Todas las entradas de: Gabriel Zanotti

Es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino, UNSTA y Doctor en Filosofía por la Universidad Católica Argentina. Es Director Acádemico del Instituto Acton. Twitter @gabrielmises

Lo dejó todo para ser empresario, rico y famoso – Gabriel Zanotti

Por Gabriel J. Zanotti

Instituto Acton Argentina

1 de octubre de 2019

Fuente: Empresa

“Era ejecutivo de una petrolera y rico, pero se ha desprendido de todo y ahora es monje en…” Así como este caso, muchos portales católicos están llenos de casos parecidos. Laicos que habiendo alcanzado muchos logros en sus respectivos oficios, lo dejan todo para seguir la vida religiosa. Y está muy bien. Es muy valioso. ¿Quién lo niega?

Pero nadie habla de los laicos que habiendo logrado grandes cosas en su profesión, lo dejan todo para seguir en su profesión y con sus grandes logros. ¿Lo dejan todo? Sí, porque esa es la santificación laical. Eso es el llamado universal a la santidad, que parece seguir siendo ignorado ante estos grandes títulos. Sí, porque seguramente debe haber muchos ejecutivos de grandes empresas que deciden ser santos en esa misma situación, pero nadie se entera, o a nadie le importa, o nadie cree que sea posible. Sí, porque también la santidad en el mundo consiste en abandonar el hombre viejo para vivir, en su oficio, el hombre nuevo del evangelio.

¿Quién dijo que la vida religiosa NO puede tener fama, poder y dinero? Fama y poder han tenido grandes papas, ya presbíteros o religiosos, y dinero, ni les cuento. ¿Y? Se supone que frente a todo eso, el desafío de la santidad es como una lluvia ante la cual abrimos el paraguas y seguimos nuestro camino. Después del pecado original, el éxito, la fama, el poder o el dinero son como lluvias deliciosas ante las cuales cerramos el paraguas y nos dejamos empapar, deteniendo nuestro camino y embriagándonos de soberbia.

La santidad consiste, en cambio, en seguir la propia vocación, haciendo el bien, con fama o sin ella, con dinero o sin él, con éxito o sin éxito: la santidad es llevar a la plenitud el llamado que Dios nos hizo para amarlo sin medida a Él y al prójimo, sin o con cuestiones totalmente accidentales al seguimiento del propio camino. Por ende, a los ejecutivos de petroleras que sean santos, y sean conocidos por ser ejecutivos de petroleras pero no por ser santos, yo les dedico estas simples palabras, diciéndoles que en los periódicos de Dios salen sus noticias, y en el cielo hay grandes alegrías y festejos.

 

Gabriel Zanotti

Es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino, UNSTA y Doctor en Filosofía por la Universidad Católica Argentina. Es Director Acádemico del Instituto Acton. Twitter @gabrielmises

El Instituto Acton y su lucha contra el drama de la pobreza – Gabriel Zanotti

EL INSTITUTO ACTON Y SU LUCHA CONTRA EL DRAMA DE LA POBREZA*

*Versión corregida y actualizada del artículo publicado en enero de 2014 el la página del Instituto Acton con el título «Sobre los pobres, explotados y excluidos», si bien fue escrito en 2007 antes de que se emitiera el documento de Aparecida (http://institutoacton.org/2014/01/20/sobre-los-pobres-explotados-y-excluidos/)

Con relación a algunas versiones que circularon en semanas pasadas respecto de nuestra institución, escribiremos sobre algunas ideas fundantes en el Instituto Acton, como es el drama de la pobreza, eje temático fundamental de la misión que nos convoca.
Dentro de los objetivos del Instituto Acton, está el diálogo entre los fundamentos de una «economía libre», «economía de mercado» (los términos pueden cambiar, estamos adoptando los distinguidos por Juan Pablo II en Centesimus annus), la tradición cristiana y la Doctrina Social de la Iglesia. Los partidarios de las economía de mercado (sean cristianos o no) no hablan de oprimidos, excluidos y explotados, términos interpretados, en general, bajo el paradigma de la lucha de clases. Se corre el riesgo de que esto sea visto como que los partidarios del mercado niegan que haya fenómenos de injusticia en los temas socioeconómicos, o que no les interesa el destino de quienes padecen inenarrables sufrimientos. Esto no es así. Hay injusticias que se traducen en miseria, desocupación y desnutrición, y condiciones de vida indignas que, aunque relativas a la circunstancia histórica, conmueven el corazón de cualquier persona de buena voluntad —sobre todo, de cualquier cristiano. a quien, como dijo Edith Stein, nadie le es indiferente.
En este sentido, también podemos hablar de oprimidos y excluidos, pero no desde la lucha de clases marxista o neomarxista, sino desde un sistema socioeconómico imperante en América Latina desde hace siglos, basado en la intervención del Estado en las variables económicas, la socialización de los medios de producción, el control estatal de la actividad privada y todo tipo de privilegios y prebendas sobre el sector llamado «privado». Ese sistema, considerado por muchísima gente «capitalista» o «neoliberal», es el responsable de haber impedido durante siglos la acumulación de capital que genera riqueza para todos, produciendo una masa cuasi-infinita de mano de obra barata o desempleada, cuyo destino terrenal se deshace entre la desnutrición, la enfermedad y la muerte. Esos son los «excluidos» de los beneficios que generaría un sistema apoyado en el ahorro con un salario real creciente, propio de aquellas naciones desarrolladas gracias a una genuina economía de mercado, con bases institucionales adecuadas, que han sido anuladas también en América Latina por autoritarismos, de izquierda y de derecha, que con delirios mesiánicos siguen añorando la figura cultural del virrey omnipotente. Son también los «oprimidos» por un sistema que los condena a la miseria y los «explotados» por una casta de dirigentes sindicales, empresarios prebendarios, funcionarios estatales y políticos que viven del presupuesto de un Estado que se alimenta permanentemente de impuestos y cuasi-confiscaciones al sector privado, a la libre iniciativa —para peor, en nombre de los pobres que dicen proteger.
Estas estructuras propias del crony capitalism o capitalismo de amigos son, sin lugar a dudas, un pecado social, un mal moral, además de un error técnico. En ellas sí se cumple esto de que «la riqueza de unos es a expensas de la pobreza de otros», como una torta fija que no crece, sino que aumenta las desigualdades y los privilegios indebidos. Es imperioso hacer las aclaraciones necesarias para diferenciarlas de las que sí son instituciones sanas, propias de la economía de mercado.
Claro que los cristianos y todas las personas de buena voluntad debemos preocuparnos por los oprimidos. Ello no solo no es incompatible, sino que es exigido por la conciencia cristiana, para lo cual es clave responder a la pregunta ¿cuál es el sistema que oprime?
Esto implica una opción preferencial por el pobre que padece el drama de la carencia material; su clamor nos duele y llama a nuestra conciencia. Por eso, quienes defendemos la economía de mercado, cristianos o no, lo hacemos porque nos preocupa la desocupación, la desnutrición y la miseria, y por eso elegimos ocuparnos de ello a través de la promoción y difusión de las ideas que han permitido a muchos pueblos salir de ella.
Desde la autonomía que nos cabe, proponemos de modo dialogante y amistoso un cambio de enfoque, no en los fines ni en la conciencia cristiana que nos mueve a todos, sino en la consideración de las causas socioeconómicas de lo que, verdaderamente, fue un mal espantoso ayer y lo sigue siendo en el siglo XXI.
Sin embargo, excluido el análisis de la lucha de clases, se produce otro cambio importante de enfoque: la clara conciencia de que, por más que se alcance la liberación de las estructuras sociales opresoras, ello no implica la redención de Cristo y la Libertad del Reino de Dios. Los sistemas sociales pueden ser mejores o peores, pero son siempre perfectibles y nunca se identifican con la perfección de la Gracia, de lo sobrenatural, de la redención que viene solo de Cristo.
Aclaradas estas cuestiones, quienes somos parte de instituciones como el Instituto Acton Argentina, partidarios de los derechos personales y de la economía de mercado, esperamos no quedar, valga la redundancia, excluidos del diálogo y oprimidos por la incomprensión, y que nuestro aporte se reciba como parte de un proceso de evolución sociocultural donde las ideas importan para conformar una sociedad madura.

Gabriel Zanotti

Gabriel Zanotti

Es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino, UNSTA y Doctor en Filosofía por la Universidad Católica Argentina. Es Director Acádemico del Instituto Acton. Twitter @gabrielmises

Por qué no soy conservador, aunque sí conversador – Gabriel Zanotti

Para Instituto Acton (Argentina)

Por Gabriel J. Zanotti

Fuente: Blog personal “Filosofía para mi

Julio de 2019

 

La grieta entre los liberales MUY críticos del Catolicismo y los liberales católicos o admiradores del Catolicismo siempre existió. En 1947 Hayek propuso que la Mont Pelerin se llamara Acton-Tocqueville en honor a esos dos grandes pensadores católicos. Pero parece que muchos pusieron el grito en el cielo. Por eso se decidió poner el nombre el monte del cual estaban cerca.

Y hasta bien avanzados los 80, la grieta se… Disimulaba. Eran otros tiempos. Había que tener el casco puesto contra los soviéticos y de otros temas se hablaba por la bajo. Y listo. Yo lo viví. No en 1947 (bueno, creo) pero mi foja de servicios a la causa liberal comenzó en 1974 y era sencillamente así.

Ahora la cosa se ha complicado. Algunos liberales están diferenciándose fuertemente de lo que llaman conservadores. Estos últimos, aunque acepten la economía de mercado y un cierto liberalismo institucional, estarían “en contra de” la homosexualidad, el matrimonio homosexual, el aborto, las drogas, la pornografía, la eutanasia y etc. En cambio, un “verdadero liberal” tiene que estar “a favor de” todo ello. Y obviamente un liberal católico queda entonces como un conservador, y los conservadores no creyentes, muy amigos de ciertos creyentes (porque mejor no hablemos de OTROS creyentes, muy activos en Roma).

El problema es que allí se está manejando mal la dicotomía “estar a favor de” o “estar en contra de”. Independientemente de los casos de aborto y eutanasia, donde lo que está en juego es el derecho a la vida y por ende el debate pasa por otro lado, los liberales, sean católicos o marcianos, nunca han estado “en contra de” la libertad individual de nadie, sea homo, hetero o vulcano. Que yo recuerde, y no creo haberlo aprendido de la nada, el liberal defiende la libertad religiosa, de expresión y de enseñanza entendidas como el derecho a la ausencia de coacción sobre la propia conciencia, y el derecho a la intimidad como el derecho a que las acciones privadas de los seres humanos estén fuera de la autoridad de los magistrados. Por lo tanto, un liberal, desde un punto de vista político, no está “a favor de” la homosexualidad o la heterosexualidad, sino “a favor de” las libertades individuales y el derecho a la intimidad de todos, o sea, un liberal, desde un punto de vista político, defiende el derecho a la ausencia de coacción sobre todo aquello que no afecte de un modo directo derechos de terceros, aunque obviamente las externalidades negativas presentan zonas grises que siempre se han discutido con altura y tranquilidad.

Y de igual modo un liberal, desde un punto de vista político, no está “en contra de” la homo o la heterosexualidad, sino que está en contra de que se coaccione a alguien contra su conciencia en esas materias.

¿Es tan difícil? Yo lo escribí claramente en 1989 y no creo haber inventado nada. Me da pena a veces que sobre algo tan claro haya tanta confusión.

Circula mucho que el liberal defiende “el respeto irrestricto al proyecto de vida del prójimo”, PERO sin distinguir en esa definición lo legal de lo moral, distinción que es elemental.Legalmente, otra vez, lo que haga el prójimo y no atente contra derechos de terceros debe ser custodiado en tanto que el estado no tiene por qué intervenir. Pero moralmente hay proyectos de vida del prójimo que no tienen por qué merecer “un irrestricto respeto”. Yo respeto a las prostitutas como personas y les aseguro que, como el mismo Evangelio dice, estarán primero en el Reino de los Cielos antes que muchos otros (cosa que se aplica muy bien a Argentina…) pero sus acciones desde un punto de vista moral no son “respetables”, aunque no se deba juzgar su conciencia. Y así con muchos otros casos y ejemplos. Y el que crea que todo liberal debe ser necesariamente un agnóstico desde un punto de vista moral desconoce toda la tradición liberal clásica. No ha leído a Smith, a Constant, a Locke, a Montesquie, a los constitucionalistas norteamericanos, a Lord Acton, a Hayek, a Popper, a Mises (que tienen fuertes imperativos categóricos implícitos) ni tampoco quiere leer a los contemporáneos Leonard Liggio, M. Novak, Sam Gregg, Robert Sirico, Thomas Woods o Alejandro Chafuen. Por no citar directamente a Lacordaire, Montalembert, Ozanam, Rosmini, Sturzo, Maritain, cuya falta de estudio en todos los ambientes liberales es una grave omisión.

Por ende un liberal católico no es ni conservador ni no conservador, sino que distingue entre lo legal y lo moral.Distinción para la cual, pensaba yo, no era necesario ser católico para sostenerla. La han sostenido muchos liberales sin necesidad de ser católicos. Aunque ahora muchos liberales parecen haberla olvidado, y con el dedo en alto “retan” a los liberales “que no estén a favor de” (de vuelta) la homosexualidad, el matrimonio homosexual, el aborto, las drogas, la pornografía, la eutanasia y etc., como si en esas materias no hubiera que hacer las elementales distinciones que acabamos de hacer.

Por lo tanto, el que quiera saber “cómo hablar con un conservador”, que no me busque. Pero si quiere conversar con un conversador, allí estaré yo, siempre. Aunque últimamente no parece convenir a muchos conversar y leer a liberales católicos que tengan mucho por decir.

 

Gabriel Zanotti

Es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino, UNSTA y Doctor en Filosofía por la Universidad Católica Argentina. Es Director Acádemico del Instituto Acton. Twitter @gabrielmises

Los paternalismos autoritarios y la santificación del Edipo – Gabriel Zanotti

 

Para Instituto Acton (Argentina)

Por Gabriel J. Zanotti

Fuente: Blog personal “Filosofía para mi”

Junio de 2019

 

La explicación freudiana de la alienación y la masificación, explicando fenómenos autoritarios como los de la Europa de los años 20, es un clásico. Diversos conflictos en la evolución del yo lo llevan a una regresión y a una nueva identificación –esta vez fijación- con la figura de un nuevo padre que de seguridad a ese pobre yo –la expresión es de Freud-. Por eso los fenómenos de hermandad y de masificación entre las personas así mancomunadas en una alienación de la cual casi no hay cura. Surge el padre de la patria, surge “mi pueblo”, surge la masa que apoya al líder que piensa, decide y actúa por ellos, también él alienado en ese poder sin el cual no es nada.

Muchas veces me pregunté por qué, en el peronismo como fenómeno de masas, la figura de la mujer del líder era totalmente deificada. Fíjense que las joyas, los vestidos y los lujos que esos súbditos del líder no permitirían a una “hermana de la causa”, sí son permitidos y admirados en la esposa del líder, elevada a figura santa y virginal, cuyos lujos son legítimos adornos de su condición divina. La razón es psicoanalítica también. Allí desvían y subliman, los alienados, a su libido más profunda. Allí construyen la mujer total, la madre absoluta, nutriente e ilimitada, a la cual no un padre cualquiera, sino el jefe de la horda, impide su acceso carnal. Ella es la mujer absoluta que compensa para siempre las limitaciones de las demás. Ella es la diosa ante la cual el Edipo se eleva a su máximo esplendor. Y si la diosa murió dolorosamente, es cristificada y canonizada ipso facto por ese pueblo adorador y alienado en el fenómeno autoritario.

Que esto sea totalmente ignorado, y al revés, alentado, por un sacerdote católico, muestra de manera dramática cómo el mito de la nación católica –al decir de Zanatta- se ha afianzado en nuestra cultura. Antes era la nación mussoliniana, fascistoide, luego fue la nación como el pueblo explotado por el imperialismo que se levantó en legítima revolución alentada por la teología de la liberación. Ahora sigue siendo ese pueblo, inmaculado de costumbres capitalistas, ese pueblo donde se asienta la verdadera redención cristiana contra instituciones burguesas que le son extrañas. Esa es la teología del pueblo que se enseña en los seminarios, esa es la forma de pensar de los seminaristas que siguen pensando que el peronismo es la verdadera expresión social del Catolicismo. Ellos no tienen defensa intelectual contra su propio absurdo. Evita que robaba a las empresas para darle a los pobres: santa Evita. Evita en el recuerdo de los revolucionarios: Evita montonera. Evita en la memoria del actual pontífice, que lo debe estar pensando en serio: Evita canonizada. Evita, sí, que no evita la barbarie de un pensamiento tan aferrado a sus propias limitaciones, las limitaciones de toda ideología autoritaria, utópica y cerrada a la crítica cual paradigma kuhniano inconmensurable.

Que tengamos que estar discutiendo en serio todo esto muestra el drama intelectual de Argentina, “ese país tan culto”…. Culto, sí, culto a la madre absoluta. Qué horror. Qué pena profunda.

 

Gabriel Zanotti

Es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino, UNSTA y Doctor en Filosofía por la Universidad Católica Argentina. Es Director Acádemico del Instituto Acton. Twitter @gabrielmises

No hay más… ¿y ahora? – Gabriel Zanotti

Gabriel Zanotti

Clase 1 de la Cátedra Acton  2018

Por Gabriel Zanotti, para Cátedra Acton 2018 *
Como suele hacerse siempre cuando se empieza a hablar de economía, hay que reflexionar sobre qué es la escasez. Es cierto que, por lo general, se dan definiciones y rápidamente se hace un salto a los temas siguientes, como si el tema estuviera resuelto. Incluso suelen hacerse relaciones de cantidad de necesidades y de bienes para definir cuándo un bien es escaso. Como soy filósofo, el tema teórico es muy importante.
Todos conocemos, en cierta medida, el problema práctico: no hay más medialunas, falta el café, no hay más presupuesto. Se define la escasez por un sencillo juego de lenguaje; en nuestro español decimos «no hay», «se acabó». Sin embargo y como diría Platón, lo verdaderamente real es la teoría. ¿Por qué? Porque de lo que se trata es de ¿por qué se acabaron las medialunas? La respuesta habitual es: alguien las está sacando, alguien se las quedó todas para él; estaban ahí todas las medialunas y han sido mal distribuidas.
Así que la escasez parecería ser fruto de algún genio maligno, como diría Descartes, que tomó lo que no le correspondía y produjo esta situación. Esta podría ser una teoría, un supuesto acerca de la escasez. O sea, todos más o menos sabemos de qué se trata desde el punto de vista práctico, pero el asunto es el problema teórico. Eso afecta a la economía como ciencia y afecta al eje central de la misión del Instituto Acton, que es la relación entre economía y cristianismo
Voy a comenzar citando a Santo Tomás; habitualmente, para hablar de economía, no hablo de Santo Tomás de Aquino. Mis referentes son otros autores especialistas en economía, tales como Mises y Hayek. Así es que mi recomendación suele ser que si alguien quiere saber de economía recurra a esos autores, pero si quiere saber de Dios, lea a Santo Tomás; nunca al revés. Hacer lo contrario genera mucha confusión. No obstante, esta vez haré una excepción.
Obviamente, una cita aislada significa muy poco, porque dependemos del contexto, dependemos de la traducción del latín al español. Digamos que santo Tomás está hablando de por qué el ser humano es social por naturaleza, y entonces elabora algunas nociones básicas de división del trabajo: que un ser humano no se basta solo a sí mismo; que la naturaleza en muy pocas cosas ha provisto al ser humano suficientemente y que, por lo tanto, hay una razón por la cual éste debe procurarse las cosas que necesita…. Es un párrafo muy intuitivo de ciertas cuestiones básicas que luego la economía contemporánea ha desarrollado largamente: la relación entre escasez, división del trabajo y producción. Se trasluce acá una intuición básica en Santo Tomás.
Voy a traer entonces algunas citas suyas para avanzar en la reflexión. Santo Tomás dice: «en muy pocas cosas se ha provisto al hombre» y luego sigue «suficientemente». Primer punto: ¿A qué se refiere santo Tomás con «naturaleza»?, ¿A qué se refiere este fraile medieval dominico del siglo XIII, que había leído y estudiado tanto a Aristóteles para esta época? Era toda una novedad: a fines del siglo XII empezó a surgir en Occidente el llamado aristotelismo cristiano (los exponentes más importantes en su momento fueron san Alberto Magno y santo Tomás de Aquino). Por lo tanto, no es de extrañar que cuando santo Tomás se refiere a la naturaleza en este contexto, se esté refiriendo a la naturaleza física. ¿Qué está diciendo? Está diciendo algo que todos hemos aprendido cuando vimos la película El Náufrago, con Tom Hanks, o sea, que si terminamos en una isla, por más linda que sea, no lo vamos a pasar nada bien porque no cuenta con ciertas propuestas básicas de confort que ofrece la vida moderna. El texto dice, por un lado, la naturaleza «física» en muy pocas cosas ha provisto al hombre. Es un detalle importante, pues implica la idea de que el ser humano es esencialmente cultural; desde el taparrabos, el arco y la flecha, hasta las naves espaciales, etc., etc., todo eso es cultural y todas esas cosas, o sea, los frutos esenciales a la naturaleza creadora e inteligente del ser humano, todo ello, ipso facto, inmediatamente no está dado. Las computadoras no nacen de los árboles; ni siquiera lo que se llaman las necesidades más básicas, porque en el ser humano son culturalizadas, esto es, pasan por el tamiz de la cultura. Acá una cultura come de una manera, otra de otra, duerme de una manera, se viste de otra, y todo eso implica lo que podríamos llamar productos culturales: están hechos de la naturaleza, pero tienen que producirse. El ser humano es esencialmente cultural, al cual esa naturaleza física no le da nada directamente, no encontramos allí el vestido, el alimento y todo lo que una determinada cultura da al ser humano. Sean las pirámides aztecas o las mayas, el jade de los mayas o el oro de los aztecas, en sus productos artísticos, sean las naves espaciales, los celulares, o este vaso de agua; nada de eso está dado directamente por la naturaleza física.
He aquí, entonces, el primer punto acerca de la escasez: nada de lo humano está dado por los frutos de los árboles. Puede ser que si tenemos mucha hambre agarremos un coco y lo golpeemos y bebamos algo, pero es más difícil de lo que uno cree.
Por lo tanto, este párrafo, «la naturaleza en muy pocas cosas ha provisto al hombre suficientemente», nos habla de la naturaleza física con relación a un ser humano esencialmente cultural.
Hay aquí una interesante noción de división de trabajo: para producir todo ese bien, no basta un solo ser humano. El lenguaje, algo extraño, dice: «con lo cual ha sido naturalmente dispuesto que el hombre viva en sociedad», o sea, transmite una especie de noción implícita de división de trabajo. Podemos preguntaros: ¿ha sido naturalmente dispuesto por quién? Bueno, por Dios, está pensando santo Tomás, quien nos habla de tal modo que la sociabilidad nos es innata.
Me voy a referir a continuación al pensamiento del economista austríaco Ludwig von Mises. En él todo este pensamiento está mucho más evolucionado desde el punto de vista de la teoría económica, pero la noción de relación entre división del trabajo y sociedad humana se mantiene, simplemente que mientras que en santo Tomás es un tema marginal, una intuición que tuvo y que no es el eje central de su obra, para Mises es prácticamente el eje central de su economía y de su filosofía social. En Mises es muy importante la diferencia entre la competencia biológica y la cooperación social y, además, él dice «competencia social» y luego iguala «competencia» a «cooperación social».
Entonces, ¿qué quiere decir «competencia biológica»? Lo que todos sabemos: que justamente frente a la escasez, ¿cómo se soluciona esto en los animales no humanos? Sencillamente, las especies se matan las unas a las otras para conseguir el alimento. Podemos pensar que los seres humanos también; pero, precisamente, la diferencia esencial entre la competencia biológica y la cooperación social, dice von Mises, es que el ser humano tiene la capacidad intelectual para advertir las ventajas de la división del trabajo y, por lo tanto, viviendo en sociedad y dividiendo el trabajo según nuestras productividades respectivas, logramos la producción y el intercambio de bienes y servicios. Los otros seres vivientes, sencillamente, compiten por medio de lo que la ecología ha determinado, o sea, por medio de ese «comeos los unos a los otros». En cambio, parece como que en el ser humano es «intercambiad los unos con los otros» -y no digo, «amaos los unos a los otros».
«Intercambiad los unos con los otros» en el marco de la división del trabajo y de una mínima noción de propiedad, una libertad de entrada al mercado, o sea, todo lo que para von Mises significa cooperación social. Desde luego que von Mises no ignora que hay guerras. Claro que las hay; sencillamente, él afirma que, en la medida en que haya guerras, la cooperación social involuciona, se vuelve hacia una situación más autárquica, la escasez no se minimiza sino que se maximiza. De modo que von Mises es uno de los pocos pensadores en Occidente para el cual la paz es una condición intrínsecamente unida a la cooperación social y a la división del trabajo, contrariamente a otros grandes pensadores que han influido todavía en el Occidente de hoy, como por ejemplo Hobbes o Marx, para los cuales la guerra es el factor evolutivo de la sociedad. Para von Mises ocurre todo lo contrario: la división del trabajo y el intercambio pacífico de bienes y servicios es el factor que produce la cooperación social, y además implica que ésta vaya evolucionando en lo que podríamos llamar la enorme cooperación, como bien dijo Hayek, y con el tiempo esto implica a su vez la evolución del conocimiento. La cooperación cohesiona millones y millones de conocimientos dispersos. Todo lo que sabemos diferente el uno del otro, todo el conocimiento imperfecto, disperso, casi aleatorio, ¿cómo logramos que millones y millones de bits de conocimiento disperso vuelvan a coordinarse? De un solo modo posible, que es la clave y el milagro del sistema de libre mercado: a través de los precios, a través del sistema de precios, de la cooperación social y la división de trabajo.
El problema económico, dice Hayek muy claramente, no es tanto el del pobre Robinson Crusoe, que la puede pasar bastante mal. El problema económico fundamental es qué pasa cuando aparece Viernes en la famosa novela, qué pasa cuando aparecen los valores y las expectativas del otro. El primer gran logro civilizatorio es que ambos no se maten, sino que cooperen e intercambien; ese es el primer logro civilizatorio. Esto es muy importante; siempre destaco que esta noción de la división de trabajo está dada claramente en santo Tomás.
Me gustaría orientar mis reflexiones a continuación hacia un tema que hace a la existencia misma del Instituto Acton: la relación de todo lo dicho con el cristianismo. Intentaré ser claro en las reflexiones siguientes.
Santo Tomás es tan idealista de ese aristotelismo que tiene tan incorporado a su pensar cristiano que cuando dice: «la naturaleza física en muy poco ha provisto al ser humano suficientemente», ni siquiera tiene necesidad de aclarar, porque él lo sabe de memoria, lo asume como obvio, que se está refiriendo al ser humano después del pecado original.
Se supone que el ser humano estaba allí en total armonía con Dios, y hay una traducción latina del Génesis muy interesante: antes del pecado original, Dios nos pone ahí un trabajo no muy pesado, tolerable, algo lúdico, cuyo fin era hacernos trabajar.
Pero se puede presuponer que antes del pecado original estábamos como protegidos de esa naturaleza física que es tan indiferente y hasta a veces hostil a nuestras aspiraciones humanas más profundas. Eso pasa siempre, «ay, que no llueva». Hay una expresión famosa, que si la analizamos podríamos hacer todo un curso de filosofía contemporánea. Fuimos, después del pecado original, arrojados al mundo. «Mundo» puede significar muchas cosas; hoy en día, en la teología católica, «mundo» es el lugar específico del laico, aquello en lo cual el laico se santifica y aquello que el laico tiene que santificar. El mundo es las relaciones de trabajo y de familias que son propias del laico. Esto ha cambiado bastante desde el Concilio Vaticano II, pero se podría decir que cuando el Génesis y la teología católica dicen que fuimos arrojados al mundo, tal vez podríamos interpretar «mundo» en dos sentidos: «mundo» puede significar también el mundo de nuestro pecado, o sea hemos sido arrojados -como a mí me gusta decir últimamente- a la historia de Caín, […] la historia humana es la historia de Caín, es la historia de matar al hermano. Y por eso afirmo que el solo hecho de que haya surgido en esa historia humana, en el siglo XVIII, una declaración de independencia que diga que los seres humanos han sido creados por Dios y dotados de los siguientes derechos, y sobre esa base se haya erigido una organización constitucional, según mi opinión es un casi milagro en la historia de Caín; pienso que ese liberalismo clásico de la constitución norteamericana es un cuasi milagro en la historia de la crueldad que somos.
Pero independientemente de esta consideración, podemos decir que hemos sido arrojados al mundo de Caín, aunque también hemos sido arrojados justamente a esa naturaleza física de santo Tomás sin tantas aclaraciones; es decir, que hemos sido ahora desprotegidos y ahora estamos desnudos, no solamente el uno frente al otro, «y se dieron cuenta de que estaban desnudos» –surge el pudor, la vergüenza–, sino que estamos desvalidos frente a esa naturaleza física entre indiferente y hostil ante nuestras necesidades culturales más profundas.
Esto es algo importante. Por un lado, la escasez es una condición natural de la humanidad; la humanidad está expuesta ante la escasez. La escasez no es una creación deliberada de un grupo de personas. La escasez no es una característica de un sistema social en particular; es una condición natural de la humanidad. Pero si relacionamos esto con el cristianismo, debemos decir que es una condición natural de la humanidad después de que la humanidad ha sido arrojada del paraíso. ¿Podría haber habido escasez antes de pecado original? Es posible que estuviéramos protegidos de ella. ¿Hubo trabajo antes de pecado original? Sí, hubo trabajo, pero no sabemos de qué naturaleza, un trabajo tal vez más lúdico del que suponemos, que no implicaba «el sudor de la frente». Es un punto importante.
Por lo tanto, ¿cómo podríamos caracterizar la relación entre el cristiano en sus actitudes cotidianas y la escasez? Si hay algo que caracteriza al cristianismo, es el presupuesto de que después del pecado original sobreabundará la Gracia de Dios para la Redención del pecado original. Si hay algo que verdaderamente no es escaso, si hay algo que verdaderamente es infinito, tan infinito como la Misericordia de Dios, es la Gracia de Dios, por la cual Él nos redime, por la cual Él nos salva de nuestros pecados. Gracia por la cual Él transforma como un hierro ardiente nuestra naturaleza y saca de nuestra naturaleza lo mejor de ella. El tema de la Gracia en el cristianismo es esencial, la Gracia sí que es superabundante. Son muchas las figuras, los símbolos que se manejan en el Antiguo y el Nuevo Testamento acerca de la Gracia de Dios: el maná del cielo, la conversión del agua en vino en la boda a la que asiste Jesucristo, la multiplicación de los panes y de los peces. Hay figuras en las que las Sagradas Escrituras nos muestran esa superabundancia de la Gracia. El cristiano puede caer en la tentación de creer que eso también pasa con los bienes materiales que tenemos que producir y consumir y decir: Él les dijo a los discípulos [denles ustedes de comer], y los discípulos dieron de comer. Posiblemente se pueda creer que el mundo del cristiano es el de la superabundancia de la Gracia, de donación, de caridad, de dar, y que la escasez se nos aparece como algo un tanto extraño a nuestra concepción del mundo. Existe esa tentación.
Suele darse una falsa interpretación del famoso destino universal de los bienes. De acuerdo a la teología social cristiana y católica, es cierto que Dios ha creado los bienes para todos los seres humanos. Ese es el destino universal de los bienes. Pero eso no significa que la campera, el marcador, el celular, el arco y las flechas, las pirámides y todos los bienes aparezcan como las hojas de los árboles, eso no significa que están dados, no significa que están impresos. Significa que, de alguna manera, hay que producir una organización tal que minimice la escasez para que la creación de esa naturaleza física tenga sentido teológico; o sea, Dios ha creado la naturaleza física para el ser humano todo. Es el tema del famoso principio antrópico. Por tanto, si interpretamos correctamente el destino universal de los bienes, es una especie de mandato ético, una interpretación de que Dios ha creado la naturaleza física para todos los seres humanos.
Con relación a lo anterior, hay dos interpretaciones: la primera tiene que ver con la idea de que los bienes están ahí, están dados. Esto es muy frecuente. Cierta vez, miraba los edificios de la gran ciudad y contemplaba la riqueza allí presente. El asunto es cómo se distribuye. En otra ocasión, mientras escuchaba un sermón, en la iglesia, [el padre dijo:] «fíjense en el supermercado, no me hablen de pobreza porque todos los bienes están ahí», entonces bastaría con redistribuir lo del supermercado. Lo dijo totalmente convencido, para él los bienes estaban allí. De esta interpretación se deriva que el único problema económico tiene que ver con la distribución acompañada por una falta moral grave, el corazón egoísta del hombre es el origen del problema económico que genera la escasez, y los mercados y capitalistas codiciosos son los verdaderos causantes del problema.
Esta interpretación pone a la distribución en el centro del problema, siendo la maldad humana el origen del problema de la escasez, dada la mala distribución. Esto está sumamente generalizado; casi todos los cristianos piensan así y por tanto ponen la mirada en la buena distribución, que es la redistribución.
Podemos sugerir otra interpretación que tiene que ver con que los bienes no están más, no hay bienes y servicios; sencillamente, no hay más. Por lo tanto, y dado que los bienes no están, el problema es que habrá que producirlos. Esto nos lleva a la noción de producto como el fruto de la acción humana más la naturaleza física; fruto no del trabajo manual, sino del intelecto, que ve, advierte, se da cuenta cómo combinar la naturaleza física con la acción humana para dar inicio a ese proceso de producción de bienes y servicios. Es ahí donde nace el problema económico, donde nace la ciencia económica y de ella los grandes temas de la economía, como el ahorro y la inversión, instancias primeras e inevitables para avanzar hacia la creación de nueva riqueza junto con la famosa pregunta sobre qué y cómo producir. Necesitaremos, sí, de una ética de la producción a nivel social, que por tanto se referirá a las condiciones institucionales y jurídicas que hacen posible un sano proceso de producción y que funcionan como verdaderos incentivos para su creación, a la vez que a las virtudes que estimulen ese proceso creativo.
De esta segunda interpretación del destino universal de los bienes es que podemos formular lo siguiente: «los bienes no están dados directamente; luego, hay que producirlos de alguna manera», y en ese «de alguna manera», está la clave de las instancias que deberá seguir el proceso económico, como esencialmente humano, social, y creativo. Por ello es que santo Tomás decía que, dado que la naturaleza física en muy pocas cosas o en casi nada ha provisto al ser humano suficientemente, será el trabajo y la naturaleza social de la persona lo que nos dará el modo como el hombre podrá procurarse las cosas necesarias para la vida. He aquí una pista fundamental para entender los procesos que intentamos explicar: sin sociedad y sin división de trabajo, no nos podríamos procurar las cosas necesarias para la vida.
De todo lo anterior se podría concluir lo siguiente: la escasez no es fruto «de que seamos malos», sino sencillamente de que la naturaleza física no provee los bienes y servicios esencialmente culturales de la naturaleza humana.
Intentaré relacionar todo esto con el pecado original -espero que esto no complique la situación. Daré dos ejemplos. En el primer caso, se da un desastre que obliga a las personas a quedarse encerradas en el edificio donde están. Al principio se intentará organizar la convivencia con buenos resultados, pero con el paso de los días y frente a las adversidades, comenzará el enfrentamiento entre las personas allí presentes. En el segundo caso, se encuentran dos santos: santo Tomás de Aquino y san Francisco de Asís. Por supuesto que ellos no van a agredirse; es más, se van a dar el uno al otro hasta la última gota de agua que encuentren; es más, van a competir por quién se muere primero procurando la vida del otro, pero se van a morir igual, más allá de su santidad. Si Dios no hace un milagro, si no hay agua, no hay. En ese sentido, la escasez no tiene que ver con la maldad moral, es una condición de la naturaleza humana. Nuestra maldad moral puede llegar a agravar un conflicto de escasez, pero no es la causa. La causa es que somos esencialmente culturales y estamos arrojados a un mundo físico entre indiferente y hostil a nuestras demandas culturales básicas.
Por supuesto, todo esto suele agravarse por diversas cuestiones. El problema de los modelos de competencia perfecta, una de las herramientas del análisis económico más generalizada para la comprensión errónea de los mercados, dice Hayek, es que «competencia perfecta» significa que de alguna manera tenemos conocimiento. Esto supone que hay perfecta coordinación entre oferta y demanda y por tanto, que el conocimiento es absoluto y de alguna manera el problema económico se acaba. Empezar el análisis económico a partir del modelo de competencia perfecta puede llegar a suponer que hay conocimiento perfecto y que no hay escasez. Luego vienen los economistas a aclarar y comienzan a desarrollar la competencia monopólica, competencia imperfecta.
En 1936, Hayek, en su gran artículo “Economics and Knowledge”, se pregunta qué sentido tiene que la economía parta de una situación donde el problema económico ya está resuelto. La economía debería partir justamente de una situación en la cual el conocimiento está disperso y, por tanto, esto genera el problema económico, por tanto, el problema no está resuelto. Tal es la situación de descoordinación entre oferta y demanda, esa es la situación del conocimiento imperfecto. Tanto socialistas de cátedra, profesores como Hayek, reconocían que oferta y demanda están descoordinadas, que no hay conocimiento perfecto. Y es aquí donde aparecen serias diferencias entre ellos. Según los socialistas, dado que no hay conocimiento perfecto, suponen un conjunto de personajes que sí tienen el conocimiento perfecto para dirigir a todos los demás. Frente a ello, Hayek respondió que es justamente al revés, por lo que es necesario que el mercado proceda espontáneamente bajo precios y libertad de mercado, donde nada es perfecto, pero donde se dará una tendencia a la coordinación, que es el único modo humano por el cual la información puede circular y optimizar resultados, que tendrán errores humanos, pero también aciertos humanos, y que, en todo caso, buscarán expresar el sustrato de valoraciones subjetivas de las personas que están decidiendo en todos estos casos.
Otro problema que enfrentamos, y esto es muy típico de las sociedades latinoamericanas y del pensamiento corporativista, es suponer que la economía es un problema que radica en cómo el Estado reparte su presupuesto. Se supone que hay alguna especie de torta fija del presupuesto y que el gobierno tiene que distribuirlo, y así surgen los grupos de interés, los grupos de presión preocupados por cómo se va a distribuir la torta del presupuesto: maestros, empresarios o sindicalistas; todos haciendo lobby para conseguir una mayor tajada de una torta cuyo tamaño es fijo. El criterio que subyace a este análisis es el de «suma cero»: si alguien recibe más es porque a alguien se le quita más. Es una visión estática que claramente genera recelos entre los grupos, porque todos compiten por lo que hay en vez de competir por lo que habrá. Este es el modo con que el corporativismo fascista de Mussolini o Perón concibió la economía. Y esta es la triste historia de los argentinos que recibieron una carga cultural muy pesada que se hizo parte de las exigencias políticas en todo el espectro político y en todos los tiempos. Aparece la idea romántica de que no hay escasez, pero claro que la hay. En condiciones adecuadas, y con esto me refiero a las condiciones jurídicas e institucionales, frente a una población que aumenta, la torta crece y hay más para todos. El grave problema es que ocurre lo contrario: la torta no crece porque el estado se financia con impuestos, con deuda pública o con inflación, los cuales constituyen los enemigos principales de todo proceso de crecimiento y creación de riqueza. A más coacción estatal, menor producción y mayor pobreza. Sobre esto no hay vuelta que dar. La Economía y las disciplinas que la acompañan lo explican todo, son antiguas verdades que siguen sin ser escuchadas. Cuanto más impuestos tengamos habrá menor producción; a más inflación, menor producción; a más deuda pública, mayor peligro de default en un futuro que nunca se sabe.
La solución que desde la School of Economics, o sea, austriacos, chicaguenses, derecho y economía, public choice se propone, es dejar actuar al mercado, liberar la creatividad humana y la alertness empresarial para buscar y coordinar los recursos escasos con las necesidades siempre ilimitadas de la demanda. Tiene que haber señales en el mercado que vayan mostrando, a quienes sepan interpretarlas, la escasez relativa de los bienes; esas señales se llaman precios.
Concluimos entonces que, para minimizar la escasez, se necesita ciertas condiciones institucionales infaltables, como la libertad de precios, la libertad de entrada al mercado, una sana desregulación que permita a todos acceder al mercado y trabajar desde su capacidad empresarial.
¿Significa esto el fin de la escasez? No, pero sí es el único modo humano de minimizarla; los bienes seguirán siendo escasos, pero habrá cada vez más cantidad de ellos para muchos más. Mayor producción de bienes y servicios quiere decir mayor ahorro e inversión, mayor inversión significa mayor demanda de trabajo, y eso implica mayores salarios reales. Se trata de un círculo virtuoso, porque a mayores salarios reales, mayor capacidad de que cada uno ponga su propia empresa y, a la vez, mayor ahorro en el mercado de capitales local; lo cual implica mayor inversión, mayor demanda de trabajo mayores salarios reales, y así sucesivamente en un círculo virtuoso que no acaba nunca. Este es el único camino del desarrollo y el único camino para un crecimiento sustentable.
* * *

Gabriel Zanotti

Es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino, UNSTA y Doctor en Filosofía por la Universidad Católica Argentina. Es Director Acádemico del Instituto Acton. Twitter @gabrielmises

La destrucción del poder judicial: ahora sí que vienen por todo – Gabriel Zanotti

Por Gabriel Zanotti

12 de mayo de 2019

Fuente: Filosofía para mí

Si hay algo que define al liberalismo clásico, desde un punto de vista institucional, es el poder judicial.

Cuando Hayek escribió Law, Legislation and Liberty, estaba pensando en algo no muy conocido ni por adherentes ni por detractores del liberalismo, que habitualmente se cree que tuvo su origen en la Revolución Francesa. No.  Hayek explica, precisamente, que el Law es el Common Law, defendido por los Jueces, “contra” la “legislación” que emanaba del Rey y de la Cámara de los Comunes. Los Lores eran precisamente los encargados no de “legislar” sino de custodiar el Law, de donde emergen las libertades individuales inglesas que luego se hacen carne en las colonias norteamericanas. La evolución del sistema constitucional en los EEUU significó precisamente que la Suprema Corte asumió el papel aristocrático de la Cámara de los Lores, transformada en el Senado. La Suprema Corte es (fue) así la suprema instancia de la defensa de las libertades individuales, del Bill of Rightscontra los abusos de poder del Poder Ejecutivo y del Legislativo (los Comunes, transformados en “The House”, los diputados). La evolución del sistema constitucional norteamericano se transformó así en la vivencia concreta de la teoría del gobierno mixto del medioevo. El Rule of Law era efectivamente posible por el control de constitucionalidad ejercido efectivamente por una Suprema Corte aristocrática e independiente.

El poder judicial es, en ese sentido, la única garantía contra el abuso del poder y, a la vez, el símbolo de la limitación al poder, el ideal regulativo del Limited Government.

El poder judicial es por eso la esencia del liberalismo político, la real garantía a la libertad individual.

Por eso, cuando facciones totalitarias llegan hitlerianamente al poder por medio de elecciones, siguen teniendo en todo ese sistema, aunque comiencen a violarlo, un real problema para sus reales intenciones de poder. En última instancia, es incoherente que lo mantengan, y esa incoherencia es el error que cometieron los kirchneristas y que dejó a su “jefa espiritual” a merced del poder judicial, que para ellos no es más que una supervivencia del liberalismo político burgués al servicio de las clases dominantes.

Y desde su perspectiva marxista, tienen razón.

Por eso, ahora sí que vienen por todo. Ahora, con terrible coherencia, destruirán los reales límites que quedaban. Límites que en Argentina, sí, ya casi no funcionaban, límites que el Emperador Nestor I había sabido impedir con el apriete mafioso hacia los jueces, pero ahora sus coherentes intelectuales aprendieron la lección. Así como para los que somos partidarios del libre mercado el problema es la existencia misma del Banco Central o del “Ministerio de Economía”, para los totalitarios el problema es la existencia misma del Poder Judicial.

Porque aunque casi inexistente en la praxis, era al menos unsímbolo. Al menos alguien podía decir que tal medida violaba el control de constitucionalidad en teoría vigente. Ahora se acabó. Coherentemente, quieren derribar el símbolo. Ya no, ya nadie podrá decir, aunque no tenga resultado, que algo es “contra la Constitución”, porque se acabará la Constitución. Habrá sí pirámide jurídica, como la hubo en el nazismo y la Unión Soviética, pero “Constitución” como limitación del poder, aunque simbólica, ya no. Back to 1949. Coherente. Terriblemente coherente.

La Argentina nunca fue Mises y Hayek, pero por lo menos Alberdi quedaba como símbolo, como ideal regulativo, como una utopía inspiradora hacia un futuro difícil. Ahora ya no, gente. Ahora vienen en serio. Ahora son Mempo Giardinelli y Zaffaroni, y si es necesario hilar menos fino, siempre tendremos las sabias enseñanzas de D´Elía y Bonafini. Liberales, como ven el debate en Argentina no es –ni en ningún otro lado-  Hayek o Rothbard.

Es la supervivencia simbólica de instituciones que nunca fueron contra la barbarie política que siempre fue.

Gabriel Zanotti

Es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino, UNSTA y Doctor en Filosofía por la Universidad Católica Argentina. Es Director Acádemico del Instituto Acton. Twitter @gabrielmises

Venezuela somos todos – Gabriel Zanotti

30 de abril

Por Gabriel Zanotti

Fuente: Filosofía para mí

Una psicótica delirante escribe un libro y millones lo compran, se presenta a elecciones y millones la votan. De manual. En la Argentina y en todo el mundo.

De manual porque la gran utopía del iluminismo liberal fue suponer que las democracias se iban a sostener con la madurez del “hombre nuevo” que aparecería con el paso del Antiguo Régimen a la Revolución. No: lo que aparece es un nuevo tipo de alienación. Una alienación concomitante con las sociedades de masas. La Rebelión de la masas de Ortega, Psicología de las masas y análisis del yo de Freud, El Miedo a la libertad de Fromm, son todos textos que, aunque de autores diferentes, analizan el mismo fenómeno: la irracionalidad de las masas, su identificación con una nueva figura del Padre, su ausencia total de pensamiento crítico, carne de cañón ideal para personalidades psicopáticas que las seducen con utopías que son relatos de poder para instalarse en eso: un poder sin el cual no pueden vivir. La diferencia entre Hitler y sus votantes y Cristina Kirchner y sus votantes es sólo de espacio y tiempo. Responden al mismo fenómeno analizado por Ortega, Freud y Fromm.

El único proyecto político que pudo poner un momentáneo freno a la masificación fueron las instituciones de la Constitución norteamericana, escritas desde la fuerte convicción aristocrática de los límites constitucionales que necesitamos ante los locos con poder, y apoyada por una cultura no exenta de masificación, pero sí constituida por granjeros y comerciantes que querían sacarse de encima a Jorge III y vivían mientras tanto, sin saberlo, de los beneficios de un common law evolutivo que no se repitió nunca más.

Podríamos extender este análisis a lo que ahora está sucediendo en EEUU y Europa, pero Latinoamérica y sus instituciones débiles siempre fue un cruel caldo experimental de cultivo para todo tipo de proyectos autoritarios, donde el diagnóstico de Fromm sobre la psiquis humana, sadomasoquista, de dominante a dominados, su ve a la perfección. Las democracias no autoritarias son estrellitas fugaces a merced de las masificaciones más ridículas y violentas que surgen de las votaciones. Estamos todos a merced de leviatáns potenciales que surgen aparentemente de golpe pero cocinados en la intimidad de una psiquis humana que proyecta en un psicópata sus más inconscientes frustraciones y pulsiones de agresión.

Esto no quiere decir que debemos abandonar la tarea de fomentar el pensamiento crítico y difundir por medio de la razón la importancia de las libertades individuales y la economía de mercado. Tampoco implica, obviamente, utopías autoritarias de sesgo aristocrático cuya intrínseca violencia es su intrínseco fin. Sabemos lo que no debemos hacer, pero no qué hacer ante estas malas noticias de psicología política. Las ciencias sociales han avanzado mucho en temas como Economía, Law and Economics, Public Choice, Instituciones, etc., pero para el cambio social, las conjeturas se enfrentan más con refutaciones que con corroboraciones. Porque la clave es algo muy difícil, que es el cambio cultural. Algunas sociedades evitaron lo peor con algún estadista, que puede generar cambios culturales positivos, pero la aparición de ese estadista es totalmente aleatoria. Alemania y Japón, desde 1945 en adelante, parecen haber cambiado, pero a un precio que obviamente no permite establecer ninguna conjetura general. La pura verdad es que cualquier parte del mundo puede ser Venezuela, en cualquier momento, y si no, es al precio de ser dictaduras totalitarias, algunas de las cuales tienen la perversa inteligencia de permitir algo de mercado como un instrumento más de dominación.

Sí, Cristina puede volver porque la cultura que la sostuvo nunca se fue. Putin está firme donde está porque la cultura zarista nunca se fue. Alemania y Japón están donde están porque la cultura que casi los destruye fue expulsada a los bombazos, dos de ellos totalmente injustificables. Cómo cambiar una cultura pero en paz, culturas donde la rebelión es la de las masas y no la del Atlas, es la gran pregunta que yo, al menos, no puedo responder.

Gabriel Zanotti

Es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino, UNSTA y Doctor en Filosofía por la Universidad Católica Argentina. Es Director Acádemico del Instituto Acton. Twitter @gabrielmises

En defensa (una vez más) de Benedicto XVI – Gabriel Zanotti

por Gabriel Zanotti

Abril de 2019

Una vez más, gracias a Dios, Benedicto XVI ha hablado. Con toda paz ha puesto el punto sobre las íes, y con toda furia, una vez más, se le responde. Porque Benedicto habla desde la Fe Católica, una fe cuya defensa es el origen de la armonía razón Fe, una fe que puede ser entendida por la razón pero sólo en armonía con la Gracia. Una fe, por ende, que no se entiende habitualmente pero que, sobre todo, se la odia, porque es todo lo que la naturaleza humana, herida por el pecado original, rechaza. De allí que el odio a la Iglesia no sólo tiene su origen en los pecados de los católicos, sino en la naturaleza misma de la Iglesia: Cuerpo Místico de Cristo.

“Pero los suyos no lo recibieron”. Ello suena hoy más que nunca pero ya no es el paganismo contra el cual luchaban los primeros Padres de la Iglesia. Hoy el paganismo está en la Iglesia misma. Son los propios católicos, en su gran mayoría, quienes han perdido el sentido de la Fe y lo Sobrenatural, y por eso fueron sobre todo ellos, en su momento, quienes odiaron terriblemente a Benedicto XVI y lo dejaron solo ante las víboras que habitan el Vaticano. Y no hablamos de la fe de la gente sencilla, que puede estar deformada pero no muerta. Hablamos de quienes se erigieron a sí mismos en grandes maestros y cual ciegos guías de ciegos creyeron que la fe tenía que diluirse para dialogar con el mundo, cuando un Santo Domingo dialogaba hasta con las piedras si era necesario sin disminuir un milímetro la esencia de la fe.

Por eso lo que fundamentalmente no se ha entendido, tanto por parte de no creyentes como por parte de supuestos creyentes, es la referencia a la corrupción de la moral católica cuya respuesta tuvo que venir en la magnífica Veritatis splendor. Los que no están al tanto de esto hablan sin saber de lo que hablan, no entienden nada y acusan precisamente a Benedicto de sacarse la responsabilidad de encima, cuando precisamente él y Juan Pablo II elaboraron esa encíclica para luchar contra la debacle de la moral católica que tanto en teoría como en praxis corrompió, nada más ni nada menos, que la vida en los seminarios.

“….En varios seminarios se establecieron grupos homosexuales que actuaban más o menos abiertamente, con lo que cambiaron significativamente el clima que se vivía en ellos. En un seminario en el sur de Alemania, los candidatos al sacerdocio y para el ministerio laico de especialistas pastorales (Pastoralreferent) vivían juntos. En las comidas cotidianas, los seminaristas y los especialistas pastorales estaban juntos. Los casados a veces estaban con sus esposas e hijos; y en ocasiones con sus novias. El clima en este seminario no proporcionaba el apoyo requerido para la preparación de la vocación sacerdotal. La Santa Sede sabía de esos problemas sin estar informada precisamente. Como primer paso, se acordó una visita apostólica (N. del T.: investigación) para los seminarios en Estados Unidos.”

“….De hecho, en muchos lugares se entendió que las actitudes conciliares tenían que ver con tener una actitud crítica o negativa hacia la tradición existente hasta entonces, y que debía ser reemplazada por una relación nueva y radicalmente abierta con el mundo. Un obispo, que había sido antes rector de un seminario, había hecho que los seminaristas vieran películas pornográficas con la intención de que estas los hicieran resistentes ante las conductas contrarias a la fe.”

“Hubo –y no solo en los Estados Unidos de América– obispos que individualmente rechazaron la tradición católica por completo y buscaron una nueva y moderna “catolicidad” en sus diócesis. Tal vez valga la pena mencionar que en no pocos seminarios, a los estudiantes que los veían leyendo mis libros se les consideraba no aptos para el sacerdocio. Mis libros fueron escondidos, como si fueran mala literatura, y se leyeron solo bajo el escritorio.”

Y los que no entienden nada de nada, y se erigen ahora como los grandes Catilinas de la moral y pretenden ser fiscales de Benedicto, ignoran que fueron él y JPII los que lucharon por nuevas disposiciones penales dentro de la Iglesia ante un excesivo garantismo: “… había un problema fundamental en la percepción de la ley penal. Solo el llamado garantismo (una especie de proteccionismo procesal) era considerado como “conciliar”. Esto significa que se tenía que garantizar, por encima de todo, los derechos del acusado hasta el punto en que se excluyera del todo cualquier tipo de condena. Como contrapeso ante las opciones de defensa, disponibles para los teólogos acusados y con frecuencia inadecuadas, su derecho a la defensa usando el garantismo se extendió a tal punto que las condenas eran casi imposibles.”

Y más adelante: “…En principio, la Congregación para el Clero es la responsable de lidiar con crímenes cometidos por sacerdotes, pero dado que el garantismo dominó largamente la situación en ese entonces, estuve de acuerdo con el Papa Juan Pablo II en que era adecuado asignar estas ofensas a la Congregación para la Doctrina de la Fe, bajo el título de “Delicta maiora contra fidem“. Esto hizo posible imponer la pena máxima, es decir la expulsión del estado clerical, que no se habría podido imponer bajo otras previsiones legales. Esto no fue un truco para imponer la máxima pena, sino una consecuencia de la importancia de la fe para la Iglesia. De hecho, es importante ver que tal inconducta de los clérigos al final daña la fe.”

Obsérvese que habla como protagonista directo de quien ha hecho todo lo posible, siempre, para defender la fe y a los fieles. ¿De dónde sacan algunos de que es él quien tiene que asumir la culpabilidad? Algunos desde una ingenua ignorancia, pero otros precisamente desde su propia culpa: he allí a los grandes apóstoles de la moral laxa y relajada diciendo ahora de todo contra, precisamente, quien máximamente los combatió: “…El Papa Juan Pablo II, que conocía muy bien y que seguía de cerca la situación en la que estaba la teología moral, comisionó el trabajo de una encíclica para poner las cosas en claro nuevamente. Se publicó con el título de Veritatis splendor (El esplendor de la verdad) el 6 de agosto de 1993 y generó diversas reacciones vehementes por parte de los teólogos morales. Antes de eso, el Catecismo de la Iglesia Católica (1992) ya había presentado persuasivamente y de modo sistemático la moralidad como es proclamada por la Iglesia.” Por santa humildad no dice Benedicto el papel protagónico que tuvo en esta encíclica, que tuvo la “osadía” de decir sencillamente que “…Hay valores que nunca deben ser abandonados por un valor mayor e incluso sobrepasar la preservación de la vida física”.

Y como la fe es precisamente lo que no se entiende, se ríen ahora casi todos –excepto los actuales pobres de Yahvé- de alguien que pone los remedios en la vuelta a Dios como creador, como fuente de toda razón y justicia, como centro de la existencia del ser humano; la vuelta a la Eucaristía como el centro de la “praxis” del cristiano, la vuelta a la Santa Comunión, recibida con reverencia y santo temor de Dios, y la vuelta al misterio de la Iglesia, que vive aún en comunidades santas y pequeñas que no hacen ruido porque hacen bien. “…Vivo en una casa, en una pequeña comunidad de personas que descubren tales testimonios del Dios viviente una y otra vez en la vida diaria, y que alegremente me comentan esto. Ver y encontrar a la Iglesia viviente es una tarea maravillosa que nos fortalece y que, una y otra vez, nos hace alegres en nuestra fe”.  ¡Qué atrevimiento, Benedicto!!!!!!!!!!! En medio de todas las aberraciones litúrgicas, en medio de la ecología y la redistribución de ingresos como el primer mandamiento, en medio del ecumenismo confundido con relativismo, en medio de la libertad confundida con indiferentismo, en medio de los teólogos latinoamericanos que creen que “el pueblo” es Cristo y odiaron a más no poder a Ratzinger y a Benedicto XVI, en medio de todo ese cambalache total y completo, Benedicto XVI se atreve a volver a lo esencial. “…Existe el martirio. Dios es más, incluida la sobrevivencia física. Una vida comprada por la negación de Dios, una vida que se base en una mentira final, no es vida”. Hoy el mártir es él. Con Benedicto, con gusto, nos inmolamos varios. Que Dios te bendiga Benedicto XVI, y que sigas sosteniendo tu firme voz en medio de la apostasía de los nuevos sacerdotes de su propia ley.

Gabriel Zanotti

Es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino, UNSTA y Doctor en Filosofía por la Universidad Católica Argentina. Es Director Acádemico del Instituto Acton. Twitter @gabrielmises

Hermenéutica y la unión entre el estado y la ciencia – Gabriel Zanotti

10 de febrero de 2019

Por Gabriel J. Zanotti

Fuente: Filosofía para mi   

 

Punto 6 del cap. 5 de «La hermenéutica como el humano conocimiento» de próxima aparición

Este es uno de los frutos más importantes del positivismo y uno de los menos cuestionados. Es el triunfo de Comte.

Feyerabend es el único autor que lo ha denunciado como corresponde. La Ilustración implicó la separación entre Iglesia y estado. Pero unió, sin embargo, el estado a la ciencia. Los estados weberianamente organizados, con racionalidad instrumental, dividieron la educación y la salud entre legal e ilegal. La educación y la salud fueron organizadas desde entonces “científicamente” y convertidas en públicas y obligatorias, y las instituciones privadas de salud y educación tuvieron que estar adscriptas a la legislación estatal. Es necesaria, según Feyerabend, una nueva Ilustración que separe al estado de la ciencia, de tal modo que las personas tomen sus propias decisiones en esas materias y corran sus respectivos riesgos, como ahora lo hacen con la religión[1].

El “grito” de Feyerabend no se escuchó porque, en nuestra opinión (nuestra hipótesis) la separación entre Iglesia y estado del estado-nación iluminista (emergente de la Revolución Francesa) fue, como lo dice el término separación, una disociación hostil entre lo religioso y lo estatal. Esto es, lo religioso fue “separado” de lo estatal precisamente porque, para la Ilustración, lo religioso no importa y-o es perjudicial. O sea, se mantuvo esta ecuación casi constante en casi todas las culturas: importante = coactivo. En la Edad Media lo religioso era importante, tan importante que la unidad religiosa formaba parte de la unidad civil. Ahora lo importante es lo científico y por eso forma parte de lo obligatorio, que debe ser custodiado por los estados-nación iluministas. Por eso, cuando Feyerabend habla de la separación entre estado y ciencia, la reacción es por qué separar a lo importante del estado…………… Y si se da el ejemplo de lo religioso, la respuesta es que lo religioso ya no es importante, es subjetivo, personal, y por ende haz con ello lo que quieras.

Para responder a ello, Feyerabend tuvo que ir más a fondo. Reconoció que a veces había mezclado dos explicaciones. Una cosa es decir que la ciencia es relativa, “y por ende haz lo que quieras”; una cosa es decir que tanto lo científico como lo religioso son relativos, “y por ende haz lo que quieras”, y otra cosa es decir que lo real es tan profundo que implica enfoques diversos, entre ellos el científico[2], y que todos ellos compiten libremente en una sociedad libre en cuanto a sus reclamos de verdad. Ello implica, como hemos visto, una filosofía donde tanto lo real como el conocimiento humano son análogos.

Pero entonces hay que ir más a fondo. La cuestión no es una libertad de cultos donde lo religioso es libre porque NO importa, sino una libertad religiosa que consiste en que el ser humano debe estar libre de coacción sobre su conciencia en materia religiosa. Lo cual implica una premisa anterior: la verdad no se impone por la fuerza. Por ende, hay que superar la ecuación “importante = coactivo”, para pasar a la razón dialógica, donde “importante = diálogo”. Con lo cual coincidimos con Habermas: la coacción de la razón instrumental del Iluminismo tiene su salida en la razón dialógica. Lo que Habermas no pudo reconocer, y menos aún sus maestros, es que esa razón dialógica ya se había dado en los EEUU. Los fundadores de los EEUU escribieron la primera enmienda NO porque lo religioso NO fuera importante, sino al contrario, porque era un elemento esencial e importantísimo de su tejido cultural. Por eso el EEUU originario fue una sociedad donde la religión era pública pero no estatal, fórmula inconcebible en la Europa de entonces y menos aún en todo el mundo hoy.

Hasta que no se entiende ese significado de la libertad, esto es, la razón dialógica, donde la verdad importa “y por ende” NO se impone por la fuerza, NO se entenderá el significado de la libertad religiosa y por ende de ninguna libertad. Y por ende tampoco se entenderá el sentido de la “separación entre estado y ciencia” que propone Feyerabend, porque es una razón dialógica donde la persona tiene libertad de conciencia tanto para la filosofía, arte, ciencia y religión. Y la razón dialógica es precisamente la superación de la dialéctica entre razón instrumental y post-modernismo. A lo cual estamos aún muy lejos de llegar culturalmente. O tal vez sea un ideal regulativo que al menos así quede, como un imperativo moral desde el cual juzgar nuestros avances y retrocesos como humanos.

 

[1] Feyerabend, P.: Adiós a la razón, op.cit.

[2] Feyerabend, Diálogos sobre el conocimiento, op.cit.

Gabriel Zanotti

Es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino, UNSTA y Doctor en Filosofía por la Universidad Católica Argentina. Es Director Acádemico del Instituto Acton. Twitter @gabrielmises

Por qué algunos católicos siguen optando por Maduro – Gabriel Zanotti

Por Gabriel J. Zanotti

Fuente: Filosofía para mí / Blog personal

 

De un artículo de próxima aparición:

“……………..Benedicto XVI afirma claramente la laicidad del estado:

  1. a) Respecto a la sana laicidad de los EEUU: “…Desde el alba de la República, como usted ha observado, Estados Unidos ha sido una nación que valora el papel de las creencias religiosas para garantizar un orden democrático vibrante y éticamente sano. El ejemplo de su nación que reúne a personas de buena voluntad independientemente de la raza, la nacionalidad o el credo, en una visión compartida y en una búsqueda disciplinada del bien común, ha estimulado a muchas naciones más jóvenes en sus esfuerzos por crear un orden social armonioso, libre y justo. Esta tarea de conciliar unidad y diversidad, de perfilar un objetivo común y de hacer acopio de la energía moral necesaria para alcanzarlo, se ha convertido hoy en una tarea urgente para toda la familia humana, cada vez más consciente de su interdependencia y de la necesidad de una solidaridad efectiva para hacer frente a los desafíos mundiales y construir un futuro de paz para las futuras generaciones” (Benedicto XVI, 2008).
  2. b) Con respecto a las libertades individuales: “…Gran Bretaña se ha configurado como una democracia pluralista que valora enormemente la libertad de expresión, la libertad de afiliación política y el respeto por el papel de la ley, con un profundo sentido de los derechos y deberes individuales, y de la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley. Si bien con otro lenguaje, la Doctrina Social de la Iglesia tiene mucho en común con dicha perspectiva, en su preocupación primordial por la protección de la dignidad única de toda persona humana, creada a imagen y semejanza de Dios, y en su énfasis en los deberes de la autoridad civil para la promoción del bien común”. (Benedicto XVI, 2010).
  3. c) Con respecto a las decisiones en una democracia deliberativa: “…“¿Dónde se encuentra la fundamentación ética de las deliberaciones políticas? La tradición católica mantiene que las normas objetivas para una acción justa de gobierno son accesibles a la razón, prescindiendo del contenido de la revelación. En este sentido, el papel de la religión en el debate político no es tanto proporcionar dichas normas, como si no pudieran conocerlas los no creyentes. Menos aún proponer soluciones políticas concretas, algo que está totalmente fuera de la competencia de la religión. Su papel consiste más bien en ayudar a purificar e iluminar la aplicación de la razón al descubrimiento de principios morales objetivos. Este papel “corrector” de la religión respecto a la razón no siempre ha sido bienvenido, en parte debido a expresiones deformadas de la religión, tales como el sectarismo y el fundamentalismo, que pueden ser percibidas como generadoras de serios problemas sociales. Y a su vez, dichas distorsiones de la religión surgen cuando se presta una atención insuficiente al papel purificador y vertebrador de la razón respecto a la religión. Se trata de un proceso en doble sentido. Sin la ayuda correctora de la religión, la razón puede ser también presa de distorsiones, como cuando es manipulada por las ideologías o se aplica de forma parcial en detrimento de la consideración plena de la dignidad de la persona humana. Después de todo, dicho abuso de la razón fue lo que provocó la trata de esclavos en primer lugar y otros muchos males sociales, en particular la difusión de las ideologías totalitarias del siglo XX. Por eso deseo indicar que el mundo de la razón y el mundo de la fe –el mundo de la racionalidad secular y el mundo de las creencias religiosas– necesitan uno de otro y no deberían tener miedo de entablar un diálogo profundo y continuo, por el bien de nuestra civilización. (Benedicto XVI, 2010).
  4. d) Con respecto a la sana laicidad de los ordenamientos jurídicos: “…“En la historia, los ordenamientos jurídicos han estado casi siempre motivados de modo religioso: sobre la base de una referencia a la voluntad divina, se decide aquello que es justo entre los hombres. Contrariamente a otras grandes religiones, el cristianismo nunca ha impuesto al Estado y a la sociedad un derecho revelado, un ordenamiento jurídico derivado de una revelación. En cambio, se ha remitido a la naturaleza y a la razón como verdaderas fuentes del derecho, se ha referido a la armonía entre razón objetiva y subjetiva, una armonía que, sin embargo, presupone que ambas esferas estén fundadas en la Razón creadora de Dios. Así, los teólogos cristianos se sumaron a un movimiento filosófico y jurídico que se había formado desde el siglo II a. C. En la primera mitad del siglo segundo precristiano, se produjo un encuentro entre el derecho natural social, desarrollado por los filósofos estoicos y notorios maestros del derecho romano. De este contacto, nació la cultura jurídica occidental, que ha sido y sigue siendo de una importancia determinante para la cultura jurídica de la humanidad. A partir de esta vinculación precristiana entre derecho y filosofía inicia el camino que lleva, a través de la Edad Media cristiana, al desarrollo jurídico de la Ilustración, hasta la Declaración de los derechos humanos y hasta nuestra Ley Fundamental Alemana, con la que nuestro pueblo reconoció en 1949 “los inviolables e inalienables derechos del hombre como fundamento de toda comunidad humana, de la paz y de la justicia en el mundo” (las itálicas son nuestras). (Benedicto XVI, 2011).

 

  1. Esto sigue siendo una novedad.

Lamentablemente, toda esta difícil evolución no ha entrado aún en la mayoría de los católicos, sean seglares, presbíteros o religiosos, y menos aún en la mayoría de los obispos y cardenales. (El que quiera puede seguir subiendo). Pío XII, el Vaticano II, Juan XXIII, Benedicto XVI, están hoy totalmente olvidados. Por izquierda y por derecha, jerarquía y laicos desconfían de la laicidad de un orden constitucional liberal precisamente porque el odio al liberalismo clásico de origen anglosajón no ha disminuido un gramo dentro del pensamiento y praxis habitual de los católicos. Sus adhesiones al marxismo o, al revés, sus nostalgias a un medioevo pre-moderno, no les permiten digerir una laicidad plenamente moderna, donde los laicos sean los que verdaderamente hacen política, donde la Jerarquía no interviene en materias opinables y donde se respeta realmente la autonomía relativa de lo temporal. No, será el “pueblo católico”, ajeno a toda institucionalidad “burguesa” el que reponga a un “rey católico” en su lugar, sea con un nuevo Mussolini o con un nuevo Fidel Castro, o  (de modo inconfesable) dejando que sea finalmente el actual pontífice el que digite los perversos hilos de la política práctica,  liberándola del “capitalismo liberal y la democracia burguesa” para instaurar “la civilización del amor”…

Sí, es como si hubiéramos retrocedido 150 años o como si todos los esfuerzos de distinciones hubieran sido inútiles. Pero no. La Iglesia limpia con el Espíritu Santo las idas y venidas de sus miembros, dándonos la única y verdadera esperanza.  ”

Esto les explica por qué algunos católicos siguen defendiendo a Maduro. Quieren un Maduro “católico”, y toleran cualquier cosa ANTES que la vuelta a una república liberal…

 

 

Gabriel Zanotti

Es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino, UNSTA y Doctor en Filosofía por la Universidad Católica Argentina. Es Director Acádemico del Instituto Acton. Twitter @gabrielmises