Archivo de la categoría: Ética e Instituciones

La enfermedad del poder en Estados idealizados – Marcelo Miranda

Por Marcelo Miranda

Para Instituto Acton (Argentina)

15 de agosto de 2019

 

El poder y su ejercicio dentro de un Estado de derecho, donde todas las reglas y normas se encuentren debidamente delimitadas y establecidas, es totalmente necesario. El cardenal Joseph Ratzinger señalaba con total claridad: “La política debe ser un compromiso por la justicia y crear así las condiciones básicas para la paz”. Siguiendo esa misma línea se entiende que el ejercicio del poder es un instrumento útil en la construcción de una adecuada vida en sociedad y la consecución de la justicia.

Desnaturalización del poder.  Cuando el poder es nublado por el éxito y la parafernalia del caudillo, el “sano poder” se transforma en un instrumento de opresión y de represión, pues ya no se vela por una administración justa, y ecuánime, se prioriza la prebenda y el abuso, dando como resultado un Estado quebrado.

El cardenal Ratzinger (papa Benedicto XVI) señalaba que se hace dificultoso diferenciar entre “el derecho verdadero del derecho aparente”, pues este último llega a camuflarse de manera magistral en los distintos espacios de la administración pública y de la administración de justicia, haciéndonos creer que se vive dentro de una máxima idealizada de progreso, justicia y paz, cuando en realidad se vive en un espejismo peligrosamente bien elaborado.

Sintomatología. Los Estados que construyen un aparato estatal de gran envergadura padecen de una especie de involución; es decir, un retroceso jurídico marcado, puesto que estas visiones de Estado regente, grande y protector hacen que el  Estado tenga una concepción cuasi “divina” y su líder sea una figura mesiánica. Por ende, llegar a pensar en un poder corrupto y avasallador que emana de este tipo de Estados es básicamente imposible para los encandilados militantes.

Transmisión y contagio. La enfermedad del poder en Estados grandes siempre se trasmite de arriba hacia abajo; es decir, resulta imposible que un funcionario de bajo nivel que ejerce de manera inadecuada su insignificante influencia llegue a contagiar a las grandes esferas del aparato estatal. Pasa todo lo contrario cuando el mal ejercicio del poder nace y a su vez es ejecutado desde la cima del mismo Estado, sólo de esta forma el mal se viraliza, ejerciendo su poder multiplicador.

Consecuencias. El mal ejercicio del poder y la corrupción que emerge de él llevan al derecho a dejar de tener la fuerza coactiva y coercitiva necesaria para normar los aspectos propios de la administración pública y de la vida en sociedad, básicamente se instrumentaliza la ley para ocultar, socapar y validar actos de corrupción; por otro lado, el Estado regente y protector, con un aparato administrativo grande, en su afán de controlar todo, termina por no controlar nada; la corrupción se normaliza, la justicia se prostituye y la ética se penaliza.

Prevención y cura. La reducción del aparato estatal es sin duda el profiláctico ideal, pues el poder se reduce a las normativas necesarias para el mantenimiento de un Estado de derecho funcional, las empresas estatales innecesarias deben ser repensadas dando mayor participación a capitales privados. El poder de la Policía y el poder judicial deben estar debidamente regidos no sólo por la normativa vigente, también por una consciencia natural que emane de preceptos éticos y morales.

Conclusión. Si bien los Estados proveedores, con un aparato administrativo de gran envergadura, han demostrado una y otra vez su incapacidad de hacer frente a la enfermedad del poder y la corrupción, las personas todavía no pueden o no quieren dejar de creer en un Estado mítico salvador.

Quizás sea necesario empezar a releer la historia dejando de lado el romanticismo nacionalista, socialista y el marxismo cultural imperante para dar paso a una visión liberal, que, aunque menos romántica, ha demostrado ser más eficaz a la hora de controlar el abuso de poder, la corrupción y el prebendalismo.

 

 

Marcelo Miranda Loayza es teólogo y forma parte del Centro de Estudios Joseph Ratzinger.

Sobre las PASO: Una mirada desde el exterior, con dolor interior – Mario Šilar

14 de agosto de 2019

Mario Šilar[1]

Para Instituto Acton (Argentina)

 “Moralmente está en su país el que vive en el extranjero
ocupado del pensamiento y del estudio de su país.”
J. B. Alberdi

 Duele cuando uno se entera que personas casi desahuciadas, que padecen enfermedades incurables en sus estadios terminales caen en manos de estafadores, dispuestos a lucrarse con la desesperación humana ante la falta de un bien tan preciado: la salud. Sin embargo, si bien uno puede sentir clara repulsa por los aspectos más grotescos de lo que algunos llaman “medicinas alternativas” –hay casos repugnantes en España donde uno de estos “curanderos de turno”, prescribía a sus pacientes brebajes de lejía (lavandina) y zumo (jugo) de limón como “remedio” para curar tumores metastásicos–, y no dudamos en censurar a quienes realizan estas prácticas; echamos un tupido velo y un manto de piedad sobre el paciente que se introduce en ese laberinto.

En efecto, ante el enfermo casi desahuciado se nos impone el respeto silente. Este enfermo, en su desesperación, tal vez concibe estas “terapias” como una última tabla de salvación para permanecer en este mundo. Ante esta persona enferma nos invade una especie de temor reverencial y temblor interior… pensamos: “¿quién soy yo para decirle lo que tiene que hacer?”, “¿acaso tengo certeza de que yo no haría probablemente lo mismo estando en su situación?”, “¿quién soy yo para juzgar los motivos que pueda tener esta persona para seguir ese camino?”. ¿Cómo atreverse a juzgar sobre el anhelo de un padre por estirar unas semanas más sus horas de vida para asistir a la graduación de su hija, pasar junto a su familia un último cumpleaños, asistir a la boda de su hijo, tomar en brazos por primera (y tal vez única vez) a su nieto…? La vida tiene una especial forma de caerse en la mitad… y los enfermos terminales nos ponen frente a frente con uno de nuestros principales temores: la finitud imprevisible de nuestra existencia.

Desde el domingo 11 de agosto, llevo varias horas informándome del resultado electoral en la Argentina. Nuevamente encuentro a mis conciudadanos envueltos en esa espiral de frustración, con ribetes de impulsos autodesintegradores, anómicos y una buena dosis de victimismo. Como supo advertir Gabriel Zanotti hace más de un año, Macri no pasará a la historia como el estadista que habría podido ser. Tal vez la suerte ya esté echada y el gobierno de Mauricio Macri sea la enésima –en rigor la tercera– historia del fracaso de un gobierno no peronista desde el regreso de la democracia en la República Argentina, en el año 1983. Con algo más de precisión, me animaría a decir que se trataría de una nueva historia de fracaso sociocultural.

El ciudadano argentino, como ese enfermo terminal desafortunado que parece encontrarse en el peor de los mundos, flota a la deriva. Muchas veces, detrás de esa huida desesperada hacia las “terapias alternativas” –eufemismo del engaño– hay una historia de relación médico-paciente, en la medicina tradicional, fría, distante, burocrático-instrumental… En efecto, un médico displicente, un diagnóstico inusitadamente tardío, el castigo ante la búsqueda de una segunda opinión clínica suelen iniciar los derroteros de los diagnósticos con mal pronóstico. Esto en el mejor de los casos…, lo más triste suele ser toparse con un médico soberbio y arrogante, que se empecina encarnizadamente en no reconocer sus límites (ni los del saber científico), quien rehúye el encuentro genuino, la mención a los cuidados paliativos y el simple acompañar…; olvida a la persona detrás de los síntomas (siempre es más fácil lidiar con síntomas que con personas). Si buena parte de la sociedad argentina habita como si fuera en un gran “hospital de campaña”, lo cierto es que sus ciudadanos no están por la labor de padecer “cirugías mayores sin anestesia”. Como el enfermo terminal, que harto de su padecer –que no es solo físico–, no duda en volar tras los cantos de sirena del gurú de turno; el ciudadano argentino, una vez más ha encontrado sensato emprender el camino de la sinrazón. Lo más triste es que la analogía mencionada más arriba resulta inapropiada. De hecho, la situación de la Argentina no es la de un enfermo terminal, el país no padece ningún mal incurable. Paradójicamente, esto lo hace más grave ya que una afección perfectamente curable se puede convertir en terminal como consecuencia de las decisiones libres, como el paciente que ante el primer toque de atención de una dolencia se empecina en no modificar los hábitos no saludables arraigados.

Si en esta ocasión se mantiene cierta conservación de institucionalidad como para que el peronismo opte por no precipitar los acontecimientos y que se produzca un traspaso de la banda presidencial sin mayores traumatismos (en 1989 y en 2001 hubo fallecidos), el próximo 10 de diciembre, algo –no menor– se habrá alcanzado. A día de hoy, y a tenor de algunas declaraciones, incluso esto se antoja bastante ambicioso. Ayer, escuchando la conferencia de prensa del presidente Macri y su candidato a vicepresidente, Pichetto, me llamaron la atención varias preguntas de los periodistas. Desde la perspectiva exterior –no resido en la Argentina– el tono y contenido de muchas de las preguntas resultaban inconcebibles en el contexto europeo. Algunas de las preguntas tenían un tono entre intimista y populista que resultarían extrañas aquí. Luego estuvieron las preguntas sobre cambios de gabinete o sobre la posibilidad de un adelanto electoral. La “normalidad” con que en Argentina parecen asumirse estrategias cuasi-mágicas o meramente simbólicas (¿qué pueden hacer nuevos ministros en poco más de ocho semanas?), resulta descorazonador.

En todo caso, creo que, lamentablemente, la “grieta” no desaparecerá porque su lógica es parte cuasi-constitutiva del sino de nuestro tiempo –no sólo en la Argentina–, y un aspecto particularmente funcional a los intereses de los actores políticos y burócratas de turno. En el caso argentino, tanto el nacional-católico necesita una trinchera, el fanático progresista necesita enemigos frente a su trinchera, lo mismo el cultor de las agendas radicales lgtbiq… también el liberal ideologizado necesita de su trinchera exterior… incluso el ciudadano que va de moderado suele ponerse como un alemán en el Somme cuando se encuentra con alguien que expresa algunas convicciones que le suenan políticamente incorrectas o, según su ‘infalible’ opinión, “impracticables”. Si “de la justicia de cada uno nace la paz para todos” (S. Juan Pablo II), se podría decir que de la envidia de cada uno nace el conflicto para todos… y la (mala) política, necesita, inflama y se lucra de este perpetuo conflicto. Como me dijo un español, hace algún tiempo, utilizando un término con el que suelen describirse a sí mismos: “El gen cainita también habita entre vosotros”.

Causa tristeza que una sociedad parezca condenada a tener que elegir una y otra vez entre un mal médico y un retorcido gurú astuto. Me niego a aceptar ese fatalismo. Pero tal vez hay un nivel más profundo en donde la comparación ofrecida se revela absolutamente inapropiada. En efecto, los ciudadanos no requieren el tipo de cuidados que necesitan las personas enfermas. ¿Hasta qué punto no será este afán por concebir a la clase política como agentes que “deben velar por nosotros, los indefensos ciudadanos” lo que se encuentre en la raíz de muchos de los problemas socioculturales argentinos? Hace unos días vimos Mascotas 2 en familia. El perrito protagonista sufre un importante nivel de ansiedad fruto de la presencia de un nuevo integrante en la familia, un pequeño bebé que el perrito acoge bajo su cuidado. Querer hacerse completamente cargo de quienes están a nuestro cuidado no conduce más que elevados niveles de ansiedad, neurastenias y diversas psicosomatizaciones: porque tan pronto se entiende la magnitud de los riesgos y peligros que acechan a quienes pretendemos proteger, tomamos conciencia de la fragilidad de nuestra habilidad para controlar el entorno. No en vano los políticos paternalistas suelen adoptar ritmos infernales de trabajo, horarios intempestivos y una agenda frenética –en cierta medida, esto no es más que el precio a pagar ante la perpetua insatisfacción que se produce como consecuencia de percibir que todo intento de control del entorno no es más que parcial y limitado. Cuidar el entorno institucional es algo que la política puede hacer (cuidado pasivo del ciudadano, si se quiere), la pretensión de “cuidar” activamente al ciudadano suele ser la antesala que justifica todo tipo de políticas liberticidas.

En este contexto, la batalla por las ideas adquiere una relevancia fundamental en el país, por lo que la misión y visión del Instituto Acton en la Argentina tienen más sentido que nunca. Independientemente de la orientación ideológica, sin bases morales para una sociedad de ciudadanos virtuosos, libres e iguales, sin un estado de derecho sólido, sin respeto a las libertades individuales, a la propiedad privada, a la división del poder, a  la independencia del poder judicial, a la alternancia democrática y pacífica del poder, no habrá prosperidad sostenible y genuina en la Argentina… solo fuegos de artificio y narcóticos, más o menos durables… pero tarde o temprano, descartables.

[1] Agradezco los comentarios y sugerencias de Juan Pablo Maggiotti y Eugenio Díaz Jausoro sobre una versión anterior del texto, que lo enriquecieron.

Mario Šilar

Senior Researcher del Instituto Acton Argentina Es Bachiller, Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte “Santo Tomás de Aquino”. Hizo estudios de Posgrado en Organización y Gestión Educativa, en la Universidad Austral. Tiene un Máster en Derecho de la Integración Económica, por la Université Paris I Panthéon-Sorbonne y un Máster en Formación del Profesorado por la UNED (España). Es Diploma de Estudios Avanzados en Filosofía por la Universidad de Navarra.

Los paternalismos autoritarios y la santificación del Edipo – Gabriel Zanotti

 

Para Instituto Acton (Argentina)

Por Gabriel J. Zanotti

Fuente: Blog personal “Filosofía para mi”

Junio de 2019

 

La explicación freudiana de la alienación y la masificación, explicando fenómenos autoritarios como los de la Europa de los años 20, es un clásico. Diversos conflictos en la evolución del yo lo llevan a una regresión y a una nueva identificación –esta vez fijación- con la figura de un nuevo padre que de seguridad a ese pobre yo –la expresión es de Freud-. Por eso los fenómenos de hermandad y de masificación entre las personas así mancomunadas en una alienación de la cual casi no hay cura. Surge el padre de la patria, surge “mi pueblo”, surge la masa que apoya al líder que piensa, decide y actúa por ellos, también él alienado en ese poder sin el cual no es nada.

Muchas veces me pregunté por qué, en el peronismo como fenómeno de masas, la figura de la mujer del líder era totalmente deificada. Fíjense que las joyas, los vestidos y los lujos que esos súbditos del líder no permitirían a una “hermana de la causa”, sí son permitidos y admirados en la esposa del líder, elevada a figura santa y virginal, cuyos lujos son legítimos adornos de su condición divina. La razón es psicoanalítica también. Allí desvían y subliman, los alienados, a su libido más profunda. Allí construyen la mujer total, la madre absoluta, nutriente e ilimitada, a la cual no un padre cualquiera, sino el jefe de la horda, impide su acceso carnal. Ella es la mujer absoluta que compensa para siempre las limitaciones de las demás. Ella es la diosa ante la cual el Edipo se eleva a su máximo esplendor. Y si la diosa murió dolorosamente, es cristificada y canonizada ipso facto por ese pueblo adorador y alienado en el fenómeno autoritario.

Que esto sea totalmente ignorado, y al revés, alentado, por un sacerdote católico, muestra de manera dramática cómo el mito de la nación católica –al decir de Zanatta- se ha afianzado en nuestra cultura. Antes era la nación mussoliniana, fascistoide, luego fue la nación como el pueblo explotado por el imperialismo que se levantó en legítima revolución alentada por la teología de la liberación. Ahora sigue siendo ese pueblo, inmaculado de costumbres capitalistas, ese pueblo donde se asienta la verdadera redención cristiana contra instituciones burguesas que le son extrañas. Esa es la teología del pueblo que se enseña en los seminarios, esa es la forma de pensar de los seminaristas que siguen pensando que el peronismo es la verdadera expresión social del Catolicismo. Ellos no tienen defensa intelectual contra su propio absurdo. Evita que robaba a las empresas para darle a los pobres: santa Evita. Evita en el recuerdo de los revolucionarios: Evita montonera. Evita en la memoria del actual pontífice, que lo debe estar pensando en serio: Evita canonizada. Evita, sí, que no evita la barbarie de un pensamiento tan aferrado a sus propias limitaciones, las limitaciones de toda ideología autoritaria, utópica y cerrada a la crítica cual paradigma kuhniano inconmensurable.

Que tengamos que estar discutiendo en serio todo esto muestra el drama intelectual de Argentina, “ese país tan culto”…. Culto, sí, culto a la madre absoluta. Qué horror. Qué pena profunda.

 

Gabriel Zanotti

Es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino, UNSTA y Doctor en Filosofía por la Universidad Católica Argentina. Es Director Acádemico del Instituto Acton. Twitter @gabrielmises

La destrucción del poder judicial: ahora sí que vienen por todo – Gabriel Zanotti

Por Gabriel Zanotti

12 de mayo de 2019

Fuente: Filosofía para mí

Si hay algo que define al liberalismo clásico, desde un punto de vista institucional, es el poder judicial.

Cuando Hayek escribió Law, Legislation and Liberty, estaba pensando en algo no muy conocido ni por adherentes ni por detractores del liberalismo, que habitualmente se cree que tuvo su origen en la Revolución Francesa. No.  Hayek explica, precisamente, que el Law es el Common Law, defendido por los Jueces, “contra” la “legislación” que emanaba del Rey y de la Cámara de los Comunes. Los Lores eran precisamente los encargados no de “legislar” sino de custodiar el Law, de donde emergen las libertades individuales inglesas que luego se hacen carne en las colonias norteamericanas. La evolución del sistema constitucional en los EEUU significó precisamente que la Suprema Corte asumió el papel aristocrático de la Cámara de los Lores, transformada en el Senado. La Suprema Corte es (fue) así la suprema instancia de la defensa de las libertades individuales, del Bill of Rightscontra los abusos de poder del Poder Ejecutivo y del Legislativo (los Comunes, transformados en “The House”, los diputados). La evolución del sistema constitucional norteamericano se transformó así en la vivencia concreta de la teoría del gobierno mixto del medioevo. El Rule of Law era efectivamente posible por el control de constitucionalidad ejercido efectivamente por una Suprema Corte aristocrática e independiente.

El poder judicial es, en ese sentido, la única garantía contra el abuso del poder y, a la vez, el símbolo de la limitación al poder, el ideal regulativo del Limited Government.

El poder judicial es por eso la esencia del liberalismo político, la real garantía a la libertad individual.

Por eso, cuando facciones totalitarias llegan hitlerianamente al poder por medio de elecciones, siguen teniendo en todo ese sistema, aunque comiencen a violarlo, un real problema para sus reales intenciones de poder. En última instancia, es incoherente que lo mantengan, y esa incoherencia es el error que cometieron los kirchneristas y que dejó a su “jefa espiritual” a merced del poder judicial, que para ellos no es más que una supervivencia del liberalismo político burgués al servicio de las clases dominantes.

Y desde su perspectiva marxista, tienen razón.

Por eso, ahora sí que vienen por todo. Ahora, con terrible coherencia, destruirán los reales límites que quedaban. Límites que en Argentina, sí, ya casi no funcionaban, límites que el Emperador Nestor I había sabido impedir con el apriete mafioso hacia los jueces, pero ahora sus coherentes intelectuales aprendieron la lección. Así como para los que somos partidarios del libre mercado el problema es la existencia misma del Banco Central o del “Ministerio de Economía”, para los totalitarios el problema es la existencia misma del Poder Judicial.

Porque aunque casi inexistente en la praxis, era al menos unsímbolo. Al menos alguien podía decir que tal medida violaba el control de constitucionalidad en teoría vigente. Ahora se acabó. Coherentemente, quieren derribar el símbolo. Ya no, ya nadie podrá decir, aunque no tenga resultado, que algo es “contra la Constitución”, porque se acabará la Constitución. Habrá sí pirámide jurídica, como la hubo en el nazismo y la Unión Soviética, pero “Constitución” como limitación del poder, aunque simbólica, ya no. Back to 1949. Coherente. Terriblemente coherente.

La Argentina nunca fue Mises y Hayek, pero por lo menos Alberdi quedaba como símbolo, como ideal regulativo, como una utopía inspiradora hacia un futuro difícil. Ahora ya no, gente. Ahora vienen en serio. Ahora son Mempo Giardinelli y Zaffaroni, y si es necesario hilar menos fino, siempre tendremos las sabias enseñanzas de D´Elía y Bonafini. Liberales, como ven el debate en Argentina no es –ni en ningún otro lado-  Hayek o Rothbard.

Es la supervivencia simbólica de instituciones que nunca fueron contra la barbarie política que siempre fue.

Gabriel Zanotti

Es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino, UNSTA y Doctor en Filosofía por la Universidad Católica Argentina. Es Director Acádemico del Instituto Acton. Twitter @gabrielmises

Una inspiración contra el socialismo: Juan Bautista Alberdi y la libertad en América latina – Alejandro Chafuen

4 de marzo de 2019

Por Alejandro Antonio Chafuen

Traducido por Joshua Gregor

Fuente: Revista Forbes 

 

Cuando los analistas y estudiosos hablan de Venezuela o Argentina, suelen describir la prosperidad de su pasado. En Venezuela se hace hincapié en su riqueza petrolera. En el caso de Argentina, su ganadería y agricultura. Pero la tierra argentina era siempre fértil, y el país despegó sólo después de la adopción de la Constitución de Argentina de 1853. Como suele decir Armando Ribas, la pampa no se humedeció en 1853. La riqueza de la “pampa húmeda” sigue allí. Pero la riqueza comparativa de Argentina comenzó a bajar cuando empezó a abandonar las ideas económicas y morales que dieron lugar a su crecimiento.

Un abogado joven de la provincia argentina de Tucumán, Juan Bautista Alberdi (1810-1884), desempeñó un rol relevante en crear las condiciones intelectuales para un período de prosperidad que duró casi 90 años, comenzando con la adopción de la Constitución. Al igual que Thomas Jefferson, Alberdi estudió las constituciones de varios países antes de ayudar escribir la carta fundamental de su país, el verdadero comienzo de una Argentina libre.

Las opiniones de Alberdi todavía son valiosas para lograr consensos sobre las instituciones de la sociedad libre en Argentina y América latina. Los que valoran el rol del cristianismo en la formación de una mejor compresión de la persona humana pueden encontrar lecciones adicionales en sus escritos.

Tomando inspiración de su padre vasco, lector entusiasta de El contrato social de Jean-Jacques Rousseau (1712-1778), el joven Alberdi también estudió las obras del filósofo ginebrino. Leyó las obras de los principales intelectuales franceses, mencionado a docenas de autores como Frederic Bastiat (1801-1850), Alexis de Tocqueville (1805-1859), Jean-Baptiste Say (1767-1832) y Benjamin Constant (1767-1830). Leyó menos autores británicos y americanos entre los que se encontraban muchos de los mejores: Roger Bacon (1219-1292), John Locke (1632-1704), Jeremy Bentham (1748-1832), Adam Smith (1723-1790) y los Federalist Papers.

Alberdi pasó de un socialismo moderado en su juventud a lo que hoy se consideraría una visión liberal clásica. Como muchos de sus mejores amigos, de joven ahondó en la literatura. Sus primeros escritos fueron sobre la música y sus métodos, pero pronto comenzó a concentrarse en temas de derecho y gobierno.

Agradecido por su educación católica pero tolerante hacia todos, Alberdi escribió: “Seamos religiosos seamos creyentes, seamos cristianos para ser libres, muy bien; pero sin olvidar que también tenemos necesidad de buenas costumbres públicas y privadas, de reserva y moralidad en la vida de familia, de laboriosidad en los hábitos y de instrucción en las inteligencias. Seamos católicos, como han sido nuestros padres, como conviene a nuestra raza; pero sin olvidar que también hay pueblos profundamente religiosos que no son católicos.” En temas de costumbres y normas sociales fue admirador de Inglaterra: “La Inglaterra es feliz por sus costumbres, por su buen sentido, por sus hábitos de labor, por la ciencia de sus estadistas a la par que por la educación religiosa de sus clases. Toda esa dicha tiene origen en la manera de ser de la familia.” Estuvo convencido de que “sin la Inglaterra y los Estados Unidos, la libertad desaparecía en este siglo.”

Alberdi apoyó y publicó una carta escrita por uno de sus compatriotas admirados, Félix Frías (1817-1881). Frías—en este período un corresponsal en Francia para el diario chileno El Mercurio—escribió una carta a François Guizot (1787-1874). Éste había argumentado que el éxito de la democracia en América era resultado de su federalismo. Frías le contestó: “Usted dice en su carta, señor, que la América del Norte ha realizado la democracia, porque es federal. Es una buena razón, pero no es esa la gran razón. Los americanos del norte son demócratas, porque son capaces de la democracia, y lo son porque son cristianos. La Gran Bretaña practica la libertad, bajo diversa forma, porque es cristiana.” Al igual que Frías, Alberdi tenía una opinión positiva del cristianismo, pero confiaba más que Frías en la ciencia y la libertad humana.

Frías escribió, “La filosofía y la literatura francesas se lavan las manos, lo sé, en la presencia del socialismo. Pero no ha caído él de la nubes, ha caído justamente de las clases altas en las clases bajas” (énfasis del original). Frías argumentaba que los franceses necesitaban una filosofía para la gente común porque las clases altas franceses habían “arrancado la religión de[l] alma” de las masas y que “el socialismo es la filosofía plebeya de la carne.”

Alberdi encontró la fuente del progreso humano en lo que se podría llamar (en términos modernos) una combinación del cristianismo y Ayn Rand: “No es temerario establecer que el mundo civilizado y libre, es la obra del egoísmo individual, cristianamente entendido: Ama a Dios sobre todo, enseñó él, y a tu prójimo como a ti mismo, santificando de este modo el amor de sí a la par del amor del hombre.”

Su obra más libertaria fue quizás un discurso de graduación en una facultad de derecho. En La omnipotencia del Estado es la negación de la libertad individual Alberdi señalaba que todo lo que era considerado omnipotente, excepto Dios, era un peligro a la libertad humana, ya sea un líder, el estado, el gobierno, una raza o la nación. No descartaba, sin embargo, el patriotismo o los patriotas. De niño se sentaba en las faldas de otro patriota cristiano: Manuel José Joaquín del Corazón de Jesús Belgrano y González, generalmente conocido como Manuel Belgrano (1770-1820). Un amigo del padre de Alberdi, Belgrano fue abogado educado en la Universidad de Salamanca. Se convirtió en general en la guerra de independencia de Argentina y fue uno de los primeros promotores del comercio libre. A pesar de su respeto al legado y el patriotismo de Belgrano, Alberdi advirtió contra otros que eran más extremos y convertían la patria en un cuasi-Dios.

Consciente de que el espíritu de una constitución podría ser subvertido por interpretaciones y regulaciones, Alberdi escribió un largo manual sobre cómo interpretar los fundamentos de libre mercado de la Constitución. No fue suficiente—las opiniones de Alberdi comenzaron a perder popularidad, y Argentina comenzó su declinación. A diferencia de las figuras políticas de hoy, Belgrano y Alberdi murieron en la pobreza. Belgrano, el creador de la bandera argentina, murió joven en 1820 a los 50 años de edad. Alberdi vivió hasta los 74 años y murió en un oscuro sanatorio en Neuilly, Francia. Vivió y pasó tiempo en Chile, Uruguay y Europa. Hoy es conocido y admirado principalmente por las minorías educadas del liberalismo argentino, pero sus opiniones son una prueba de que el cristianismo católico puede ir de la mano con la libertad y la prosperidad. Usando criterios objetivos, Argentina en su tiempo de gloria era mucho más cristiana y católica de lo que es hoy. La vida y los escritos de Alberdi deberían ser una inspiración para todos que trabajan por políticas más respetuosas de la buena moral, el imperio de la ley y la economía libre en América latina.

La Iglesia Católica y la política de Derechos Humanos sobre los 70’ en Argentina – Juan Francisco Ramos Mejía (h)

Por Juan Francisco Ramos Mejía (h).

Juan Francisco Ramos Mejía hijo tiene 40 años. Es abogado y master en economía y política.

Email: [email protected]

 

I.- Introducción

La noticia acerca de la beatificación del ex obispo Angelelli vuelve a poner sobre el tapete el debate sobre el uso político de los derechos humanos relacionados con la guerra civil de la década de 1970.

El objeto de este memorándum es analizar la posición actual de la jerarquía de Iglesia Católica en relación a ese tema y proponer algunos lineamientos para el accionar futuro. Seguir leyendo La Iglesia Católica y la política de Derechos Humanos sobre los 70’ en Argentina – Juan Francisco Ramos Mejía (h)

Socialismo del siglo XXI: Crónica de un genocidio en Venezuela

3 de marzo de 2018

por Jonathan A. García Nieves

Para Instituto Acton

 

El autodenominado Socialismo del Siglo XXI: régimen  autoritario instaurado por Hugo Chávez en 1999 y mantenido hasta ahora por la inefable diarquía de Maduro y Cabello, ha estado cometiendo -ante los ojos del mundo- un flagrante genocidio contra el pueblo venezolano. Seguir leyendo Socialismo del siglo XXI: Crónica de un genocidio en Venezuela

Marx, los mapuches y el estado de derecho – Gabriel Zanotti

Por Gabriel Zanotti

Fuente: Filosofía para mí

La ideología marxista siempre ha sido incompatible con el Estado de Derecho. Por supuesto, algunos pueden interpretar a Marx como un filósofo y un sociólogo de la alienación, y librarlo de culpa y cargo de las revoluciones violentas que en nombre del comunismo han azotado al s. XX. No me convence esa interpretación pero es lo que hizo la escuela de Frankfurt y me parece respetable. Sin embargo, la interpretación leninista de Marx –la que me parece correcta- no tiene salvación, en ningún sentido del término. Seguir leyendo Marx, los mapuches y el estado de derecho – Gabriel Zanotti

Gabriel Zanotti

Es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino, UNSTA y Doctor en Filosofía por la Universidad Católica Argentina. Es Director Acádemico del Instituto Acton. Twitter @gabrielmises

Occidente en el siglo XXI – Armando Ribas

por Armando Ribas

2 de diciembre de 2017

Voy a insistir en un tema que me parece de la mayor trascendencia ante la realidad que vive hoy el llamado mundo occidental y cristiano, y como antes he considerado es el origen de la confusión reinante. Cada día me convenzo más de que en el mundo hoy se sigue ignorando que hasta hace unos doscientos años se vivía como vivía Jesucristo, tal como muy bien lo expone William Bernstein en su “The Birth of Plenty” (El Nacimiento de la Abundancia). Seguir leyendo Occidente en el siglo XXI – Armando Ribas