toward Christianity as a religion. Seguir leyendo Libertad religiosa y libertad económica – Samuel Gregg

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Pobreza, política e Iglesia en la Argentina del Papa Francisco – Samuel Gregg

21 de agosto de 2016

Por Samuel Gregg

Fuente: The Catholic World Report

          Antes de la elección del cardenal Jorge Bergoglio como el primer Papa latinoamericano en el año 2013, la Argentina era famosa por muchas cosas: el tango, la monumental pampa, la hermosa arquitectura decimonónica que caracteriza a la ciudad de Buenos Aires, por mencionar solo algunas. Desafortunadamente, también vienen a la mente otras cosas: una corrupción rampante y persistente, una inestabilidad política extrema, y, sobre todas las cosas, el hecho de que la Argentina es el típico caso de libro de una economía en una situación de larga decadencia autoinflingida. Seguir leyendo Pobreza, política e Iglesia en la Argentina del Papa Francisco – Samuel Gregg

Samuel Gregg

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No Papa Francisco, la economía no causa el terrorismo – Samuel Gregg

El terrorismo islámico tiene poco que ver con factores económicos. Sin embargo, debe mucho a la religión.

3 de agosto de 2016

Por Samuel Gregg

Fuente: The Stream              

          En su reciente entrevista en el vuelo de regreso de Polonia, el Papa Francisco ofreció una curiosa interpretación economicista de la causa del terrorismo islámico. Hablando después del martirio del padre Jacques Hamel por dos yihadistas, el Papa dijo lo siguiente, en respuesta a la pregunta acerca de las iniciativas concretas que él recomendaría para enfrentar el terrorismo:

“el terrorismo crece cuando no hay otra opción, cuando al centro de la economía mundial está el dinero y no la persona, el hombre y la mujer, esto ya es el primer terrorismo. Ignorar la maravilla de la creación, que es el hombre y la mujer, es un terrorismo de base contra toda la humanidad. Pensemos en eso.”[1]

Aquí el Papa parece sostener que el terrorismo debe mucho a las condiciones económicas: que el predominio de la pobreza, de grandes desigualdades y desempleo, por ejemplo, estarían conduciendo a algunos musulmanes en el yihadismo. Una observación anterior del Papa en la misma entrevista presagia esta idea: “¿cuántos jóvenes, –dijo– que nosotros europeos, hemos dejado vacíos de ideales, que no tienen trabajo… y van a la droga o el alcohol se juntan en grupos fundamentalistas?”. Sin embargo, ¿realmente factores como la pobreza económica y la avaricia realmente funcionan como causas del terrorismo islamista?

 

Nunca o casi nunca es la economía

Con posterioridad al 11S, líderes políticos que van desde Al Gore a George W. Bush sostuvieron que la pobreza era una causa significativa del terrorismo. Una investigación académica de este preciso problema, sin embargo, arribó a conclusiones diferentes. El informe sostiene:

“… nuestra revisión de la evidencia ofrece pocas razones para el optimismo de que una reducción en la pobreza o un aumento en el presentismo escolar puedan reducir significativamente el terrorismo internacional. Cualquier conexión entre pobreza, educación y terrorismo es indirecto, complicado y casi seguro bastante débil”.

          Los grupos examinados en este estudio incluían a militantes de Hezbollah y terroristas palestinos. En su caso, el estudio encontró que, “la evidencia disponible indica que, comparada con la población relevante, miembros del ala militante de Hezbollah o terroristas suicidas palestinos es tan probable que provengan de familias económicamente acomodadas y con un relativamente elevado nivel educativo como que provengan de las filas de los económicamente desfavorecidos y sin educación”.

          Mirando fuera del Medio Oriente, la misma investigación relevó a organizaciones identificadas como grupos de odio en los Estados Unidos. Nuevamente, concluye que “la ocurrencia de crímenes de odio y el predominio de grupos de odio se encuentra que no están relacionados con las circunstancias económicas del área”. También se encontró que la existencia de grupos de odio, como el Klu Klux Klan, “no tenía relación con las tasas de desempleo, los índices de divorcio, la proporción de población negra o la brecha en los ingresos entre los blancos y los negros en un condado determinado”.

          Otra investigación citada en el informe de 2003, analizó el Ejército Rojo en Japón, el grupo mafioso Baader-Meinhof en Alemania, el IRA en Irlanda, las Brigadas Rojas en Italia y el Ejército de Liberación Nacional en Turquía (THKO). Esta investigación determinó que “la gran mayoría de individuos envueltos en actividades terroristas como cuadros o líderes tienen un buen nivel educativo. De hecho, aproximadamente dos tercios de los individuos identificados como terroristas son personas con estudios universitarios, graduados universitarios o estudiantes de posgrado”. Es más, más de dos tercios “provenían de la clase media o de la clase alta de sus respectivas naciones o áreas geográficas”.

          En síntesis, los terroristas, por lo general, no provienen de ámbitos económicamente desfavorecidos o empobrecidos. Más aún, si la pobreza o la ausencia de oportunidades de desarrollo económico impulsara a las personas a inmolarse a sí mismos y a personas inocentes, conduciendo grandes camiones contra multitudes aglomeradas, degollando a sacerdotes, ejecutando a religiosas o asesinar a la población judía con hachas, uno esperaría que hechos similares se produjeran en las regiones del Este de la China rural empobrecida, en grandes franjas del territorio de la India o en el centro urbano de Detroit, durante décadas. Sin embargo, no se producen.

 

¿Qué impulsa a los terroristas musulmanes?

Si el yihadista promedio no actúa por dinero, entonces, en palabras del economista de Harvard Robert Barro, “resulta demasiado inocente pensar que la mejora en el nivel de ingresos y en la educación lograrán, por sí mismos, que se reduzca el terrorismo internacional”. Esto no es una razón para no luchar contra la pobreza. En opinión de Barro, sin embargo, “el objetivo de reducir la pobreza sigue siendo laudable, pero sobre otras bases que las de combatir el terrorismo. Para encontrar una solución definitiva al problema del terrorismo tenemos que seguir mirando hacia otros motivos”.

          En algunas ocasiones, el Papa Francisco ha reconocido que elementos de la teología islámica tienden en sí mismas a legitimaciones de la violencia yihadista. En una entrevista, por ejemplo, afirmó que “es verdad que la idea de conquista es inherente al alma del Islam”.

          Sin embargo, acto seguido, Francisco matizó su afirmación haciendo una extraña analogía con el mandamiento cristiano de evangelizar –como si la difusión del Evangelio era de algún modo parangonable con la violencia yihadista. ¿Podría el Papa estar subestimando cuán distintamente las creencias islámicas contribuyen al terrorismo islamista?

          En una entrevista posterior al ataque del camión en Niza, el distinguido historiador francés de la filosofía y ganador del premio Ratzinger de teología del año 2012, Remi Brague, sostuvo que “no existe una verdadera línea divisoria entre el Islam y el islamismo. Es un tema de grados, no de tipos”. Estas palabras –dichas por quien sea tal vez la mayor autoridad mundial en pensamiento clásico comparado del judaísmo, el cristianismo y el islamismo– pueden sonar duras de oír para el progresista occidental tipo. Pero eso no las hace menos verdaderas.

          Otro intelectual católico, el jesuita egipcio y experto en el Islam, el P. Samir Khalil Samir h incluso, de modo muy educado, sugerido que puede haber un elemento de pensamiento buenista (wishful thinking) en la aproximación que hace Francisco del terrorismo islámista. Reflexionando sobre la Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium, el Padre Samir comentó:

          “En la Evangelii Gaudium –escribe– ‘el verdadero Islam y la propia interpretación del Corán se oponen a toda violencia’. Esta afirmación es bonita y expresa una actitud muy benevolente por parte del Papa hacia el Islam. Sin embargo, en mi humilde opinión, expresa más un deseo que una realidad. El hecho de que la mayoría de los musulmanes se oponen a la violencia puede ser verdad. Pero sostener que ‘el verdadero Islam está en contra de la violencia’, no parece ser verdad: hay violencia en el Corán.”

          A esto, el Padre Samir agrega: “aquellos que critican al Islam por razón de la violencia no están haciendo una generalización odiosa e injusta: como se manifiesta en los conflictos sangrientos que se están produciendo en el mundo musulmán en la actualidad. Aquí en el Este, entendemos muy bien que el terrorismo islamista tiene una motivación religiosa, con referencias, oraciones y fatwas de imanes que alientan la violencia”.

          Muy acertadamente, el Papa Francisco no quiere sugerir que Occidente, o el cristianismo en particular, desean una guerra inspirada por la religión con el Islam. Ello supondría ponerse en manos de los yihadistas. Más aún, como subraya Brague, “es necesario verdadera y claramente distinguir entre, por una parte, el Islam, con todas sus manifestaciones y niveles de intensidad, y, por la otra, a los musulmanes de carne y hueso”. El Papa también tiene que tener en cuenta la situación de los cristianos en los países de mayoría musulmana –aunque, como señaló recientemente George Weigel, la actual aproximación del Vaticano al Medio Oriente ha hecho poco por detener la persecución que sufren los cristianos de Medio Oriente por parte de los terroristas musulmanes.

       La gran mayoría de los musulmanes no son terroristas. Sin embargo, la mayor parte de los terroristas en la actualidad son musulmanes, para quienes las convicciones religiosas son una de las principales razones por las que saquean, torturan y matan a otros seres humanos –incluyendo otros musulmanes. Creer que la reducción de la desigualdad económica en las naciones islámicas o que el aumento de las ayudas sociales a los musulmanes pobres en Europa occidental reducirá de algún modo el terrorismo no solamente no se condice con la evidencia. También falla en tomarse al Islam seriamente como una religión.

         Y esto no es útil para nadie –especialmente para los musulmanes.

 

Nota: La traducción del artículo original No, Pope Francis, the Economy Doesn’t Cause Terrorism”, publicado por The Stream, el 3 de agosto de 2016 es de Mario Šilar del Instituto Acton para el Acton Institute.

 

[1] Las citas de la entrevista del Santo Padre se han tomado de la versión completa que ofrece el portal de Aciprensa: https://www.aciprensa.com/noticias/texto-completo-rueda-de-prensa-del-papa-francisco-en-el-vuelo-de-cracovia-a-roma-51094/.

Samuel Gregg

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La Olvidada Historia del Milagro Económico Alemán – Samuel Gregg

Por Samuel Gregg

Fuente: The Stream

Dado el aparente entusiasmo actual de muchos estadounidenses por el socialismo, no es difícil concluir que vivimos en una época en la que millones conocen poco de historia, o bien no están inclinados a aprender de ella. Seguir leyendo La Olvidada Historia del Milagro Económico Alemán – Samuel Gregg

Samuel Gregg

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