Sobre una carta de Sor Juana Inés de La Cruz – Bernardo Prieto Villafuerte

Por Bernardo Prieto Villafuerte

Mario Vargas Llosa, en un artículo publicado en 1988, argumenta –y esto más o menos hasta la fama mundial de la literatura de Borges– que muchos escritores latinoamericanos habían olvidado que “por derecho de lengua y de historia” pertenecían a la cultura Occidental. Algo que –como apunta certeramente Vargas Llosa– “nuestros clásicos, como el Inca Garcilaso o Sor Juana Inés de la Cruz, jamás pusieron en duda”. Esta frase tuvo para mí una relevancia especial, cuando hace algunos días pude leer “La Palabra Oculta: Monjas escritoras en la Hispanoamérica Colonial”.

Este libro editado por la universidad Catolica de Salta reúne, por un parte, diferentes textos de monjas en el periodo virreinal y, por otra parte, una serie de estudios sobre los mismos. Entre los textos reunidos, sin embargo, el que más llamó mi atención es una carta de Sor Juana Inés de la Cruz dirigida a su confesor el padre Antonio Núñez de Miranda S.J. –fechada aproximándome el año 1681– y que se conoce como la “Carta de Monterey” o la Autodefensa Espiritual.

Esta famosa carta puede leerse en relación a la posterior respuesta de Sor Juana a Sor Filotea, pero, sobre todo, puede leerse como un texto que, dentro la tradición inaugurada ya por Filón de Alejandría o el Evangelio de Juan, nos recuerda esa hibridación, tan importante para Occidente, entre el logos y la fe. No por nada, Octavio Paz escribía que la escritura de Sor Juana se encontraba –como casi todo el barroco– entre un platonismo injertado en la tradición escolástica. Su escritura pues, sino religiosa y figurativa, era sin duda una escritura mediada por la tradición.

La actualidad de la carta –y la razón de este pequeño comentario– reside en la exposición de una idea acaso extraña para el mundo moderno: la fe cristiana exige del logos para entenderla. Sor Juana escribe: “Porque, ¿Qué cristiano no se corre de ser iracundo a vista de la paciencia de un Sócrates gentil? ¿Quién podrá ser ambicioso, a vista de la modestia de Diógenes Cínico? ¿Quién no alaba a Dios en la inteligencia de Aristóteles? Y en fin ¿Qué católico no se confunde si contempla la suma de virtudes morales en todos los filósofos gentiles?”

Sin duda, a leer este pasaje, recordé el famoso discurso de Ratisbona. Era como si, con siglos de retraso, el entonces cardenal Ratzinger elaborara una respuesta meditada y empática –en el sentido de Edith Stein: vivenciar la conciencia del otro– a Sor Juana. “¿Quién no alaba a Dios en la inteligencia de Aristóteles?” Ratzinger, reconociendo la fuerza de Sor Juana, le diría: “Hace falta valentía para comprometer toda la amplitud de la razón y no la negación de su grandeza (…) «No actuar razonablemente (con «logos») es contrario a la naturaleza de Dios» dijo Manuel II, de acuerdo al entendimiento cristiano de Dios (…)”.

Octavio Paz afirmo que Sor Juana se convirtió en religiosa no tanto por una actitud piadosa sino para poder pensar; habría que afirmar que para el cristianismo pensar es una actitud piadosa. De esto era consiente Sor Juana –y su posterior abdicación y silencio, no sería otra cosa que lo que Ratzinger denuncio en su discurso de Ratisbona: la deshelenización de nuestra cultura.

A partir de esta filiación se podría desprender una serie de importantes cuestiones. La primera es la relación de igualdad entre hombres y mujeres fundada por el cristianismo y que, encuentra en el desarrollo de la vida conventual, su expresión paradigmática. O, por otra parte, y aún más importante, la revisión del proceso de colonización ¿Qué significo realmente la mediación del cristianismo como forma civilizatoria en Latinoamérica? ¿Es acaso, como gran parte de la Academia observa, un proceso brutal de genocidio cultural?

La respuesta de Sor Juana es rica en muchas más cuestiones, tanto teológicas como filosóficas –si acaso en esta autora se puede hacer una simple distinción. Y así como se puede leer el “Sueño Primero” en dialogo con la Ética de Spinoza, debemos, responder ahora –a cada uno de los dilemas de nuestro tiempo– en consonancia y consientes de pertenecer a Occidente y su tradición.

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