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No hay más… ¿y ahora? – Gabriel Zanotti

Gabriel Zanotti

Clase 1 de la Cátedra Acton  2018

Por Gabriel Zanotti, para Cátedra Acton 2018 *
Como suele hacerse siempre cuando se empieza a hablar de economía, hay que reflexionar sobre qué es la escasez. Es cierto que, por lo general, se dan definiciones y rápidamente se hace un salto a los temas siguientes, como si el tema estuviera resuelto. Incluso suelen hacerse relaciones de cantidad de necesidades y de bienes para definir cuándo un bien es escaso. Como soy filósofo, el tema teórico es muy importante.
Todos conocemos, en cierta medida, el problema práctico: no hay más medialunas, falta el café, no hay más presupuesto. Se define la escasez por un sencillo juego de lenguaje; en nuestro español decimos «no hay», «se acabó». Sin embargo y como diría Platón, lo verdaderamente real es la teoría. ¿Por qué? Porque de lo que se trata es de ¿por qué se acabaron las medialunas? La respuesta habitual es: alguien las está sacando, alguien se las quedó todas para él; estaban ahí todas las medialunas y han sido mal distribuidas.
Así que la escasez parecería ser fruto de algún genio maligno, como diría Descartes, que tomó lo que no le correspondía y produjo esta situación. Esta podría ser una teoría, un supuesto acerca de la escasez. O sea, todos más o menos sabemos de qué se trata desde el punto de vista práctico, pero el asunto es el problema teórico. Eso afecta a la economía como ciencia y afecta al eje central de la misión del Instituto Acton, que es la relación entre economía y cristianismo
Voy a comenzar citando a Santo Tomás; habitualmente, para hablar de economía, no hablo de Santo Tomás de Aquino. Mis referentes son otros autores especialistas en economía, tales como Mises y Hayek. Así es que mi recomendación suele ser que si alguien quiere saber de economía recurra a esos autores, pero si quiere saber de Dios, lea a Santo Tomás; nunca al revés. Hacer lo contrario genera mucha confusión. No obstante, esta vez haré una excepción.
Obviamente, una cita aislada significa muy poco, porque dependemos del contexto, dependemos de la traducción del latín al español. Digamos que santo Tomás está hablando de por qué el ser humano es social por naturaleza, y entonces elabora algunas nociones básicas de división del trabajo: que un ser humano no se basta solo a sí mismo; que la naturaleza en muy pocas cosas ha provisto al ser humano suficientemente y que, por lo tanto, hay una razón por la cual éste debe procurarse las cosas que necesita…. Es un párrafo muy intuitivo de ciertas cuestiones básicas que luego la economía contemporánea ha desarrollado largamente: la relación entre escasez, división del trabajo y producción. Se trasluce acá una intuición básica en Santo Tomás.
Voy a traer entonces algunas citas suyas para avanzar en la reflexión. Santo Tomás dice: «en muy pocas cosas se ha provisto al hombre» y luego sigue «suficientemente». Primer punto: ¿A qué se refiere santo Tomás con «naturaleza»?, ¿A qué se refiere este fraile medieval dominico del siglo XIII, que había leído y estudiado tanto a Aristóteles para esta época? Era toda una novedad: a fines del siglo XII empezó a surgir en Occidente el llamado aristotelismo cristiano (los exponentes más importantes en su momento fueron san Alberto Magno y santo Tomás de Aquino). Por lo tanto, no es de extrañar que cuando santo Tomás se refiere a la naturaleza en este contexto, se esté refiriendo a la naturaleza física. ¿Qué está diciendo? Está diciendo algo que todos hemos aprendido cuando vimos la película El Náufrago, con Tom Hanks, o sea, que si terminamos en una isla, por más linda que sea, no lo vamos a pasar nada bien porque no cuenta con ciertas propuestas básicas de confort que ofrece la vida moderna. El texto dice, por un lado, la naturaleza «física» en muy pocas cosas ha provisto al hombre. Es un detalle importante, pues implica la idea de que el ser humano es esencialmente cultural; desde el taparrabos, el arco y la flecha, hasta las naves espaciales, etc., etc., todo eso es cultural y todas esas cosas, o sea, los frutos esenciales a la naturaleza creadora e inteligente del ser humano, todo ello, ipso facto, inmediatamente no está dado. Las computadoras no nacen de los árboles; ni siquiera lo que se llaman las necesidades más básicas, porque en el ser humano son culturalizadas, esto es, pasan por el tamiz de la cultura. Acá una cultura come de una manera, otra de otra, duerme de una manera, se viste de otra, y todo eso implica lo que podríamos llamar productos culturales: están hechos de la naturaleza, pero tienen que producirse. El ser humano es esencialmente cultural, al cual esa naturaleza física no le da nada directamente, no encontramos allí el vestido, el alimento y todo lo que una determinada cultura da al ser humano. Sean las pirámides aztecas o las mayas, el jade de los mayas o el oro de los aztecas, en sus productos artísticos, sean las naves espaciales, los celulares, o este vaso de agua; nada de eso está dado directamente por la naturaleza física.
He aquí, entonces, el primer punto acerca de la escasez: nada de lo humano está dado por los frutos de los árboles. Puede ser que si tenemos mucha hambre agarremos un coco y lo golpeemos y bebamos algo, pero es más difícil de lo que uno cree.
Por lo tanto, este párrafo, «la naturaleza en muy pocas cosas ha provisto al hombre suficientemente», nos habla de la naturaleza física con relación a un ser humano esencialmente cultural.
Hay aquí una interesante noción de división de trabajo: para producir todo ese bien, no basta un solo ser humano. El lenguaje, algo extraño, dice: «con lo cual ha sido naturalmente dispuesto que el hombre viva en sociedad», o sea, transmite una especie de noción implícita de división de trabajo. Podemos preguntaros: ¿ha sido naturalmente dispuesto por quién? Bueno, por Dios, está pensando santo Tomás, quien nos habla de tal modo que la sociabilidad nos es innata.
Me voy a referir a continuación al pensamiento del economista austríaco Ludwig von Mises. En él todo este pensamiento está mucho más evolucionado desde el punto de vista de la teoría económica, pero la noción de relación entre división del trabajo y sociedad humana se mantiene, simplemente que mientras que en santo Tomás es un tema marginal, una intuición que tuvo y que no es el eje central de su obra, para Mises es prácticamente el eje central de su economía y de su filosofía social. En Mises es muy importante la diferencia entre la competencia biológica y la cooperación social y, además, él dice «competencia social» y luego iguala «competencia» a «cooperación social».
Entonces, ¿qué quiere decir «competencia biológica»? Lo que todos sabemos: que justamente frente a la escasez, ¿cómo se soluciona esto en los animales no humanos? Sencillamente, las especies se matan las unas a las otras para conseguir el alimento. Podemos pensar que los seres humanos también; pero, precisamente, la diferencia esencial entre la competencia biológica y la cooperación social, dice von Mises, es que el ser humano tiene la capacidad intelectual para advertir las ventajas de la división del trabajo y, por lo tanto, viviendo en sociedad y dividiendo el trabajo según nuestras productividades respectivas, logramos la producción y el intercambio de bienes y servicios. Los otros seres vivientes, sencillamente, compiten por medio de lo que la ecología ha determinado, o sea, por medio de ese «comeos los unos a los otros». En cambio, parece como que en el ser humano es «intercambiad los unos con los otros» -y no digo, «amaos los unos a los otros».
«Intercambiad los unos con los otros» en el marco de la división del trabajo y de una mínima noción de propiedad, una libertad de entrada al mercado, o sea, todo lo que para von Mises significa cooperación social. Desde luego que von Mises no ignora que hay guerras. Claro que las hay; sencillamente, él afirma que, en la medida en que haya guerras, la cooperación social involuciona, se vuelve hacia una situación más autárquica, la escasez no se minimiza sino que se maximiza. De modo que von Mises es uno de los pocos pensadores en Occidente para el cual la paz es una condición intrínsecamente unida a la cooperación social y a la división del trabajo, contrariamente a otros grandes pensadores que han influido todavía en el Occidente de hoy, como por ejemplo Hobbes o Marx, para los cuales la guerra es el factor evolutivo de la sociedad. Para von Mises ocurre todo lo contrario: la división del trabajo y el intercambio pacífico de bienes y servicios es el factor que produce la cooperación social, y además implica que ésta vaya evolucionando en lo que podríamos llamar la enorme cooperación, como bien dijo Hayek, y con el tiempo esto implica a su vez la evolución del conocimiento. La cooperación cohesiona millones y millones de conocimientos dispersos. Todo lo que sabemos diferente el uno del otro, todo el conocimiento imperfecto, disperso, casi aleatorio, ¿cómo logramos que millones y millones de bits de conocimiento disperso vuelvan a coordinarse? De un solo modo posible, que es la clave y el milagro del sistema de libre mercado: a través de los precios, a través del sistema de precios, de la cooperación social y la división de trabajo.
El problema económico, dice Hayek muy claramente, no es tanto el del pobre Robinson Crusoe, que la puede pasar bastante mal. El problema económico fundamental es qué pasa cuando aparece Viernes en la famosa novela, qué pasa cuando aparecen los valores y las expectativas del otro. El primer gran logro civilizatorio es que ambos no se maten, sino que cooperen e intercambien; ese es el primer logro civilizatorio. Esto es muy importante; siempre destaco que esta noción de la división de trabajo está dada claramente en santo Tomás.
Me gustaría orientar mis reflexiones a continuación hacia un tema que hace a la existencia misma del Instituto Acton: la relación de todo lo dicho con el cristianismo. Intentaré ser claro en las reflexiones siguientes.
Santo Tomás es tan idealista de ese aristotelismo que tiene tan incorporado a su pensar cristiano que cuando dice: «la naturaleza física en muy poco ha provisto al ser humano suficientemente», ni siquiera tiene necesidad de aclarar, porque él lo sabe de memoria, lo asume como obvio, que se está refiriendo al ser humano después del pecado original.
Se supone que el ser humano estaba allí en total armonía con Dios, y hay una traducción latina del Génesis muy interesante: antes del pecado original, Dios nos pone ahí un trabajo no muy pesado, tolerable, algo lúdico, cuyo fin era hacernos trabajar.
Pero se puede presuponer que antes del pecado original estábamos como protegidos de esa naturaleza física que es tan indiferente y hasta a veces hostil a nuestras aspiraciones humanas más profundas. Eso pasa siempre, «ay, que no llueva». Hay una expresión famosa, que si la analizamos podríamos hacer todo un curso de filosofía contemporánea. Fuimos, después del pecado original, arrojados al mundo. «Mundo» puede significar muchas cosas; hoy en día, en la teología católica, «mundo» es el lugar específico del laico, aquello en lo cual el laico se santifica y aquello que el laico tiene que santificar. El mundo es las relaciones de trabajo y de familias que son propias del laico. Esto ha cambiado bastante desde el Concilio Vaticano II, pero se podría decir que cuando el Génesis y la teología católica dicen que fuimos arrojados al mundo, tal vez podríamos interpretar «mundo» en dos sentidos: «mundo» puede significar también el mundo de nuestro pecado, o sea hemos sido arrojados -como a mí me gusta decir últimamente- a la historia de Caín, […] la historia humana es la historia de Caín, es la historia de matar al hermano. Y por eso afirmo que el solo hecho de que haya surgido en esa historia humana, en el siglo XVIII, una declaración de independencia que diga que los seres humanos han sido creados por Dios y dotados de los siguientes derechos, y sobre esa base se haya erigido una organización constitucional, según mi opinión es un casi milagro en la historia de Caín; pienso que ese liberalismo clásico de la constitución norteamericana es un cuasi milagro en la historia de la crueldad que somos.
Pero independientemente de esta consideración, podemos decir que hemos sido arrojados al mundo de Caín, aunque también hemos sido arrojados justamente a esa naturaleza física de santo Tomás sin tantas aclaraciones; es decir, que hemos sido ahora desprotegidos y ahora estamos desnudos, no solamente el uno frente al otro, «y se dieron cuenta de que estaban desnudos» –surge el pudor, la vergüenza–, sino que estamos desvalidos frente a esa naturaleza física entre indiferente y hostil ante nuestras necesidades culturales más profundas.
Esto es algo importante. Por un lado, la escasez es una condición natural de la humanidad; la humanidad está expuesta ante la escasez. La escasez no es una creación deliberada de un grupo de personas. La escasez no es una característica de un sistema social en particular; es una condición natural de la humanidad. Pero si relacionamos esto con el cristianismo, debemos decir que es una condición natural de la humanidad después de que la humanidad ha sido arrojada del paraíso. ¿Podría haber habido escasez antes de pecado original? Es posible que estuviéramos protegidos de ella. ¿Hubo trabajo antes de pecado original? Sí, hubo trabajo, pero no sabemos de qué naturaleza, un trabajo tal vez más lúdico del que suponemos, que no implicaba «el sudor de la frente». Es un punto importante.
Por lo tanto, ¿cómo podríamos caracterizar la relación entre el cristiano en sus actitudes cotidianas y la escasez? Si hay algo que caracteriza al cristianismo, es el presupuesto de que después del pecado original sobreabundará la Gracia de Dios para la Redención del pecado original. Si hay algo que verdaderamente no es escaso, si hay algo que verdaderamente es infinito, tan infinito como la Misericordia de Dios, es la Gracia de Dios, por la cual Él nos redime, por la cual Él nos salva de nuestros pecados. Gracia por la cual Él transforma como un hierro ardiente nuestra naturaleza y saca de nuestra naturaleza lo mejor de ella. El tema de la Gracia en el cristianismo es esencial, la Gracia sí que es superabundante. Son muchas las figuras, los símbolos que se manejan en el Antiguo y el Nuevo Testamento acerca de la Gracia de Dios: el maná del cielo, la conversión del agua en vino en la boda a la que asiste Jesucristo, la multiplicación de los panes y de los peces. Hay figuras en las que las Sagradas Escrituras nos muestran esa superabundancia de la Gracia. El cristiano puede caer en la tentación de creer que eso también pasa con los bienes materiales que tenemos que producir y consumir y decir: Él les dijo a los discípulos [denles ustedes de comer], y los discípulos dieron de comer. Posiblemente se pueda creer que el mundo del cristiano es el de la superabundancia de la Gracia, de donación, de caridad, de dar, y que la escasez se nos aparece como algo un tanto extraño a nuestra concepción del mundo. Existe esa tentación.
Suele darse una falsa interpretación del famoso destino universal de los bienes. De acuerdo a la teología social cristiana y católica, es cierto que Dios ha creado los bienes para todos los seres humanos. Ese es el destino universal de los bienes. Pero eso no significa que la campera, el marcador, el celular, el arco y las flechas, las pirámides y todos los bienes aparezcan como las hojas de los árboles, eso no significa que están dados, no significa que están impresos. Significa que, de alguna manera, hay que producir una organización tal que minimice la escasez para que la creación de esa naturaleza física tenga sentido teológico; o sea, Dios ha creado la naturaleza física para el ser humano todo. Es el tema del famoso principio antrópico. Por tanto, si interpretamos correctamente el destino universal de los bienes, es una especie de mandato ético, una interpretación de que Dios ha creado la naturaleza física para todos los seres humanos.
Con relación a lo anterior, hay dos interpretaciones: la primera tiene que ver con la idea de que los bienes están ahí, están dados. Esto es muy frecuente. Cierta vez, miraba los edificios de la gran ciudad y contemplaba la riqueza allí presente. El asunto es cómo se distribuye. En otra ocasión, mientras escuchaba un sermón, en la iglesia, [el padre dijo:] «fíjense en el supermercado, no me hablen de pobreza porque todos los bienes están ahí», entonces bastaría con redistribuir lo del supermercado. Lo dijo totalmente convencido, para él los bienes estaban allí. De esta interpretación se deriva que el único problema económico tiene que ver con la distribución acompañada por una falta moral grave, el corazón egoísta del hombre es el origen del problema económico que genera la escasez, y los mercados y capitalistas codiciosos son los verdaderos causantes del problema.
Esta interpretación pone a la distribución en el centro del problema, siendo la maldad humana el origen del problema de la escasez, dada la mala distribución. Esto está sumamente generalizado; casi todos los cristianos piensan así y por tanto ponen la mirada en la buena distribución, que es la redistribución.
Podemos sugerir otra interpretación que tiene que ver con que los bienes no están más, no hay bienes y servicios; sencillamente, no hay más. Por lo tanto, y dado que los bienes no están, el problema es que habrá que producirlos. Esto nos lleva a la noción de producto como el fruto de la acción humana más la naturaleza física; fruto no del trabajo manual, sino del intelecto, que ve, advierte, se da cuenta cómo combinar la naturaleza física con la acción humana para dar inicio a ese proceso de producción de bienes y servicios. Es ahí donde nace el problema económico, donde nace la ciencia económica y de ella los grandes temas de la economía, como el ahorro y la inversión, instancias primeras e inevitables para avanzar hacia la creación de nueva riqueza junto con la famosa pregunta sobre qué y cómo producir. Necesitaremos, sí, de una ética de la producción a nivel social, que por tanto se referirá a las condiciones institucionales y jurídicas que hacen posible un sano proceso de producción y que funcionan como verdaderos incentivos para su creación, a la vez que a las virtudes que estimulen ese proceso creativo.
De esta segunda interpretación del destino universal de los bienes es que podemos formular lo siguiente: «los bienes no están dados directamente; luego, hay que producirlos de alguna manera», y en ese «de alguna manera», está la clave de las instancias que deberá seguir el proceso económico, como esencialmente humano, social, y creativo. Por ello es que santo Tomás decía que, dado que la naturaleza física en muy pocas cosas o en casi nada ha provisto al ser humano suficientemente, será el trabajo y la naturaleza social de la persona lo que nos dará el modo como el hombre podrá procurarse las cosas necesarias para la vida. He aquí una pista fundamental para entender los procesos que intentamos explicar: sin sociedad y sin división de trabajo, no nos podríamos procurar las cosas necesarias para la vida.
De todo lo anterior se podría concluir lo siguiente: la escasez no es fruto «de que seamos malos», sino sencillamente de que la naturaleza física no provee los bienes y servicios esencialmente culturales de la naturaleza humana.
Intentaré relacionar todo esto con el pecado original -espero que esto no complique la situación. Daré dos ejemplos. En el primer caso, se da un desastre que obliga a las personas a quedarse encerradas en el edificio donde están. Al principio se intentará organizar la convivencia con buenos resultados, pero con el paso de los días y frente a las adversidades, comenzará el enfrentamiento entre las personas allí presentes. En el segundo caso, se encuentran dos santos: santo Tomás de Aquino y san Francisco de Asís. Por supuesto que ellos no van a agredirse; es más, se van a dar el uno al otro hasta la última gota de agua que encuentren; es más, van a competir por quién se muere primero procurando la vida del otro, pero se van a morir igual, más allá de su santidad. Si Dios no hace un milagro, si no hay agua, no hay. En ese sentido, la escasez no tiene que ver con la maldad moral, es una condición de la naturaleza humana. Nuestra maldad moral puede llegar a agravar un conflicto de escasez, pero no es la causa. La causa es que somos esencialmente culturales y estamos arrojados a un mundo físico entre indiferente y hostil a nuestras demandas culturales básicas.
Por supuesto, todo esto suele agravarse por diversas cuestiones. El problema de los modelos de competencia perfecta, una de las herramientas del análisis económico más generalizada para la comprensión errónea de los mercados, dice Hayek, es que «competencia perfecta» significa que de alguna manera tenemos conocimiento. Esto supone que hay perfecta coordinación entre oferta y demanda y por tanto, que el conocimiento es absoluto y de alguna manera el problema económico se acaba. Empezar el análisis económico a partir del modelo de competencia perfecta puede llegar a suponer que hay conocimiento perfecto y que no hay escasez. Luego vienen los economistas a aclarar y comienzan a desarrollar la competencia monopólica, competencia imperfecta.
En 1936, Hayek, en su gran artículo “Economics and Knowledge”, se pregunta qué sentido tiene que la economía parta de una situación donde el problema económico ya está resuelto. La economía debería partir justamente de una situación en la cual el conocimiento está disperso y, por tanto, esto genera el problema económico, por tanto, el problema no está resuelto. Tal es la situación de descoordinación entre oferta y demanda, esa es la situación del conocimiento imperfecto. Tanto socialistas de cátedra, profesores como Hayek, reconocían que oferta y demanda están descoordinadas, que no hay conocimiento perfecto. Y es aquí donde aparecen serias diferencias entre ellos. Según los socialistas, dado que no hay conocimiento perfecto, suponen un conjunto de personajes que sí tienen el conocimiento perfecto para dirigir a todos los demás. Frente a ello, Hayek respondió que es justamente al revés, por lo que es necesario que el mercado proceda espontáneamente bajo precios y libertad de mercado, donde nada es perfecto, pero donde se dará una tendencia a la coordinación, que es el único modo humano por el cual la información puede circular y optimizar resultados, que tendrán errores humanos, pero también aciertos humanos, y que, en todo caso, buscarán expresar el sustrato de valoraciones subjetivas de las personas que están decidiendo en todos estos casos.
Otro problema que enfrentamos, y esto es muy típico de las sociedades latinoamericanas y del pensamiento corporativista, es suponer que la economía es un problema que radica en cómo el Estado reparte su presupuesto. Se supone que hay alguna especie de torta fija del presupuesto y que el gobierno tiene que distribuirlo, y así surgen los grupos de interés, los grupos de presión preocupados por cómo se va a distribuir la torta del presupuesto: maestros, empresarios o sindicalistas; todos haciendo lobby para conseguir una mayor tajada de una torta cuyo tamaño es fijo. El criterio que subyace a este análisis es el de «suma cero»: si alguien recibe más es porque a alguien se le quita más. Es una visión estática que claramente genera recelos entre los grupos, porque todos compiten por lo que hay en vez de competir por lo que habrá. Este es el modo con que el corporativismo fascista de Mussolini o Perón concibió la economía. Y esta es la triste historia de los argentinos que recibieron una carga cultural muy pesada que se hizo parte de las exigencias políticas en todo el espectro político y en todos los tiempos. Aparece la idea romántica de que no hay escasez, pero claro que la hay. En condiciones adecuadas, y con esto me refiero a las condiciones jurídicas e institucionales, frente a una población que aumenta, la torta crece y hay más para todos. El grave problema es que ocurre lo contrario: la torta no crece porque el estado se financia con impuestos, con deuda pública o con inflación, los cuales constituyen los enemigos principales de todo proceso de crecimiento y creación de riqueza. A más coacción estatal, menor producción y mayor pobreza. Sobre esto no hay vuelta que dar. La Economía y las disciplinas que la acompañan lo explican todo, son antiguas verdades que siguen sin ser escuchadas. Cuanto más impuestos tengamos habrá menor producción; a más inflación, menor producción; a más deuda pública, mayor peligro de default en un futuro que nunca se sabe.
La solución que desde la School of Economics, o sea, austriacos, chicaguenses, derecho y economía, public choice se propone, es dejar actuar al mercado, liberar la creatividad humana y la alertness empresarial para buscar y coordinar los recursos escasos con las necesidades siempre ilimitadas de la demanda. Tiene que haber señales en el mercado que vayan mostrando, a quienes sepan interpretarlas, la escasez relativa de los bienes; esas señales se llaman precios.
Concluimos entonces que, para minimizar la escasez, se necesita ciertas condiciones institucionales infaltables, como la libertad de precios, la libertad de entrada al mercado, una sana desregulación que permita a todos acceder al mercado y trabajar desde su capacidad empresarial.
¿Significa esto el fin de la escasez? No, pero sí es el único modo humano de minimizarla; los bienes seguirán siendo escasos, pero habrá cada vez más cantidad de ellos para muchos más. Mayor producción de bienes y servicios quiere decir mayor ahorro e inversión, mayor inversión significa mayor demanda de trabajo, y eso implica mayores salarios reales. Se trata de un círculo virtuoso, porque a mayores salarios reales, mayor capacidad de que cada uno ponga su propia empresa y, a la vez, mayor ahorro en el mercado de capitales local; lo cual implica mayor inversión, mayor demanda de trabajo mayores salarios reales, y así sucesivamente en un círculo virtuoso que no acaba nunca. Este es el único camino del desarrollo y el único camino para un crecimiento sustentable.
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Gabriel Zanotti

Es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino, UNSTA y Doctor en Filosofía por la Universidad Católica Argentina. Es Director Acádemico del Instituto Acton. Twitter @gabrielmises

America’s public debt: crisis or the cost of civilization? – Jordan Ballor

Por Jordan J. Ballor

Fuente: Acton Institute

6 de febrero de 2019

 

The annual update from the Congressional Budget Office released on Jan. 28 has once again highlighted the debate over America’s debt crisis. Despite dismissive claims that Washington should end its debt and deficit “obsession,” and the fact that America’s indebtedness was omitted from last night’s State of the Union address, a much more prudent approach would treat this as a real crisis, important not only for public policy and political culture but also for our personal and spiritual lives.

The size and scope of the crisis is significant. The national debt is the accumulation of the federal government’s unpaid liabilities. These include deficits, which are negative balances between spending and revenue for a particular period, and are financed by instruments issued by the Treasury Department. The deficit for the month of October 2018 exceeded $100 billion, which more than doubled the deficit from the previous October. The deficit for the 2018 fiscal year totaled $779 billion. The highest deficit in the last 50 years was in 2009, when the government spent $1.4 trillion more than it brought in. The last time the federal government ran a surplus was 2001.

A major category of both financial and human cost over the previous two decades has been war: The invasion of Iraq and Afghanistan along other ongoing activities in the “War on Terror” have been estimated to have cost nearly $6 trillion. These numbers also do not include the government’s future entitlement obligations and promises, including Social Security and Medicare, which by most accounts are likely to grow considerably in coming decades. Indeed, entitlements represent perhaps the most significant area of necessary policy reforms in the coming decades.

It makes sense to compare these absolute numbers to the size of the overall economy as well. And since the American economy is so large and has grown so greatly over the last 50 years, the figures for national indebtedness as a portion of gross domestic product (GDP) are somewhat less striking but no less worrisome. The last decade saw a spike in deficit spending as a share of GDP following the Great Recession in 2009. In 2009 the federal government’s deficit spending relative to GDP was nearly 10 percent, while the federal government’s overall outlays reached nearly one-quarter of GDP. This peak was followed by a steady decline, while the last three years have seen a slow increase to deficit spending in 2018 at nearly 4 percent of GDP. Over the last five years overall government spending as a share of GDP has been just above 20 percent.

These numbers also do not include indebtedness at other levels of government in the country. Many localities and municipalities are facing significant shortfalls in funding for pensions and other programs in coming years, and states also face major challenges as more money flows to them through federal programs. Estimates of the overall public debt, including local, state, and federal governments, approach $25 trillion.

In addition, a greater and greater share of federal spending in the future will simply be paying the interest on debt that was already accumulated. A recent Wall Street Journal report based on a Congressional Budget Office study shows that, if current increases in interest rates continue, the government “will spend more on interest than it spends on Medicaid in 2020; more in 2023 than it spends on national defense; and more in 2025 than it spends on all nondefense discretionary programs combined, from funding for national parks to scientific research, to health care and education, to the court system and infrastructure.”

There are many, many factors that legitimately impact the level of government spending. It does seem, however, that there may be a kind of natural rate of government revenue and therefore a just rate of government expenditure. If, even amid different policies and eras, the federal government tends to bring in revenue of less than a fifth of GDP, then it seems prudent and just that spending generally and normally match that level. As the economists Antony Davies and James R. Harrigan put it, “While the government has collected a relatively constant 17% of GDP, it has spent a relatively constant 20% of GDP…. In other words, the government consistently chooses to spend more than it can take in, to the tune of about 3% of GDP. In any given year, the government spends about 15% more than it should.” Otherwise, the tax burden that is passed along to the next generation simply grows year after year, decade after decade.

As for solutions and sources of the problems, some years ago the Acton Institute developed some “principles for budget reform” that continue to have salience:

1) Reform of federal spending must properly balance responsibilities to current and future generations.

2) Because we owe the next generation economic opportunity, comprehensive budget reform is necessary.

3) The role of civil society is primary in assisting those in need.

4) The role of the federal government must reflect its limits as expressed in the U.S. Constitution.

There was something of a shift in political culture in the United States around these issues in the 1980s. A dominant theme of the Reagan Administration was that lowering taxes would necessarily result in constrained government. Such reasoning counted on the cultural norms against excessive and extended deficit spending. What such proposals got wrong was that the cultural reserve against running up public debt had already begun to evaporate, and that lowering taxes without commensurate decreases in expenditures would usher in a new era of budgetary irresponsibility.

Not much has changed on that score in the meantime. The debt crisis we face today is really just one aspect of a much larger crisis, one that is not merely political, or economic, or social, or cultural, or personal. It is a comprehensive crisis, one that crosses all institutions and all people. It is what Abraham Kuyper called “architectonic,” meaning that it is a challenge that is not reducible to merely technical solutions in one area of life. In some sense this crisis is the latest instantiation of the corruption that has marked the human condition since the fall into sin, and will only ever be fully resolved at the consummation of all things. Until that day, we must stem the tide and push back the darkness as faithfully as we are able.

 

El espíritu del dinero – Manuel Jiménez-Castillo

Manuel A. Jiménez-Castillo[1]

Universidad Católica de Pereira

 

1 La ciencia del dinero

El objeto último de las finanzas radica en una razonable comprensión de que los medios son fines para sí mismos y que los intercambios solo cumplen su labor cuando son fundamento de progreso y bienestar. Su campo compete al estudio objetivo del dinero como entidad que se vale de sí misma. Solo así adquiere su condición científica de logos. Con Aristóteles el papel del dinero recoge toda una tradición que ve en él una fuente secundaria de valor. No es sino virtud para otras cosas, es decir, medio de cambio. La censura crematística –la censura del dinero como simple depósito de valor- impide desplegar todo lo que en ella es condición de verdad y espíritu independiente. Su condición de patrón de pagos impide el uso natural del interés allá donde no se consuma separación clara entre propiedad y uso. Así, no se podrá vender un pedazo de tierra ni los frutos de su uso porque caería en una desigualdad contra-natura. Solo con la distinción de ambas entidades irrumpe el interés y con ello instrumentos financieros tales como la letra de cambio y el cheque. Reforzado por la figura del notario se nutren los intercambios comerciales y con ello el entendimiento de que todo interés no es más que el precio de disponer en el ahora lo que en su condición natural está reservado a un porvenir.

Pero llegar a esta comprensión requiere un esfuerzo natural unido a unas condiciones materiales que estimulen la intuición y finalmente la ordenación de un futuro sostenido bajo las leyes del ahora. En las primeras fases del desenvolvimiento económico, todo es inmediatez. La pobreza es presente absoluto, pura emergencia, sustraída de toda distinción entre disposiciones ajenas y propias. La falta de acumulación de capitales convierte todo préstamo en crédito improductivo. Su habilidad se resuelve en necesidades inferiores sin facultad auto-reproductiva. Véase sino como buena parte de la masa crediticia en países pobres se concentra en la reproducción de bienes fatuos carentes de esa habilidad para multiplicar el ahorro y la industria. El cálculo económico se resiente ante la pobreza que en su afán aspira a gobernar un mundo de necesidad frente al del civilizado interés.

Esta percepción del mundo domina el invierno de la historia. La censura al interés de los padres de la Iglesia alcanza su cénit con las tesis de santo Tomás donde solo la normalización de la propiedad abrirá puertas al mundo financiero. La negación de todo interés se consuma con la eliminación del precio al dinero pues lo que sirve como instrumento de intercambio no puede asumir un estatuto económico per natura. El dinero es un universal concreto que se trueca por todo excepto por sí mismo. Censurables son, así, los pagos a una sustancia extraña a toda mercancía que ni se vende ni se compra. La falta de independencia exige acomodar los ritmos económicos a la doctrina eclesiástica y en ello la tradición escolástica hace un esfuerzo único.

Pero las cosas van cambiando y lo que resulta evidente para una conciencia apegada a una existencia material se hace insuficiente cuando se eleva. Que el dinero carece de valor intrínseco como nos recuerda san Mateo 25:14-30 “(…) si se entierra en el suelo no produce ningún beneficio” se hace insuficiente para una humanidad que ha puesto sobre el trueque el gobierno de las pasiones más comprometidas. Con la llegada de la letra de cambio el mundo comienza a reconocer lo que solo es evidente para una sociedad avanzada. Basada en el intercambio favorece la solidaridad entre sus miembros regando de prosperidad y conduciendo pacíficamente los intereses de todos. Evidente para Montesquieu es que el comercio se constituye como apaciguador de pasiones litigantes, ganando en fuerza simbólica y en la confianza de lo que es útil para todos. La falta de respaldo metálico no dañará su valía pues ha comprendido que su fuerza radica en resolver necesidades transitorias y conducir las pasiones hacia la frugalidad y la experticia. El dinero se va ajustando a principios de racionalidad económica garantizado por la legitimidad del interés y el empeño efectivo en actividades onerosas. Cuando el dinero deja de ser un instrumento que convoca a las necesidades inferiores cristaliza en voluntad intersubjetiva y estimula rendimientos crecientes. Entonces el cálculo revierte en una virtuosa actitud profesional y la figura del contable testimonia la inauguración de una ciencia del dinero.

El ejercicio financiero transita de ser ánimo para la codicia a ser alimento de virtud general. Una presencia abierta del mercado asume que todo acuerdo entre oferente y demandante requiere de maestría inter-partes. Solo el experto en necesidades ajenas sobrevive al mundo de la competencia que lubricado por las finanzas, acelera y reproduce beneficios y disposiciones. Pero extraer dones sociales de las finanzas y no lúgubres caminos de enriquecimiento exigirá reformular en mayúsculas la conciencia de los pueblos.

Ya con la resolución de las necesidades se distingue, en notable obra de la moral, aquellas satisfechas desde los primados del vasallaje con las dispuestas desde la inteligencia y la creatividad. Pero entonces, ¿por qué goza de tan mala fama el mundo de las finanzas cuando su origen resulta de un ejercicio libre del espíritu? La respuesta debe buscarse probablemente en el modo en que se distribuyen socialmente los goces de ese logro. Siguiendo lo apuntado por Fustel de Coulanges las finanzas ponen a la gente en su sitio de una manera muy particular; por una combinación de suerte y tenacidad. El mercado financiero va resolviendo la condición social de los agentes económicos guiado por los principios del cambio e incertidumbre. Por eso, el mundo que emerge con las finanzas termina siendo uno donde la estabilidad y predecibilidad de la vida segura del esclavo se diluye tras la inseguridad que proporciona la competencia libre. Por este motivo, el sistema financiero vence sin convencer pues es en él característico perjudicarnos como individuos a la vez que nos promociona como masa social. Generando una aflicción emotiva de tintes neuróticos consigue que todos nos sintamos más inseguros y perjudicados en un mundo cada vez más próspero.

Las finanzas estimulan las relaciones mercantiles y estas fortalecen el espíritu de la competencia. Obrando a partir de un mecanismo de destrucción creadora fuerza un mejoramiento humano general desde el perjuicio particular de cada uno de sus protagonistas “la competencia es sana mientras no te ocurra a ti”. Así, las sociedades se instalan progresivamente más prósperas desde sujetos atormentados y sometidos a la lucha constante por el reconocimiento. Esta paradoja podría explicar esa desazón del que vence sin convencer y que, en últimas, nos pone como individuos ante el reto de digerir todo este siglo y medio de espectacular dicha.

2 Pobreza y Finanzas

Las finanzas favorecidas por su condición social nunca son causas del progreso, y sin embargo, participan solidariamente en su consecución y sostenimiento. No es desde las finanzas, aunque sí con las finanzas donde el mercado multiplica sus externalidades positivas conquistando allá donde participa (con otros determinantes (educación, salud, etcétera) mitigar la pobreza y reproducir oportunidades. El progreso material se refina curtido desde aquello mismo que lo denosta; es decir, expande oportunidades a la vez que concentra beneficios. El mercado se nutre de cambio, y el cambio de movilidad, por lo que a toda acción le sobreviene siempre una reacción igual y contraria. Todo beneficio de la competencia exige como al dios Saturno devorar a sus hijos. A fin de cuentas toda competencia es un intento frustrado de aspiración al monopolio; recuérdese que en competencia perfecta nadie compite.

A la luz de estas paradojas, nos topamos con un hecho que no por razonable resulta ser fascinante; la reducción mundial de la pobreza ha supuesto un incremento de la desigualdad social y esto último, la prueba de que con todo el mundo progresa. El mejoramiento se encuentra instalado precisamente en ese mismo sentimiento de desafección que nos incita. En ciencias sociales, contrario a otros saberes y prácticas, es de recibo observar lo que no funciona para deducir su naturaleza necesaria. Empero, un mundo cada vez menos pobre y más desigual supone retos relevantes para las finanzas en su papel pacificador. Porque superada la primera fase de escasez, no es una igualdad de recursos lo que apremia, y sí una igualdad en la capacidad de acceso al sistema financiero. Solo en esto último las finanzas satisfacen ese rol de agente más eficiente entre necesidades presente y futuras. Véase sino como el sistema financiero consigue ordenar de modo prosaico aquello que se tiene y no se necesita con lo que se necesita y no se tiene. Esto multiplicado por la infinidad de interacciones lo dota de un servicio superior y de una fuente de estima inestimable.

La desigualdad entre países pero sobre todo en los países afecta preponderantemente la capacidad de acceso. Allí donde impera la asimetría el precio del dinero deja de medirse en función de su escasez natural. La desigualdad entre los extremos dificulta la adecuación de los deseos individuales a una política que garantice el respeto por la propiedad y una higiénica red de garantía jurídica. Sin ambos, los derechos de garantías se igualan a un sobrecoste de financiación. A ello añádase los efectos que arrastra sobre el desenvolvimiento de las relaciones informales de producción. La desigualdad es distancia entre agentes y esto anticipa la conformación de barreras en forma de costes de información, de control, y finalmente de liquidez y diversificación. El estrangulamiento en la base crediticia para buena parte de la población  mundial convierte la deuda en un instrumento de extorción y servidumbre allá donde debiera cumplir funciones productivas (véase sino los casos de suicidio en el noroeste de la India documentados de modo recurrente en la última década).

Solo la deuda que se encamina a fortalecer el progreso individual y colectivo es una deuda legítima pues el que recibe está en condiciones de devolver sin mermar patrimonios propios. La prosperidad se hace fecunda consintiendo que prestamista y prestatario no se vean ahogados por unas condiciones de reparación inasumibles. Apelando a la gracia de un acceso al crédito favorable se resuelve lo que de virtuoso tiene restituir lo ajeno sin restar en lo propio. El punto clave brota de la libertad (como capacidad) que cada uno atesora para decidir o no sobre la conveniencia y necesidad del servicio vigente; o en otras palabras, sobre el conjunto de posibilidades con las que el individuo cuenta para poner en conveniencia sus oportunidades con su disponibilidad patrimonial. No es tanto la posibilidad para solicitar un servicio financiero, sino la adecuación de este al motivo necesario que le exigen sus inclinaciones más naturales; es decir, que el sistema financiero contribuya a la expansión de las libertades personales y no ha engrasar la maquinaria financiera. Si las condiciones exógenas no son, en tal caso, las dispuestas a prevenir la carencia y la sumisión cualquier producto financiero que se precie no será otro que causa de falencias y arbitrariedades.

3 Micro-finanzas

Entre tanto, llama la atención la irrupción de los servicios micro-financieros en buena parte del mundo en desarrollo. Con los trabajos experimentales de M. Yunus, un economista bangladeshí fundador del banco de los pobres “Grammer Bank”, se creyó firmemente y sin más pruebas que algunos casos aislados, que los pobres son pobres por la falta de acceso al sistema financiero. Pero vacunados ante tales simplismos es sobre todo la capacidad para acceder y no el acceso mismo lo que marca la diferencia entre prosperidad e indigencia y solo expandiendo las facultades humanas (educación, sanidad, etcétera) se liberan las finanzas de una deuda no sostenible. El mero acceso a recursos financiero carece por naturaleza de ánimo para obrar en función de las ocasiones que brinda el servicio de mejora en la vida de los más pobres. Un bien financiero puede cumplir las veces de inversión productiva cuando a la inteligencia económica le suceden disposiciones de tiempo y fortuna. En cambio, se ejecuta como gasto  improductivo cuando la emergencia propia de la caristia torna barrera infranqueable al provecho. Sostenido en este carácter ambivalente, el sistema micro-financiero ha fomentado una contradicción de fondo double bottom line donde la función social queda hipotecada por principios de racionalidad y sostenibilidad financiera. Su vocación eminentemente social choca con su realismo operativo.

Es del todo innegable para una mente clara que si el acceso al crédito resolviera los problemas de emergencia económica la sostenibilidad de las instituciones microfinancieras quedaría asegurada, pues no existe mayor prueba del éxito para un crédito que reponerlo sin perjuicio. Sin embargo, que la literatura académica se haya nutrido a partir de ese conflicto prueba que toda estrategia minimalista está abocada al fracaso. O en otras palabras, que la micro-financiación consigue solo y a duras penas mejorar el nivel medio de ingresos de los micro-prestatarios pero nunca alcanza un estado tal que los ponga a salvo de la escasez y la sostenible reposición de las deudas contraídas. Las pruebas empíricas solo corroboran lo evidente. Las más de 300 evaluaciones de impacto conducidas desde el MIT revelan un efecto indefinido si bien débil en los niveles de ingreso familiar para aquellos beneficiarios cuyos niveles de renta se sitúa muy por debajo de la media de los países subdesarrollados. Solo allí, tras umbrales tolerables de bienestar el impacto se repone y democratiza (ver en G.C.A.P, 2002; Hossain, 1989).

4 Conclusión

El mundo de las finanzas ha puesto en conexión mercados equidistantes dando validez y vitalidad a las relaciones mercantiles. Los éxitos compartidos han sido inmensos se mire por donde se mire (solo la pobreza en el mundo ha caído en más de un 80% desde 1970) y con la nueva revolución tecnológica la movilidad de capitales otrora limitada al espacio geográfico sobrevuela sin límites la economía virtual. Las crisis financieras han sido y serán cada vez más recurrentes aunque menos devastadoras, pues es propio de la experiencia domesticar dolores históricos. El carácter ambivalente es consustancial a la vida misma, y el dinero como producto de la conciencia intersubjetiva no está exento de estatutos. En este sentido, la incertidumbre financiera es el precio que la civilización contrae por las infinitas posibilidades que la ciencia del dinero brinda a la hora de cuadrar las disponibilidades presentes y futuras con las necesidades de todos. En última, y he aquí la gracia que despliega las finanzas en esta fase mundial, se halla su facultad más elaborada para revertir la potencia en acto productivo. Relacionando compromisos e inclinaciones de un modo que solo el voluntario flujo de intereses personales sabe hacer, multiplica de modo exponencial el universo material aproximando en su medida el paraíso celestial a la tierra.

[1] Doctor en Ciencias Económicas y Magister en Economía del Desarrollo por la London School of Economics and Political Science (LSE). Ha fungido como profesor-investigador en la Pannasastra University of Cambodia (Camboya), El Colegio de la Frontera Norte (Nuevo Laredo, México), Universidad Católica de Pereira (Colombia). Vive alimentando por la llama del entendimiento y ametralla críticamente su voluntad para liberarlo de ilusiones vacuas. Ha publicado trabajos sobre filosofía del desarrollo económico, microfinanzas, cooperación internacional. Email: [email protected] Facebook: Antonini de Jimenez. Canal youtube: https://www.youtube.com/channel/UC11-cpzjC28ILXdiJBqTRnA

La Filosofía Económica de Leonardo Polo: Enfocarse en La Oferta No en La Desigualdad – Alejandro Chafuen

Alejandro A. Chafuen

Traducido por Joshua Gregor

Fuente:  Revista Forbes

En Filosofía y economía, el filósofo español Leonardo Polo (1926-2013) ofrece pensamientos profundos que pueden servir como base para cambiar el debate sobre la desigualdad. Durante su carrera académica, sobre todo en la universidad de Navarra pero también en otras universidades, Polo inspiró a miles de estudiantes. Sus obras suman casi 20 volúmenes. Institutos y centros de investigación han sido establecidos en al menos siete países para estudiar sus obras y su impacto. Polo dirigió más de 40 tesis doctorales.

Aunque mucho más conocido como filósofo, Polo abordó también la economía. Polo incorpora algunas de las ideas de las figuras más influyentes en este campo, como John Maynard Keynes y Milton Friedman. Así como en filosofía, también aquí Polo va más allá de los argumentos y métodos tradicionales. Trata, por ejemplo, de la “económica espacial” o la influencia de la geografía en el desarrollo económico. Consideraba Bruselas, estratégicamente situada en los corredores productivos de Europa, como destinada a aumentar su poder político y económico. Sin embargo, no le gustaba el modelo belga, que según él se fundaba “sobre la gran empresa cuyos garantes son, a la vez, sus parásitos.”

El autor que más influyó en las opiniones de Polo sobre la riqueza es George Gilder. Siempre hay peligro con etiquetas ideológicas, pero es justo describir a Polo como un filósofo de la economía de la oferta (supply side economics). Promovía el abandono de la mayor parte del Keynesianismo; prefería el enfoque de Jean-Baptiste Say (1767-1832). Éste enfatizaba la importancia de la oferta más bien que la demanda, la receta mágica de Keynesianos de todo tipo.

Polo mantiene que la esencia del verdadero capitalismo es el dar, ofrecer. Este tipo de dar requiere tomar riesgos sin saber si se podrá recuperar la inversión. El verdadero empresario y el capitalismo sano se corrompen en la visión Keynesiana. Mientras el verdadero empresario ve una oportunidad de crear y tiene el talento y coraje para atraer recursos e invertirlos antes de ver el resultado, el empresario Keynesiano es, según Polo, alguien que busca sumarse a la ola de tasas más altas de crecimiento sin arriesgar mucho.

Las políticas Keynesianas conducen a “suscitar lo que podríamos llamar empresarios por conveniencia, no por vocación. Ese tipo de gentes, en los que el afán de riesgo es muy limitado, han sido los verdaderos promotores de la sociedad de consumo.” Por “sociedad del consumidor” Polo quiere decir una sociedad en que la mayoría se concentra en el aspecto material de la economía. Este tipo de empresario se interesa más en ser “espías de los signos de demanda (prácticas de marketing” sin asumir el riesgo de crear y descubrir.

Polo tiene puntos de vista particulares sobre la justicia distributiva, que a diferencia de las interpretaciones redistributivas típicas son coherentes con una sociedad libre. Para él, “la justicia distributiva garantiza lo que se suele llamar el bien común, esto es, que el juego de los esfuerzos humanos en la sociedad sea un bien para todos.” (p. 343) Los dos actores principales que promueven este tipo de justicia son la familia, con su desigualdad funcional, y el empresario que toma riesgos. Estos dos actores se basan más en dar que tomar; y dado que el trabajo del empresario beneficia a personas ajenas de su familia, parece que el emprendimiento implica más generosidad que la de un miembro de familia.

Polo subraya que la redistribución y los subsidios tienden a empeorar más bien que resolver el problema de la pobreza. Señala que, a pesar de su ineficacia, a los keynesianos y burócratas les encanta este enfoque. Polo escribe, “Como tampoco el riesgo atrae a la burocracia socialista, tanto el empresario keynesiano como el político socialdemócrata son incapaces de promover la dignidad humana: están aquejados de inautenticidad, su actividad está íntimamente desasistida, olvida la justicia distributiva.” (p. 345)

El dar que es esencial para una sociedad libre y justa no es sólo material, sino también espiritual; y lo que damos debe ser nuestro y no de lo común. Añade Polo: “En rigor, la justicia distributiva impulsa a atreverse: en el caso del empresario, a no esperar a tener comprador garantizado para producir, a confiar en la oferta.” (p. 346) Las visiones de Polo difieren de la perspectiva clásica aristotélica y tomística de la justicia distributiva—la que trata de las reglas necesarias para mantener y distribuir lo que se posee en común (edificios públicos, ingresos tributarios, nombramientos de gobierno, etc.)—pero no la contradicen. Polo es consciente de que la justicia conmutativa, a pesar de su importancia, no garantiza una sociedad libre y justa. También los contratos se deben complementar por la justicia distributiva. Las reglas que determinan la justicia distributiva son aún más difíciles de discernir que las de justicia conmutativa.

Las perspectivas de Polo sobre la justicia distributiva se alinean más con conceptos descuidados de la justicia social, que ven la redistribución como un problema pero consideran como una virtud el trabajar por el bien común. El empresario que tome el riesgo de ofrecer sin tener la demanda asegurada puede ser visto favorablemente como filántropo, y aún más que eso. Este tipo de justicia social y distributiva es esencial, pero va más allá de la justicia de los tribunales. Nadie puede ser llevado a juicio por no querer tomar riesgos.

Las teorías de Polo se beneficiarían de un mayor énfasis en el papel de los precios libres para guiar a empresarios para que “los esfuerzos sociales sean para el bien de todos” (p. 343) o al menos para la mayoría. Eso era una visión clave en las enseñanzas del premio Nobel F. A. Hayek, y también las de Ludwig von Mises. Polo no cita a von Mises pero llega a conclusiones semejantes al escribir que “accumulating capital is an activity of a spiritual nature.” (p. 45) En La acción humana, su tratado más importante, von Mises escribe: “Las ‘fuerzas productivas’ no son materiales. La producción es un fenómeno espiritual, intelectual e ideológico. Es el método que el hombre, dirigido por la razón, emplea para eliminar sus incomodidades de la mejor manera posible. Lo que distingue nuestras condiciones de las de nuestros antepasados ​​que vivieron hace mil o veinte mil años no es algo material, sino algo espiritual. Los cambios materiales son el resultado de los cambios espirituales.”

Polo es un fuerte crítico de las ideas actuales de la justicia distributiva, según las cuales la misma consiste en tomar de los ricos y darle a los pobres. Veía correctamente que la debilitación del espíritu empresarial conduce a la debilitación del bien común. Se preocupaba mucho por la burocracia que a su parecer afectaba no sólo al gobierno sino también a las grandes corporaciones.

Relevancia para la política económica de hoy

Adam Smith, el economista más famoso de todos los tiempos, a veces llamado “el padre de la economía”, era un filósofo moral. Su visión influyó mucho en la política económica desde la Ilustración escocesa del siglo XVIII en adelante. Desde entonces, sin embargo, hay cada vez menos economistas que se esfuerzan por entender los fundamentos filosóficos y los incorporan en su trabajo. Del mismo modo, los filósofos tienden a evitar los temas económicos. Leonardo Polo es una sana excepción: no abandonó nunca su lenguaje filosófico, difícil y a veces único, pero alimentaba sus análisis leyendo a algunos de los mejores economistas.

Su filosofía económica puede servir de guía importante en la confección de las plataformas económicas y sociales de diversos movimientos y partidos políticos en el occidente de hoy. Tiene buenos fundamentos económicos e incluye intuiciones profundas sobre la condición humana.

Dada la reconstitución de la escena política en varios países de habla hispana, las varias universidades “compañeras” de Navarra, y con el creciente interés en el legado de este filósofo, es posible que las enseñanzas de Polo ganen en influencia. No solo en España sino en otros horizontes. Polo no era un conservador típico; su padre murió exiliado por apoyar a los adversarios de Francisco Franco. Es probable que sus visiones económicas atraigan más a los partidos más partidarios del liberalismo económico, pero los liberales en las américas, ni siquiera tiene seguidores para formar paridos vecinales. Las ideas de Polo, sin embargo, pueden ser útiles para aquellos que como Sebastián Piñera en Chile, o Iván Duque en Colombia, que sin ser anti mercado, buscan consensos más amplios que los del simple liberalismo económico. Los más populistas, como el surgente Jair Bolsonaro, también pueden beneficiarse con el enfoque “Poliano.”

En la izquierda, líderes como Andrés Manuel López Obrador, y otros amigos del socialismo del siglo XXI, podrían usar las ideas de Polo para renovarse, pero tendrían que abandonar algunas de sus banderas socialistas. Alberto I. Vargas, cofundador del Leonardo Polo Institute of Philosophy (EEUU), afirma que hay que hay que prestarle más atención a las ideas de Polo “sobre sobre los obreros, que cuando desempeñan su labor en entornos con información adecuada se convierten también en empresarios creadores. El empezar por la desigualdad no nos conduce al camino que lleva a la reducción de la pobreza. Es necesario enfocarse en la creación de riquezas a través de la liberación y el aumento del espíritu generoso y empresarial de trabajadores y empresarios. Vargas concluye: “La perspectiva de Polo sobre la ‘ayuda’ es muy rica y muy lejana al paternalismo, Polo más bien va en la línea de la libertad, de la capacidad de oferta y de la donación.”

Alejandro Chafuen, Managing Director, Acton Institute, International

La tragedia y las farsas – Carlos Newland

LA TRAGEDIA Y LAS FARSAS: LOS CICLOS ECONÓMICOS KIRCHNER/MACRI, PERÓN/PERÓN/VIDELA e YRIGOYEN/URIBURU/JUSTO COMPARADOS

Por Carlos Newland (ESEADE)

27 de mayo de 2018

 

En su muy conocida enumeración de Carlos Marx implica que algunos eventos históricos se repiten dos veces. La primera vez se generaba lo que denominó una “tragedia”: una situación dramática ocurrida  en un contexto determinado. La segunda y posterior, que caratuló como “farsa” era parecida en algunas de sus características a la primera pero con aspectos caricaturescos, por su reiteración[1]. Algo similar ha expresado recientemente Loris Zanatta: “La historia no es magistra vitae: la mayoría de las veces nos revela lo que haremos de nuevo, una vez, cien o mil veces más. Seguir leyendo La tragedia y las farsas – Carlos Newland

Siete décadas de deterioro económico – Nicolás Cachanosky

Por Nicolás Cachanosky

Fuente: Infobae 

18 de abril de 2018

 

Una reciente actualización de datos económicos del Proyecto Madison permite repasar el desempeño económico de Argentina desde 1880 hasta la fecha. Entre fines del siglo XIX y principios del siglo XX, Argentina supo ubicarse entre las economías más ricas del mundo. Sin embargo, en algún momento el país perdió su rumbo y comenzó a perder posiciones en el ranking mundial de riqueza económica. La creación de riqueza no es importante solo por cuestiones económicas. Países con mayores ingresos poseen mejores indicadores de salud (esperanza de vida, mortalidad infantil, etcétera), mejores niveles educativos, y también un mayor desarrollo artístico y cultural. Seguir leyendo Siete décadas de deterioro económico – Nicolás Cachanosky

Libre comercio y globalización: ¿Contribuyen a erradicar la pobreza? – Gustavo Hasperué

 

Gustavo Hasperué

Buenos Aires, 15 de noviembre de 2017

Hacia el año 1800 la población mundial era de mil millones de habitantes, la esperanza de vida al nacer no llegaba a 40 años y más del 80% de la gente vivía en pobreza extrema. Poco más de dos siglos después, la población se multiplicó por 7, la esperanza de vida se duplicó y la pobreza extrema cayó al 10%. Son sin duda logros extraordinarios que nos llenan de esperanza ante el problema de la miseria y la pobreza que todavía afecta a millones de seres humanos. Es fundamental entender cómo ha sido posible semejante progreso para determinar qué camino deben seguir las comunidades que aspiran a niveles crecientes de desarrollo. Seguir leyendo Libre comercio y globalización: ¿Contribuyen a erradicar la pobreza? – Gustavo Hasperué

El plan económico de Cambiemos descansa en un acto de fe – Nicolás Cachanosky

1 de marzo de 2018

Por Nicolás Cachanosky

Fuente: Infobae

 

¿Por qué, si la economía parece estar encaminándose, son varios los economistas que siguen preocupados por el lento gradualismo económico del Gobierno? Sube la industria, sube la construcción, suben las reservas, baja la inflación, etcétera. ¿Acaso los resultados no le dan la razón al Gobierno? El problema no es sólo si los indicadores económicos están dando bien hoy, sino si el modelo económico converge o no a un equilibrio macroeconómico. No es claro que el modelo converja a equilibrio, y el Gobierno parece que no lo nota o no le importa. Seguir leyendo El plan económico de Cambiemos descansa en un acto de fe – Nicolás Cachanosky

Autoengaño e ilusión óptica en el análisis de la economía – Mario Šilar

3 de marzo de 2018

Por Mario Šilar

Para Instituto Acton

 

Que los seres humanos no somos tan racionales como solemos pensar que somos es una obviedad. El estudio de esta tendencia al autoengaño, el error o la acción incontinente atraviesa casi toda la historia de la filosofía moral, desde el frecuentemente malinterpretado intelectualismo moral de Sócrates, hasta los modernos estudios sobre la racionalidad interna y externa de Donald Davidson. Sin introducirnos en un análisis complejo, me gustaría señalar que la tesis socrática de la conexión estructural entre autoengaño y error, por la que se puede afirmar que “resulta esencial a toda forma de error la presencia de un componente irreductible de autoengaño”, tiene no solo una importancia capital en el seno de la filosofía moral sino que puede servir también para iluminar nuestra comprensión de los fenómenos económico-sociales. Seguir leyendo Autoengaño e ilusión óptica en el análisis de la economía – Mario Šilar

Mario Šilar

Senior Researcher del Instituto Acton Argentina Es Bachiller, Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte “Santo Tomás de Aquino”. Hizo estudios de Posgrado en Organización y Gestión Educativa, en la Universidad Austral. Tiene un Máster en Derecho de la Integración Económica, por la Université Paris I Panthéon-Sorbonne y un Máster en Formación del Profesorado por la UNED (España). Es Diploma de Estudios Avanzados en Filosofía por la Universidad de Navarra.