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Una iglesia ahogada en sentimentalismo – Samuel Gregg

Por Samuel Gregg

20 de noviembre de 2018

 

La fe y la razón asaltadas por la idolatría de los sentimientos

Cada vez que imparto seminarios de posgrado, establezco una regla para los participantes. Si bien son libres de decir lo que piensan, no pueden comenzar una oración con las palabras «Me siento. . .» O hacer una pregunta que inicie con «¿No sientes que…?» Las expresiones burlonas aparecen inmediatamente en las caras de algunos estudiantes. Luego les informo que nada me importa lo que ellos sientan acerca del tema.

En ese momento, hay al menos un jadeo de asombro. Pero antes de que alguien pueda siquiera pensar en algo, digo, «Quizás se pregunten por qué no me interesan sus sentimientos acerca nuestro tema. Bueno, pues quiero saber qué piensan sobre el tema. No estamos aquí para emocionarnos unos a otros. Estamos aquí para razonar críticamente juntos».

Las miradas desconcertadas desaparecen. Resulta que los estudiantes comprenden que una discusión razonada no puede tratarse de una descarga mutua de sentimientos. Y eso es tan cierto para la Iglesia como para los graduados.

El catolicismo siempre ha atribuido gran valor a la razón. Por ‘razón’ no me refiero solo a las ciencias que nos dan acceso a los secretos de la naturaleza. También a la razón que nos permite saber cómo usar esta información correctamente; los principios de lógica que nos dicen que 2 por 2 nunca puede ser igual a 5; nuestra capacidad única de conocer la verdad moral; y la racionalidad que nos ayuda a entender y explicar la Revelación.

Tal es el respeto de la razón por parte del catolicismo que este énfasis se ha derrumbado ocasionalmente en hiperracionalismo, del tipo que Tomás Moro y John Fisher pensaron que caracterizó gran parte de la teología escolástica en los veinte años anteriores a la Reforma. Sin embargo, el hiperracionalismo no es el problema que enfrenta el cristianismo en los países occidentales en la actualidad. Nos enfrentamos al desafío opuesto. Lo llamaré Affectus per solam.

«Solo por sentimientos» captura gran parte del ambiente presente dentro de la Iglesia en todo Occidente. Afecta a cómo algunos católicos ven no solo al mundo, sino a la fe misma. En el centro de este amplio sentimentalismo se encuentra la exaltación de los sentimientos intensos, el desprecio de la razón y la posterior infantilización de la fe cristiana.

Entonces, ¿cuáles son los síntomas del affectus per solam? Uno es el uso generalizado de lenguaje, en la predicación y enseñanza cotidianas, que es más característico de tratamientos terapéuticos que de las palabras utilizadas por Cristo y sus apóstoles. Palabras como ‘pecado’ se desvanecen y son reemplazadas por ‘dolor’, ‘arrepentimiento’ o ‘triste error’.

El sentimentalismo también asoma su cabeza cuando se les dice a los que ofrecen defensas razonadas de la ética sexual o médica católica que sus posiciones son «hirientes» o «sentenciosas». Parece que la verdad no debe ser articulada, ni siquiera amablemente, de poder herir los sentimientos de alguien. Si eso fuera cierto, Jesús debería haberse abstenido de contarle a la mujer samaritana los hechos sobre su historia matrimonial.

El Affectus per solam también nos ciega a la verdad de que hay, como afirma Cristo mismo, un lugar llamado infierno para aquellos que mueren sin arrepentirse. El sentimentalismo simplemente evita el tema. El infierno no es un asunto que deba tomarse a la ligera, pero hágase esta pregunta: ¿cuándo fue la última vez que escuchó, mencionada en misa, la posibilidad de que cualquiera de nosotros pudiera terminar eternamente separado de Dios?

Sobre todo, el sentimentalismo se revela en ciertas presentaciones de Jesucristo. El Cristo, cuyas duras enseñanzas conmocionaron a sus propios seguidores y que rechazó cualquier concesión al pecado cada vez que hablaba de amor, se derrumba de alguna manera formando un amigable rabino progresista. Este Jesús inofensivo nunca nos anima a transformar nuestras vidas abrazando la integridad de la verdad. En su lugar, recicla trivialidades sedantes como «todos tienen su propia verdad», «haz lo que sientas que es mejor», «sé fiel a ti mismo», «¿quién soy yo para juzgar?”, etc. Y nunca tengas miedo: este Jesús garantiza el cielo, o lo que sea, para todos.

Ese no es, sin embargo, el Cristo revelado en las Escrituras. Como Joseph Ratzinger escribió en su libro de 1991, Mirar a Cristo:

«Un Jesús que está de acuerdo con todo y con todos, un Jesús sin su santa ira, sin la dureza de la verdad y sin el verdadero amor, no es el Jesús real como lo muestra la Escritura, sino una caricatura mezquina. Una concepción del “evangelio” en la que la seriedad de la ira de Dios está ausente nada tiene que ver con el evangelio bíblico».

La palabra ‘seriedad’ es importante aquí. El sentimentalismo que infecta a gran parte de la Iglesia tiene que ver con la disminución de la seriedad y de la claridad de la fe cristiana. Eso es especialmente cierto con respecto a la salvación de las almas. El Dios plenamente revelado en Cristo es misericordioso, pero también es justo y claro en sus expectativas de nosotros porque nos toma en serio. ¡Ay de nosotros si no le devolvemos el elogio!

Entonces, ¿cómo fue que gran parte de la Iglesia terminó hundiéndose en una marisma de sentimentalismo? He aquí tres causas principales.

Primero, el mundo occidental se está ahogando en el sentimentalismo. Como todos los demás, los católicos son susceptibles a la cultura en la que vivimos. Si desea una prueba de Affectus per solam occidental, simplemente encienda su navegador web. Pronto se dará cuenta del puro emotivismo que impregna a la cultura popular, los medios de comunicación, la política y las universidades. En este mundo, la moralidad tiene que ver con su compromiso con causas particulares. Lo que importa es cuán «apasionado» (atento al idioma) es usted acerca de su compromiso y el grado de corrección política de la causa, no si la causa en sí es razonable de apoyar.

Segundo, consideremos cómo muchos católicos entienden hoy la fe. Para muchos, parece ser un «sentimiento de fe». Con eso, quiero decir que el significado de la fe cristiana se juzga principalmente en términos de sentir lo que hace por , de mi bienestar y mis preocupaciones. ¿Pero sabe qué? Yo, mí y yo mismo no son el centro de la fe católica.

El catolicismo es, después de todo, una fe histórica. Nos involucra a decidir que confiamos en aquellos que dieron testimonio de la vida, muerte y resurrección de Jesucristo, en quienes transmitieron lo que vieron a través de textos escritos y tradiciones no escritas y en quienes, hemos concluido, dijeron la verdad sobre lo que vieron. Eso incluye los milagros y la resurrección que atestiguan la divinidad de Cristo. El catolicismo no los ve como «cuentos». Ser católico es afirmar que realmente sucedieron y que Cristo instituyó una Iglesia cuya responsabilidad es predicar esto hasta los confines de la tierra.

La fe católica no puede, por lo tanto, tratarse de mí y de mis sentimientos. Se trata de la Verdad con mayúscula. La realización y la salvación humanas implican, en consecuencia, elegir libremente conformarme constantemente con esa Verdad. No se trata de subordinar la Verdad a mis emociones. Realmente, si el catolicismo no se tratara de la Verdad, ¿qué caso tendría?

Tercero, la omnipresencia del sentimentalismo en la Iglesia debe algo a los esfuerzos por degradar y distorsionar la ley natural desde el Concilio Vaticano II. La reflexión de la ley natural se desarrolló de forma mixta en todo el mundo católico en las décadas anteriores a los años sesenta. Pero sufrió después un eclipse en gran parte de la Iglesia. Eso se debe en algo a que la ley natural era parte integral de la enseñanza de Humanae Vitae. Muchos teólogos decidieron posteriormente que cualquier cosa que sustentara a Humanae Vitae debía ser vaciada de contenido sustantivo.

Si bien el razonamiento de la ley natural se recuperó en partes de la Iglesia a partir de la década de 1980, hemos pagado un precio por la marginación de la ley natural. Y el precio es este: una vez que se relega la razón a la periferia de la fe religiosa, comienza a imaginarse que la fe es de alguna forma independiente de la razón; o que la fe es inherentemente hostil a la razón; o que las convicciones religiosas no requieren explicación a otros. El resultado final es la disminución de la preocupación por la sensatez de la fe. Esa es una manera segura de terminar en el pantano del sentimentalismo.

Podrían mencionarse otras razones del arrastre del sentimentalismo en la Iglesia de hoy: la desaparición de la Lógica de los currículos educativos, la deferencia excesiva a la (mala) psicología y la (mala) sociología de algunos clérigos formados en la década de 1970, las inclinaciones a ver la labor del Espíritu Santo como algo que podría contradecir las enseñanzas de Cristo, las almibaradas liturgias al estilo de Disney, etc. Es una lista larga.

La solución no es rebajar la importancia de las emociones de las personas como el amor y la alegría, o la ira y el miedo. No somos robots. Los sentimientos son aspectos centrales de nuestra naturaleza. En su lugar, las emociones humanas deben integrarse en un relato coherente de la fe cristiana, la razón humana, la acción humana y el florecimiento humano, algo realizado con gran habilidad por figuras del pasado como Aquino y pensadores contemporáneos, como el fallecido Servais Pinckaers. Entonces necesitaremos vivir nuestras vidas en consecuencia.

Escapar del Affectus per solam no será fácil. Es simplemente parte del aire que respiramos en Occidente. Además, algunos de los más responsables hoy en día de la formación de personas en la fe católica parecen altamente susceptibles a las maneras sentimentalistas. Pero a menos que señalemos y impugnemos el desenfrenado emotivismo que actualmente compromete el testimonio de la Iglesia sobre la Verdad, corremos el riesgo de resignarnos a ser una mera ONG en el futuro cercano.

Es decir, a la verdadera irrelevancia.

 

 

Nota

El artículo «A Church drowning in sentimentalism» fue publicado antes por Catholic World Report el 29 de octubre de 2018. Agradecemos al Acton Institute el amable permiso de publicación. La traducción es de ContraPeso.info: un proveedor de ideas que sostienen el valor de la libertad responsable y sus consecuencias lógicas, fundado en 1995.

Odium Religionis – Roberto Bosca

Noviembre de 2018

Por Roberto Bosca
Director Académico del Instituto de Cultura del Centro Universitario de Estudios y ex decano de la Facultad de Derecho de la Universidad Austral

Fuente: Revista Criterio

Cruzaba distraídamente la plaza cuando advertí la Catedral vallada para protegerla de las agresiones de la multitud que se agitaba amenazante. Por un momento me pregunté si me encontraba en El Cairo o Riad, pero no; estaba en Buenos Aires contemplando el último acto de una larga historia. Primero fueron las autoridades político-religiosas de la época, preocupadas por la ortodoxia, quienes los persiguieron por herejes, acusándolos ante los emperadores romanos. Cuando visité las catacumbas de Domitila no pude dejar de pensar en su actualidad. Los rumores populares les atribuyeron antojadizas versiones, hasta practicar la antropofagia. Sin embargo, el mayor pecado de los cristianos sería negarse a sacrificar al emperador, considerado por los prosélitos de la nueva fe un acto de adoración y, por consiguiente, una apostasía. Ciertamente ellos no serían recibidos con palmas en el imperio. Plinio el Joven le aseguró a Trajano que estaban frente una execrable “superstición depravada y desmesurada”.

El itinerario del martirio

Durante la Revolución Francesa, los católicos monárquicos fueron masacrados en La Vendée. Pero los philosophes de la Ilustración también hicieron lo suyo, antes de que los nazis los internaran en los campos de concentración, como a Maximiliano Kolbe, para acabar con sus vidas. “Hablar de Dios resulta peligroso”, apostrofó Tatiana Goricheva cuando a lo largo y a lo ancho del siglo breve, los nuevos mártires sobrepoblaron el Archipiélago Gulag y fueron pasados por las armas por los comunistas castristas y soviéticos.

Los cristeros mexicanos suscitaron nuevos martirios por el testimonio de la fe, renovados más tarde en otras geografías de nuestro continente por quienes acallaron las denuncias proféticas del obispo Romero y de tantos otros en su lucha por la justicia. Pero la historia sigue. El testigo fue recogido por el Estado Islámico, que desató ya en nuestros días la más sangrienta y reciente persecución. En algunos países como la India, el sigilo sacramental de la confesión es cuestionado hoy como una forma de proteger el delito. Una nueva ola de cristianofobia se extiende de manera cruenta en África en cabeza de Boko Haram y en todo el Oriente medio. Así lo ha documentado la escritora agnóstica Pilar Rahola en SOS Cristianos, con una enjundia que no tiene nada que envidiarle a la de los primeros siglos.

La iglesia que ilumina es la iglesia que arde

Esta agresividad puede percibirse con nitidez no solamente en territorios extraños a la fe, sino incluso en países de antigua tradición cristiana, en los que los fieles pueden sufrir una situación de menosprecio y hostilidad que abre camino a discriminaciones tanto en el orden privado como en el público. Al compás de una inédita corrección política, un cierto odio a la religión se multiplica en la agresión producida en los últimos años por la irrupción de un nuevo anarquismo.

El anarquismo no es necesariamente antirreligioso (Tolstoi es un ejemplo lejano, y Sabato, cercano), sino que su rechazo a las iglesias proviene de su oposición a las estructuras de poder. La voluntad de prender fuego a los lugares de culto –como ocurre hoy en iglesias argentinas y chilenas– tiene su antecedente entre nosotros en el incendio del Colegio del Salvador en 1875 y en el de la iglesia de Jesús Sacramentado en 1919, durante la Semana Trágica. Completan el cuadro los templos porteños que ardieron en el ‘55, un momento emblemático registrado por Gustavo Franceschi en su antológico editorial “A la luz de los incendios” (Criterio, 1239, 14-VII-55).

Luego de su casi desaparición, la revitalización ácrata se cocinó en el Mayo francés y ahora aflora al calor del conflicto mapuche, pero sobre todo a partir de la expansión de las corrientes más radicales de la ideología del género, proclamando “la iglesia que ilumina es la iglesia que arde”. Este cuadro de animosidad se expresa muchas veces de un modo sutil pero no por ello deja de constituir una apreciable lesión a derechos fundamentales e involucra atentados a la integridad personal. La irrupción de la nueva iconoclastia que proclama como antaño “ni dios ni amo”, cabalga sobre la extendida sensibilidad de sospecha sobre toda autoridad que recorre transversalmente nuestra entera sociedad y encuentra un dudoso sustento en invocaciones a la libertad de expresión y al neutralismo estatal.

Esta nueva intolerancia que repite con el signo inverso las antiguas intemperancias confesionales (de las que la Iglesia no ha hecho todavía un verdadero reconocimiento), se despliega en forma gaseosa como un humo invisible en los escenarios de la cultura posmoderna. Sin embargo, trágico error sería organizar una cruzada, sin comprender que la enfermedad es la que provoca la fiebre. Por una curiosa paradoja, las persecuciones siempre han purificado a la Iglesia. Sangre de mártires, semilla de cristianos.

La persecución blanca

Como resultado, se impone en los hechos una exclusión de la dimensión religiosa de la vida social, reduciéndola a un puro sentimiento individual en el aislado santuario de la conciencia, y consecuentemente mutilada en sus expresiones públicas y sociales. No es siempre, desde luego, una persecución oficial, abierta y desembozada, sino sofisticada y casi imperceptible.

Es la muerte silenciosa, que llega inadvertidamente y sin grandes aspavientos. Una “persecución blanca”, en que la extinción fatal se produce calladamente por una asfixia provocada por la progresiva disminución del aire puro, que suele ser la más efectiva.

Los padres ven recortados sus derechos ejercidos conforme a sus convicciones (como lo definiera el Congreso pedagógico que formuló orientaciones en política educativa) cuando el diktat estatal determina abusivamente los contenidos, vulnerando su libertad. Lo cierto es que, aunque incruentamente, esta actitud de un nuevo laicismosecularismo se homologa a anteriores persecuciones, a un retiro del ágora que tiene el regusto de un regreso a las catacumbas, cerrando una parábola involutiva de más de veinte siglos.

En El incendio y las vísperas, Beatriz Guido pinta las miserias de una familia frente a las miserias de una dictadura, donde también aparece la presencia anarquista de uno de sus personajes en el escenario de una Argentina incendiada. Al examinar la etiología del conflicto, Franceschi se pregunta si los cristianos no son víctimas de su propia decisión de instalarse en la zona de confort. Nuestras culpas –reflexiona el entonces director de Criterio, por cierto no exento de un talante combativo– son distintas en género de las que pesan sobre los incendiarios de templos, pero existen, y lleva tanta importancia que parte de éstas provienen de aquéllas.

Zapatero, a tus zapatos – Germán Masserdotti

Por Germán Masserdotti

Fuente: Religión en Libertad

4 de noviembre 2018

Cuando algunas intervenciones de miembros de la jerarquía eclesiástica en la vida política producen indignación -palabras más, palabras menos-, se sostiene que, para que no sucedan estas cosas, la solución es la separación entre la Iglesia y el Estado.

Bien visto, sostener dicha separación entre la Iglesia y el Estado para remediar “que la Iglesia se meta en política” refleja una eclesiología desencaminada. Según esta postura, la Iglesia se identificaría con la jerarquía eclesiástica “¡Aro, aro, aro!”, gritaría un gaucho de mi patria. Esta identificación, precisamente, es la que genera la falsa conclusión de la necesidad de separar la Iglesia del Estado. En realidad, el laicado católico, en razón del Bautismo recibido, forma parte de la Iglesia. Todavía mejor: es la Iglesia. Esto merece una breve explicación.

Como explica Julio Meinvielle en La Iglesia y el mundo moderno, “todos los fieles cristianos, incluidos los laicos, están investidos, por la unción del bautismo y de la confirmación, del sacerdocio, de la realeza y del profetismo de Cristo” a la vez que Él mismo “ha establecido ministerios jerárquicos en su Iglesia, lo que determina desigualdades que hacen al gobierno de la misma y a la dispensación de su gracia”. En la Iglesia “hay lo que viene de arriba, de Cristo, que ha instituido la Iglesia con magisterio, con sus medios de santificación, con su gobierno, pero hay también lo que viene de abajo, lo que traen los fieles consigo para participar de la verdad y de la gracia”. De esta manera “entre clérigos y laicos hay una igualdad fundamental que supera cualquier diferencia o jerarquía que puede establecerse por razones de ministerio. Sin embargo, estas diferencias existen y deben ser reconocidas y afirmadas”. Los laicos “constituyen la Iglesia con el mismo título que la constituye el Papa, los obispos, los clérigos y los religiosos. Sólo que su estado [de vida] les pide otra actuación dentro de la Iglesia” y también respecto del mundo. Los clérigos, en lo que se refiere a una comunidad política de acuerdo al orden natural y cristiano, “trabajan eficazmente, pero no como ejecutores directos”, sino como “inspiradores y directores espirituales, ya que han de enseñar cuál es la recta ordenación cristiana de la vida temporal”. Dicho sea de paso… o no tanto: ¿cumplen los clérigos, en particular los obispos, el oficio que grava su conciencia de cara a la vida eterna de “enseñar la recta ordenación cristiana de la vida temporal”? Antes de “meterse en política”, ámbito propio del laicado católico, ¿hacen carne los deberes del pastor de acuerdo a las enseñanzas de documentos como el decreto Christus Dominus sobre el ministerio pastoral de los obispos del Concilio Vaticano II?

De lo dicho arriba se sigue que la Iglesia debe “meterse en política”, pero debe precisarse que a quien corresponde “meterse” es al laicado católico en razón del carácter secular de su estado de vida.

El problema planteado, entonces, se soluciona recordando un refrán castellano que reza “Zapatero, a tus zapatos”. Resulta por demás loable la preocupación los miembros del episcopado de cada país por la “cuestión social”. Sin embargo, la gestión de las cosas temporales, en este caso las políticas, es algo propio de laicado católico, no del clero.

Otra sería la realidad política argentina si cada uno de los bautizados, clérigos y laicos, cumpliera a conciencia con su deber de consagrar el mundo a Cristo desde la propia posición. Blanco sobre negro: los clérigos gobernando en la Iglesia, santificando y enseñando la doctrina de siempre y los laicos gestionando las realidades temporales con la debida competencia de acuerdo al rol social en el que se encuentren.

¿Por qué seguir en la Iglesia a pesar de la tormenta? Ratzinger ya lo planteó y respondió en 1970

Joseph Ratzinger

Fuente: Religión en Libertad

22 de octubre de 2018

 

Hace escasas fechas, George Weigel, biógrafo de San Juan Pablo II, se refería a 2018 como un annus horribilis católico. El contexto es conocido: la renuncia en pleno del episcopado chileno, el caso del cardenal Theodore McCarrick, el informe del gran jurado de Pensilvania o el que empieza a conocerse en Alemania, el terremoto originado por el testimonio del arzobispo Carlo Maria Viganò y las enfrentadas reacciones subsiguientes, o el inicio inminente de un sínodo sobre los jóvenes cuyo punto de partida inquieta no menos al mismo Weigel que al arzobispo de Filadelfia, Charles Chaput.

“Un acontecimiento de gran importancia ha comenzado: la Iglesia se apaga en las almas y se disgrega en las comunidades”. Estas palabras parecen pensadas para describir el momento, pero son de 1970 y las pronunció en una conferencia, parafraseando a Romano Guardini (“Un acontecimiento de gran importancia ha comenzado: la Iglesia despierta en las almas”, había dicho en 1921), un reputado teólogo, perito en el reciente Concilio Vaticano II, llamado Joseph Ratzinger. Medio siglo después, ya como Papa, les haría eco su célebre afirmación de que “en amplias zonas de la tierra la fe está en peligro de apagarse como una llama que no encuentra ya su alimento”.

Las inquietudes del teólogo y pastor Ratzinger en 1970 se referían al “vacío desconcertante”,  la “extraña situación de confusión” y la “disgregación” del postconcilio, acumulación de “muchos y opuestos motivos para no permanecer en la Iglesia”. La misma desazón que se apodera hoy de numerosos católicos ante el predominio mediático de todo cuanto pueda perjudicar a la Iglesia y la evidencia de que, por interesado y manipulador que pueda resultar ese predominio, responde a lo que el mismo Francisco ha reconocido como “atrocidades cometidas por personas consagradas”.

En ese sentido, la conferencia del obispo Ratzinger es un auténtico bálsamo para este annus horribilis, porque aporta criterios de fe y de razón para la esperanza y la fidelidad en medio de la tormenta. La pronunció el 11 de junio de 1970 en Múnich por invitación de la Katholischen Akademie de Baviera, y se recoge en un volumen compartido con Hans Urs von Balthasar precisamente para responder a la cuestión de por qué seguir siendo cristiano y miembro de la Iglesia en los momentos en los que la bate la tormenta.

El texto ha sido traducido y preparado por el sacerdote y teólogo Pablo Cervera para su inclusión en el tomo VIII/2 (La Iglesia, signo entre los pueblos, de aparición en enero de 2019) de las Obras Completas de Joseph Ratzinger.

Las causas de que alguien pueda pensar en abandonar la Iglesia

De la exposición que hace el futuro pontífice pueden deducirse algunas causas por las que la Iglesia ha llegado a una situación como la que él mismo describe.

La eficacia como criterio supremo

“La perspectiva contemporánea”, afirma, “ha determinado nuestra mirada sobre la Iglesia, de tal modo que hoy prácticamente sólo vemos la Iglesia desde el punto de vista de la eficacia, preocupados por descubrir qué es lo que podemos hacer con ella… Para nosotros hoy no es nada más que una organización que se puede transformar, y nuestro gran problema es el de determinar cuáles son los cambios que la harían «más eficaz» para los objetivos particulares que cada uno se propone”.

Con este concepto, la conversión personal pasa a un segundo plano. El “núcleo central” de cualquier “reforma” en la Iglesia “es un proceso espiritual, totalmente cercano al cambio de vida y a la conversión, que entra de lleno en el corazón del fenómeno cristiano: solamente a través de la conversión se llega a ser cristianos; esto vale tanto para la vida particular de cada uno como para la historia de toda la Iglesia”.

Obsesión por las estructuras

Como consecuencia de lo anterior, abandonado el “esfuerzo y el deseo de conversión”, se espera la salvación “únicamente del cambio de los demás, de la transformación de las estructuras, de formas siempre nuevas de adaptación a los tiempos”. Lo reformable son entonces solo “las realidades secundarias y menos importantes de la Iglesia. No es de extrañar, por tanto, que la misma Iglesia aparezca en definitiva como algo secundario”.

La obsesión contra “las estructuras” se convierte así en “una sobrevaloración del elemento institucional de la Iglesia sin precedentes en su historia”, de modo que “para muchos la Iglesia queda reducida a esa realidad institucional” y “la pregunta sobre la Iglesia se plantea en términos de organización“.

Las interpretaciones sustituyen a la fe

Ratzinger alerta de que los aplausos a la Iglesia ante ciertos cambios provienen de “aquellos que no [tienen] ninguna intención de llegar a ser creyentes en el sentido de la tradición cristiana, pero [saludan] este «progreso» de la Iglesia como una confirmación de sus propias opciones y de los caminos recorridos por ellos”.

Eso fuera de la Iglesia. Pero dentro sucede algo parecido, con la incertidumbre introducida por interpretaciones de la fe en las que “las verdades pierden sus propios contornos”, con lo cual “los límites entre la interpretación y la negación de las verdades principales se hacen cada vez más difíciles de reconocer“.

Ratzinger lo dice sin tapujos: “El derecho de ciudadanía que la incredulidad ha adquirido en la Iglesia vuelve la situación cada vez más insoportable tanto para unos como para otros”.

Denigración de la Iglesia histórica

Cuando los católicos aceptan e incluso propagan la mayor parte del discurso anticatólico sobre el pasado de la Iglesia, siembran la semilla del abandono de la fe.

La Iglesia siempre se vio a sí misma como “el gran estandarte escatológico visible desde lejos que convocaba y reunía a los hombres. Según el concilio de 1870, ella era el signo esperado por el profeta Isaías (11,12), la señal que incluso desde lejos todos podían reconocer y que a todos indicaba claramente el camino a recorrer. Con su maravillosa propagación, su eminente santidad, su fecundidad para todo lo bueno y su profunda estabilidad, ella representaba el verdadero milagro del cristianismo, la mejor prueba de su credibilidad ante la historia”.

Hoy, incluso desde dentro de la Iglesia se traslada la idea de que es “no una comunidad maravillosamente difundida, sino una asociación estancada…; no ya una profunda santidad, sino un conjunto de debilidades humanas, una historia vergonzosa y humillante, en la que no ha faltado ningún escándalo… de modo que quien pertenece a esa historia no puede hacer otra cosa que cubrirse vergonzosamente la cara… Así, la Iglesia no aparece ya como el signo que invita a la fe, sino precisamente como el obstáculo principal para su aceptación“.

Razones para seguir en la Iglesia

“Ante la situación presente, ¿cómo se puede justificar la permanencia en la Iglesia?”, se pregunta Ratzinger, como pueden estar preguntándose hoy miles de católicos: “Dicho en otros términos: la opción por la Iglesia, para que tenga sentido, ha de ser espiritual. Pero ¿en qué puede apoyarse una opción espiritual?” Igual que vale la pregunta, valen también las respuestas que proponía entonces el futuro Benedicto XVI.

Porque la Iglesia no es nuestra, sino “Suya”

“Permanezco en la Iglesia”, explica, “porque creo que hoy como ayer, e independientemente de nosotros, detrás de «nuestra Iglesia» vive «Su Iglesia», y que no puedo estar cerca de Él si no es permaneciendo en su Iglesia. Permanezco en la Iglesia porque, a pesar de todo, creo que no es en el fondo nuestra sino «Suya». Dicho en términos muy concretos: es la Iglesia la que, no obstante todas las debilidades humanas existentes en ella, nos da a Jesucristo; solamente por medio de ella puedo yo recibirlo como una realidad viva y poderosa, que me interpela aquí y ahora”.

Por eso, “quien desea la presencia de Cristo en la humanidad, no la puede encontrar contra la Iglesia, sino solamente en ella“.

Porque no se puede ser cristiano en solitario

“No se puede creer en solitario”, dice el futuro Papa: “La fe sólo es posible en comunión con otros creyentes. La fe, por su misma naturaleza, es fuerza que une. Su verdadero modelo es la realidad de Pentecostés, el milagro de compresión que se establece entre las personas de procedencia y de historia diversas. Esta fe o es eclesial o no es tal fe”.

Porque la fe no puede ser una elección personal

Esa eclesialidad es garantía contra el capricho y la volubilidad de la creencia puramente privada: “Además, así como no se puede creer en solitario, sino sólo en comunión con otros, tampoco se puede tener fe por iniciativa propia o invención, sino sólo si existe alguien que me comunica esta capacidad, que no está en mi poder, sino que me precede y me trasciende. Una fe que fuese fruto de mi invención sería un contrasentido“.

Si fuese algo puramente personal, la fe “me podría decir y garantizar solamente lo que yo ya soy y sé, pero nunca podría superar los límites de mi yo. Por eso una Iglesia, una comunidad que se hiciese a sí misma, que estuviese fundada sólo sobre la propia gracia, sería un contrasentido. La fe exige una comunidad que tenga poder y sea superior a mí, y no una creación mía ni el instrumento de mis propios deseos“.

“Todo esto se puede formular también desde un punto de vista más histórico“, precisa Ratzinger, atendiendo a la condición divina de Jesús. Porque si Jesús no fue un ser superior al hombre, “yo me encontraría al arbitrio de mis reconstrucciones mentales y Él no sería nada más que un gran fundador, que se hace presente a través de un pensamiento renovado. Si en cambio Jesús es algo más, Él no depende de mis reconstrucciones mentales, sino que su poder es válido todavía hoy”.

Porque el mundo sin Cristo sería peor

“¿Qué sería el mundo sin Cristo, sin un Dios que habla y se manifiesta, que conoce al hombre y a quien el hombre puede conocer?”, se pregunta el que sería pocos años después arzobispo de Múnich: “La respuesta nos la dan clara y nítida quienes con tenacidad enconada tratan de construir efectivamente un mundo sin Dios“, dice en clara referencia a los totalitarismos del siglo XX, erigidos con la finalidad expresa de prescindir de Él.

“Permanezco en la Iglesia”, resuelve entonces, “porque creo que la fe, realizable solamente en ella y nunca contra ella, es una verdadera necesidad para el hombre y para el mundo. Este vive de la fe aun allí donde no la comparte. De hecho, donde ya no hay Dios —y un Dios que calla no es Dios— no existe tampoco la verdad que es anterior al mundo y al hombre”.

Porque solo la Iglesia salva al hombre, por la Cruz

“El mismo pensamiento puede ser expresado de otra manera: permanezco en la Iglesia porque solamente la fe de la Iglesia salva al hombre“, afirma a continuación el teólogo de prestigio que era el interviniente. Hace un repaso de las erradas corrientes de pensamiento moderno (cita a FreudJungMarcuseAdornoHabermasMarx) que buscan la salvación del hombre: “El gran ideal de nuestra generación es una sociedad libre de la tiranía, del dolor y de la injusticia”. Es “un impulso fundamentalmente cristiano, pero el pensar que a través de las reformas sociales y la eliminación del dominio y del ordenamiento jurídico se puede conseguir aquí y ahora un mundo libre de dolor, es una doctrina errónea, que desconoce profundamente la naturaleza humana“.

En efecto, “se nos quiere hacer creer que se puede llegar a ser hombres sin el dominio de sí, sin la paciencia de la renuncia y la fatiga de la superación, que no es necesario el sacrificio de mantener los compromisos aceptados, ni el esfuerzo para sufrir con paciencia la tensión entre lo que se debería ser y lo que efectivamente se es”. Pero “en realidad, el hombre no es salvado sino a través de la cruz y la aceptación de los propios sufrimientos y de los sufrimientos del mundo, que encuentran su sentido liberador en la pasión de Dios. Solamente así el hombre llegará a ser libre. Todas las demás ofertas a mejor precio están destinadas al fracaso”.

Porque la verdad de la Iglesia no son solo sus debilidades

Estas verdades necesitan ser dichas, no escondidas, porque “la esperanza del cristianismo y la suerte de la fe dependen de algo muy simple: de su capacidad para decir la verdad. La suerte de la fe es la suerte de la verdad; esta puede ser oscurecida y pisoteada, pero jamás destruida”.

Y la verdad es que la Iglesia no se reduce a sus debilidades, sino que, “junto a la historia de los escándalos, existe también la de la fe fuerte e intrépida, que ha dado sus frutos a través de todos los siglos en grandes figuras”.

Porque necesitamos la belleza de la Iglesia

La belleza que ha aportado la Iglesia al mundo es uno de los grandes argumentos a su favor: “También la belleza surgida bajo el impulso de su mensaje, y que vemos plasmada aún hoy en incomparables obras de arte, se convierte para él en un testimonio de verdad: lo que se traduce en expresiones tan nobles no puede ser solamente tinieblas… La belleza es el resplandor de la verdad, ha afirmado Tomás de Aquino, y podríamos añadir que la ofensa a la belleza es la autoironía de la verdad perdida. Las expresiones en que la fe ha sabido darse a lo largo de la historia son testimonio y confirmación de su verdad”.

Porque la Iglesia está llena de personas que lo merecen

Un argumento que valía hace medio siglo como hoy y siempre a lo largo de dos mil años: “Si se tienen los ojos abiertos, también hoy se pueden encontrar personas que son un testimonio viviente de la fuerza liberadora de la fe cristiana. Y no es una vergüenza ser y permanecer cristianos en virtud de estos hombres que, viviendo un cristianismo auténtico, nos lo hacen digno de fe y de amor“.

Porque esos hombres son una prueba viviente de la presencia de Dios: “¿No figura acaso como una prueba relevante en favor del cristianismo el hecho de que haga más humanos a los hombres en el mismo momento en que los une a Dios? Este elemento subjetivo ¿no es también al mismo tiempo un dato objetivo del cual no hemos de avergonzarnos ante nadie?”

Porque amamos a la Iglesia

Es la razón fundamental porque la que seguimos en ella, y con la que concluye la conferencia de Joseph Ratzinger: la amamos, y por eso queremos limpiarla de nuestras propias miserias: “El amor no es estático ni acrítico. La única posibilidad de que disponemos para cambiar en sentido positivo a una persona es la de amarla, transformándola lentamente de lo que es en lo que puede ser. ¿Sucederá de distinto modo en la Iglesia?”.

En resumen: “No valdría la pena permanecer en una Iglesia que, para ser acogedora y digna de ser habitada, tuviera necesidad de ser hecha por nosotros; sería un contrasentido. Permanecer en la Iglesia porque ella es en sí misma digna de permanecer en el mundo, digna de ser amada y transformada por el amor en lo que debe ser, es el camino que también hoy nos enseña la responsabilidad de la fe”.

 

La crisis de la pastoral social – Gustavo Irrazábal

Por Gustavo Irrazábal

26 de junio de 2018

Del 22 al 24 de junio tuvo lugar en Mar Del Plata la Semana Social, organizada por la Fundación Konrad Adenauer conjuntamente con la Comisión Episcopal de Pastoral Social y el Obispado de Mar del Plata, y convocada bajo el lema “Democracia: Un camino de servicio a los pobres”. Las noticias difundidas por los medios de comunicación sobre este acontecimiento pueden suscitar una legítima preocupación, debido a los reiterados desbordes verbales de los obispos participantes en sus referencias a la situación social en nuestro país. Seguir leyendo La crisis de la pastoral social – Gustavo Irrazábal

La Iglesia Católica y la política de Derechos Humanos sobre los 70’ en Argentina – Juan Francisco Ramos Mejía (h)

Por Juan Francisco Ramos Mejía (h).

Juan Francisco Ramos Mejía hijo tiene 40 años. Es abogado y master en economía y política.

Email: [email protected]

 

I.- Introducción

La noticia acerca de la beatificación del ex obispo Angelelli vuelve a poner sobre el tapete el debate sobre el uso político de los derechos humanos relacionados con la guerra civil de la década de 1970.

El objeto de este memorándum es analizar la posición actual de la jerarquía de Iglesia Católica en relación a ese tema y proponer algunos lineamientos para el accionar futuro. Seguir leyendo La Iglesia Católica y la política de Derechos Humanos sobre los 70’ en Argentina – Juan Francisco Ramos Mejía (h)

Doctrina social católica y justicia – Robert G. Kennedy

Por Robert G. Kennedy

23 de mayo de 2018

En una carta escrita en 1789, Benjamin Franklin observó que la nueva Constitución estadounidense parecía destinada a la permanencia, pero también apuntó que «en este mundo no puede decirse que haya nada seguro, excepto la muerte y los impuestos». Los impuestos, de una forma u otra, han sido una característica de la vida civilizada durante 5,000 años o más, y no muestra signos de desaparecer. Sin duda, las quejas acerca de la justicia de los impuestos son igualmente antiguas. Seguir leyendo Doctrina social católica y justicia – Robert G. Kennedy

Sobre una carta de Santa Hildegarda de Bingen – Berny Prieto Villafuerte

20 de mayo de 2018

Por Berny Prieto Villafuerte

 

La reciente lectura de un precioso libro: “Bajo la mirada de Hidelgarda, abadesa de Bingen” de Azucena Adelina Fraboschi –principal responsable e iniciadora del proyecto que tradujo a nuestro idioma la obra de Santa Hidelgarda– y más específicamente, el extracto de una carta dirigida al papa Anastasio, propiciaron este pequeño comentario. Aquí que la vida y el magisterio de Santa Hidelgarda puedan interpelarnos enérgicamente sobre nuestro compromiso con la Iglesia. En un mundo dividido por la confrontación y el deseo por el poder ¿Cómo es posible ser plenamente cristianos? Seguir leyendo Sobre una carta de Santa Hildegarda de Bingen – Berny Prieto Villafuerte

¿Por qué la iglesia alemana, casi sin fe, está al borde del colapso? Habla un cura español allí – Pablo J. Ginés

22 de marzo de 2018

Pablo J. Ginés

Fuente: Religión en Libertad

La Iglesia Católica en Alemania es, casi con seguridad, la más rica del mundo. Sin embargo, espiritualmente es casi estéril y muy cerrada a la evangelización. Hay 23 millones de alemanes que se declaran católicos, pero solo 2,5 millones van a misa con frecuencia.  Seguir leyendo ¿Por qué la iglesia alemana, casi sin fe, está al borde del colapso? Habla un cura español allí – Pablo J. Ginés

Ratzinger profetizó la “letanía” de la Iglesia del nuevo paradigma hace 30 años – Juanjo Romero

 

8 de febrero de 2018

Por Juanjo Romero

Fuente: Infocatolica

Las «letanías» de la Iglesia del Nuevo Paradigma están recogidas y analizadas ya hace treinta años en un discurso profético del Cardenal Ratzinger, entonces Prefecto de Doctrina de la Fe, a los presidentes de las Comisiones Doctrinales Europeas en Laxenburg en 1989: Difficulties confronting the faith in Europe today. Seguir leyendo Ratzinger profetizó la “letanía” de la Iglesia del nuevo paradigma hace 30 años – Juanjo Romero