Archivo de la categoría: Ética e Instituciones

Pobreza, política e Iglesia en la Argentina del Papa Francisco – Samuel Gregg

21 de agosto de 2016

Por Samuel Gregg

Fuente: The Catholic World Report

          Antes de la elección del cardenal Jorge Bergoglio como el primer Papa latinoamericano en el año 2013, la Argentina era famosa por muchas cosas: el tango, la monumental pampa, la hermosa arquitectura decimonónica que caracteriza a la ciudad de Buenos Aires, por mencionar solo algunas. Desafortunadamente, también vienen a la mente otras cosas: una corrupción rampante y persistente, una inestabilidad política extrema, y, sobre todas las cosas, el hecho de que la Argentina es el típico caso de libro de una economía en una situación de larga decadencia autoinflingida. Seguir leyendo Pobreza, política e Iglesia en la Argentina del Papa Francisco – Samuel Gregg

Samuel Gregg

Director de investigaciones del Acton Institute de los EEUU. Para más información ver http://www.acton.org/about/staff/samuel-gregg

Sudáfrica: Walking the Rainbow Nation – Juan Soto

Walking the Rainbow Nation (Sudáfrica)

Cuando la democracia no está construida sobre roca

Primera Parte

31 de julio de 2016

Por Juan Ángel Soto

Para Instituto Acton (Argentina)

Sin una verdadera política de libertad y un profundo espíritu moral y religioso, no hay esperanza para el futuro

Sudáfrica: ¿una idea o una huida?

Sudáfrica es hoy en día la segunda mayor economía de África y supone un 25% del PIB conjunto del continente africano. En la esfera internacional, forma parte del G-20 y está considerada una de las 5 economías emergentes más importantes (los llamados BRICS). Sin embargo, hace tan solo 22 años, Sudáfrica se encontraba bajo el régimen del Apartheid. Término que significa ‘separación’ o ‘el estado de estar separados’, y eso era precisamente lo que instauró el régimen: la segregación racial. Seguir leyendo Sudáfrica: Walking the Rainbow Nation – Juan Soto

El Papa Francisco, el populismo, y la agonía de América Latina – Samuel Gregg

Por Samuel Gregg

Junio 2016

Mientras los regímenes populistas en América Latina hacen implosión, no queda claro que la Iglesia Católica en la era de Francisco tenga las herramientas para manejar lo que vendrá después. Seguir leyendo El Papa Francisco, el populismo, y la agonía de América Latina – Samuel Gregg

Samuel Gregg

Director de investigaciones del Acton Institute de los EEUU. Para más información ver http://www.acton.org/about/staff/samuel-gregg

No desearás el ingreso de tu prójimo – Gabriel Zanotti

Julio de 2016

Fuente: Filosofía para mí

Realmente lamento que en este momento, donde los ultra-antikirchneristas saltan de alegría cada vez que encuentran una suma no declarada a un kirchnerista, tenga yo que volver a recordar, no solo que el problema del kirchnerismo NO es la corrupción (es más, eso fue nuestra salvación…) sino que el llamado delito de enriquecimiento ilícito es totalmente contrario al liberalismo clásico y a la tradición libertaria. La sociedad argentina particularmente se encuentra obsesionada por cada peso no declarado, por cada centavo que alguien no pueda “justificar ANTE EL ESTADO”,  con lo cual no hace más que ratificar su voluntad y mente socialista y totalitaria. Asi que me permito una vez más ser antipático. Seguir leyendo No desearás el ingreso de tu prójimo – Gabriel Zanotti

Gabriel Zanotti

Es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino, UNSTA y Doctor en Filosofía por la Universidad Católica Argentina. Es Director Acádemico del Instituto Acton. Twitter @gabrielmises

Catolicismo e instituciones globales – Samuel Gregg

Por Samuel Gregg

11 de julio de 2016

Fuente: Catholic World Report

Catholicism and Global Institutions: It’s Time for a Rethink

“Brexit” underscores that the Catholic Church’s present approach to international political organizations requires modification, if not a complete overhaul.

One of the less-noticed statistics to emerge from one of the most thorough post-Brexit surveys is that nearly sixty percent of self-identified British Christians voted for Brexit. The survey doesn’t distinguish between different Christian confessions. Nor does it ask if such people’s faith played any particular role in their decision or even their lives more generally. Seguir leyendo Catolicismo e instituciones globales – Samuel Gregg

Samuel Gregg

Director de investigaciones del Acton Institute de los EEUU. Para más información ver http://www.acton.org/about/staff/samuel-gregg

Los obispos y el Bicentenario: la trampa de la identidad – Gustavo Irrazábal

9 de julio de 2016

Por Gustavo Irrazábal

Tras la celebración de su 111º Asamblea Plenaria, del 11 al 15 de abril de 2016, los obispos argentinos han dado a conocer el documento elaborado con motivo del Bicentenario de la Declaración de la Independencia, bajo el título: “Bicentenario. Tiempo para el encuentro fraterno de los argentinos”. Este texto es la culminación de un sexenio dedicado a la conmemoración del proceso de la independencia argentina que comenzó en 1810, tal como fuera anunciado por el mensaje del 2008, “Hacia un Bicentenario en Justicia y Solidaridad”. Esta conmemoración coincidirá también con el Congreso Eucarístico Nacional, que debía celebrarse en el 2014, pero que los obispos decidieron postergar para celebrarlo en Tucumán del 16 al 19 de junio de este año, a fin de convertirlo en la celebración por la comunidad católica del Bicentenario.

El objetivo de la reflexión es “estimular el diálogo desde un hecho histórico que nos dio origen como Nación y que, a su vez, nos interpela a pensar juntos qué país queremos ser” (1). Reflexionando sobre dicho hecho, los obispos proponen “recrear el espíritu de la Asamblea de Tucumán de 2016 que “inspiró a los legisladores la virtud de abrir el futuro para una Argentina fraterna y solidaria, pacificada y reconciliada, condiciones capaces de crear una Nación para todos” (2).

La metáfora que da estructura a todo el documento, inspirada en la humilde y acogedora Casa de Tucumán, es la patria como la “casa común”, una imagen en la que el documento ve condensadas todas las aspiraciones del pueblo argentino de cara al futuro. A partir de esta idea, la reflexión se organiza en cinco capítulos: “Una justa y esperada reparación de la memoria” (capítulo 1); “Organizar la casa común” (capítulo 2), “Algunos males de la casa común” (capítulo 3), “Independencia y educación” (capítulo 4) y “Casas de encuentro” (capítulo 5).

El primer capítulo es un relato de tono exaltado sobre los acontecimientos que rodearon la Declaración de la Independencia, elogiando la valentía y determinación de quienes tomaron parte en ella: “Queremos volver con gratitud a la fuente de la reserva moral, ética y religiosa, que animó a quienes declararon la Independencia y nos legaron una clara identidad cultural” (14), razón por la cual aquella Declaración debe considerarse “el Acta fundante de nuestra argentinidad”. En el corazón de esta identidad se encuentra sobre todo “el ideal de vivir la Argentina como una gran familia, donde la fraternidad, la solidaridad y el bien común incluyan a todos los que peregrinamos en su historia”, objetivo que lamentablemente está todavía lejos de ser alcanzado (12).

Otros aspectos del relato histórico son más difíciles de interpretar, como la enigmática afirmación de que, al coincidir los representantes al Congreso “en principios éticos inspirados en el humanismo cristiano”, “no es de extrañar” que no se guiaran al principio por “ideas liberales y republicanas”, sino que se inclinaran por una monarquía atemperada, de linaje incaico. Tampoco es clara la razón de la referencia al problema generado para la Iglesia por las vacancias episcopales al cesar las relaciones con la Santa Sede, tratándose de un documento dirigido a todos los argentinos.

En el capítulo segundo el texto aborda el aspecto político. Reafirma su compromiso con la democracia, a la cual se considera el sistema político más coherente con la dignidad de la persona humana (16), pero advirtiendo que ésta, para ser efectiva y real, debe darse no sólo a nivel político, sino también a nivel social y económico (15). Al mismo tiempo, se sostiene, de modo menos claro, que la democracia “debe fundarse en   el   ser   del   pueblo”.   Esto   último   permitiría   entender   la   actual   “crisis de representatividad” (de los políticos, no de las autoridades religiosas), producto de una pérdida de contacto con el sentir del pueblo, o del intento de importar “una racionalidad ajena a la gente” (20).

El pueblo, recuerdan los obispos a continuación, no es una multitud indiferenciada, sino que es “ser parte de una cultura común”, “es compartir valores y proyectos que conforman un ideal de vida y convivencia” (23). En el pueblo, “cada uno se vuelve importante” aunque, como dice Francisco, el “todo es mayor que la parte” (aquí la “parte” parece ser cada persona), de modo que una persona conserva su peculiaridad sólo cuando integra cordialmente una comunidad (24). A su vez, la cultura común del pueblo no es otra que “la cultura popular”, la cultura de los pobres con sus proyectos y potencialidades, en la cual deben integrarse todos, y que es la única capaz de preservar al pueblo de toda manipulación ideológica (25).

Este concepto de pueblo ilumina la idea de una democracia “de inclusión e integración” que procure trabajo, tierra y techo para todos, lo cual requiere del esfuerzo de toda la sociedad, en particular, las formas asociativas que surgen del mismo pueblo, el voluntariado, y el apoyo del Estado con sus subsidios. Este objetivo es puesto en peligro si prevalece “un protagonismo economicista devastador, que impone  sin ninguna ética su dominio absoluto” (30), “lo financiero” puesto en contra de la economía real, la “tecnologización” puesta en contra del trabajo, y una actividad empresarial que no está al servicio del trabajo, los derechos sociales y el medioambiente.

El bien común es un deber de todos los miembros de la sociedad (36), pero compete en primer lugar al Estado, porque sólo éste, a través de un orden político y jurídico sólido, y la prestación de los servicios esenciales, puede crear las condiciones para que las personas y asociaciones de la sociedad civil puedan procurar por sí mismos su pleno desarrollo (39).

Sobre el tema de la familia, por un lado se describe un cuadro muy dramático, marcado por divisiones, desintegración, adicciones, intolerancia, agresión, producto de una cultura individualista, aunque por otro lado se constata que “numerosas familias pobres llevan una vida digna confiando en Dios y en la Virgen, tal como lo comprobamos a menudo en nuestros barrios periféricos y comunidades rurales” (44). Al parecer lo que salva a estas últimas, y de lo que carecen las primeras, es el enraizamiento en la cultura popular y católica.

Tras reafirmar la doctrina tradicional de la centralidad de la familia en la sociedad, se pasa sin solución de continuidad a hablar de la “familia argentina”, que según entienden los obispos, “agradece la providencial Declaración de la Independencia de 1816”, y aspira hacia un futuro “libre e independiente de cualquier esclavitud” (46).

En el capítulo III habla de “los males de la casa común”. El principal, se afirma, es el desencuentro. Pero no se detiene a desarrollar esta afirmación, sino que pasa inmediatamente a otros males. La corrupción es vista como un mal que afecta a toda la sociedad, pero no se alude a ningún vínculo especial con el poder político. Dedica  largos párrafos al narcotráfico, pero no acompaña su exhortación dirigida a los poderes del Estado con ninguna estrategia concreta, por considerarlo fuera de su competencia. Tampoco se avanzan propuestas en relación con la ecología, salvo el llamado a nuevos estilos de vida, inspirados en valores que orienten el consumo y la inversión (62).

El capítulo IV enfatiza la rol de la educación como camino de una auténtica independencia, la cual no depende sólo de presupuestos materiales, sino de la formación en valores y virtudes cívicas (63), que incluyen la vinculación con la trascendencia, la cultura del trabajo, la prudencia, justicia, la solidaridad, el coraje, la sobriedad. Algunos números se refieren específicamente a la propuesta educativa cristiana, que como formadora de testigos vivos, es el más genuino aporte que los católicos podemos dar a una sociedad nueva y a una patria verdaderamente libre (77).

El último capítulo, dedicado al encuentro de los argentinos, se titula “casas del encuentro”, en plural. Aquí se pasa de la “casa común”, que es hasta aquí la Argentina,  a las “casas” que son “los grandes Santuarios Marianos de todo el territorio nacional”. Es en ellos donde “el pueblo renueva su identidad con la Iglesia católica” (83), afirmación que equipara pueblo argentino y pueblo católico.

El documento puede considerarse como un buen testimonio de la persistencia de los obispos argentinos en lo que se podría llamar “la trampa identitaria”, es decir, la búsqueda permanente de una pretendida identidad abarcadora de toda la nación, que tendría carácter normativo, y que estaría ya dada en determinados acontecimientos del pasado. Ello impulsa a una constante reinterpretación y sobreinterpretación de la historia, en función de las prioridades de cada tiempo. Pero sobre todo, impide reconocer la complejidad de toda sociedad moderna, incluida la nuestra.

En este texto la tendencia a una visión unanimista de la nación es inocultable. Por empezar, ¿a quién se dirige? ¿A todos los argentinos o a los católicos argentinos?  La metáfora de la “casa común” hace todo el recorrido desde la Casa de Tucumán, a la Nación Argentina, hasta convertirse el Santuario de Luján. Lo mismo cabe decir del término “pueblo”, que sin otro aditamento significa, según los casos, pueblo argentino, pueblo pobre, pueblo católico (y en el fondo, un mismo e idéntico sujeto). Se pasa de la familia a la “familia Argentina” sin transición alguna. La nación es una cultura única, que es la cultura popular, que es a su vez la cultura de los pobres (y católicos). El  intento de reconciliar luego la adhesión a la democracia republicana, que por definición es pluralista, con esta visión holística de la sociedad, es una empresa fracasada de antemano, como también lo es hablar en semejante marco de referencia de ciudadanía y de educación en libertad.

El país que imaginan los obispos no es un país que se proyecte en el mundo, sino uno que se repliega sobre sí mismo, a la defensiva, y que puede darse ese lujo ante todo porque no necesita del mundo, ni siquiera para afrontar el desafío de producir riqueza:  le basta distribuir “mejor” la que hay para lograr la inclusión de todos. Se espera tierra, trabajo y techo para todos de algún esquema de “justa distribución”, y siempre a cargo del Estado (¿quién más podría hacerlo?). Las finanzas, la tecnología, la empresa, necesarios para crear fuentes de trabajo auténtico, aumentar su productividad, generar bienes y servicios cada vez en mayor abundancia y al alcance de todos, son sistemáticamente abordados por el lado negativo de sus peligros y sus riesgos.

Todo parece depender de la generosidad personal de los argentinos. Basta con que todos asuman el bien común “como intención primera de su obrar” (36). Pero esta exigencia es ajena incluso a la DSI, porque subsume completamente los intereses personales en los del todo social. En realidad, sólo excepcionalmente las personas tienen el deber de obrar ante todo por el bien común. Generalmente ellas procuran su bien particular, el propio, el de su familia, el de cierto grupo social que integran, pero en la medida en que lo hacen dentro de las leyes y respetando los derechos de los demás contribuyen al bien común. El bien común es el resultado de una cooperación social esencialmente espontánea, aunque dentro de un adecuado orden jurídico y político.

Por supuesto que no se puede menos que coincidir en todos los objetivos propuestos, en particular, el de la inclusión social, a través ciertas condiciones materiales, la educación y el trabajo. Pero para un país que ha vivido décadas de virtual encierro, consumiéndose en sus propios conflictos internos, el mensaje de los obispos, con su fijación identitaria, es decepcionante. Si todavía tiene algún sentido buscar una “identidad” hay que hacerlo sobre todo en dirección del futuro, en un país abierto al mundo, a sus desafíos y a sus oportunidades. Un país ensimismado, obsesionado por preservar la (elusiva) “cultura popular” y tan mediocre en sus aspiraciones como el que propone este documento, nunca logrará ser un país inclusivo. Vivir encadenados a la nostalgia es lo contrario de ser independientes.

Cuba y Venezuela, la paradoja de la historia – Armando Ribas

6 de junio de 2016

Por Armando Ribas

Fuente: Libertad y Progreso

No puedo menos que apreciar la posición adoptada por el nuevo secretario de la OEA Luis Almagro respecto a la situación en Venezuela. Evidentemente el organismo ha dado un paso hacia delante en defensa de la libertad, decididamente contrastante con el que fuera bajo la dirección del chileno José Miguel Insulza. Al respecto recuerdo que cuando la OEA decidió echar a Honduras de la OEA por haber destituido a su presidente, Insulza con el apoyo de Estados Unidos le pidió a Fidel Castro que entrara en la OEA. Por supuesto Fidel Castro se negó. Seguir leyendo Cuba y Venezuela, la paradoja de la historia – Armando Ribas

¿Estado subsidiario y solidario? – Claudio Arqueros

25 de mayo de 2016

Por Claudio Arqueros

Chile Vamos anunció la semana recién pasada su propuesta constitucional. Llamó la atención y generó controversia que se propusiese pasar de un Estado subsidiario a uno subsidiario-solidario. Aquel anuncio, más allá de que estuviese o no en el texto original que se acordó, tiene una connotación potente que es posible reconocer en al menos dos sentidos.

La primera es que el anuncio es una promesa: se dice que el Estado puede y debe ser solidario y asumir dicho rol. En ese sentido la centroderecha, con sus diferencias, aciertos, anhelos y limitaciones, ha levantado un discurso ético que pretende ofrecer garantías a la ciudadanía. Sin embargo, como toda promesa política, esta también implica zanjar un déficit y, por ende, reconocer o ampliar ciertos derechos. El punto pasa por develar -sobre todo si se plantea el desafío de profundizar contenidos constitucionales- cuáles derechos específicamente se pretende garantizar a partir de ese rol solidario del Estado. Pero, además, pasa por interrogarse cuándo, cómo y en qué sentido participaría el Estado para saldar esa promesa.

La segunda connotación deviene de la primera. Y es que uno podría preguntarse si acaso lo que se planteó fue más bien dar mayor relevancia a la subsidiariedad entendida como acción positiva. A vistas de la literalidad del texto constitucional de Chile Vamos, es dable pensar que la intención estuvo dirigida hacia allá.

Pero si en realidad lo que se busca es reconocer un rol solidario del Estado, entonces estamos ante un ejercicio riesgoso. La solidaridad no es un ejercicio privativo del Estado, ya que la forma en que este actúa en relación a los ciudadanos es por medio de la aplicación de la institucionalidad legalizada en sus diferentes planos. Vale decir, coacciona, y por eso toda determinación que de él emana se aplica y nos compete obligatoriamente. Este modus operandi es contrario a la solidaridad que es, por esencia, voluntaria. De modo que resulta difícil apoyar tal contradicción. Por eso, aún cuando en la doctrina social de la Iglesia Católica el principio de subsidiariedad se complementa con el de solidaridad, este último opera como una conciencia de deuda entre los sujetos que llama a cooperar en pos de un sentido unitario de la vida social. En esa dirección, la solidaridad -como señala el mismo Compendio (Nº194 y Nº195)- denota reconocer “en el conjunto de los vínculos que unen a los hombres y a los grupos sociales entre sí, el espacio ofrecido a la libertad humana para ocuparse del crecimiento común, compartido por todos”. Así, la solidaridad supone un compromiso de aportar a la causa común en las diversas manifestaciones sociales, donde evidentemente el aparato público cumple un papel, pero que no es exclusivo ni excluyente, pues si así fuera ahogaría la libertad.

En suma, la solidaridad no se identifica con el Estado, sino con algo mucho más profundo que pasa por la actuación libre y responsable de las personas y sus organizaciones aportando al bien común. La solidaridad con el prójimo ciertamente puede inspirar al rol subsidiario que ejerce el Estado, pero en virtud de este mismo razonamiento su rol no deja de ser tal.

La obsesión reglamentarista – Gabriel Zanotti

29 de mayo de 2016

Por Gabriel J. Zanotti

Fuente: Filosofía para mí 

La semana pasada leí una noticia según la cual la asociación o lo que fuere de hoteleros protestaba contra las casas de familia que ofrecen alojamiento “sin las exigencias correspondientes” o algo por el estilo.

La noticia refleja una mentalidad que se ha hecho carne en Argentina (y tal vez en el mundo) como parte de nuestro obsesivo estatismo cultural.

Esto surge nuevamente de no tener conciencia de lo significan los derechos individuales a la propiedad, libertad de cultos, de enseñanza, de tránsito, etc.

Toda persona tiene derecho a ejercer todas las actividades que emanen de esos derechos mientras no atente contra derechos de terceros. Eso significa que es admisible un código penal que a posteriori de una acción determine que la acción es delictiva si atenta contra la vida, propiedad o libertad, pero no antes. Esto es, la clave de la cuestión es la diferencia hayekiana (pero, claro, no vaya a ser que lean a Hayek, no?) entre derecho y legislación. En la Constitución deben estar reconocidos los derechos, pero estos NO deben tener legislaciones a priori, sino en todo caso a posteriori de la acción realizada, para custodiarlos, no para impedirlos.

Por lo tanto, cuando los argentinos, en general, dicen “debería haber una ley” no se dan cuenta de que están cercenando a priori actividades en sí mismas conformes al derecho natural. Si quiero poner una escuela en el living de mi casa, si quiero ejercer la medicina, si quiero alojar gente en habitaciones disponibles, si quiero llevar gente en mi auto y cobrar por ello, si quiero poner un kiosko en la ventana de mi casa, si quiero abrir un taller en el garage de mi casa, etc. etc. etc. etc., NO estoy atentando contra derechos de terceros a menos que se demuestre a posteriori lo contrario, con todo el debido proceso necesario.

Por ende, si afecto a alguien, para eso hay un código penal, a posteriori de la acción, no antes.

Pero no, se supone que el endiosado e idolatrado “estado”, debe estar allí para “protegernos”. No se advierte tampoco en ese caso la diferencia entre aconsejar y coaccionar. Yo puedo aconsejar a alguien ponerse el cinturón de seguridad, pero, ¿por qué coaccionarlo? ¿Porque su vida está en peligro? Bien, yo creo que la vida espiritual de la gente está en peligro si no se toman en serio a Dios, pero no dudo en absoluto de la libertad religiosa, porque no se debe coaccionar la conciencia, sino dialogar con ella. Toda la obsesión reglamentarista surge de la razón instrumental del Iluminismo, denunciada como constructivismo por Hayek, pero, claro, para colmo ello es consiederado “liberalismo”.

Los argentinos están tan envueltos en esta mentalidad que han desarrollado una doble moral sin darse cuenta. En general no cumplen las reglamentaciones pero las piden. Hacen miles de trampitas para evitar los reglamentos pero los consideran buenos. Hacen contrabando pero creen que está mal. Con lo cual es imposible que desarrollen la genuina resistencia pacífica ante la opresión, porque la opresión la viven como correcta aunque se las arreglan para evitar esa “correcta opresión” por izquierda. Quedé atónito una vez que le expliqué a un director de un colegio privado la necesidad legal de que el estado no fijara los planes y programas de estudio y me desestimó el tema diciéndome que ellos se las arreglaban perfectamente para violar los reglamentos y que por lo tanto “no había problema”. No advertía el tan argentino sujeto que el problema era precisamente que no tenía conciencia de que lo que él hacía por izquierda era un derecho que él NO reclamaba porque pensaba que la solución era hacer las cosas por izquierda. Por eso los argentinos se rien de cómo los anglosajones se toman la ley: en serio. Claro, por eso el estatismo en ellos es más peligroso, pero la solución no es la viveza criolla sino sencillamente el liberalismo clásico, que es justamente de origen anglosajón.

Pero blanquear NO es que los “no-reglamentados”, que los informales, pasen a cumplir los infinitos reglamentos de los que están en los sistemas formales, ya sea educativos, comerciales, etc. Significa ELIMINAR los reglamentos, legislaciones y organismos que impiden el desarrollo de los derechos individuales.

Los tan argentinos taxistas que protestan contra los uber tienen un punto: ¿es justo que ellos cumplan con todas las reglamentaciones municipales y los uber no? No, claro, no es justo, pero de allí concluyen que los uber deben cumplir con los mismos reglamentos. Ni se les pasa por la cabeza que debería desaparecer TODA reglamentación para llevar y traer gente. Lo conforme al derecho natural es que todos sean libres como los uber y NO esclavos como los taxistas. Y eso, mutatis mutandis, en todo.

El argentino ha desarrollado una palabra para esa confusión mental. Lo que no es reglamentado es “trucho”. La pura verdad es que lo trucho es lo libre mientras que lo reglamentado es la esclavitud.

En economía esto es particularmente cruel para los más indigentes. Estos últimos desarrollan todo tipo de actividades sin pasar por las exigencias formales, y los crueles mecanismos de inspección los toleran, en general, “porque son pobres”. Son pobres precisamente porque esa economía informal tiene un límite del cual no pueden pasar. No tienen los recursos ni los “contactos” para pasar a la formalidad, pero si NO existieran esos reglamentos, comenzarían vendiendo chipas en una estación de tren y terminarían luego con una pyme y luego con una gran empresa (lejos de ser una utopía, ESO FUE la Argentina, no?). Pero no, eso ya es imposible para ellos y en general para muchos. Hernando de Soto mostró qué cantidad de trámites eran necesarios para poner una humilde empresa de costura de ropa, en Perú, “legalmente”. El resultado fueron 600 metros de hojas de impresión de computadora. Mejor no adjetivizo. La cuestión NO es exigir el cumplimiento de esos 600 metros, sino eliminarlos, como se eliminó el Muro de Berlín.

Por supuesto, decir todo esto en otras áreas, como educación, es más lunático aún. Pero hay que instalar el tema. Es incluso una cuestión de misericordia. Se me parte el alma al contemplar diariamente los vendedores ambulantes en los trenes, que seguirán en esa situación casi eternamente, por el subdesarrollo producido por décadas de estatismo pero sobre todo por el reglamentarismo. “Abrir la economía” NO es sólo privatizar empresas estatales sino ELIMINAR totalmente todas las reglamentaciones que impiden a cualquier ciudadano, y sobre todo a los más pobres, salir adelante desarrollando su espíritu empresarial.

Bien, estoy un poco cansado y voy a descansar algo. Por suerte aún no hay reglamentos para las siestas de los Sábados.

Gabriel Zanotti

Es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino, UNSTA y Doctor en Filosofía por la Universidad Católica Argentina. Es Director Acádemico del Instituto Acton. Twitter @gabrielmises

¿Qué es la corrupción? – Mons. Sergio Buenanueva

19 de abril de 2016

Por Mons. Sergio O. Buenanueva, Obispo de San Francisco

Fuente: AICA

Reflexión de monseñor Sergio O. Buenanueva, obispo de San Francisco (19 abril de 2015)

Intentaré una respuesta ética (no jurídica) a la cuestión. Con alguna referencia, por supuesto, a la perspectiva cristiana.

Tratemos de responder a la pregunta formulada. ¿Qué queremos decir cuando hablamos de “corrupción”?

No se trata de cualquier inconducta de índole social. Por ejemplo, no pagar un salario justo, el trabajo esclavo, el lavado de dinero o evadir impuestos no son necesariamente actos de corrupción. Son pecados sociales gravísimos, pero, para que entren bajo la denominación específica de “corrupción”, su malicia objetiva requiere otro rasgo. Seguir leyendo ¿Qué es la corrupción? – Mons. Sergio Buenanueva