Archivo de la categoría: Antropología Cristiana (Persona y Comunidad)

NO pienso, luego existo, la clave del sistema educativo formal-positivista

Por Gabriel Zanotti

Para la revista estudiantil de la Universidad Austral (a confirmar 1996).

Pienso, luego existo

“El título no es original, pero tiene un sentido. Ya veremos cuál. ¿Qué sucede en la “vida universitaria” cuando alumno y profesor piensan distinto? Es una pregunta cuya respuesta excede totalmente el poco espacio que tenemos. Pero trataremos de decir algo. Seguir leyendo NO pienso, luego existo, la clave del sistema educativo formal-positivista

Gabriel Zanotti

Es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino, UNSTA y Doctor en Filosofía por la Universidad Católica Argentina. Es Director Acádemico del Instituto Acton. Twitter @gabrielmises

Entre paternalismo y libertad

Por Irrazábal, Gustavo

Para la Revista Criterio

 Noviembre 2013

Qué es y qué no es la opción preferencial por los pobres. El principio de la opción preferencial por los pobres, elaborado por el episcopado latinoamericano en Medellín (1968)[1] y Puebla (1979),[2] fue asumido luego por el magisterio universal.[3] Es, en esencia, la formulación de una verdad con profundas raíces bíblicas y evangélicas: el amor deYahveh por los pobres, cantado por María en el Magnificat, que encarna Jesús en su misión, y que se continúa en praxis caritativa de la Iglesia.Se trata, entonces, del testimonio de la misericordia de Dios que alcanza a todos y a cada uno de los seres humanos, sin exclusiones, especialmente a los más débiles, vulnerables y marginados, los que “no cuentan” para la sociedad. Seguir leyendo Entre paternalismo y libertad

La empresa y la opción por los pobres

 

 Por Samuel Gregg

Al igual que sucede con la idea de “justicia social”, la expresión “opción preferencial por los pobres” es parte del lexicon católico. Algunos utilizan el frase para insistir en la aplicación de políticas económicas de corte intervencionista. El Magisterio Social de la Iglesia católica, sin embargo, conduce a conclusiones más matizadas –tanto a nivel económico como teológico. Seguir leyendo La empresa y la opción por los pobres

Mario Šilar

Senior Researcher del Instituto Acton Argentina Es Bachiller, Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte “Santo Tomás de Aquino”. Hizo estudios de Posgrado en Organización y Gestión Educativa, en la Universidad Austral. Tiene un Máster en Derecho de la Integración Económica, por la Université Paris I Panthéon-Sorbonne y un Máster en Formación del Profesorado por la UNED (España). Es Diploma de Estudios Avanzados en Filosofía por la Universidad de Navarra.

“Foreign aid”: ¿El final de un debate? (Segunda parte)

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Mario Šilar

Senior Researcher del Instituto Acton Argentina Es Bachiller, Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte “Santo Tomás de Aquino”. Hizo estudios de Posgrado en Organización y Gestión Educativa, en la Universidad Austral. Tiene un Máster en Derecho de la Integración Económica, por la Université Paris I Panthéon-Sorbonne y un Máster en Formación del Profesorado por la UNED (España). Es Diploma de Estudios Avanzados en Filosofía por la Universidad de Navarra.

“Foreign aid”: ¿El final de un debate? (Primera parte)

Por Mario Silar

Para el Instituto Acton Argentina

¿Tecnocracia vs. humanismo?

Uno de los debates académicos más importantes en la actualidad es el que se viene desarrollando en el contexto de la economía del desarrollo respecto de las distintas estrategias para luchar contra la pobreza. El debate no sólo reviste gran importancia por las posibles implicancias que las distintas respuestas pueden tener sobre la vida de millones de seres humanos en continentes como África sino porque, en última instancia, se ponen en juego importantes problemas epistemológicos de base antropológica, de teoría de la acción y del conocimiento.

Los dos principales referentes de este debate son Jeffrey D. Sachs (Earth Institute, Columbia U.) y William Easterly (NYU). En rigor, el debate sobre la efectividad de la ayuda exterior existe desde hace varias décadas pero debemos a estos dos economistas principalmente el que ahora haya adquirido mayor conocimiento por parte de la opinión pública. El debate obtuvo visibilidad debido a una serie de artículos publicados en el The New York Review of Books. Desde allí, se ha extendido a distintos medios de prensa, foros y revistas científicas (Una síntesis aquí). Otros importantes scholars también han tomado cartas en el asunto (P. Collier, Niall Ferguson, Dambisa Moyo, George Ayittey, Abhijit Banerjee, Esther Duflo, Robert Neuwirth, Aaron Acemoglu, y James Robinson, por mencionar algunas de las figuras más relevantes en la actualidad).

Sachs publicó en 2005, The End of Poverty: Economic Possibilities for Our Time. Su fórmula para acabar con la pobreza era particularmente simple y atractiva, lo cual la hacía idónea para recabar apoyos entre las distintas personalidades y organizaciones internacionales comprometidas en la lucha contra la pobreza. La tesis de Sachs se apoyaba en la convicción de que los problemas vinculados con la pobreza estaban relacionados con asimetrías en el acceso a la tecnología. Lo que se necesitaba para erradicar la pobreza era mejorar las condiciones de acceso a la tecnología en los países pobres. netbooksPor lo tanto, la erradicación de la pobreza se reducía a la cuestión de recaudar la cantidad de fondos necesarios para adquirir el “paquete de soluciones tecnológicas” que permitiría resolver los problemas de los pobres. Esta perspectiva se acopló extraordinariamente con los Objetivos de Desarrollo del Milenio (MDG, por sus siglas en inglés), que integra ocho objetivos de desarrollo humano fijados en el año 2000 por los 189 países miembros de las Naciones Unidas, que acordaron alcanzar en el año 2015. En síntesis, el trabajo de Sachs parecía sintetizar lo mejor de nuestro deseo por erradicar la pobreza junto con una estrategia idónea para lograrlo. Sachs intentaría demostrar el éxito de su estrategia en un campo de pruebas real pero a escala. Las poco menos de veinte “Villas del Milenio” establecidas en África corroborarían su propuesta, que luego podría ser implementada en toda África.

El 4 de julio de 2001, un ignoto economista del Banco Mundial, que trabajaba como asesor del grupo de investigación de la entidad era despedido por criticar públicamente la política de ayuda al desarrollo que se estaba siguiendo. En un durísimo artículo de algo menos de 1000 palabras, publicado en el Financial Times, señalaba que los aproximadamente mil millones de dólares gastados en la ayuda al desarrollo desde inicios de la década del sesenta habían “fracasado en alcanzar los resultados deseados”. El artículo se despachaba identificando la responsabilidad compartida en este fracaso de los distintos actores, locales y externos, envueltos en los procesos de ayuda al desarrollo.Easterly, actualmente director del Development Research Institute de la Universidad de New York, publicó en el año 2006 The White’s Man Burden: Why the West’s effort to aid the rest have done so much ill and so little goodEl título ya anunciaba lo “incómodo” que resultaba su tesis para el establishment. La tesis de Easterly puede resultar conocida para quienes conocen el pensamiento de Mises, Hayek y/o Buchanan: la aplicación de una estrategia top-down,que caracteriza la lógica de las ayudas al desarrollo a gran escala, simplemente no puede alcanzar el objetivo que pretende básicamente por dos motivos. Primero, porque la implementación de estas medidas no es susceptible de lograr una respuesta adecuada por parte de los pobres a los que pretende ayudar (lack of accountability) y, segundo, la lógica de las ayudas genera un elenco de incentivos perversos, en especial entre los burócratas encargados de gestionar estas ayudas, que se disocia completamente de los objetivos que la ayuda pretendía alcanzar inicialmente. El libro de Easterly se estructura en torno a tres argumentos muy sólidos que desarticulan la estrategia que defiende Sachs. Aunque el trabajo de Easterly es sólido no logró escapar al handicap que supone adoptar una posición deconstrucitva (pars destruens) en un debate (no en vano se ha ganado el título de “escéptico” en materia de ayudas); cosa comprensible ya que como destaca Popper resulta lógicamente más fácil establecer argumentos refutadores de una tesis, que argumentos que la defiendan. ONU_y_Banco_Mundial_0A pesar de todo esto, en muchos casos, la desarticulación de un marco de ideas que se apoya sobre una base conceptual errónea o falsa es el requisito inicial indispensable para poder abordar el problema desde una nueva y más adecuada perspectiva.

El debate en torno de las ayudas lleva extendiéndose durante años –si bien últimamente ha incorporado nuevos nombres y conceptos–, amenazando con llegar a un cierre en falso. En este sentido, Easterly ha dicho recientemente que teme que años de debate queden neutralizado bajo una idea talismán como es actualmente la de “sostenibilidad”. Sin embargo, recientemente se ha publicado una demoledora biografía sobre Jeffrey Sachs escrita por Nina Munk titulada The Idealist: Jeffrey Sachs and the Quest to End Poverty (septiembre, 2013). En cierta mediad, este trabajo bien puede ser interpretado como una especie de punto y final a este largo debate. En la siguiente parte analizaré brevemente las principales ideas que se contienen en esta obra y la reacción que está generando entre las partes implicadas en el debate.


Mario Šilar

Senior Researcher del Instituto Acton Argentina Es Bachiller, Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte “Santo Tomás de Aquino”. Hizo estudios de Posgrado en Organización y Gestión Educativa, en la Universidad Austral. Tiene un Máster en Derecho de la Integración Económica, por la Université Paris I Panthéon-Sorbonne y un Máster en Formación del Profesorado por la UNED (España). Es Diploma de Estudios Avanzados en Filosofía por la Universidad de Navarra.

Cuando el alturismo hace daño

Por Mario Šilar

Para Instituto Acton Argentina / Acton Institute
Junio 2013

La tendencia humana a asumir las distinciones binarias de un modo maniqueo está muy presente en el ámbito de la interpretación de nuestras acciones libres –es decir, en el ámbito de la moralidad–. Hay algo de razonable en esto. En efecto, el hombre necesita saber que existen  acciones que están bien y acciones que están mal para, de este modo, orientar su acción con claridad. Además, como acertadamente han destacado investigaciones recientes (Véase J. L. Austin, How to do Things with Words (William James Lectures), 2a ed., Cambridge – Mass.,Harvard University Press, 1975) –en sintonía con intuiciones ya presentes en el pensamiento griego antiguo– el lenguaje es un modo de acción, por lo que es importante, para poder actuar bien, tener un marco conceptual que permita distinguir con nitidez entre la buena y la mala acción. De allí, por ejemplo, lo sugerente que resultan los análisis sobre el lenguaje de nuestras acciones, la gramática moral (Un estudio desde la perspectiva tomista en Steven V. Long, The Teleological Grammar of the Moral Act, Naples – Fl. Sapientia Press of Ave Maria University, 2007) o la narratividad de la acción (Walter R. Fisher, Human Communication as Narration: Toward a Philosophy of Reason, Value and Action,Columbia, University of South Carolina Press, 1989).

Pero así como es importante ser capaces de formar un criterio claro para orientar nuestras acciones –distinguiendo el bien del mal–, no es menos fundamental ser capaces de madurar en esta comprensión, al hilo de un mejor autoconocimiento a lo largo de la vida para evitar caer en distinciones falaces a la hora de interpretar las acciones. Donde más han contribuido a generar confusión, paradójicamente, las distinciones binarias simplistas es en el terreno de la moral, donde muchos de los términos que se utilizan para describir las acciones morales terminan siendo armas de doble filo. Por ejemplo, la distinción entre altruismo y egoísmo, dada la carga valorativa de estos términos, suele obstaculizar la comprensión adecuada de la moralidad de algunas acciones. A primera vista, y asumiendo la carga valorativa de los términos utilizados, las acciones egoístas son malas y las acciones altruistas son buenas. Hasta aquí lo evidente. Sin embargo, existen fundadas razones para señalar, en primer lugar, el carácter incompleto que tiene la distinción altruismo-egoísmo. ¿Dónde se ubicarían, por mencionar un caso, las acciones que suponen un “legítimo autointerés”? Me refiero a ese amplio abanico de acciones que sin poseer los niveles de desinterés propio de las acciones heroicas no son, sin embargo, susceptibles de ser consideradas como acciones egoístas sin más?

Pero –en segundo lugar– existe un problema más grave en la interpretación simplista de la distinción altruismo-egoísmo:¿acaso todas las acciones pretendidamente altruistas son susceptibles de ser juzgadas como buenas acciones? Un reciente estudio de Barbara A. Oakley (Oakland University) publicado en el Proceedings of the National Academy of Sciences pone el dedo en la llaga sobre esta inquietante pregunta. El trabajo titulado “Concepts and implications of altruism bias and pathological altruism” es una densa síntesis de un libro editado por la autora en 2011, con el título Pathological altruism. Abordar los problemas vinculados al altruismo patológico es de extrema importancia ya que permite tomar una mejor conciencia de los problemas que subyacen en la dicotomía simplista altruismo-egoísmo. Esta dicotomía asume la legitimidad inherente a la conducta altruista, cosa que es bastante cuestionable.

Con los debidos matices, la perspectiva que expone Oakley merece ser estudiada por los moralistas cristianos. En efecto, su tesis sirve para abordar muchos de los problemas vinculados al análisis e interpretación de las acciones humanas en el seno de la ética cristiana, con el objeto de no caer en análisis simplistas del tipo “el egoísta es malo” y “el altruista es bueno”.

Lamentablemente, las cosas son más complejas: así como una persona puede ejercer un especial tipo de control sobre otra mediante el ejercicio de acciones aparentemente generosas, el altruista patológico puede hacer daño aún cuando diga o crea sinceramente que está ayudando a otra persona.

En cierta medida las investigaciones vinculadas al altruismo patológico vienen a revestir de un marco epistemológico contemporáneo un principio básico muy presente en el pensamiento moral clásico. Me refiero al principio de que las intenciones del agente al actuar no son el criterio único y suficiente para determinar la moralidad de la acción. Como ya se sabe: “el camino al infierno está pavimentado de buenas intenciones”. Por eso, la moral cristiana ha tenido especial cuidado en distinguir el ámbito intencional del agente que actúa del ámbito consecuencial, es decir, de las consecuencias generadas por la acción del agente. El buen resultado final alcanzado no justifica ni convierte en buena la intención, si esta es mala. Paralelamente, la buena intención no excusa de la responsabilidad por el daño causado como consecuencia de una acción realizada. De aquí surge, en buena medida, el análisis moral de los problemas vinculados a la imprevisión, la negligencia, la ignorancia vencible o culpable, y demás. Es esta bivalencia sutil y compleja, muy presente en el análisis de la acción moral en perspectiva clásica (Uno de los locus classicus es el “Tratado de los actos humanos” de Tomás de Aquino en Suma Teológica, I-II, qq. 6-21. En concreto, las cuestiones 18, 19 y 20 abordan la bondad y malicia de los actos humanos en general, del acto interior de la voluntad y de los actos humanos exteriores, respectivamente), la que queda opacada cuando se aborda la acción humana desde la dicotomía altruismo-egoísmo. La noción de altruismo patológico viene a poner de manifiesto algo bastante obvio, a saber, que no toda acción altruista está de por sí moralmente justificada.

En este punto, se puede plantear la siguiente pregunta: ¿acaso el altruismo patológico significa que podrían existir, por contrapartida, acciones egoístas moralmente justificadas? Aquí, la referencia obligada es a Ayn Rand y su provocativa tesis sobre la virtud del egoísmo. No se trata ahora de hacer una crítica a la propuesta, errónea en mi opinión, que ofrece Rand. En breves términos, creo que en este punto Rand no logra escapar de las aporías que se generan al aproximarse desde una lógica dicotómica a este problema. Así, Rand se ata de pies y manos y se le hace imposible ofrecer una solución que sea realmente superadora. Ella también cae víctima del empobrecimiento lingüístico-conceptual característico del emotivismo moral que pretende combatir. A pesar de todo esto, a la luz del altruismo patológico las críticas que hace Rand contra el altruismo “buenista” adquieren mejor significado. Es mérito de Rand el haber sabido identificar el desorden que genera la reducción de la moralidad a la mera bondad intencionalista y desprendida de cualquier interés por analizar el impacto real negativo que, muchas veces, los buenas intenciones puedan generar. Pero lamentablemente Rand se limita, simplemente, a cambiar el eje de la balanza: si se puede demostrar que las acciones altruistas son malas, ello significa que entonces las acciones egoístas deben ser buenas. Se trata de un non sequitor, de una conclusión errónea (Es cierto que muchas veces Rand habla de “rational self-interest”, aclarando que no toda forma de acción egoísta está legitimada (ver el capítulo “Isn’t Everyone Selfish?”, en Rand, Ayn, The Virtue of Selfishness. A New Concept of Egoism, Penguin, New York, 1964). Por ello, un análisis crítico exhaustivo de la obra de Rand excede los límites de este trabajo).

¿Cómo se define el altruismo patológico? Oakley ofrece tres definiciones, una genérica, una más específica y una definición operativa. El altruismo patológico es una acción en la que la motivación subjetiva, implícita o explícita, pretende hacer el bien a otra persona. Sin embargo, la acción intentada genera consecuencias negativas, sea a la persona que se ha querido ayudar o a uno mismo. El carácter “patológico” de esta conducta no implica una diagnosis clínica sino la simple descripción de una conducta desordenada o abusiva. Como se puede observar, el enfoque que ofrece Oakley supone una aproximación a mitad de camino entre la ciencia moral y la psicología. Un punto interesante del trabajo de Oakley es que su análisis aborda tanto los problemas que el altruismo patológico genera a nivel individual como a nivel colectivo. En este segundo nivel es donde el estudio exhibe sus puntos más sugerentes, donde se analiza el impacto que el altruismo patológico genera sobre las políticas públicas. La actitud refractaria y evasiva que la comunidad científica pone de manifiesto a la hora de abordar los problemas vinculados al altruismo es otro punto de especial interés en el trabajo. Pero conviene no distraerse del punto central del trabajo: el modo como el altruismo patológico puede causar daño en las relaciones intersubjetivas y las implicancias que esto tiene para ser más cuidadosos en la formación moral.

Muchas veces existe cierta tendencia en el seno de comunidades creyentes (sean estas religiosas o laicales) por promover una actitud altruista, considerada esta como sinónimo de ideal de vida cristiana. Con agudeza Oakley subraya que los intentos por promover el altruismo de modo ciego terminan generando escenarios de altruismo patológico. Este altruismo patológico no sólo daña al receptor de la pretendida ayuda sino también, en muchos casos, al mismo agente que se pretende ayudar. Entre las personas que orientan su vida bajo el ideal de la ayuda al prójimo –entre los laicos existen determinadas profesiones particularmente afines para esto, como las vinculadas a la educación y la salud–, suelen aparecer en el mediano y largo plazo diversos tipos de trastornos, tales como complejos de culpa, angustias, estrés (‘burnout’), cuadros depresivos, además de otros trastornos de personalidad, que constituyen la exteriorización de una tensión de calado más profundo. Aquí, Oakley aborda la relación que esto tiene con los distintos perfiles psicológicos y la formación de la personalidad en la niñez y la adolescencia. Existe, por ejemplo, un perfil psicológico de niños que suelen tener una clara predisposición altruista pero que está unida a bajos niveles de autoestima, escasos niveles de gratificación ante la tarea realizada y un limitado espíritu de autonomía. Las personas con este perfil psicológico suelen ser proclives a padecer las consecuencias del altruismo patológico. En efecto, dada la impronta altruista de su carácter suelen integrarse en grupos y comunidades que promueven la ayuda al prójimo. Sin embargo, dado el escaso nivel de autonomía y capacidad de realización en la tarea que exhiben, estas personas quedan inermes a la acción perniciosa que el altruista patológico ejerce sobre ellos. Así, a menudo, el agotamiento, el stress y demás síntomas de malestar que sufren son señalados por el altruista patológico como signos de falta de compromiso y de generosidad en la entrega. De este modo, la carga de culpa y malestar que estas personas sufren termina siendo mayor. Se trata del fenómeno de “codependencia” psicológica muy frecuente en los casos de altruismo patológico.

Por ello, una educación religiosa y ética uniformizante (“one size fits all”), que simplemente se limite a afirmar acríticamente la importancia de la consecución del altruismo y sin atender a los distintos perfiles psicológicos, puede causar mucho daño en algunas personas (“in other words, social attemps to blindly encourage altruism become themselves a perfect example of pathological altruism”, p. 3).

Pero es tal vez en las “implicaciones extendidas”, en concreto, en las implicancias vinculadas al análisis de las políticas públicas donde la consideración del altruismo patológico ofrezca más virtualidades. De algún modo Oakley viene a ofrecer un marco de comprensión psicológico-social para la distinción, que hiciera célebre Bastiat aplicándola al análisis económico, entre “lo que se ve” y “lo que no se ve” (falacia de la ventana rota). No obstante, en el análisis moral me parece que esta tensión es mucho más compleja y sutil. En efecto, según dónde se ubique la perspectiva del agente que actúa, lo que se ve y lo que no se ve puede diferir. A primera vista, para el observador exterior lo que se ve es la consecuencia exterior de la acción y lo que no se ve es el plano intencional. De igual modo, para el agente que actúa lo que se ve designaría, en primer lugar, el plano de su propia intención, y lo que no se ve designaría el plano de las consecuencias, todavía no existentes, pero que se prevén surgirán como consecuencia de su acción. Sin embargo, muchas veces las verdaderas intenciones por las que el agente actúa son refractarias incluso para el mismo agente que actúa. Con mucha frecuencia, la capacidad de autoengaño del agente suele ser más potente de lo que se suele pensar. Muchas veces, detrás de un presunto “buenismo” intencional se ocultan verdaderas intenciones que son incluso difíciles de ver por parte del agente que las intenta. En estos casos, desde la perspectiva del agente que actúa, lo que no se ve son estas verdaderas intenciones ocultas y, lo que se ve, es el resultado plasmado de la acción. En este sentido también, el observador exterior algunas veces puede llegar a inferir o intuir cierto desorden en el plano intencional del agente que actúa como consecuencia del daño causado, que se hace presente en la acción exterior, y aunque no fuera lo que estaba en la intención del agente que actuó.

Aunque todo esto parezca bastante complicado viene a iluminar un problema acuciante en la actualidad: los escasos niveles de racionalidad presentes en el debate de las políticas públicas en donde a menudo el plano intencional-emotivo ocupa un papel protagónico, tanto entre quienes propugnan como entre quienes pretenden impugnar determinadas políticas públicas. De este modo, el sesgo cognitivo causado por el altruismo patológico permitiría comprender la confusión presente a nivel psicoafectivo en multitud de actores sociales, que tienden a inferir los resultados de las políticas públicas a partir de la supuesta bondad presente en las intenciones que orientaron esas políticas. Así, la presunta buena intención que guiaría algunas de las medidas que suelen gozar de amplio consenso entre la opinión pública –como por ejemplo las medidas de progresividad impositiva, las leyes de salario mínimo, la ampliación universal de determinados beneficios sociales, etc.–, suele oscurecer las consecuencias generalmente negativas, y contrarias a lo que se quería lograr, que esas medidas terminan causando. Aquí Oakley hace una advertencia que no se debe perder de vista, que muchas de las medidas más perniciosas para las sociedades durante el último siglo han sido causadas en el contexto o como consecuencia de haber querido ayudar a otras personas.

En todo caso, una cosa positiva que el altruismo patológico permite poner de manifiesto es el rol crucial que juega la libertad para alentar escenarios en los que se produzcan buenas acciones genuinas. En efecto, hay muchas buenas personas en quienes su bondad no termina de estar enamorada o convencida del gran bien que supone la libertad. Como consecuencia de esto, tienden a minusvalorar la legítima esfera de autonomía e intimidad de la persona a la que quieren ayudar, por lo que se introducen en una pendiente resbaladiza donde terminan imponiendo su propio criterio de bien sobre la persona que dicen querer ayudar. Esto es un gran drama. Y un gran daño. Es el drama de los buenos, que en su intento por hacer el bien, terminan erradicando de sus vidas la humildad –que es ‘andar en verdad’–, un requisito imprescindible poder actuar bien, respetando a la otra persona y sin invadir ni cooptar su voluntad. En el largo plazo, las mejores acciones para ayudar a otros, tanto a nivel individual como colectivo no son inmediata o intuitivamente claras, no son tampoco del tipo de cosas que nos hagan sentir bien, finalmente, tampoco suelen ser el tipo de actitudes que promuevan otros individuos –estos también sesgados
por sus propios intereses–. Tener esto presente es indicio de una personalidad atenta a no querer dejarse arrastrar por deseos y planes propios para ayudar a los demás. Un indicio de esta actitud se manifiesta en la tendencia a seguir cursos de acción en donde la ayuda intentada tiene consecuencias en el corto o mediano plazo.
En síntesis, el trabajo de Oakley ofrece una lección muy concreta: las personas que quieran orientar su vida bajo la vocación de ayudar al prójimo, lo primero que deberían hacer, por el bien de esas otras personas y de ellos mismos, es reconocer que el altruismo en algunos casos puede hacer mucho daño.

Mario Šilar

Senior Researcher del Instituto Acton Argentina Es Bachiller, Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte “Santo Tomás de Aquino”. Hizo estudios de Posgrado en Organización y Gestión Educativa, en la Universidad Austral. Tiene un Máster en Derecho de la Integración Económica, por la Université Paris I Panthéon-Sorbonne y un Máster en Formación del Profesorado por la UNED (España). Es Diploma de Estudios Avanzados en Filosofía por la Universidad de Navarra.

¿Ricos malos y pobres buenos?

Por Carlos J. Díaz Rodríguez

Fuente: Religión en Libertad

3 de enero de 2014

No hay nada más injusto que generalizar; sin embargo, aunque quizá no nos demos cuenta, nuestra mentalidad tiene mucho que ver con una mentira que a fuerza de tanto repetirla se ha convertido en una “verdad” popular: “los ricos son malos y los pobres son buenos”. Seguir leyendo ¿Ricos malos y pobres buenos?