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Con relojes que atrasan: Del laicismo con razones de nuestros abuelos, a la búsqueda naranja de hoy – Roberto Estévez

Con relojes que atrasan:

Del laicismo con razones de nuestros abuelos, a la búsqueda naranja de hoy[i]

 Dr. Roberto Estévez

Profesor titular ordinario de filosofía política UCA

 

“Abajo el Rey y mueran los curas” así terminó el discurso mi bisabuelo en la plaza de la Alameda de Santo Domingo de la Calzada (La Rioja, España) bajo el reinado de Alfonso XIII. Esa misma noche se trasladó a Francia, a donde lo seguiría su esposa, con sus tres hijas para tomar el barco a Argentina.

En Regio (Calabria) hasta al Sr. Cura le causó sorpresa que el aprendiz de zapatero rompió a martillazos la rueda de carro donde lo tenían atado y, a sus 12 años, subiera el primer barco que pudo a Argentina.

No causa sorpresa entonces que su hija, mi madre, sólo fuera bautizada a escondidas por su abuela, y tomara la primera comunión en la boda con mi padre. Mi abuela española, madre de mi padre había estudiado en Argentina en un Colegio de la misma congregación religiosa donde el abuelo anticlerical y republicano las educaba antes de escapar a Argentina; por eso mi padre si había terminado la iniciación cristiana.

 

No todos los abuelos estaban enojados con la Iglesia

Esta fue la Argentina que esperaba al “obrero de Manchester”[1] y recibió agricultores y artesanos, en mayor proporción italianos que españoles (el Censo Nacional de 1895 registra que, del total de extranjeros, el 50% eran italianos, el 20% españoles, y el resto de otras nacionalidades, muy mayoritariamente del Mediterráneo). Para 1914, los inmigrantes serán casi un tercio de la población y, junto con los hijos de la inmigración posterior a la Constitución de 1853, representarán las tres cuartas partes de la población.

Antes de este verdadero éxodo, las Iglesias cristianas en general -y la confesión católica no fue la excepción- se habían comprometido en la formación de los estados nacionales luego de treinta años de crueles guerras religiosas, en la paz de Westfalia (1648), sobre la base de un rey (soberanía), un reino (integridad territorial), una religión (la del rey).

A pesar de los intentos de una convivencia religiosa, en Europa la intolerancia generó que quienes no adoptaran la religión del gobernante tuvieran que exiliarse.

El papado comenzó a perder su poder hasta quedar “prisionero” en el Vaticano con la unificación italiana de 1870, y en cambio las autoridades religiosas locales acrecentaron su autonomía y quedaron bajo el control de los estados nacionales, quedando al papado el “poder de no hacer’ (no aceptar la República, no nombrar Obispos, etc.).

Contra esta institución humana, “casada” con el estado, y “responsable” de su emigración por acción u omisión, se enojaron los abuelos españoles e italianos (los más numerosos), a diferencia de los abuelos ingleses, daneses o suecos cuyas Iglesias eran comunidad de fe y centro de ayuda solidaria, y sus pastores sostenidos por la corona de sus respectivos países.

 

La educación sale a escena religiosa

En Argentina, la ilusión positivista de un nuevo comienzo ascendente, donde en un salto al progreso, desaparecería todo lo viejo de la mano de la ciencia, se concretó en la política de Julio Argentino Roca y el Partido Autonomista, que se mantuvo durante 42 años en el poder.

Tanto los “argentinos viejos” que habían abrazado la modernidad de la ideología positivista y los recién llegados republicanos, socialistas, anarquistas y antipapistas, podían así coincidir en la necesidad de disminuir la influencia del clero católico, que era a quienes veían cuando pensaban en “la” Iglesia.

Claude de Rouvroy, conde de Saint-Simon, consideraba que “Hasta el momento el método de las ciencias experimentales no ha sido aplicado a las cuestiones políticas: cada uno ha contribuido con sus propias formas de ver, de razonar, de evaluar, y la consecuencia es que todavía no hay exactitud de soluciones ni generalidad de resultados. Ahora ha llegado el momento de superar esta infancia de la ciencia”[2].

En ese contexto ideológico tecnocrático, con la mirada en la Ley de enseñanza primaria, laica, gratuita y obligatoria, aprobada en Francia el año 1882, se convoca el Primer Congreso Pedagógico.

Poco después de inaugurado el Congreso, con 250 congresales, se votó por aclamación una propuesta para eliminar de la agenda el tema de la enseñanza de la religión en la escuela, porque se preveía un tema que podía obstruir el avance de los consensos ya evidentes sobre la gratuidad y obligatoriedad de la enseñanza primaria. No obstante, pocos días más tarde la cuestión religiosa volvió a emerger de manos del roquismo, y un grupo de congresales del mismo Club Liberal y sector social imperante, pero de convicción católicos, se retiraron del Congreso.

Se trataba de intervenir desde la Nación (que expresaba fuertemente las miradas de Buenos Aires), una de las tres competencias propias de las Provincias, que la Constitución les manda asegurar.

La oposición articulada por Estrada, Frías y Goyena, no fue suficiente frente a la determinación roquista, que descastó a los opositores y condujo las reformas con mano férrea (Estrada perdió su cátedra en la UBA y dejó de ser Director del Colegio Nacional Buenos Aires).

Los fieles católicos seguían en el clericalismo de Trento. Las Órdenes religiosas habían desatendido la pastoral para intervenir en las guerras de independencia, durante las mismas no se había provisto de Obispos por el régimen regalista español sobre el Papado, luego sobrevino la estatización del clero en las Parroquias y la expulsión de las Órdenes religiosas por Rivadavia, la entrada de la ilusión en el cientificismo y el progreso indefinido, con los recién llegados y sus hijos que huían de los poderes europeos, nacionales o locales, que aún tenían a la Iglesia como respaldo.

 

¡Sorpresas!

Cien años después se convoca el Segundo Congreso Pedagógico. Ya no de expertos, sino con amplia participación social en las asambleas de bases, presagiando un enfrentamiento sonoro y un triunfo rotundo para el Estado. Era el fin de la dictadura y nuevamente se levantaba el mito argentino de comenzar la historia desde el año cero, con la exclusión de estos y/o aquellos como condición de éxito.

El gobierno concebía a la Iglesia Católica como una corporación clerical con la cual enfrentarse, acto con el cual se concentraría las fuerzas, y sería “la partera” de un futuro promisorio como cien años atrás.

En 1985, el progreso ya no era patrimonio de los positivistas, sino de las izquierdas latinoamericanas. Había una lectura de Gramsci, y su diagnóstico que la educación de la gente sencilla, como lo había hecho en su momento la Iglesia Católica, era la clave para acceder al poder y no la revolución; pero hubo tres sorpresas.

La primera sorpresa fue que el sistema de educación pública había crecido como no lo imaginaron los autores de la ley 1420, pero no sólo de la mano del régimen normalista con las maestras sajonas y protestantes, sino que, según fueran las Provincias, entre un cuarto y la mitad de la educación pública, era de gestión no estatal. Llamada erróneamente “privada”, por cuanto actúa en el marco de la Constitución Nacional, en los artículos 5 (“educación primaria”), y 75 (“planes de instrucción general y universitaria”) y no solo del artículo 14 (“enseñar y aprender”), cómo sería el caso de institutos de inglés o academias de computación que solo requieren control municipal para su habilitación.

La educación pública pero no estatal (a la que se llamó “privada”) era además mayoritariamente “social”. Es decir, que estaba impulsada y sostenida mayoritariamente por un bosque muy diverso de instituciones católicas o de inspiración cristiana, pero instituciones civiles y no clericales (canónicas), a cargo de ciudadanos argentinos y no de religiosos extranjeros.

La segunda sorpresa fue que, considerando la totalidad de los aportes estatales a las escuelas públicas en el subsistema de gestión no estatal, sus alumnos le costaban al Estado la cuarta parte que los que estudiaban en el subsistema de gestión estatal.

Y el resultado fue la tercera sorpresa: la sociedad abrazaba mayoritariamente la diversidad del sistema, no quería más poderes para el Estado.

La Iglesia católica argentina había salido del modelo de Westfalia y Trento del siglo XIX, en el siglo XX se había producido la interacción de católicos y reformados en los atentados a Hitler, las vías de escape cristianas para los judíos europeos, y habían vivido un nuevo Concilio radicalmente humanista y ecuménico. Entre tanto, nuestro estado había mantenido una neutralidad engañosa frente al fascismo, mientras nuestra sociedad había tenido una participación viva, aportando combatientes y fondos, recibiendo exiliados y emigrados, y estudiando en la filosofía y teología de esos grandes de la Resistencia francófona (Maritain, Chenu, Congart, Dominique Pire) y alemana (Guardini, Delph, von Hoffer), que ahora configuraban Europa (Gilson, La Pira, De Gasperi, Moro, Schuman, Adenauer).

Con el sólido respaldo democrático de la misma dinámica del Congreso, la unidad de acción de hebreos, evangélicos[3], reformados y católicos consagró la estructura, no exclusivamente estatal, y de amplia iniciativa social del sistema de educación pública. Saliendo a la luz que el subsistema de gestión no estatal había sido la mayor fuente de innovación educativa, con más de ciento treinta planes de estudio originados, la mayoría de los cuales habían sido adoptados por las escuelas de la gestión estatal, que incluso habían adoptado modelos de Bachillerato Internacional.

Sin embargo el triunfo fue moderado, no se cuestionó la potestad estatal de dictar todos los contenidos, ni se crearon nuevos mecanismos que fomentaran la participación.

La innovación seguiría estando sometida a la burocracia de turno y sus ideologías y el Estado se reservó la exclusividad de los contenidos.

 

Bajada de línea desde Alfonsín a Kirchner (sin olvidar a Menem)

Durante el menemismo, si bien la Ley Federal rehabilitó las competencias provinciales en la materia, los mismos equipos técnicos que estaban con el Congreso Pedagógico, pretendieron unificar el sistema en torno a sólo seis planes de estudio para todo el país (lográndolo en muchas Provincias con los Polimodales). Asimismo, redujeron drásticamente el número de Profesorados y Tecnicaturas dirigidas por Órdenes religiosas al dejar desarticulados a los Institutos Superiores y, si bien cumplieron con un significativo crecimiento en los fondos educativos (en términos presupuestarios a moneda constante), no aumentaron la cantidad de centros educativos públicos de gestión estatal, no aumentaron los salarios de los educadores y se suspendieron las evaluaciones censales porque cada año mostraban peores resultados. Nadie entiende a dónde fueron los fondos del presupuesto que crecía año a año.

En la mayor parte de las Provincias, la sociedad se volcó al subsistema público no estatal haciéndolo crecer hasta llegar a ser la mitad del sistema público, pero enseñando la misma y uniforme visión del “Estado y sociedad”, mandada por el Estado, sin participación de la sociedad. Sin lugar para la libertad, diversidad, ni disidencia, salvo para aquellos centros educativos, que al no ser estatales, ni depender de aportes estatales, podían financiar la libertad con horas extracurriculares (constituyen menos del 4% del sistema).

Los mismos equipos tecnicos siguieron durante el kirchnerismo, de modo que el segundo de los equipos de la Ley Federal durante el menemismo, fue el primero de la Ley Nacional del kirchnerismo.

Mientras Harvard hacía su escuela secundaria con sólo cuatro materias obligatorias (Matemáticas, Química, Latín y Griego) y las demás electivas, para muchos de lo adolescentes en Argentina, los contenidos mandados, de literatura, historia y geografía, comenzabancon la revolución industrial, y terminaban con la conquista del paraíso de los movimientos revolucionarios en América Latina desde 1958 (Cuba) hasta el triunfo Sandinista (1990). Por supuesto, siempre con alguna mención de los enemigos del desarrollo argentino en Washington, fieles a la tradición antinorteamericana que inaugurara el roquismo a fines del siglo XIX, obstaculizando los congresos panamericanos.

 

Hoy discutir contenidos supone renunciar a libertades

La educación secundaria atrasa, la primaria atrasa menos y la inicial casi no atrasa. La diferencia está en la libertad que goza un educador de inicial, de la que no pueden gozar los especializados educadores de secundaria. Estos últimos se ven obligados a una nueva epistemología adoptada hasta el mínimo detalle por el nuevo gobierno de turno, para enseñar el contenido que ese gobierno ha decidido que es lo óptimo para esa generación.

En el servicio interior de la Nación y menos en el de las Provincias, no existe una carrera profesional, como en el Servicio Exterior de la Nación, que nos proteja del “Spoils system” (que la Administración sea botín de guerra del partido ganador de las elecciones), por lo que la burocracia profesional y técnica padece la subordinación a recién llegados que nada saben de políticas educativas públicas y menos pueden saber de la diferencial necesidad de un adolescente de Lugano, frente a uno de Caballito y otro de… (para solo tomar la Ciudad Autónoma, ni imaginar si es de una Provincia a otra, o de  la población urbana y rural dentro de una misma Provincia).

José Luis De Imaz, a quien le debemos la CONEAU, planteó durante el Segundo Congreso Pedagógico, que la Nación, en el ámbito del Consejo Federal sabía algo, las jurisdicciones Provinciales otro tanto, pero la sociedad del paraje, barrio o ciudad, también sabe y los maestros de cada Escuela también saben. Sin embargo estos dos últimos son las auténticas voces desperdiciadas en todo el sistema de educación pública, sea de gestión estatal o social.

Así el sistema nunca estará actualizado, ni responderá a necesidades locales que son incognoscibles desde los centros de poder reales de la burocracia y la política.

Para revertir el problema, a modo de ejemplo, el estado federal debería autolimitarse para reducir su asignación compulsiva del tiempo de cada alumno al 25%; el estado jurisdiccional (Provincias y CABA) al 25%; para dejar la determinación del 50% del tiempo restante al diálogo de la comunidad educativa, como comunidad de comunidades. De este modo, alumnos, padres y educadores puedan opinar sobre el uso de su tiempo y alcanzar dentro de una legislación jurisdiccional marco (dentro de acuerdos federales marco) las soluciones más acordes a la problemática social y de desarrollo de esa comunidad en particular.

¿Qué clase de apertura a la diversidad es la que se dicta en una mesa de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires para todo el país?

Yo he visto planes sociales educativos que proveyeron antenas de Direct TV a escuelas sin agua, chicos concurrir con sus Net en las cajitas de cartón a escuelas sin electricidad y he sufrido la amenaza de supervisoras que alegaban que si la escuela no se amoldaba a la uniformidad de los planes de estudio y continuaba ensayando, entonces no recibiría el aporte el próximo mes. Entre tanto, en el mundo ya se discute si tienen sentido las aulas.

 

La Actualidad global

En los noventa ganó espacio la interpretación en que la humanidad transitaba por fin la “Era de la Adultez”. La experiencia había abierto una sociedad global más perfecta, más plena.

Transcurrido el fin de siglo y una década del nuevo, las personas abrieron los ojos sobre la ilusión del fin de la historia (que se había extendido en el período 1989 – 1992, desde la caída del muro de Berlín hasta la disolución de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas).

No se produjo la posibilidad propuesta por Fukuyama (utilizando una expresión de Marx) del final “de la historia como tal: esto es, el punto final de la evolución ideológica del género humano y la universalización de la democracia liberal occidental como forma de gobierno definitiva”, en cambio continuaron apareciendo y reinventándose las diferencias  Las ideologías de fin del siglo XIX habían sido una “lápida” que reprimía la historia y uniformaba la mirada creyéndose que  irlandeses, nicaragüenses, vascos y polisarios, que nada tenían en común salvo su humanidad tenían la misma ideología.

Luego de setenta años de fallida uniformación de los dos bloques en guerra no convencional, al desaparecer las ideologías, que actuaron como religiones sustitutas del pensamiento, lo que apareció es que las diferencias seguían allí como fuerzas profundas.

El amor al paisaje (país), la lengua de lso abuelos y la religión nunca se había ido: monjas de clausura polacas que habían vivido como obreras socialistas por medio siglo volvieron a su clausura, los curas republicanos irlandeses a sus Parroquias y los promotores de la República Árabe Unida a sus mezquitas.

Islámicos londinenses comenzaron a manifestarse con leyendas en árabe en lugar de inglés, turcos alemanes fundaron un partido islámico, jóvenes ciudadanos franceses educados en su laicista escuela quemaron autos durante nueve días en un reclamo, mientras las jóvenes comenzaron a concurrir a la escuela con velo, y grupos cristianos no católicos, que se habían extendido por América Latina con el auspicio de la Secretaría de Estado, hicieron su opción por la liberación de los pueblos latinoamericanos.

Desde la base, en lo más pequeño y recóndito de nuestro país, se organizaron comunidades de pueblos originarios y las simples municipalidades comenzaron a tener Secretarías de Culto para comprender y ordenar civilmente un fenómeno social de proporciones.

El ateísmo y la secularización son dos movimientos que sólo han existido en el ambiente cristiano luego de la ilustración. Una verdadera originalidad que produjo Europa, que no se pudo imponer siquiera en los regímenes homicidas del nacional socialismo, ni de estalinismo marxista con su monopolio de la educación, su culto a la personalidad y su decena de millón de muertos cada uno. Como explica Bauman, la Modernidad había conducido a Auswitch; Nietzsche estaba equivocado, no era Dios quien había muerto, sino el Hombre.

 

Un tesoro oculto en Argentina

Mi hija María Belén acaba de vivir un atentado islámico en el subte de Londres, donde trabaja. Su tesis de licenciatura fue sobre los textiles de Santiago del Estero a fines del siglo XIX y principios del siglo XX. En ella demostró que sobre los motivos de la cultura de avería -registrados en vasijas de barro- y los motivos incaicos, se superpusieron un encuadre de origen copto del norte de Egipto, nudos islámicos y finalmente flores victorianas provenientes de los manuales de señoritas que llegaban por el ferrocarril.

Mientras el roquismo se enfrentaba a ciudadanos católicos, la cultura popular santiagueña creaba una síntesis cultural única en el mundo. Testimonio vivo del respeto y la convivencia en paz para pueblos hoy en guerra.

Nuestro país es un caso muy original donde los distintos exiliados, desde judíos y mozárabes que llegaron ocultos en tiempos de la colonia, pudieron vivir en paz y expresar su identidad de un modo que terminó por ser armónico.

Pretender negar hoy la realidad religiosa del ser humano, con testimonios muy concretos que se remontan a 100.000 años de antigüedad, reprimiendo en particular a uno de los cultos más antiguos en el país, en tanto mapuches enseñan el culto al sol y la luna, que es aceptado y alabado, es al menos sorprendente.

 

El anticatolicismo; el último prejuicio aceptable

Hemos superado otras lacras, la sociedad también condenará las pintadas de templos católicos y usar el altar de la catedral de Buenos Aires como un baño, cómo aprendió a rechazar las pintadas en cementerios judíos y otros vicios de nuestra historia pasada.

Hasta que eso pase ser anticatólico seguirá siendo el último prejuicio aceptable.

Que el Estado argentino se ahorre la reparación que corresponde pagar por la violencia que ejerció contra la Iglesia Católica por motivos político contingentes (que ese es el origen legislativo de las leyes antecedentes de la ley 21.950 hoy exhibida), puede ser bueno, sobre todo para que los propios fieles católicos asuman integralmente su responsabilidad de sostener a sus pastores como sucede en otras Iglesias.

En tal sentido, el padre Rafael Braun –que fuera director de la revista CRITERIO- impulsó desde 1997 el proyecto Compartir, que luego presidió el Obispo Carmelo Giaquinta[4], para la progresiva reducción del aporte estatal, que dispone la citada ley, a cada Obispo.

El  aporte se origina en cuando Rivadavía confiscó los bienes de la Iglesia y convirtió al clero secular en funcionarios del Estado, como lo había hecho la revolución francesa: el decir naranja de que el aporte depende del número de bautizados, es simplemente una picardía criolla tendiente a generar una “cápita” de adherentes apóstatas para mostrar el éxito de una campaña.

El aporte, que va camino a desaparecer, nada tiene que ver con el número de bautizados, sino con el número de Obispos, y las propias Iglesias no tienen números seguros de sus miembros, sino que surgen más bien de estudios sociológicos de terceros.

 

Replantear las miradas

Lo que estos estudios en el mundo euroamericano post ideológico indican, es que los sentimientos profundos, de las mujeres y los varones de las tres familias de Abraham, vuelven a ocupar un lugar en la vida de las personas laicas, en muchos casos a partir del rescate de las tradiciones más contemplativas de los tres troncos religiosos.

Esas espiritualidades “laicales” siguen generando un bosque multiforme que se expresa socialmente, y los clérigos no controlan.

En ese contexto, ¿qué clase de dogma, revelado por quien implantó en una república democrática, federal y diversa, una nómina de temas que algunos de sus ciudadanos pueden discutir y otros no? ¿Hay argumentos que están prohibidos en el debate? Porque ciertamente hay teólogos que defendieron la inquisición del siglo XVI, como hay un premio Nobel con declaraciones racistas hace solo once años (el racismo fue considerado ciencia a comienzos del siglo XX).

¿Hay palabras que autorizan que toda la vida de quien las usa sea “puesta en cuestión” hoy, como lo hacía la inquisición clerical al servicio del estado nacional naciente?

¿Hay una lista de qué ciudadanos pueden, y de cuáles no opinar sobre destrucción de embriones, aborto legal, género o ideología de género, eutanasia, o todos pueden hacer oír su voz?

¿Estamos seguros que el mejor camino al desarrollo y la libertad integrales de todos los argentinos es que el Estado siga resolviendo exhaustivamente cuáles son las cosas que se pueden enseñar, cuáles no y en qué tiempos, como lo viene haciendo desde hace más de un siglo, con cada vez peores resultados?

No hay respeto de la diversidad, si desde el estado se canonizan algunas diversidades y rechazan otras. Los filósofos marxistas críticos, explicaron que todos estos son los mecanismos de la tolerancia represiva del Estado de la Modernidad.

Deberíamos prestar atención para no caer, con otros contenidos, en los mismos mecanismos del puritanismo victoriano que llevó a una sociedad a perder a Oscar Wilde.

 

 

[1] “Haced pasar el roto, el gaucho, el cholo, unidad elemental de nuestras masas populares, por todas las transformaciones del mejor sistema de instrucción; en cien años no haréis de él un obrero inglés, que trabaja, consume, vive digna y confortablemente.” XV; “La libertad es una máquina, que como el vapor requiere para su manejo maquinistas ingleses de origen. Sin la cooperación de esa raza es imposible aclimatar la libertad y el progreso material en ninguna parte.” XXXII, ALBERDI Juan Bautista, Bases: y puntos de partida para la organización política de la República Argentina,

[2] ROUVROY Claude-Henri Rconde de Saint Simone, Réorganisation de la société européenne (1814)

[3] Para quien este punto de partida sea una nueva mirada, le aconsejo ver el video sobre como ha seguido evolucionando en el tiempo, con la participación del cardenal Jorge Bergoglio (hoy papa Francisco) del encuentro del Luna Park del 7 de octubre de 2013. https://www.youtube.com/watch?v=S9_AGY92jzs&feature=youtu.be

[4] LA REFORMA ECONÓMICA DE LA IGLESIA EN LA ARGENTINA EVALUACIÓN DEL PLAN “COMPARTIR”, por Mons. Carmelo Juan Giaquinta, arzobispo de Resistencia y Presidente del Consejo Episcopal de Asuntos Económicos, http://aica.org/aica/documentos_files/CEA/Comisiones_Episcopales/Consejo_Episcopal_Asuntos_Economicos/Reforma.htm

 

 

 

 

 

 

 

 

[i] Publicado en versión acotada en la Revista CRITERIO, diciembre de 2018.

Crítica al proyecto de reformas a la ley 26150 de educación sexual integral – Fundación Jacques Maritain

Por Fundación Jacques Maritain

Fuente: Revista Criterio

18 de septiembre de 2018

 

La Fundación Jacques Maritain y su Instituto Argentino “Jacques Maritain” con sus filiales de la C.A.B.A., y de las provincias de Córdoba, Entre Ríos, Tucumán, Salta y Jujuy, luego de analizar el proyecto de reformas a la ley 26.150 de Educación Sexual Integral, comunica lo siguiente:

1 – El dictamen de las Comisiones de Educación y de Familia, Mujer, Niñez y Adolescencia de la Cámara de Diputados de la Nación (Exptes. M| 4814-D-2018), es una modificación casi total de la ley 26.150 y la convierte en una norma complementaria de la ley 26.743 de Identidad de Género, y ello es inadmisible.

2 – “Diversidad” se refiere a personas o cosas diversas, pero en cuanto tales, a los seres humanos no les cuadra el término de diversos. Hay una sola clase de seres humanos: las personas. Si de género se trata, esta palabra se aplica al género humano; como en las demás especies animales, la naturaleza los ha hecho macho y hembra o con referencia a nuestra especie, mujer y varón. La cultura no puede crear otros sexos, sino distintas maneras de asumir y vivir la sexualidad por parte de personas concretas que merecen el cuidado de la comunidad y el reconocimiento del Estado en orden a los derechos humanos fundamentales.

3 – El Dictamen que criticamos introduce en la legislación positiva una dicotomía entre lo que llama “laico” y una supuesta intromisión de lo religioso en la educación de la sexualidad, desconociendo que ya nadie pretende negar la laicidad del Estado. Sin embargo, tampoco es admisible rechazar la legítima competencia de las familias, las Iglesias y los distintos credos reconocidos para intervenir en la educación en todos los niveles, en los términos de la Ley Nacional de Educación N° 26.206.

4 – A pesar que el Dictamen dice que el Programa Nacional de Educación Sexual que crea en el ámbito del Ministerio de Educación cumpliría las leyes y Convenios internacionales que menciona, en la nueva redacción del Art. 2° de la Ley 26150 que sustituiría al actual, no solamente no las cumple sino que las desconoce, ya que el proyecto es de neto corte totalitario y autocrático.

5 – El dictamen no sólo violenta, sino que sistemáticamente barre con el sistema federal de nuestra Constitución Nacional y con todas las normas que en la materia están hoy legalmente previstas y protegidas por la mencionada Ley 26.206 de Educación Nacional. Es que a partir de la vigencia de la ley 26.150 en el nuevo texto que se propone, prácticamente ya no tendrían injerencia real en las curricula de la educación sexual las jurisdicciones provinciales o municipales y tampoco las familias, que son y seguirán siendo siempre y primordialmente, con un derecho anterior al Estado, las primeras educadoras, formadoras y educadoras de la sexualidad, desde la concepción y el nacimiento de las personas, en su primera edad y hasta su ingreso al sistema de educación pública, como también posteriormente. Al Estado le corresponde colaborar con los padres y las familias a partir de que el niño se incorpora como una persona que ingresa ya básicamente formada y por cuya completa educación también debe velar la escuela pública, pero nunca en forma excluyente ni en sustitución a los primeros educadores, que son los padres de los educandos o estudiantes, como el dictamen los denomina.

En consecuencia, se impone desechar en todas sus partes este Dictamen y convocar a una consulta amplia a la hora de precisar el alcance de las normas vigentes o futuras en la materia.

 

Histórica sentencia del Supremo británico a favor de los pasteleros perseguidos por el lobby LGTB – Carlos Barrio

10 de noviembre de 2018

Por Carlos Barrio

Fuente: Religión en Libertad

La Corte Suprema de Reino Unido ha emitido este miércoles un contundente fallo que supone un duro golpe a la ideología de género y al rodillo que quieren imponer a todo aquel que no quiera plegarse a sus exigencias.

Se trata del caso de los pasteleros de Irlanda del Norte, Daniel y Amy McArthur, responsables de la cadena Ashers, que se negaron a realizar el encargo de una tarta con la imagen de Epi y Blas, con el mensaje: “Apoyo el matrimonio homosexual”.

Una batalla judicial que se remonta a 2014

El pastel fue encargado por un conocido activista LGTB, Gareth Lee, y tras recibir el encargo este matrimonio decidió no aceptarlo alegando que el mensaje atentaba contra sus convicciones religiosas y morales, por lo que en conciencia no podían realizarlo.

El caso se remonta a 2014 y desde entonces Lee inició una batalla judicial contra estos pasteleros de Belfast alegando discriminación por su orientación sexual. La polémica llegó a varias instancias judiciales, hasta que finalmente ha sido tratado por la Corte Suprema, que por unanimidad ha negado que este activista fuera menospreciado o discriminado.

La tarta encargada mostraba a Epi y Blas con el mensaje “Apoyo el matrimonio homosexual”

Una sentencia histórica

The Christian Institute ha estado ayudando a este matrimonio durante estos cuatro años, tanto en el plano legal como económico. En un comunicado, definen la sentencia del Supremo como “histórica para la libertad de expresión” pues el tribunal ha constatado que Ashers “actuó legalmente y no discriminó a nadie. Los jueces sostuvieron que era el mensaje a los que objetaba la pastelería, no al cliente”.

En su opinión, es un golpe muy duro al “discurso obligatorio” que los lobbies como el LGTB intentan imponer a toda la sociedad.

Daniel McArthur se ha mostrado contento y aliviado tras el fallo del Supremo, que anula el resto de sentencias contra él y su mujer, afirmando que “sé que mucha gente estará muy contenta de escuchar la decisión que se conoce hoy, porque esta decisión protege la libertad de expresión y la libertad de conciencia de todos”.

Quieren que se apoye algo en lo que no se está de acuerdo

El pasado mes de mayo, cuando comenzaba la vista en la Corte Suprema, Daniel insistía una vez más en que “no dijimos que no por el cliente” sino que “fue por el mensaje”. Además, añadió tal y como recogía la BBC, que “algunas personas quieren que la ley nos haga apoyar algo con lo que no estamos de acuerdo”.

Gareth Lee es un activista LGTB, y el que denunció a los pasteleros de Irlanda del Norte

Precisamente, el fallo de los jueces va en esta línea. La presidenta de la Corte Suprema, Brenda Hale, ha dictaminado que los pasteleros no se negaron a cumplir el pedido de Gareth Lee debido a su orientación sexual. “Se habrían negado a hacer una tarta así a cualquier cliente, independientemente de su orientación sexual”, especificó.

La utilización del dinero público

La juez agregó que “su objeción fue al mensaje en la tarta, no a las características personales del señor Lee. En consecuencia, este tribunal sostiene que no hubo discriminación por motivos de la orientación sexual”.

El debate que se abre en el Reino Unido tras la contundencia y la unanimidad del fallo es la utilización de los fondos públicos para este tipo de luchas ideológicas. La batalla legal que ha durado cuatro años ha costado a las arcas públicas cerca de 500.000 libras (algo más de 570.000 euros). Y es que la Comisión de Igualdad para Irlanda del Norte, un organismo público, decidió gastar más de 250.000 libras para apoyar la demanda del activista LGTB en este caso.

El fallo tomado por unanimidad deja ahora en muy mal lugar a este organismo que ha dilapidado decenas de miles de euros de los británicos. Mientras tanto, la familia McArthur se ha visto obligada a gastar más de 200.000 libras, que han salido de su bolsillo y de la organización cristiana The Christian Institute.

En Reino Unido, ya definen a esta tarta como la más cara de la historia del país. Costaba 36,50 libras, pero al final ha superado el medio millón debido al empeño de judicializar la decisión de los pasteleros.

La utilización de Epi y Blas

Los protagonistas de la tarta, Epi y Blas, eran igualmente utilizados por el lobby LGTB, para apoyar el llamado “matrimonio homosexual”. Estas marionetas infantiles ya han sido utilizadas recientemente para esta causa, consiguiendo un gran eco mediático.

Recientemente, un guionista que trabajó varios años en Barrio Sésamo dijo en una entrevista que los personajes eran pareja. Rápidamente, se publicó como noticia en todo el mundo. El creador de los personajes, Frank Oz, tuvo que salir al paso en redes sociales asegurando: “Parece que al Señor Saltzman se le preguntó si Bert y Ernie (Epi y Blas) son homosexuales. Está bien que él sienta que lo son. No lo son, por supuesto”.

A Oz le llovieron las críticas, pese a ser él el creador de Epi y Blas. Pero incluso Barrio Sésamo emitió un comunicado en Twitter: “Como siempre hemos dicho, Bert y Ernie son mejores amigos el uno del otro”, explicaban.

“(Las marionetas) fueron creadas para enseñar a los niños de preescolar que las personas pueden ser buenas amigos de aquellos que son muy diferentes. Aunque sean identificados como personajes masculinos y posean muchas características y rasgos humanos, como la mayoría de marionetas de Barrio Sésamo, siguen siendo marionetas y no tienen orientación sexual”.

 

 

El espíritu del dinero – Manuel Jiménez-Castillo

Manuel A. Jiménez-Castillo[1]

Universidad Católica de Pereira

 

1 La ciencia del dinero

El objeto último de las finanzas radica en una razonable comprensión de que los medios son fines para sí mismos y que los intercambios solo cumplen su labor cuando son fundamento de progreso y bienestar. Su campo compete al estudio objetivo del dinero como entidad que se vale de sí misma. Solo así adquiere su condición científica de logos. Con Aristóteles el papel del dinero recoge toda una tradición que ve en él una fuente secundaria de valor. No es sino virtud para otras cosas, es decir, medio de cambio. La censura crematística –la censura del dinero como simple depósito de valor- impide desplegar todo lo que en ella es condición de verdad y espíritu independiente. Su condición de patrón de pagos impide el uso natural del interés allá donde no se consuma separación clara entre propiedad y uso. Así, no se podrá vender un pedazo de tierra ni los frutos de su uso porque caería en una desigualdad contra-natura. Solo con la distinción de ambas entidades irrumpe el interés y con ello instrumentos financieros tales como la letra de cambio y el cheque. Reforzado por la figura del notario se nutren los intercambios comerciales y con ello el entendimiento de que todo interés no es más que el precio de disponer en el ahora lo que en su condición natural está reservado a un porvenir.

Pero llegar a esta comprensión requiere un esfuerzo natural unido a unas condiciones materiales que estimulen la intuición y finalmente la ordenación de un futuro sostenido bajo las leyes del ahora. En las primeras fases del desenvolvimiento económico, todo es inmediatez. La pobreza es presente absoluto, pura emergencia, sustraída de toda distinción entre disposiciones ajenas y propias. La falta de acumulación de capitales convierte todo préstamo en crédito improductivo. Su habilidad se resuelve en necesidades inferiores sin facultad auto-reproductiva. Véase sino como buena parte de la masa crediticia en países pobres se concentra en la reproducción de bienes fatuos carentes de esa habilidad para multiplicar el ahorro y la industria. El cálculo económico se resiente ante la pobreza que en su afán aspira a gobernar un mundo de necesidad frente al del civilizado interés.

Esta percepción del mundo domina el invierno de la historia. La censura al interés de los padres de la Iglesia alcanza su cénit con las tesis de santo Tomás donde solo la normalización de la propiedad abrirá puertas al mundo financiero. La negación de todo interés se consuma con la eliminación del precio al dinero pues lo que sirve como instrumento de intercambio no puede asumir un estatuto económico per natura. El dinero es un universal concreto que se trueca por todo excepto por sí mismo. Censurables son, así, los pagos a una sustancia extraña a toda mercancía que ni se vende ni se compra. La falta de independencia exige acomodar los ritmos económicos a la doctrina eclesiástica y en ello la tradición escolástica hace un esfuerzo único.

Pero las cosas van cambiando y lo que resulta evidente para una conciencia apegada a una existencia material se hace insuficiente cuando se eleva. Que el dinero carece de valor intrínseco como nos recuerda san Mateo 25:14-30 “(…) si se entierra en el suelo no produce ningún beneficio” se hace insuficiente para una humanidad que ha puesto sobre el trueque el gobierno de las pasiones más comprometidas. Con la llegada de la letra de cambio el mundo comienza a reconocer lo que solo es evidente para una sociedad avanzada. Basada en el intercambio favorece la solidaridad entre sus miembros regando de prosperidad y conduciendo pacíficamente los intereses de todos. Evidente para Montesquieu es que el comercio se constituye como apaciguador de pasiones litigantes, ganando en fuerza simbólica y en la confianza de lo que es útil para todos. La falta de respaldo metálico no dañará su valía pues ha comprendido que su fuerza radica en resolver necesidades transitorias y conducir las pasiones hacia la frugalidad y la experticia. El dinero se va ajustando a principios de racionalidad económica garantizado por la legitimidad del interés y el empeño efectivo en actividades onerosas. Cuando el dinero deja de ser un instrumento que convoca a las necesidades inferiores cristaliza en voluntad intersubjetiva y estimula rendimientos crecientes. Entonces el cálculo revierte en una virtuosa actitud profesional y la figura del contable testimonia la inauguración de una ciencia del dinero.

El ejercicio financiero transita de ser ánimo para la codicia a ser alimento de virtud general. Una presencia abierta del mercado asume que todo acuerdo entre oferente y demandante requiere de maestría inter-partes. Solo el experto en necesidades ajenas sobrevive al mundo de la competencia que lubricado por las finanzas, acelera y reproduce beneficios y disposiciones. Pero extraer dones sociales de las finanzas y no lúgubres caminos de enriquecimiento exigirá reformular en mayúsculas la conciencia de los pueblos.

Ya con la resolución de las necesidades se distingue, en notable obra de la moral, aquellas satisfechas desde los primados del vasallaje con las dispuestas desde la inteligencia y la creatividad. Pero entonces, ¿por qué goza de tan mala fama el mundo de las finanzas cuando su origen resulta de un ejercicio libre del espíritu? La respuesta debe buscarse probablemente en el modo en que se distribuyen socialmente los goces de ese logro. Siguiendo lo apuntado por Fustel de Coulanges las finanzas ponen a la gente en su sitio de una manera muy particular; por una combinación de suerte y tenacidad. El mercado financiero va resolviendo la condición social de los agentes económicos guiado por los principios del cambio e incertidumbre. Por eso, el mundo que emerge con las finanzas termina siendo uno donde la estabilidad y predecibilidad de la vida segura del esclavo se diluye tras la inseguridad que proporciona la competencia libre. Por este motivo, el sistema financiero vence sin convencer pues es en él característico perjudicarnos como individuos a la vez que nos promociona como masa social. Generando una aflicción emotiva de tintes neuróticos consigue que todos nos sintamos más inseguros y perjudicados en un mundo cada vez más próspero.

Las finanzas estimulan las relaciones mercantiles y estas fortalecen el espíritu de la competencia. Obrando a partir de un mecanismo de destrucción creadora fuerza un mejoramiento humano general desde el perjuicio particular de cada uno de sus protagonistas “la competencia es sana mientras no te ocurra a ti”. Así, las sociedades se instalan progresivamente más prósperas desde sujetos atormentados y sometidos a la lucha constante por el reconocimiento. Esta paradoja podría explicar esa desazón del que vence sin convencer y que, en últimas, nos pone como individuos ante el reto de digerir todo este siglo y medio de espectacular dicha.

2 Pobreza y Finanzas

Las finanzas favorecidas por su condición social nunca son causas del progreso, y sin embargo, participan solidariamente en su consecución y sostenimiento. No es desde las finanzas, aunque sí con las finanzas donde el mercado multiplica sus externalidades positivas conquistando allá donde participa (con otros determinantes (educación, salud, etcétera) mitigar la pobreza y reproducir oportunidades. El progreso material se refina curtido desde aquello mismo que lo denosta; es decir, expande oportunidades a la vez que concentra beneficios. El mercado se nutre de cambio, y el cambio de movilidad, por lo que a toda acción le sobreviene siempre una reacción igual y contraria. Todo beneficio de la competencia exige como al dios Saturno devorar a sus hijos. A fin de cuentas toda competencia es un intento frustrado de aspiración al monopolio; recuérdese que en competencia perfecta nadie compite.

A la luz de estas paradojas, nos topamos con un hecho que no por razonable resulta ser fascinante; la reducción mundial de la pobreza ha supuesto un incremento de la desigualdad social y esto último, la prueba de que con todo el mundo progresa. El mejoramiento se encuentra instalado precisamente en ese mismo sentimiento de desafección que nos incita. En ciencias sociales, contrario a otros saberes y prácticas, es de recibo observar lo que no funciona para deducir su naturaleza necesaria. Empero, un mundo cada vez menos pobre y más desigual supone retos relevantes para las finanzas en su papel pacificador. Porque superada la primera fase de escasez, no es una igualdad de recursos lo que apremia, y sí una igualdad en la capacidad de acceso al sistema financiero. Solo en esto último las finanzas satisfacen ese rol de agente más eficiente entre necesidades presente y futuras. Véase sino como el sistema financiero consigue ordenar de modo prosaico aquello que se tiene y no se necesita con lo que se necesita y no se tiene. Esto multiplicado por la infinidad de interacciones lo dota de un servicio superior y de una fuente de estima inestimable.

La desigualdad entre países pero sobre todo en los países afecta preponderantemente la capacidad de acceso. Allí donde impera la asimetría el precio del dinero deja de medirse en función de su escasez natural. La desigualdad entre los extremos dificulta la adecuación de los deseos individuales a una política que garantice el respeto por la propiedad y una higiénica red de garantía jurídica. Sin ambos, los derechos de garantías se igualan a un sobrecoste de financiación. A ello añádase los efectos que arrastra sobre el desenvolvimiento de las relaciones informales de producción. La desigualdad es distancia entre agentes y esto anticipa la conformación de barreras en forma de costes de información, de control, y finalmente de liquidez y diversificación. El estrangulamiento en la base crediticia para buena parte de la población  mundial convierte la deuda en un instrumento de extorción y servidumbre allá donde debiera cumplir funciones productivas (véase sino los casos de suicidio en el noroeste de la India documentados de modo recurrente en la última década).

Solo la deuda que se encamina a fortalecer el progreso individual y colectivo es una deuda legítima pues el que recibe está en condiciones de devolver sin mermar patrimonios propios. La prosperidad se hace fecunda consintiendo que prestamista y prestatario no se vean ahogados por unas condiciones de reparación inasumibles. Apelando a la gracia de un acceso al crédito favorable se resuelve lo que de virtuoso tiene restituir lo ajeno sin restar en lo propio. El punto clave brota de la libertad (como capacidad) que cada uno atesora para decidir o no sobre la conveniencia y necesidad del servicio vigente; o en otras palabras, sobre el conjunto de posibilidades con las que el individuo cuenta para poner en conveniencia sus oportunidades con su disponibilidad patrimonial. No es tanto la posibilidad para solicitar un servicio financiero, sino la adecuación de este al motivo necesario que le exigen sus inclinaciones más naturales; es decir, que el sistema financiero contribuya a la expansión de las libertades personales y no ha engrasar la maquinaria financiera. Si las condiciones exógenas no son, en tal caso, las dispuestas a prevenir la carencia y la sumisión cualquier producto financiero que se precie no será otro que causa de falencias y arbitrariedades.

3 Micro-finanzas

Entre tanto, llama la atención la irrupción de los servicios micro-financieros en buena parte del mundo en desarrollo. Con los trabajos experimentales de M. Yunus, un economista bangladeshí fundador del banco de los pobres “Grammer Bank”, se creyó firmemente y sin más pruebas que algunos casos aislados, que los pobres son pobres por la falta de acceso al sistema financiero. Pero vacunados ante tales simplismos es sobre todo la capacidad para acceder y no el acceso mismo lo que marca la diferencia entre prosperidad e indigencia y solo expandiendo las facultades humanas (educación, sanidad, etcétera) se liberan las finanzas de una deuda no sostenible. El mero acceso a recursos financiero carece por naturaleza de ánimo para obrar en función de las ocasiones que brinda el servicio de mejora en la vida de los más pobres. Un bien financiero puede cumplir las veces de inversión productiva cuando a la inteligencia económica le suceden disposiciones de tiempo y fortuna. En cambio, se ejecuta como gasto  improductivo cuando la emergencia propia de la caristia torna barrera infranqueable al provecho. Sostenido en este carácter ambivalente, el sistema micro-financiero ha fomentado una contradicción de fondo double bottom line donde la función social queda hipotecada por principios de racionalidad y sostenibilidad financiera. Su vocación eminentemente social choca con su realismo operativo.

Es del todo innegable para una mente clara que si el acceso al crédito resolviera los problemas de emergencia económica la sostenibilidad de las instituciones microfinancieras quedaría asegurada, pues no existe mayor prueba del éxito para un crédito que reponerlo sin perjuicio. Sin embargo, que la literatura académica se haya nutrido a partir de ese conflicto prueba que toda estrategia minimalista está abocada al fracaso. O en otras palabras, que la micro-financiación consigue solo y a duras penas mejorar el nivel medio de ingresos de los micro-prestatarios pero nunca alcanza un estado tal que los ponga a salvo de la escasez y la sostenible reposición de las deudas contraídas. Las pruebas empíricas solo corroboran lo evidente. Las más de 300 evaluaciones de impacto conducidas desde el MIT revelan un efecto indefinido si bien débil en los niveles de ingreso familiar para aquellos beneficiarios cuyos niveles de renta se sitúa muy por debajo de la media de los países subdesarrollados. Solo allí, tras umbrales tolerables de bienestar el impacto se repone y democratiza (ver en G.C.A.P, 2002; Hossain, 1989).

4 Conclusión

El mundo de las finanzas ha puesto en conexión mercados equidistantes dando validez y vitalidad a las relaciones mercantiles. Los éxitos compartidos han sido inmensos se mire por donde se mire (solo la pobreza en el mundo ha caído en más de un 80% desde 1970) y con la nueva revolución tecnológica la movilidad de capitales otrora limitada al espacio geográfico sobrevuela sin límites la economía virtual. Las crisis financieras han sido y serán cada vez más recurrentes aunque menos devastadoras, pues es propio de la experiencia domesticar dolores históricos. El carácter ambivalente es consustancial a la vida misma, y el dinero como producto de la conciencia intersubjetiva no está exento de estatutos. En este sentido, la incertidumbre financiera es el precio que la civilización contrae por las infinitas posibilidades que la ciencia del dinero brinda a la hora de cuadrar las disponibilidades presentes y futuras con las necesidades de todos. En última, y he aquí la gracia que despliega las finanzas en esta fase mundial, se halla su facultad más elaborada para revertir la potencia en acto productivo. Relacionando compromisos e inclinaciones de un modo que solo el voluntario flujo de intereses personales sabe hacer, multiplica de modo exponencial el universo material aproximando en su medida el paraíso celestial a la tierra.

[1] Doctor en Ciencias Económicas y Magister en Economía del Desarrollo por la London School of Economics and Political Science (LSE). Ha fungido como profesor-investigador en la Pannasastra University of Cambodia (Camboya), El Colegio de la Frontera Norte (Nuevo Laredo, México), Universidad Católica de Pereira (Colombia). Vive alimentando por la llama del entendimiento y ametralla críticamente su voluntad para liberarlo de ilusiones vacuas. Ha publicado trabajos sobre filosofía del desarrollo económico, microfinanzas, cooperación internacional. Email: antoniojcastillo@ucp.edu.co Facebook: Antonini de Jimenez. Canal youtube: https://www.youtube.com/channel/UC11-cpzjC28ILXdiJBqTRnA

¿Por qué seguir en la Iglesia a pesar de la tormenta? Ratzinger ya lo planteó y respondió en 1970

Joseph Ratzinger

Fuente: Religión en Libertad

22 de octubre de 2018

 

Hace escasas fechas, George Weigel, biógrafo de San Juan Pablo II, se refería a 2018 como un annus horribilis católico. El contexto es conocido: la renuncia en pleno del episcopado chileno, el caso del cardenal Theodore McCarrick, el informe del gran jurado de Pensilvania o el que empieza a conocerse en Alemania, el terremoto originado por el testimonio del arzobispo Carlo Maria Viganò y las enfrentadas reacciones subsiguientes, o el inicio inminente de un sínodo sobre los jóvenes cuyo punto de partida inquieta no menos al mismo Weigel que al arzobispo de Filadelfia, Charles Chaput.

“Un acontecimiento de gran importancia ha comenzado: la Iglesia se apaga en las almas y se disgrega en las comunidades”. Estas palabras parecen pensadas para describir el momento, pero son de 1970 y las pronunció en una conferencia, parafraseando a Romano Guardini (“Un acontecimiento de gran importancia ha comenzado: la Iglesia despierta en las almas”, había dicho en 1921), un reputado teólogo, perito en el reciente Concilio Vaticano II, llamado Joseph Ratzinger. Medio siglo después, ya como Papa, les haría eco su célebre afirmación de que “en amplias zonas de la tierra la fe está en peligro de apagarse como una llama que no encuentra ya su alimento”.

Las inquietudes del teólogo y pastor Ratzinger en 1970 se referían al “vacío desconcertante”,  la “extraña situación de confusión” y la “disgregación” del postconcilio, acumulación de “muchos y opuestos motivos para no permanecer en la Iglesia”. La misma desazón que se apodera hoy de numerosos católicos ante el predominio mediático de todo cuanto pueda perjudicar a la Iglesia y la evidencia de que, por interesado y manipulador que pueda resultar ese predominio, responde a lo que el mismo Francisco ha reconocido como “atrocidades cometidas por personas consagradas”.

En ese sentido, la conferencia del obispo Ratzinger es un auténtico bálsamo para este annus horribilis, porque aporta criterios de fe y de razón para la esperanza y la fidelidad en medio de la tormenta. La pronunció el 11 de junio de 1970 en Múnich por invitación de la Katholischen Akademie de Baviera, y se recoge en un volumen compartido con Hans Urs von Balthasar precisamente para responder a la cuestión de por qué seguir siendo cristiano y miembro de la Iglesia en los momentos en los que la bate la tormenta.

El texto ha sido traducido y preparado por el sacerdote y teólogo Pablo Cervera para su inclusión en el tomo VIII/2 (La Iglesia, signo entre los pueblos, de aparición en enero de 2019) de las Obras Completas de Joseph Ratzinger.

Las causas de que alguien pueda pensar en abandonar la Iglesia

De la exposición que hace el futuro pontífice pueden deducirse algunas causas por las que la Iglesia ha llegado a una situación como la que él mismo describe.

La eficacia como criterio supremo

“La perspectiva contemporánea”, afirma, “ha determinado nuestra mirada sobre la Iglesia, de tal modo que hoy prácticamente sólo vemos la Iglesia desde el punto de vista de la eficacia, preocupados por descubrir qué es lo que podemos hacer con ella… Para nosotros hoy no es nada más que una organización que se puede transformar, y nuestro gran problema es el de determinar cuáles son los cambios que la harían «más eficaz» para los objetivos particulares que cada uno se propone”.

Con este concepto, la conversión personal pasa a un segundo plano. El “núcleo central” de cualquier “reforma” en la Iglesia “es un proceso espiritual, totalmente cercano al cambio de vida y a la conversión, que entra de lleno en el corazón del fenómeno cristiano: solamente a través de la conversión se llega a ser cristianos; esto vale tanto para la vida particular de cada uno como para la historia de toda la Iglesia”.

Obsesión por las estructuras

Como consecuencia de lo anterior, abandonado el “esfuerzo y el deseo de conversión”, se espera la salvación “únicamente del cambio de los demás, de la transformación de las estructuras, de formas siempre nuevas de adaptación a los tiempos”. Lo reformable son entonces solo “las realidades secundarias y menos importantes de la Iglesia. No es de extrañar, por tanto, que la misma Iglesia aparezca en definitiva como algo secundario”.

La obsesión contra “las estructuras” se convierte así en “una sobrevaloración del elemento institucional de la Iglesia sin precedentes en su historia”, de modo que “para muchos la Iglesia queda reducida a esa realidad institucional” y “la pregunta sobre la Iglesia se plantea en términos de organización“.

Las interpretaciones sustituyen a la fe

Ratzinger alerta de que los aplausos a la Iglesia ante ciertos cambios provienen de “aquellos que no [tienen] ninguna intención de llegar a ser creyentes en el sentido de la tradición cristiana, pero [saludan] este «progreso» de la Iglesia como una confirmación de sus propias opciones y de los caminos recorridos por ellos”.

Eso fuera de la Iglesia. Pero dentro sucede algo parecido, con la incertidumbre introducida por interpretaciones de la fe en las que “las verdades pierden sus propios contornos”, con lo cual “los límites entre la interpretación y la negación de las verdades principales se hacen cada vez más difíciles de reconocer“.

Ratzinger lo dice sin tapujos: “El derecho de ciudadanía que la incredulidad ha adquirido en la Iglesia vuelve la situación cada vez más insoportable tanto para unos como para otros”.

Denigración de la Iglesia histórica

Cuando los católicos aceptan e incluso propagan la mayor parte del discurso anticatólico sobre el pasado de la Iglesia, siembran la semilla del abandono de la fe.

La Iglesia siempre se vio a sí misma como “el gran estandarte escatológico visible desde lejos que convocaba y reunía a los hombres. Según el concilio de 1870, ella era el signo esperado por el profeta Isaías (11,12), la señal que incluso desde lejos todos podían reconocer y que a todos indicaba claramente el camino a recorrer. Con su maravillosa propagación, su eminente santidad, su fecundidad para todo lo bueno y su profunda estabilidad, ella representaba el verdadero milagro del cristianismo, la mejor prueba de su credibilidad ante la historia”.

Hoy, incluso desde dentro de la Iglesia se traslada la idea de que es “no una comunidad maravillosamente difundida, sino una asociación estancada…; no ya una profunda santidad, sino un conjunto de debilidades humanas, una historia vergonzosa y humillante, en la que no ha faltado ningún escándalo… de modo que quien pertenece a esa historia no puede hacer otra cosa que cubrirse vergonzosamente la cara… Así, la Iglesia no aparece ya como el signo que invita a la fe, sino precisamente como el obstáculo principal para su aceptación“.

Razones para seguir en la Iglesia

“Ante la situación presente, ¿cómo se puede justificar la permanencia en la Iglesia?”, se pregunta Ratzinger, como pueden estar preguntándose hoy miles de católicos: “Dicho en otros términos: la opción por la Iglesia, para que tenga sentido, ha de ser espiritual. Pero ¿en qué puede apoyarse una opción espiritual?” Igual que vale la pregunta, valen también las respuestas que proponía entonces el futuro Benedicto XVI.

Porque la Iglesia no es nuestra, sino “Suya”

“Permanezco en la Iglesia”, explica, “porque creo que hoy como ayer, e independientemente de nosotros, detrás de «nuestra Iglesia» vive «Su Iglesia», y que no puedo estar cerca de Él si no es permaneciendo en su Iglesia. Permanezco en la Iglesia porque, a pesar de todo, creo que no es en el fondo nuestra sino «Suya». Dicho en términos muy concretos: es la Iglesia la que, no obstante todas las debilidades humanas existentes en ella, nos da a Jesucristo; solamente por medio de ella puedo yo recibirlo como una realidad viva y poderosa, que me interpela aquí y ahora”.

Por eso, “quien desea la presencia de Cristo en la humanidad, no la puede encontrar contra la Iglesia, sino solamente en ella“.

Porque no se puede ser cristiano en solitario

“No se puede creer en solitario”, dice el futuro Papa: “La fe sólo es posible en comunión con otros creyentes. La fe, por su misma naturaleza, es fuerza que une. Su verdadero modelo es la realidad de Pentecostés, el milagro de compresión que se establece entre las personas de procedencia y de historia diversas. Esta fe o es eclesial o no es tal fe”.

Porque la fe no puede ser una elección personal

Esa eclesialidad es garantía contra el capricho y la volubilidad de la creencia puramente privada: “Además, así como no se puede creer en solitario, sino sólo en comunión con otros, tampoco se puede tener fe por iniciativa propia o invención, sino sólo si existe alguien que me comunica esta capacidad, que no está en mi poder, sino que me precede y me trasciende. Una fe que fuese fruto de mi invención sería un contrasentido“.

Si fuese algo puramente personal, la fe “me podría decir y garantizar solamente lo que yo ya soy y sé, pero nunca podría superar los límites de mi yo. Por eso una Iglesia, una comunidad que se hiciese a sí misma, que estuviese fundada sólo sobre la propia gracia, sería un contrasentido. La fe exige una comunidad que tenga poder y sea superior a mí, y no una creación mía ni el instrumento de mis propios deseos“.

“Todo esto se puede formular también desde un punto de vista más histórico“, precisa Ratzinger, atendiendo a la condición divina de Jesús. Porque si Jesús no fue un ser superior al hombre, “yo me encontraría al arbitrio de mis reconstrucciones mentales y Él no sería nada más que un gran fundador, que se hace presente a través de un pensamiento renovado. Si en cambio Jesús es algo más, Él no depende de mis reconstrucciones mentales, sino que su poder es válido todavía hoy”.

Porque el mundo sin Cristo sería peor

“¿Qué sería el mundo sin Cristo, sin un Dios que habla y se manifiesta, que conoce al hombre y a quien el hombre puede conocer?”, se pregunta el que sería pocos años después arzobispo de Múnich: “La respuesta nos la dan clara y nítida quienes con tenacidad enconada tratan de construir efectivamente un mundo sin Dios“, dice en clara referencia a los totalitarismos del siglo XX, erigidos con la finalidad expresa de prescindir de Él.

“Permanezco en la Iglesia”, resuelve entonces, “porque creo que la fe, realizable solamente en ella y nunca contra ella, es una verdadera necesidad para el hombre y para el mundo. Este vive de la fe aun allí donde no la comparte. De hecho, donde ya no hay Dios —y un Dios que calla no es Dios— no existe tampoco la verdad que es anterior al mundo y al hombre”.

Porque solo la Iglesia salva al hombre, por la Cruz

“El mismo pensamiento puede ser expresado de otra manera: permanezco en la Iglesia porque solamente la fe de la Iglesia salva al hombre“, afirma a continuación el teólogo de prestigio que era el interviniente. Hace un repaso de las erradas corrientes de pensamiento moderno (cita a FreudJungMarcuseAdornoHabermasMarx) que buscan la salvación del hombre: “El gran ideal de nuestra generación es una sociedad libre de la tiranía, del dolor y de la injusticia”. Es “un impulso fundamentalmente cristiano, pero el pensar que a través de las reformas sociales y la eliminación del dominio y del ordenamiento jurídico se puede conseguir aquí y ahora un mundo libre de dolor, es una doctrina errónea, que desconoce profundamente la naturaleza humana“.

En efecto, “se nos quiere hacer creer que se puede llegar a ser hombres sin el dominio de sí, sin la paciencia de la renuncia y la fatiga de la superación, que no es necesario el sacrificio de mantener los compromisos aceptados, ni el esfuerzo para sufrir con paciencia la tensión entre lo que se debería ser y lo que efectivamente se es”. Pero “en realidad, el hombre no es salvado sino a través de la cruz y la aceptación de los propios sufrimientos y de los sufrimientos del mundo, que encuentran su sentido liberador en la pasión de Dios. Solamente así el hombre llegará a ser libre. Todas las demás ofertas a mejor precio están destinadas al fracaso”.

Porque la verdad de la Iglesia no son solo sus debilidades

Estas verdades necesitan ser dichas, no escondidas, porque “la esperanza del cristianismo y la suerte de la fe dependen de algo muy simple: de su capacidad para decir la verdad. La suerte de la fe es la suerte de la verdad; esta puede ser oscurecida y pisoteada, pero jamás destruida”.

Y la verdad es que la Iglesia no se reduce a sus debilidades, sino que, “junto a la historia de los escándalos, existe también la de la fe fuerte e intrépida, que ha dado sus frutos a través de todos los siglos en grandes figuras”.

Porque necesitamos la belleza de la Iglesia

La belleza que ha aportado la Iglesia al mundo es uno de los grandes argumentos a su favor: “También la belleza surgida bajo el impulso de su mensaje, y que vemos plasmada aún hoy en incomparables obras de arte, se convierte para él en un testimonio de verdad: lo que se traduce en expresiones tan nobles no puede ser solamente tinieblas… La belleza es el resplandor de la verdad, ha afirmado Tomás de Aquino, y podríamos añadir que la ofensa a la belleza es la autoironía de la verdad perdida. Las expresiones en que la fe ha sabido darse a lo largo de la historia son testimonio y confirmación de su verdad”.

Porque la Iglesia está llena de personas que lo merecen

Un argumento que valía hace medio siglo como hoy y siempre a lo largo de dos mil años: “Si se tienen los ojos abiertos, también hoy se pueden encontrar personas que son un testimonio viviente de la fuerza liberadora de la fe cristiana. Y no es una vergüenza ser y permanecer cristianos en virtud de estos hombres que, viviendo un cristianismo auténtico, nos lo hacen digno de fe y de amor“.

Porque esos hombres son una prueba viviente de la presencia de Dios: “¿No figura acaso como una prueba relevante en favor del cristianismo el hecho de que haga más humanos a los hombres en el mismo momento en que los une a Dios? Este elemento subjetivo ¿no es también al mismo tiempo un dato objetivo del cual no hemos de avergonzarnos ante nadie?”

Porque amamos a la Iglesia

Es la razón fundamental porque la que seguimos en ella, y con la que concluye la conferencia de Joseph Ratzinger: la amamos, y por eso queremos limpiarla de nuestras propias miserias: “El amor no es estático ni acrítico. La única posibilidad de que disponemos para cambiar en sentido positivo a una persona es la de amarla, transformándola lentamente de lo que es en lo que puede ser. ¿Sucederá de distinto modo en la Iglesia?”.

En resumen: “No valdría la pena permanecer en una Iglesia que, para ser acogedora y digna de ser habitada, tuviera necesidad de ser hecha por nosotros; sería un contrasentido. Permanecer en la Iglesia porque ella es en sí misma digna de permanecer en el mundo, digna de ser amada y transformada por el amor en lo que debe ser, es el camino que también hoy nos enseña la responsabilidad de la fe”.

 

Capitalismo de rostro humano – Pedro Fraile Balbín

29 de noviembre de 2018

Por Pedro Fraile Balbín

Fuente: Revista de Libros – RdL

  

Señalaba con sorna el premio Nobel de economía George Stigler que «el clero antiguo había dedicado sus mejores esfuerzos a enderezar la conducta de los individuos, y el clero moderno los suyos a enderezar las políticas sociales» (The Economist as Preacher, 1980). La relación entre el cristianismo y la economía viene, en efecto, de muy antiguo. Desde la formalización misma de la doctrina cristiana en la Edad Media, su inclinación social llevó a los escolásticos a la reformulación del orden aristotélico y a sus conocidos dictámenes sobre el carácter orgánico de la sociedad, la necesidad de un precio justo en el intercambio, la diferencia entre valor y precio, la naturaleza insana de la asimetría en el comercio, la acumulación culpable de riqueza y todos los demás supuestos de la tradición tomista. Es cierto que algunos escolásticos ‒como los nuestros de Salamanca‒ hicieron avances relevantes en el estudio de la libertad de mercado y el sistema de precios, pero, en general, el cristianismo se inclinó casi siempre hacia el colectivismo y la economía dirigida. A partir de mediados del siglo XIX, la doctrina social de la Iglesia en el mundo católico y el socialismo cristiano en el protestante acentuaron aún más su oposición al liberalismo y su visión benevolente ‒como un error bienintencionado‒ del colectivismo marxista. El cristianismo ha combatido tradicionalmente el pecado del liberalismo y durante décadas se ha opuesto al individualismo racionalista de la Ilustración. Su imagen era la de Cristo contra los mercaderes del templo.

Pero parece que no por más tiempo. A la tradición colectivista cristiana le ha surgido un cisma liberal. Un reducido pero influyente grupo de estudiosos sociales está reinterpretando los fundamentos intelectuales del cristianismo desde una óptica liberal. Larry Siedentop, el historiador de Oxford, por ejemplo, plantea en Inventing the Individual (2014) los orígenes del liberalismo individualista occidental como una contribución netamente católica, y el sociólogo de la religión Rodney Stark, de la Baylor University, arguye en su Victory of Reason (2006) que el auge de Occidente se debió a la confianza en el racionalismo implícito en la teología cristiana. En lo estrictamente económico, el redescubrimiento cristiano del liberalismo no es tan reciente. Los seguidores del ordoliberalismo, y la «economía social de mercado» en la segunda posguerra, sobre todo Walter Eucken y Ludwig Erhard, provenían de círculos cristianos, pero predicaban un orden liberal dentro de los límites garantizados por el Estado. También llegó a ser muy conocida e influyente la combinación liberalismo-catolicismo del popular filósofo y diplomático Michael Novak (The Catholic Ethic and the Spirit of Capitalism, 1993). Pero faltaba un último paso. Había que fundamentar en términos económicos las creencias católicas con un buen razonamiento teórico. En concreto, era necesario explicar por qué una concepción liberal del mercado es no sólo compatible, sino indisociable de la concepción trascendente de la persona que se deriva del humanismo cristiano. Esto es justamente lo que hace Martin Rhonheimer en su Libertad económica, capitalismo y ética cristiana. Aunque Rhonheimer es filósofo de formación, conoce con precisión la economía política y los supuestos teóricos de la escuela austríaca. Es presidente del Instituto Austríaco de Economía y Filosofía Social de Viena y ha publicado numerosos trabajos sobre libertad de mercado y ética económica. Es, precisamente, su vinculación con la tradición de Carl Menger, Ludwig von Mises y Friedrich Hayek lo que confiere a su libro un perfil propio.

El libro Libertad económica, capitalismo y ética cristiana es una colección de ensayos del autor previamente aparecidos en publicaciones especializadas, pero que ofrecen un orden metodológico bien organizado hacia su objetivo central: corregir «la hostilidad católica frente al capitalismo y el libre mercado» (p. 41) a partir del análisis de la escuela austríaca, y conservando al mismo tiempo los preceptos éticos del humanismo cristiano. La introducción y el primer capítulo ofrecen una visión de la evolución intelectual del autor como analista económico y su descubrimiento final del análisis de la Escuela de Viena, y aparece aquí la primera denuncia del sesgo colectivista del catolicismo, especialmente a partir de la encíclica Quadragesimo Anno (1931). Sin embargo, en el siguiente capítulo, Rhonheimer explica las raíces liberales del pensamiento cristiano y su decisiva contribución a la separación entre los poderes espiritual y terrenal, así como la progresiva limitación de este último. Los capítulos tercero y cuarto analizan las bases éticas necesarias para una cultura de la libertad y ofrece los preceptos cristianos como la mejor alternativa para la organización moral de una sociedad de mercado. A continuación, el autor aborda la parte más netamente analítica del libro: el capítulo quinto trata de la ineficiencia económica de la intervención estatal y el principio de la subsidiaridad desde los supuestos del ordoliberalismo y, de la mano del public choice, analiza los fallos del Estado en la provisión de asistencia. En los dos capítulos siguientes se matiza la visión austríaca. En uno, modificando la visión utilitarista de Ludwig von Mises; en el otro, justificando la política asistencial cristiana, y este es, quizás, el núcleo de todo su argumento. Rhonheimer suscribe la visión general de Hayek sobre el mercado, pero matiza el rechazo hayekiano al concepto de justicia social criticando la noción de neutralidad inicial de las instituciones del mercado que el austríaco utiliza para fundamentar la justicia intrínseca de cualquier transacción voluntaria y rechazar, por tanto, la intervención redistributiva del Estado. La parte final del libro se dedica al análisis de las últimas aportaciones magistrales de la Iglesia ‒Mater et Magistra (1961), Pacem in Terris (1963) y Centesimus Annus (1991)‒ y su deriva hacia la redistribución y en contra del mercado libre. Un capítulo final titulado «El trabajo del capital. Cómo surge el bienestar» expone la visión austríaca y cristiana del propio autor sobre la generación de la riqueza, la búsqueda del bien común y el avance hacia la igualdad.

El de Rhonheimer es un gran reto intelectual. Trata de denunciar y desmontar los prejuicios de la tradición social católica contra la libertad económica y sustituir su confianza en el Estado como promotor del bien común con la lógica del buen análisis económico. Para ello, Rhonheimer se apoya en dos razonamientos. Uno es lo que él llama el auténtico significado de la justicia social: su rectificación de Hayek. Se fija en los derechos humanos, tal como la dignidad, que son de orden superior al simplemente legal, y que las instituciones del mercado ignoran con frecuencia. Esta consideración ética es lo que justificaría una intervención correctora ‒aunque no necesariamente estatal‒ del mercado. El segundo pilar es el principio de la subsidiariedad, por el que el Estado abandona su neutralidad e interviene sobre el mercado ‒apoyado en el análisis ordoliberal y austríaco‒ para corregir el marco institucional y para que el libre ejercicio de los agentes económicos cree oportunidades, empleo y riqueza para todos. Hay que subrayar la honestidad intelectual de Rhonheimer en esta tarea. El ensayo deja clara la posición católica del autor y a la vez explicita en todo momento ‒de hecho, se convierte a veces en una biografía intelectual‒ los preceptos económicos sobre los que se apoya cada argumentación en el momento en que fue escrita, y detalla el proceso de «descubrimiento» de la «síntesis neoclásica», el ordoliberalismo de Walter Eucken y la escuela austríaca.

En Libertad económica, el lector descubre una visión austríaca con rostro humano del complejo mundo social cristiano, y esto es intelectualmente estimulante a la vez que alentador para quienes creemos en una visión humana del mercado. Sin embargo, el lector también se pregunta si Rhonheimer y los demás teóricos del nuevo cristianismo austríaco no habrán hecho un viaje circular para llegar de nuevo al punto inicial de partida de la economía clásica. Una visión humanista y compasiva del liberalismo es lo que Adam Smith propone en su Teoría de los sentimientos morales (1759) y es una herencia compartida por casi toda la escuela escocesa y buena parte de los clásicos. Es como si Rhonheimer hubiese pasado por un lento viaje circular de redescubrimiento en el campo de la filosofía moral desde Gershom Carmichael, Adam Ferguson o Francis Hutcheson ‒y todos sus predecesores del Derecho Natural (Francisco Suárez, Hugo Grocio, Samuel Pufendorf)‒ para llegar de nuevo a la escuela escocesa y a los Sentimientos morales de Smith, es decir, un lento viaje de redescubrimiento de la filosofía moral que, además, posiblemente tenga escaso impacto en el criterio económico y social de la Iglesia actual, en la que cada vez pesa más el intervencionismo colectivista y menos el liberalismo hayekiano.

Sin embargo, puede que ese camino, aunque sea circular, no haya sido del todo estéril. La exploración que Rhonheimer hace de Walter Eucken, el ordoliberalismo alemán, y las escuelas de Viena y de Virginia, todos desde un punto de vista cristiano, le ha llevado a descubrir nuevos matices poco visibles con anterioridad. Por ejemplo, su replanteamiento del papel histórico del cristianismo en la identificación del individuo ‒en vez de la tribu, la etnia y la clase‒ como protagonista de la vida política, y en la separación de poderes y en la limitación del poder del Estado; la crítica y rectificación al rechazo de Hayek contra la justicia social y la especificación de las condiciones bajo las cuales las transacciones podrían considerarse auténticamente neutras; o, también, la propuesta de un sistema de beneficencia que no sea monopolio del Estado y que incorpore a la iniciativa privada de la sociedad civil en la tradición de las friendly societies inglesas o las fraternal societies estadounidenses. El libro de Rhonheimer está lleno de matices y sugerencias que apuntan todas en la buena dirección. Es posible que cambiar la orientación colectivista del catolicismo, especialmente en estos tiempos, sea un hueso difícil de roer, pero ayuda tener de vez en cuando un golpe de aire fresco como el que procura la lectura de este libro.

 

Pedro Fraile Balbín es catedrático de Historia Económica en la Universidad Carlos III de Madrid.