Por Manuel Alvarado Ledesma
Para el IAA
Agosto 2025

La política suele plantear dos posiciones antagónicas: la izquierda y la derecha. Esta dicotomía entre izquierda y derecha lleva a engaño y confunde a la sociedad. 

No es cierto —aunque muchos lo crean— que la defensa de la libertad de iniciativa personal corresponda únicamente a la derecha, ni que la promoción de la diversidad y la igualdad de oportunidades sea propiedad exclusiva de la izquierda.

Este planteo ideológico no permite identificar si existe realmente antagonismo entre ambas posiciones, pues las dos tienen un rasgo común: la exaltación de un líder carismático de gran poder y, en consecuencia, la libertad individual restringida. A medida que estas visiones se radicalizan, la libertad tiene menos cabida y la identidad se diluye.  Ambas tienden a identificar y señalar a un supuesto enemigo. Este planteo se vincula con el pensamiento de Carl Schmitt, basado en el criterio “amigo-enemigo” que conduce al enfrentamiento permanente. De ese modo, el poder del gobernante se expande, mientras la culpa se deposita en “el enemigo”. Este rasgo, por ejemplo, es característico del socialismo de nuestro tiempo, que ha llevado a la ruina a países como Venezuela.

Lo fundamental no es ubicarse en este eje ideológico sino determinar el grado de libertad con el que se decide vivir. ¿Estatismo o liberalismo? Acá se halla el verdadero antagonismo.

La libertad no es un valor de derecha ni de izquierda: es un valor universal. Lo mismo ocurre con la identidad. La libertad es el derecho a ser dueños de nuestras vidas, sin tutelas ni cadenas, lo que implica la responsabilidad y el coraje de elegir nuestro destino. La identidad es la conciencia de lo que somos, como individuos y como comunidad. Y su fuerza marca la diferencia entre aquellas sociedades que se someten y aquellas que defienden su libertad. Ambos son inseparables; no pueden encerrarse en categorías ideológicas. El verdadero nudo del desarrollo radica en cuánta libertad estamos dispuestos a sostener y cuán firme es nuestra identidad.

Fromm, Jung y Hayek coinciden en que los seres humanos, por miedo o tras una mayor seguridad, renuncian a su libertad y aceptan nuevas cadenas. Quienes pierden su auténtica identidad tienden a sentir temor a la libertad, por no confiar en sí mismos. En consecuencia, buscan seguridad en sistemas que terminan por dominarlos. Ese temor abre la puerta al autoritarismo, que constituye la negación del liberalismo y el camino hacia el estatismo. El miedo a la autonomía conduce, en definitiva, a refugiarse en la obediencia y en regímenes totalitarios.

¿Qué nos dice Fromm al respecto? “El hombre, cuanto más gana en libertad, en el sentido de su emergencia de la primitiva unidad indistinta con los demás y la naturaleza, y cuanto más se transforma en individuo tanto más se ve en la disyuntiva de unirse al mundo en la espontaneidad del amor y del trabajo creador o bien de buscar una forma de seguridad que acuda a vínculos tales que destruirán su libertad y la integridad de su yo individual.” 

Toda sociedad libre y con identidad se resiste a la permanente y persistente proclama de un “Estado presente”, que pretende situarse por encima de todo. Alberdi fue contundente al advertir: “La omnipotencia del Estado o el poder omnímodo e ilimitado de la Patria respecto de los individuos que son sus miembros tiene por consecuencia necesaria la omnipotencia del Gobierno en que el Estado se personifica, es decir, el despotismo puro y simple.”

Pese a las frecuentes acusaciones de crueldad en contra del liberalismo, hay que reconocer que éste no es ajeno a la idea de justicia social tal como es sostenida por la Iglesia Católica, cuyo principio central es la dignidad humana. Mucho antes de que hablara de justicia social, Adam Smith estudiaba la compasión y la empatía como motores del comportamiento humano. La capacidad de ponernos en el lugar de los demás era uno de los elementos a los que Smith le dedicaba atención. Con clarividencia destacaba que “La compasión del espectador debe provenir totalmente de la consideración de lo que él mismo sentiría si fuese reducido a la misma infeliz posición y al mismo tiempo pudiese, lo que quizá es imposible, ponderarla con la razón y el juicio que ahora posee”.

Hayek también se preocupa por lo social. En este sentido, admite la legitimidad de que el Estado asegure un mínimo sustento a quienes caen en la miseria por causas ajenas a su voluntad: “No existe razón alguna para que el Estado no asista a los individuos —afirma Hayek— cuando tratan de precaverse de aquellos azares comunes de la vida contra los cuales, por su incertidumbre, pocas personas están en condiciones de hacerlo por sí mismas.” La afinidad con la visión de Juan Pablo II resulta evidente cuando expresa: “Resulta obvia la necesidad de una organización asistencial, en interés incluso de aquellas personas que han de ser protegidas contra los actos de desesperación de quienes carecen de lo indispensable.”

El debate sobre derecha e izquierda es un recipiente vacío que no vuelca explicación alguna sobre dónde está el camino para el desarrollo de la persona humana y de la sociedad. La respuesta a la felicidad de los pueblos está en el debate entre liberalismo y estatismo. Entre coraje y temor.

Manuel Alvarado Ledesma

Economista

Buenos Aires, 22.08.25