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El Instituto Acton y su lucha contra el drama de la pobreza – Gabriel Zanotti

EL INSTITUTO ACTON Y SU LUCHA CONTRA EL DRAMA DE LA POBREZA*

*Versión corregida y actualizada del artículo publicado en enero de 2014 el la página del Instituto Acton con el título «Sobre los pobres, explotados y excluidos», si bien fue escrito en 2007 antes de que se emitiera el documento de Aparecida (http://institutoacton.org/2014/01/20/sobre-los-pobres-explotados-y-excluidos/)

Con relación a algunas versiones que circularon en semanas pasadas respecto de nuestra institución, escribiremos sobre algunas ideas fundantes en el Instituto Acton, como es el drama de la pobreza, eje temático fundamental de la misión que nos convoca.
Dentro de los objetivos del Instituto Acton, está el diálogo entre los fundamentos de una «economía libre», «economía de mercado» (los términos pueden cambiar, estamos adoptando los distinguidos por Juan Pablo II en Centesimus annus), la tradición cristiana y la Doctrina Social de la Iglesia. Los partidarios de las economía de mercado (sean cristianos o no) no hablan de oprimidos, excluidos y explotados, términos interpretados, en general, bajo el paradigma de la lucha de clases. Se corre el riesgo de que esto sea visto como que los partidarios del mercado niegan que haya fenómenos de injusticia en los temas socioeconómicos, o que no les interesa el destino de quienes padecen inenarrables sufrimientos. Esto no es así. Hay injusticias que se traducen en miseria, desocupación y desnutrición, y condiciones de vida indignas que, aunque relativas a la circunstancia histórica, conmueven el corazón de cualquier persona de buena voluntad —sobre todo, de cualquier cristiano. a quien, como dijo Edith Stein, nadie le es indiferente.
En este sentido, también podemos hablar de oprimidos y excluidos, pero no desde la lucha de clases marxista o neomarxista, sino desde un sistema socioeconómico imperante en América Latina desde hace siglos, basado en la intervención del Estado en las variables económicas, la socialización de los medios de producción, el control estatal de la actividad privada y todo tipo de privilegios y prebendas sobre el sector llamado «privado». Ese sistema, considerado por muchísima gente «capitalista» o «neoliberal», es el responsable de haber impedido durante siglos la acumulación de capital que genera riqueza para todos, produciendo una masa cuasi-infinita de mano de obra barata o desempleada, cuyo destino terrenal se deshace entre la desnutrición, la enfermedad y la muerte. Esos son los «excluidos» de los beneficios que generaría un sistema apoyado en el ahorro con un salario real creciente, propio de aquellas naciones desarrolladas gracias a una genuina economía de mercado, con bases institucionales adecuadas, que han sido anuladas también en América Latina por autoritarismos, de izquierda y de derecha, que con delirios mesiánicos siguen añorando la figura cultural del virrey omnipotente. Son también los «oprimidos» por un sistema que los condena a la miseria y los «explotados» por una casta de dirigentes sindicales, empresarios prebendarios, funcionarios estatales y políticos que viven del presupuesto de un Estado que se alimenta permanentemente de impuestos y cuasi-confiscaciones al sector privado, a la libre iniciativa —para peor, en nombre de los pobres que dicen proteger.
Estas estructuras propias del crony capitalism o capitalismo de amigos son, sin lugar a dudas, un pecado social, un mal moral, además de un error técnico. En ellas sí se cumple esto de que «la riqueza de unos es a expensas de la pobreza de otros», como una torta fija que no crece, sino que aumenta las desigualdades y los privilegios indebidos. Es imperioso hacer las aclaraciones necesarias para diferenciarlas de las que sí son instituciones sanas, propias de la economía de mercado.
Claro que los cristianos y todas las personas de buena voluntad debemos preocuparnos por los oprimidos. Ello no solo no es incompatible, sino que es exigido por la conciencia cristiana, para lo cual es clave responder a la pregunta ¿cuál es el sistema que oprime?
Esto implica una opción preferencial por el pobre que padece el drama de la carencia material; su clamor nos duele y llama a nuestra conciencia. Por eso, quienes defendemos la economía de mercado, cristianos o no, lo hacemos porque nos preocupa la desocupación, la desnutrición y la miseria, y por eso elegimos ocuparnos de ello a través de la promoción y difusión de las ideas que han permitido a muchos pueblos salir de ella.
Desde la autonomía que nos cabe, proponemos de modo dialogante y amistoso un cambio de enfoque, no en los fines ni en la conciencia cristiana que nos mueve a todos, sino en la consideración de las causas socioeconómicas de lo que, verdaderamente, fue un mal espantoso ayer y lo sigue siendo en el siglo XXI.
Sin embargo, excluido el análisis de la lucha de clases, se produce otro cambio importante de enfoque: la clara conciencia de que, por más que se alcance la liberación de las estructuras sociales opresoras, ello no implica la redención de Cristo y la Libertad del Reino de Dios. Los sistemas sociales pueden ser mejores o peores, pero son siempre perfectibles y nunca se identifican con la perfección de la Gracia, de lo sobrenatural, de la redención que viene solo de Cristo.
Aclaradas estas cuestiones, quienes somos parte de instituciones como el Instituto Acton Argentina, partidarios de los derechos personales y de la economía de mercado, esperamos no quedar, valga la redundancia, excluidos del diálogo y oprimidos por la incomprensión, y que nuestro aporte se reciba como parte de un proceso de evolución sociocultural donde las ideas importan para conformar una sociedad madura.

Gabriel Zanotti

Gabriel Zanotti

Es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino, UNSTA y Doctor en Filosofía por la Universidad Católica Argentina. Es Director Acádemico del Instituto Acton. Twitter @gabrielmises

Por el bien de los pobres, primero el crecimiento económico – Rafael Ramírez de Alba

Por Rafael Ramírez de Alba (profesor de área de Entorno Económico IPADE – Business School)

Fuente: El Universal (prensa mexicana)

 

Uno de los hechos más significativos y alentadores de las últimas décadas ha sido la disminución de la pobreza, especialmente de la pobreza absoluta, a medida que se ha logrado una aceleración del crecimiento económico gracias a la implementación de políticas de apertura y liberalización económica. No solo en China e India sino alrededor del mundo, un rápido crecimiento está asociado sistemáticamente con disminuciones importantes en la pobreza.

Sin embargo, al mismo tiempo que se ha incrementado el crecimiento y disminuido la pobreza, se siguen escuchando muchas voces que lamentan un percibido aumento en la desigualdad. Nos dicen que el modelo neoliberal o capitalista, puede ser que logre crecimiento económico pero lo hace favoreciendo a los ricos y explotando a los pobres o, en el mejor de los casos, el crecimiento ha olvidado a los pobres y no los ha hecho partícipes de sus beneficios (reflejado, por ejemplo, en la preocupación por los “descartados” en el lenguaje del Papa Francisco, o en la insistencia de un “crecimiento inclusivo” que intenta popularizar el Foro Económico Mundial).

Para llegar a la conclusión sobre si el crecimiento económico beneficia o no a los pobres se deben analizar los hechos de manera sistemática.  ¿Qué nos dice la evidencia empírica al respecto?

David Dollar del Brookings Institution (think tank estadounidense identificado con posiciones de centro-izquierda), Tatjana Kleineberg de la Universidad de Yale y Aart Kraay del Banco Mundial, llevaron a cabo uno de los estudios más extensos que se han hecho sobre la relación entre crecimiento económico y desigualdad. Tomando como base datos de 121 países en las últimas cuatro décadas, llegaron a la conclusión que no hay una relación empírica entre el cambio en el ingreso promedio de los países y el porcentaje del ingreso del quintil más bajo de la población. En palabras sencillas, los ingresos de las personas más pobres han crecido en general al mismo ritmo que los ingresos promedio en esos países: mientras más rápido crece el PIB per cápita de un país, más rápido crecen los ingresos de los más pobres; si no hay crecimiento, las condiciones de vida de los más pobres no mejoran.

Habiendo encontrado lo anterior, lo investigadores se preguntaron si habría variables que afectaran directamente la participación del ingreso de los más pobres en el total nacional (es decir, que influyeran en la distribución de los ingresos) para tratar de identificar políticas que, además de promover el crecimiento, disminuyeran la desigualdad.

Después de analizar más de quince variables, entre ellas la apertura comercial, la inflación, el crédito al sector privado, la desigualdad histórica y la extensión de la educación primaria, no encontraron una relación clara y consistente entre ellas y la desigualdad. Es decir, mientras que el crecimiento económico sí beneficia a los más pobres, es difícil encontrar políticas públicas que al mismo tiempo que promueven el crecimiento, disminuyan la desigualdad. Podríamos añadir que es muy probable que las políticas que pretendan disminuir la desigualdad a expensas del crecimiento económico acabarán perjudicando a los más pobres, a quienes suponen querer ayudar.

En un país como México donde los niveles de pobreza siguen siendo inaceptablemente altos a pesar del progreso de las últimas décadas, uno de los aspectos más atractivos de la campaña de López Obrador a la presidencia fue su insistencia en que las políticas económicas se deben enfocar principalmente en ayudar a las personas más necesitadas, reflejado en su lema, muy acertado política y mediáticamente: “por el bien de todos, primero los pobres”. Difícil estar en desacuerdo.

Sin embargo, y más allá de haber implementado alguna política económica definida o coherente, con sus palabras y sus acciones el ahora presidente López Obrador ha minado consistentemente la base del crecimiento económico de un país: la confianza necesaria para fomentar la inversión privada y el emprendimiento. En tan sólo un poco más de seis meses de su administración han quedado lejos las promesas de crecer al 4% anual, conformándose con tratar de convencernos que no estamos en la primera recesión desde hace muchos años.

La gran paradoja de la administración actual, que se dice especialmente preocupada por los pobres, es que serán las personas de menos recursos precisamente las más perjudicadas por la falta de crecimiento económico. Como bien nos recordó el saliente Secretario de Hacienda en su reciente carta de renuncia, las políticas económicas se deben diseñar con base en la evidencia y no en la ideología (ni, añadiría yo, las buenas intenciones). El crecimiento económico es la mejor y más efectiva política social. Tal vez sea el momento de complementar aquello de “por el bien de todos, primero los pobres” por algo así como “por el bien de los pobres, primero el crecimiento económico”.

El espíritu del dinero – Manuel Jiménez-Castillo

Manuel A. Jiménez-Castillo[1]

Universidad Católica de Pereira

 

1 La ciencia del dinero

El objeto último de las finanzas radica en una razonable comprensión de que los medios son fines para sí mismos y que los intercambios solo cumplen su labor cuando son fundamento de progreso y bienestar. Su campo compete al estudio objetivo del dinero como entidad que se vale de sí misma. Solo así adquiere su condición científica de logos. Con Aristóteles el papel del dinero recoge toda una tradición que ve en él una fuente secundaria de valor. No es sino virtud para otras cosas, es decir, medio de cambio. La censura crematística –la censura del dinero como simple depósito de valor- impide desplegar todo lo que en ella es condición de verdad y espíritu independiente. Su condición de patrón de pagos impide el uso natural del interés allá donde no se consuma separación clara entre propiedad y uso. Así, no se podrá vender un pedazo de tierra ni los frutos de su uso porque caería en una desigualdad contra-natura. Solo con la distinción de ambas entidades irrumpe el interés y con ello instrumentos financieros tales como la letra de cambio y el cheque. Reforzado por la figura del notario se nutren los intercambios comerciales y con ello el entendimiento de que todo interés no es más que el precio de disponer en el ahora lo que en su condición natural está reservado a un porvenir.

Pero llegar a esta comprensión requiere un esfuerzo natural unido a unas condiciones materiales que estimulen la intuición y finalmente la ordenación de un futuro sostenido bajo las leyes del ahora. En las primeras fases del desenvolvimiento económico, todo es inmediatez. La pobreza es presente absoluto, pura emergencia, sustraída de toda distinción entre disposiciones ajenas y propias. La falta de acumulación de capitales convierte todo préstamo en crédito improductivo. Su habilidad se resuelve en necesidades inferiores sin facultad auto-reproductiva. Véase sino como buena parte de la masa crediticia en países pobres se concentra en la reproducción de bienes fatuos carentes de esa habilidad para multiplicar el ahorro y la industria. El cálculo económico se resiente ante la pobreza que en su afán aspira a gobernar un mundo de necesidad frente al del civilizado interés.

Esta percepción del mundo domina el invierno de la historia. La censura al interés de los padres de la Iglesia alcanza su cénit con las tesis de santo Tomás donde solo la normalización de la propiedad abrirá puertas al mundo financiero. La negación de todo interés se consuma con la eliminación del precio al dinero pues lo que sirve como instrumento de intercambio no puede asumir un estatuto económico per natura. El dinero es un universal concreto que se trueca por todo excepto por sí mismo. Censurables son, así, los pagos a una sustancia extraña a toda mercancía que ni se vende ni se compra. La falta de independencia exige acomodar los ritmos económicos a la doctrina eclesiástica y en ello la tradición escolástica hace un esfuerzo único.

Pero las cosas van cambiando y lo que resulta evidente para una conciencia apegada a una existencia material se hace insuficiente cuando se eleva. Que el dinero carece de valor intrínseco como nos recuerda san Mateo 25:14-30 “(…) si se entierra en el suelo no produce ningún beneficio” se hace insuficiente para una humanidad que ha puesto sobre el trueque el gobierno de las pasiones más comprometidas. Con la llegada de la letra de cambio el mundo comienza a reconocer lo que solo es evidente para una sociedad avanzada. Basada en el intercambio favorece la solidaridad entre sus miembros regando de prosperidad y conduciendo pacíficamente los intereses de todos. Evidente para Montesquieu es que el comercio se constituye como apaciguador de pasiones litigantes, ganando en fuerza simbólica y en la confianza de lo que es útil para todos. La falta de respaldo metálico no dañará su valía pues ha comprendido que su fuerza radica en resolver necesidades transitorias y conducir las pasiones hacia la frugalidad y la experticia. El dinero se va ajustando a principios de racionalidad económica garantizado por la legitimidad del interés y el empeño efectivo en actividades onerosas. Cuando el dinero deja de ser un instrumento que convoca a las necesidades inferiores cristaliza en voluntad intersubjetiva y estimula rendimientos crecientes. Entonces el cálculo revierte en una virtuosa actitud profesional y la figura del contable testimonia la inauguración de una ciencia del dinero.

El ejercicio financiero transita de ser ánimo para la codicia a ser alimento de virtud general. Una presencia abierta del mercado asume que todo acuerdo entre oferente y demandante requiere de maestría inter-partes. Solo el experto en necesidades ajenas sobrevive al mundo de la competencia que lubricado por las finanzas, acelera y reproduce beneficios y disposiciones. Pero extraer dones sociales de las finanzas y no lúgubres caminos de enriquecimiento exigirá reformular en mayúsculas la conciencia de los pueblos.

Ya con la resolución de las necesidades se distingue, en notable obra de la moral, aquellas satisfechas desde los primados del vasallaje con las dispuestas desde la inteligencia y la creatividad. Pero entonces, ¿por qué goza de tan mala fama el mundo de las finanzas cuando su origen resulta de un ejercicio libre del espíritu? La respuesta debe buscarse probablemente en el modo en que se distribuyen socialmente los goces de ese logro. Siguiendo lo apuntado por Fustel de Coulanges las finanzas ponen a la gente en su sitio de una manera muy particular; por una combinación de suerte y tenacidad. El mercado financiero va resolviendo la condición social de los agentes económicos guiado por los principios del cambio e incertidumbre. Por eso, el mundo que emerge con las finanzas termina siendo uno donde la estabilidad y predecibilidad de la vida segura del esclavo se diluye tras la inseguridad que proporciona la competencia libre. Por este motivo, el sistema financiero vence sin convencer pues es en él característico perjudicarnos como individuos a la vez que nos promociona como masa social. Generando una aflicción emotiva de tintes neuróticos consigue que todos nos sintamos más inseguros y perjudicados en un mundo cada vez más próspero.

Las finanzas estimulan las relaciones mercantiles y estas fortalecen el espíritu de la competencia. Obrando a partir de un mecanismo de destrucción creadora fuerza un mejoramiento humano general desde el perjuicio particular de cada uno de sus protagonistas “la competencia es sana mientras no te ocurra a ti”. Así, las sociedades se instalan progresivamente más prósperas desde sujetos atormentados y sometidos a la lucha constante por el reconocimiento. Esta paradoja podría explicar esa desazón del que vence sin convencer y que, en últimas, nos pone como individuos ante el reto de digerir todo este siglo y medio de espectacular dicha.

2 Pobreza y Finanzas

Las finanzas favorecidas por su condición social nunca son causas del progreso, y sin embargo, participan solidariamente en su consecución y sostenimiento. No es desde las finanzas, aunque sí con las finanzas donde el mercado multiplica sus externalidades positivas conquistando allá donde participa (con otros determinantes (educación, salud, etcétera) mitigar la pobreza y reproducir oportunidades. El progreso material se refina curtido desde aquello mismo que lo denosta; es decir, expande oportunidades a la vez que concentra beneficios. El mercado se nutre de cambio, y el cambio de movilidad, por lo que a toda acción le sobreviene siempre una reacción igual y contraria. Todo beneficio de la competencia exige como al dios Saturno devorar a sus hijos. A fin de cuentas toda competencia es un intento frustrado de aspiración al monopolio; recuérdese que en competencia perfecta nadie compite.

A la luz de estas paradojas, nos topamos con un hecho que no por razonable resulta ser fascinante; la reducción mundial de la pobreza ha supuesto un incremento de la desigualdad social y esto último, la prueba de que con todo el mundo progresa. El mejoramiento se encuentra instalado precisamente en ese mismo sentimiento de desafección que nos incita. En ciencias sociales, contrario a otros saberes y prácticas, es de recibo observar lo que no funciona para deducir su naturaleza necesaria. Empero, un mundo cada vez menos pobre y más desigual supone retos relevantes para las finanzas en su papel pacificador. Porque superada la primera fase de escasez, no es una igualdad de recursos lo que apremia, y sí una igualdad en la capacidad de acceso al sistema financiero. Solo en esto último las finanzas satisfacen ese rol de agente más eficiente entre necesidades presente y futuras. Véase sino como el sistema financiero consigue ordenar de modo prosaico aquello que se tiene y no se necesita con lo que se necesita y no se tiene. Esto multiplicado por la infinidad de interacciones lo dota de un servicio superior y de una fuente de estima inestimable.

La desigualdad entre países pero sobre todo en los países afecta preponderantemente la capacidad de acceso. Allí donde impera la asimetría el precio del dinero deja de medirse en función de su escasez natural. La desigualdad entre los extremos dificulta la adecuación de los deseos individuales a una política que garantice el respeto por la propiedad y una higiénica red de garantía jurídica. Sin ambos, los derechos de garantías se igualan a un sobrecoste de financiación. A ello añádase los efectos que arrastra sobre el desenvolvimiento de las relaciones informales de producción. La desigualdad es distancia entre agentes y esto anticipa la conformación de barreras en forma de costes de información, de control, y finalmente de liquidez y diversificación. El estrangulamiento en la base crediticia para buena parte de la población  mundial convierte la deuda en un instrumento de extorción y servidumbre allá donde debiera cumplir funciones productivas (véase sino los casos de suicidio en el noroeste de la India documentados de modo recurrente en la última década).

Solo la deuda que se encamina a fortalecer el progreso individual y colectivo es una deuda legítima pues el que recibe está en condiciones de devolver sin mermar patrimonios propios. La prosperidad se hace fecunda consintiendo que prestamista y prestatario no se vean ahogados por unas condiciones de reparación inasumibles. Apelando a la gracia de un acceso al crédito favorable se resuelve lo que de virtuoso tiene restituir lo ajeno sin restar en lo propio. El punto clave brota de la libertad (como capacidad) que cada uno atesora para decidir o no sobre la conveniencia y necesidad del servicio vigente; o en otras palabras, sobre el conjunto de posibilidades con las que el individuo cuenta para poner en conveniencia sus oportunidades con su disponibilidad patrimonial. No es tanto la posibilidad para solicitar un servicio financiero, sino la adecuación de este al motivo necesario que le exigen sus inclinaciones más naturales; es decir, que el sistema financiero contribuya a la expansión de las libertades personales y no ha engrasar la maquinaria financiera. Si las condiciones exógenas no son, en tal caso, las dispuestas a prevenir la carencia y la sumisión cualquier producto financiero que se precie no será otro que causa de falencias y arbitrariedades.

3 Micro-finanzas

Entre tanto, llama la atención la irrupción de los servicios micro-financieros en buena parte del mundo en desarrollo. Con los trabajos experimentales de M. Yunus, un economista bangladeshí fundador del banco de los pobres “Grammer Bank”, se creyó firmemente y sin más pruebas que algunos casos aislados, que los pobres son pobres por la falta de acceso al sistema financiero. Pero vacunados ante tales simplismos es sobre todo la capacidad para acceder y no el acceso mismo lo que marca la diferencia entre prosperidad e indigencia y solo expandiendo las facultades humanas (educación, sanidad, etcétera) se liberan las finanzas de una deuda no sostenible. El mero acceso a recursos financiero carece por naturaleza de ánimo para obrar en función de las ocasiones que brinda el servicio de mejora en la vida de los más pobres. Un bien financiero puede cumplir las veces de inversión productiva cuando a la inteligencia económica le suceden disposiciones de tiempo y fortuna. En cambio, se ejecuta como gasto  improductivo cuando la emergencia propia de la caristia torna barrera infranqueable al provecho. Sostenido en este carácter ambivalente, el sistema micro-financiero ha fomentado una contradicción de fondo double bottom line donde la función social queda hipotecada por principios de racionalidad y sostenibilidad financiera. Su vocación eminentemente social choca con su realismo operativo.

Es del todo innegable para una mente clara que si el acceso al crédito resolviera los problemas de emergencia económica la sostenibilidad de las instituciones microfinancieras quedaría asegurada, pues no existe mayor prueba del éxito para un crédito que reponerlo sin perjuicio. Sin embargo, que la literatura académica se haya nutrido a partir de ese conflicto prueba que toda estrategia minimalista está abocada al fracaso. O en otras palabras, que la micro-financiación consigue solo y a duras penas mejorar el nivel medio de ingresos de los micro-prestatarios pero nunca alcanza un estado tal que los ponga a salvo de la escasez y la sostenible reposición de las deudas contraídas. Las pruebas empíricas solo corroboran lo evidente. Las más de 300 evaluaciones de impacto conducidas desde el MIT revelan un efecto indefinido si bien débil en los niveles de ingreso familiar para aquellos beneficiarios cuyos niveles de renta se sitúa muy por debajo de la media de los países subdesarrollados. Solo allí, tras umbrales tolerables de bienestar el impacto se repone y democratiza (ver en G.C.A.P, 2002; Hossain, 1989).

4 Conclusión

El mundo de las finanzas ha puesto en conexión mercados equidistantes dando validez y vitalidad a las relaciones mercantiles. Los éxitos compartidos han sido inmensos se mire por donde se mire (solo la pobreza en el mundo ha caído en más de un 80% desde 1970) y con la nueva revolución tecnológica la movilidad de capitales otrora limitada al espacio geográfico sobrevuela sin límites la economía virtual. Las crisis financieras han sido y serán cada vez más recurrentes aunque menos devastadoras, pues es propio de la experiencia domesticar dolores históricos. El carácter ambivalente es consustancial a la vida misma, y el dinero como producto de la conciencia intersubjetiva no está exento de estatutos. En este sentido, la incertidumbre financiera es el precio que la civilización contrae por las infinitas posibilidades que la ciencia del dinero brinda a la hora de cuadrar las disponibilidades presentes y futuras con las necesidades de todos. En última, y he aquí la gracia que despliega las finanzas en esta fase mundial, se halla su facultad más elaborada para revertir la potencia en acto productivo. Relacionando compromisos e inclinaciones de un modo que solo el voluntario flujo de intereses personales sabe hacer, multiplica de modo exponencial el universo material aproximando en su medida el paraíso celestial a la tierra.

[1] Doctor en Ciencias Económicas y Magister en Economía del Desarrollo por la London School of Economics and Political Science (LSE). Ha fungido como profesor-investigador en la Pannasastra University of Cambodia (Camboya), El Colegio de la Frontera Norte (Nuevo Laredo, México), Universidad Católica de Pereira (Colombia). Vive alimentando por la llama del entendimiento y ametralla críticamente su voluntad para liberarlo de ilusiones vacuas. Ha publicado trabajos sobre filosofía del desarrollo económico, microfinanzas, cooperación internacional. Email: antoniojcastillo@ucp.edu.co Facebook: Antonini de Jimenez. Canal youtube: https://www.youtube.com/channel/UC11-cpzjC28ILXdiJBqTRnA

El pobrismo: la exaltación de la pobreza – Manuel Solanet

26 de julio de 2018

Por Manuel Solanet, Director de la Fundación Libertad y Progreso

Fuente: Libertad y Progreso  

El pobrismo podría ser definido como la exaltación de los pobres, poniendo el énfasis en su defensa frente al resto de la sociedad. Es un enfoque clasista aunque distinto al del marxismo. No se sintetiza en los trabajadores versus el capital, sino en los pobres frente a los ricos y el poder económico. Mientras el marxismo habla de la explotación, el pobrismo habla de la exclusión y el descarte.

El pobrismo no considera la movilidad social. Los pobres son y serán. Con ellos se desarrollan lazos afectivos, de solidaridad y también de ayuda. Pero el pobrismo no elabora políticas ni procedimientos para que cada uno de los pobres evolucione hacia la riqueza. Más bien desarrolla un discurso de protesta dirigido a quienes ellos creen egoístas, que desprecian a los pobres o en el mejor de los casos los ignoran. El pobrista suele adoptar perfiles austeros y emblemáticos en su vida personal. Es una forma de expresar su vocación o preferencia por los pobres.

El pobrismo es característico de gente buena. No nace en el resentimiento ni postula la lucha de clases. Tiende al asistencialismo. A redistribuir la riqueza que ya existe. Desconoce la inversión productiva y la generación de trabajo. Esto es consecuencia de que los pobristas descreen en el capital y tienen aversión a las grandes empresas. Prefieren dar pescado que enseñar a pescar. A lo sumo son condescendientes con la pequeña empresa, las pymes, que serían una réplica de los pobres frente a las grandes corporaciones. Sospechan que éstas ganan demasiado y que son remisas a distribuir los beneficios entre sus obreros.

Al exaltar la pobreza, parecería que el pobrismo no desea que los que hoy son pobres dejen de serlo. No indaga sobre las causas de la pobreza ni sobre el desarrollo económico y social producido por los distintos sistemas económicos. En esa ignorancia hace prevalecer visiones inmediatistas. Por ello rechaza el capitalismo o la economía de mercado, desconociendo que fue el único sistema que efectivamente contribuyó a reducir la pobreza en el mundo. Hoy también rechaza la globalización.

Es común que el pobrismo tenga base religiosa. Para los hombres de Fe vale el mandato evangélico de amar al prójimo como a sí mismo. El Papa Francisco es un pobrista y ha convocado a esa visión a muchos otros obispos y sacerdotes. El mensaje de “Laudato si” en su capítulo social expone con toda claridad esa posición, que luego se ha reiterado en todos los mensajes y documentos.

Debe diferenciarse el pobrismo de la verdadera ayuda efectiva a los pobres, que es la que trata que salgan de esa situación, que dejen de ser pobres. Ayuda efectiva es, por ejemplo, la del sacerdote Pedro Opeka que desde hace 50 años trabaja en una comunidad en Madagascar. Su tarea, además de espiritual, ha sido de ayuda para que personas de extrema pobreza, salgan de ella. Les ha hecho construir viviendas, enseñándoles con su propia participación. Les creó escuelas, agregando luego colegios secundarios y una universidad. Su preocupación fue capacitarlos para que evolucionen intelectual y materialmente. Escuché al Padre Opeka agradecer el premio que le otorgó la Universidad del CEMA, un centro educativo orientado a la libertad económica. En su discurso explicó cómo darle a sus asistidos las capacidades para desarrollarse por sí mismos. Es una filosofía coincidente con la sostenida en el mundo por el Instituto Acton. Ella nos dice que debe superarse la mera actitud compasiva, que deviene en protestataria para luego impugnar paradójicamente los sistemas económicos que más han hecho para salir de la pobreza.

 

Doctrina social católica y justicia – Robert G. Kennedy

Por Robert G. Kennedy

23 de mayo de 2018

En una carta escrita en 1789, Benjamin Franklin observó que la nueva Constitución estadounidense parecía destinada a la permanencia, pero también apuntó que «en este mundo no puede decirse que haya nada seguro, excepto la muerte y los impuestos». Los impuestos, de una forma u otra, han sido una característica de la vida civilizada durante 5,000 años o más, y no muestra signos de desaparecer. Sin duda, las quejas acerca de la justicia de los impuestos son igualmente antiguas. Seguir leyendo Doctrina social católica y justicia – Robert G. Kennedy

¿Te preocupa la pobreza? Ocúpate de los empresarios

Fuente: Religión en Libertad

6 de abril de 2018

 

No se puede ser coherente con la fe y, al mismo tiempo, olvidar a los sectores menos favorecidos de la sociedad, afectados muchas veces por lo que el Papa Pablo VI llamó “estructuras de pecado”; es decir, acciones colectivas capaces de atentar contra la dignidad de la persona humana. Por lo tanto, la Iglesia siempre ha tenido claro su aporte frente a los retos de la pobreza y cuando, por los avatares de la historia, dicha conciencia se ha puesto en riesgo, no han faltado figuras que, a lo largo de los siglos, la han hecho volver al origen. Por ejemplo, San Francisco de Asís o Santa Teresa de Calcuta. Referentes a nivel mundial de la inclusión social con un fuerte contenido espiritual. Seguir leyendo ¿Te preocupa la pobreza? Ocúpate de los empresarios

Libre comercio y globalización: ¿Contribuyen a erradicar la pobreza? – Gustavo Hasperué

 

Gustavo Hasperué

Buenos Aires, 15 de noviembre de 2017

Hacia el año 1800 la población mundial era de mil millones de habitantes, la esperanza de vida al nacer no llegaba a 40 años y más del 80% de la gente vivía en pobreza extrema. Poco más de dos siglos después, la población se multiplicó por 7, la esperanza de vida se duplicó y la pobreza extrema cayó al 10%. Son sin duda logros extraordinarios que nos llenan de esperanza ante el problema de la miseria y la pobreza que todavía afecta a millones de seres humanos. Es fundamental entender cómo ha sido posible semejante progreso para determinar qué camino deben seguir las comunidades que aspiran a niveles crecientes de desarrollo. Seguir leyendo Libre comercio y globalización: ¿Contribuyen a erradicar la pobreza? – Gustavo Hasperué

Seis formas en que la libertad económica beneficia a los pobres del mundo – Rev. Ben Johnson

 

1 de marzo de 2018

Por Rev. Ben Johnson

Acton Institute

Incluso la mayoría de los críticos admite que el mercado libre es el más grande sistema de generación de riqueza en la historia, pero afirman que los pobres se benefician más de los sistemas económicos intervencionistas. De hecho, la libertad económica eleva a los menos acomodados en más naciones de laissez-faire a una mejor posición basada en factores tales como el ingreso promedio, la esperanza de vida, la alfabetización y otras formas de libertad personal, que aquellos que viven en economías no libres. Seguir leyendo Seis formas en que la libertad económica beneficia a los pobres del mundo – Rev. Ben Johnson

¿Un magisterio alternativo? – Revista Criterio

 

3 de noviembre de 2017

Por: Consejo de Redacción

Fuente: Revista Criterio

En el año 1987, 134 sacerdotes, pertenecientes a 27 diócesis del país, se reunieron durante tres días con el loable deseo de profundizar y purificar, en su acción y sus vidas, la opción de la Iglesia por los pobres, con una visión esperanzadora. Su mensaje identificaba en la “impagable e inmoral deuda externa” la causa del empobrecimiento en la Argentina. Al mismo tiempo, estos sacerdotes renovaban su compromiso con la vida, señalaban sus reservas respecto de la ley de obediencia debida y su alarma ante los intentos golpistas, e instaban a la valiente defensa de una democracia convertida en verdadera participación popular. Seguir leyendo ¿Un magisterio alternativo? – Revista Criterio

Comunismo no es lo mismo que cristianismo – Germán Masserdoti

8 de octubre de 2017

por Germán Masserdoti

Artículo originalmente publicado en La Prensa

 

A propósito del primer centenario de la Revolución Rusa, hay quienes todavía, incluso luego de la caída del Muro de Berlín en 1989, la reivindican en los postulados cuando no también en los procedimientos. En este caso, y en íntima conexión con lo dicho, conviene reflexionar acerca de un problema que, para sorpresa de muchos, no parece haber quedado definitivamente claro para algunos: el comunismo, ¿quiere lo mismo que el cristianismo? Seguir leyendo Comunismo no es lo mismo que cristianismo – Germán Masserdoti