Archivo de la categoría: Actualidad

¿Nos hace obesos el capitalismo? – Ben Johnson

 

Por Ben Johnson

Para: Acton Institute

 

A medida que los trabajadores regresan de sus vacaciones en promedio una libra más pesados, la pérdida de peso encabeza todas las listas de resoluciones de Año Nuevo. Sin embargo, en 2019, los médicos están pidiendo a los políticos que clasifiquen a la obesidad como una enfermedad que debe ser tratada imponiendo impuestos a los alimentos azucarados —y algunos comentaristas culpan al sistema capitalista de nuestra inclinación al exceso.

Si la obesidad es una enfermedad, entonces en Occidente es una epidemia. Alrededor del 40% de los estadounidenses y el 30% de los adultos en el Reino Unido son obesos. La letanía conocida de afecciones asociadas con el sobrepeso incluye enfermedades del corazón, diabetes, cáncer y presión arterial alta. El Royal College of Physicians ha pedido que la obesidad sea etiquetada como una enfermedad, en lugar de una elección de conducta porque, como dijo el presidente de RCP, Andrew Goddard, tal etiqueta «reduce el estigma de tener obesidad». Los críticos responden que, mientras que algunas personas pueden tener una predisposición genética a retener peso, la obesidad es causada por el consumo de más calorías de las que quemamos; el consumo de menos calorías de cualquier tipo, incluso exclusivamente en McDonald’s, conducirá a la pérdida de peso.

Otros han tratado de culpar del aumento de las cinturas a la expansión del mercado. Jonathan C. Wells escribió en el American Journal of Human Biology, revisado por colegas, que la clave para entender a la obesidad es un «nicho obesogénico» causado por la «lógica unificadora del capitalismo». Históricamente, «el capitalismo contribuyó a la desnutrición de muchas poblaciones. a través de la demanda de mano de obra barata». Sin embargo, a medida que las necesidades financieras globales «cambiaron al consumo, el capitalismo ha impulsado cada vez más al comportamiento del consumidor que induce una sobrenutrición generalizada».

Además, el libre mercado en realidad restringe nuestras opciones, «tanto a nivel de comportamiento, a través de publicidad, manipulaciones de precios y restricciones de elección, como a nivel fisiológico a través de la mejora de las propiedades adictivas de los alimentos» (es decir, la adición al azúcar y la grasa).

Si la justificación científica parece novedosa, las ideas subyacentes no lo son. «Un mundo capitalista tardío en expansión requiere que nadie esté completamente satisfecho», escribió Hillel Schwartz en su libro de 1986 Never Satisfied: A Cultural History of Diets, Fantasies and Fat. Por lo tanto, las «personas gordas» son «víctimas de los dobles vínculos del capitalismo, que son sexistas, racistas y de sesgadas por clase».

Estos argumentos se han filtrado en sitios web populares, a veces cuestionando la ética del propio sistema económico. «Si el capitalismo es una virtud, las personas gordas son santas», escribió Tina Dupuy en The Huffington Post.

Culpar al libre mercado de la glotonería, uno de los pecados mortales, socavaría su legitimidad moral. Pero estos argumentos son demasiado para tragarse.

Los expertos creen que el ímpetu por comer en exceso proviene de antojos primitivos y antiguos que se remontan a nuestros días como cazadores-recolectores. Tenía sentido para una especie insegura de dónde encontraría su próxima comida el almacenar tantas calorías como fuera posible. Afortunadamente, esas condiciones ya no se cumplen, pero nuestra programación psicológica nunca se ha adaptado.

La libre empresa ha contribuido a la obesidad solo en la medida en que ha producido tanta abundancia como para casi eliminar a la desnutrición. «La historia más grande no reportada en los últimos tres cuartos de siglo», dijo Blake Hurst, presidente de Missouri Farm Bureau, es el «aumento en la disponibilidad de alimentos para la persona común». El suministro promedio de alimentos por persona, por día, ha aumentado en 600 calorías desde 1961. La adecuación de la oferta dietética global ha aumentado en un ascenso casi ininterrumpido durante dos décadas. Solo los gobiernos colectivistas y las regiones devastadas por la guerra se resisten a este progreso global. Por ejemplo, el venezolano promedio perdió 24 libras en un solo año en lo que los comentaristas han denominado «la dieta de Maduro».

El suministro de alimentos sin precedentes del mundo puede coexistir incómodamente con nuestros antojos de la era de las cavernas. Pero culpar de forma poco seria de su existencia al capitalismo solo sirve para exacerbar lo que Theodore Dalrymple llamó «fatalismo deshonesto», la mentalidad que culpa a las elecciones autodestructivas de factores externos que están fuera de nuestro control, e inventar nuevos sustos para una cruzada de gobierno activista.

También pasa por alto las formas en las que el intervencionismo gubernamental ha conducido a incentivos perversos. Un sistema nacional de salud como el NHS desalienta la responsabilidad personal al externalizar los costos de las condiciones de salud asociadas con la obesidad. Los contribuyentes, en lugar de los individuos que toman decisiones dietéticas lamentables, pagan la factura de un sistema que es «gratuito en el punto de entrega».

Sin una manera de tratar a los buenos actores de manera diferente a los malos, forzando a estos últimos a asumir los costos económicos y físicos de sus decisiones, tales naciones recurren a soluciones gubernamentales paternalistas. Activistas de salud pública presionan a nuevos impuestos para los refrescos, postres azucarados e incluso carnes rojas. Pero tales instrumentos embotados no pueden discriminar entre los pobres pobres que buscan un capricho ocasional y el glotón, y terminan simplemente castigando a los menos prósperos.

Algunos creen que incluso estas medidas del estado niñera no van lo suficientemente lejos. «Sobre todo, debemos reconocer que este peligro tiene raíces sociales que requieren respuestas sociales, la profunda creencia de socialdemócratas y socialistas por generaciones», escribió Will Hutton en un artículo de The Guardian titulado Fat is a Capitalist Issue.

En última instancia, la obesidad debe combatirse eliminando el vicio de la gula, una pasión que no puede ser retirada por un código tributario. Pero los antiguos ofrecieron una solución. San Juan Casiano escribió que «debemos pisotear los deseos glotones con el pie … no solo por el ayuno», sino por cultivar tanto el amor por las cosas espirituales que el creyente vea al comer «no tanto una concesión al placer, sino como una carga».

Hasta que esto ocurra, la esfera pública puede alentar a las personas a aceptar la responsabilidad personal de las decisiones de salud y estilo de vida, y asumir las consecuencias de estas. «La libertad no solo significa que el individuo tenga tanto la oportunidad como la carga de la elección; también significa que debe soportar las consecuencias de sus acciones y recibiendo por ellas elogios o acusaciones», escribió F.A. Hayek en The Constitution of Liberty. «La libertad y la responsabilidad son inseparables».

 

 

 

 

Nota

El artículo « Is capitalism making us fat?» fue publicado antes por el Acton Institute el 4 de enero 2019. La traducción es de ContraPeso.info: un proveedor de ideas que sostienen el valor de la libertad responsable y sus consecuencias lógicas, fundado en 1995.

El autor de la columna Rev. Ben Johnson es un editor senior en el Instituto Acton. Su trabajo se centra en los principios necesarios para crear una sociedad libre y virtuosa en la esfera transatlántica (EE. UU., Canadá y Europa). Obtuvo su Bachelor of Arts en Historia summa cum laude de la Universidad de Ohio y fue admitido en Phi Beta Kappa.

Renato Cristin y los señores del caos

Fuente: Dignidad Digital

Junio de 2019

“Entro en guarderías, mato a los bebés blancos/ Colgad a sus padres, atrapadlos rápido/ Desmembradlos por pasar el rato”. Es la letra de la canción “Colgad a los blancos” (“Pendez les blancs”), del rapero franco-camerunés Nick Conrad, que fue llevado a los tribunales y por el momento ha sido sancionado con multa de 5.000 euros. Decimos “de momento” porque los antecedentes no son alentadores: en 2010 el rapero Saïdou y el sociólogo Saïd Bouamama publicaron el libro “Nique la France” (“Fóllate a Francia”), acompañado de CD con rap homónimo, que incluía estrofas como “me limpio [el trasero] con su símbolo asqueroso [la bandera francesa]”. Condenados en primera instancia, los autores fueron finalmente absueltos por el Tribunal de Casación, que estimó que “no estando científicamente establecida la existencia de la raza blanca, los franceses blancos no representan una categoría que pueda ser protegida jurídicamente”. Los altos magistrados, además, afirmaron que Saïdou y Bouamama no pretendían otra cosa que “denunciar el racismo que ellos atribuyen a la sociedad francesa, que habría heredado de su pasado colonial”. Es decir, los racistas siguen siendo los franceses nativos, no quienes llaman a matar a sus bebés o usan su bandera como papel higiénico.

Durante varios años, la militante “afro-feminista” Fania Noël y la periodista Sihame Assbague han dirigido “campamentos de verano anticoloniales” en los que no se permitía la entrada a los blancos. La cuestión de si es posible un racismo anti-blanco ocupa desde hace años a la intelectualidad y los medios franceses. La posición mayoritaria sigue siendo negativa: el racismo es, por definición, de blancos contra otras razas (igual que la “violencia de género” solo pueden cometerla los varones). Por ejemplo, Eric Fassin, profesor de Sociología en la Universidad París VIII, sostiene que “la noción de racismo anti-blanco no tiene ningún sentido para las ciencias sociales”.

¿Y no equivale todo esto a un suicidio moral, a una incapacidad patológica para la autodefensa, a una denigración sistemática de lo propio (“oikofobia”), a una beatificación acrítica del Otro y lo ajeno (“xenofilia”)? A estos asuntos dedicó Renato Cristin el año pasado su libro I padroni del caos. Cristin es profesor de Hermenéutica Filosófica en la Universidad de Trieste, y ha dirigido el Instituto de Cultura Italiana en Berlín y la Fondazione Liberal.

“Europa morirá pronto a causa de su liberalismo pueril y suicida. Europa creó a Hitler, y después de Hitler se quedó sin argumentos”, afirma el Nobel húngaro Imre Kertész en una de las decenas de citas jugosas del libro. En efecto, la indefensión moral, el masoquismo penitencial (la “tiranía de la penitencia” a la que dedicó un libro Pascal Bruckner) de la Europa actual se entienden en parte a la larga sombra de 1945. Traumatizada, abochornada por los crímenes del nazismo “o, más ampliamente, por su autodestrucción en 1914-45- Europa renunció después a cualquier asertividad histórica. Una interpretación marxistoide y sesgada del pasado colonial “que encuentra su emblema en el prólogo al “Les damnés de la terre” de Fanon, 1961, donde Jean-Paul Sartre propugnó proféticamente una “colonización a la inversa”- la lleva a creerse en deuda con otros pueblos. Por eso el racismo, en opinión del europeo medio, es algo de lo que solo son capaces los blancos. Por eso cualquiera que advierta sobre el fracaso de la inmigración (como ya diagnosticara Giovanni Sartori, el multiculturalismo incipiente no consiste en una fusión de culturas, sino en el deslizamiento de la sociedad hacia una yuxtaposición de guetos étnicos homogéneos y encerrados en sí mismos) o el peligro que supone introducir en el continente a decenas de millones de fieles de una religión que sigue aspirando a la conquista mundial, se hará automáticamente sospechoso de xenofobia y neofascismo. “Fascista” es el conjuro mágico con el que el progre europeo pretende exorcizar a cualquiera que ponga pegas a su utopía lennoniana (“Imagine there?s no countries/ and no religion too”).

I padroni del caos rastrea las corrientes intelectuales que han convergido en esta ideología de la rendición oikófoba-xenófila: “Una coalición magmática de multiculturalismo y deconstruccionismo, antioccidentalismo y tercermundismo, socialismo y nihilismo, cristianismo [teología de la liberación, santificación bergogliana del inmigrante]  y comunismo, liberalismo leftist y laicismo anticlerical, antihumanismo, destrucción del yo y de la identidad…” (p. 50). Y hace inventario de las voces que llaman a la reacción (Cristin los llama “neo-reaccionarios”, con etiqueta quizás mejorable) y la regeneración, de Alain Finkielkraut a Roberto de Mattei, de Gilles-William Goldnadel a Marcello Pera, de Roger Scruton a Paul François Paoli. El campo neorreaccionario reserva sorpresas. ¿Es un obispo quien afirma que los europeos actuales “han rehusado colectivamente convertirse en padres”, y si lo hacen, es “solo en el sentido reproductivo, […] pero no en el filosófico, cultural y religioso”? No, es el activista homosexual y líder político Pim Fortuyn, asesinado por un ecologista en 2002 cuando estaba a punto de ganar las elecciones en Holanda. Sus declaraciones recuerdan a las de Benedicto XVI, quien sostuvo en diálogo con Marcello Pera: “Hay un odio de Occidente a sí mismo que es extraño y que solo se puede considerar patológico: Occidente se muestra lleno de comprensión hacia los valores de los de fuera, pero ya no se ama a sí mismo; de su historia ve solo lo condenable y destructivo, no lo grande y puro. […] La multiculturalidad, que es constante y apasionadamente favorecida e incentivada, es sobre todo abandono y negación de lo propio”. Desgraciadamente, su sucesor ha alineado a la Iglesia en el bando de los entusiastas de la apertura de fronteras. El bando de los “señores del caos”, al que también pertenecen las instancias de la ONU o la Unión Europea que favorecen la “migración de sustitución” (replacement migration) en documentos que Cristin cita meticulosamente.

¿Cuál es la alternativa regeneradora? No lo es el neofascismo, absolutamente marginal en la Europa actual, aunque el frente progre insista en agitar su espantajo. El “neorreaccionarismo” a lo Cristin sería un liberal-conservadurismo adaptado a circunstancias históricas inéditas. Cuando Locke, Smith, Bastiat o Hayek teorizaron el liberalismo, las migraciones eran pequeñas y “lo más importante- intraoccidentales (polacos en Chicago, italianos en Francia); ahora la inmigración es extraoccidental y masiva, y amenaza introducir en Europa a millones de personas que proceden de culturas anti-liberales. El liberalismo buenista-xenofílico de fronteras abiertas representa, pues, “una traición al verdadero liberalismo”, como afirma Bruce Bawer.

Cedo la palabra a Cristin para atisbar dónde puede estar la esperanza: “¿Cómo salvar al liberalismo de su propia debilidad, salvando así también a Europa, su identidad, su libertad? Ciertamente no con una teoría anti-liberal” (De la misma forma que, en 1930, añade Cristin evocando a Ortega, la buena respuesta a la crisis del liberalismo no era el totalitarismo fascista o comunista). “Los nuevos reaccionarios no son neofascistas, menos aún neonazis; no son antisemitas: al contrario, están atentos a denunciar los avances del nuevo antisemitismo [islámico e izquierdista] que con creciente frecuencia se producen en una Europa desorientada y caotizada. […] [De hecho] son filo-israelíes, ya que confían en la única democracia de Oriente Medio. […] No son anti-americanos, al contrario, creen en el papel positivo de la alianza entre Europa y Norteamérica. […] No son contrarios a la idea de una Europa unida, pero sí se oponen a su deformación actual, al fanatismo europeísta, al método burocrático-centralizador, y a las políticas anti-nacionales, anti-tradicionales y filo-islámicas. […] No son racistas, pues el rechazo de la sustitución étnica actualmente en curso en suelo europeo por medio de la inmigración incontrolada se corresponde con la voluntad de defender [no la pureza racial, sino] las tradiciones espirituales, culturales y sociales que se han formado a lo largo de los siglos en los diversos pueblos europeos. […] No son dogmáticos, ya que se apoyan en el pensamiento crítico que ha constituido la osamenta filosófica occidental, pero sí rechazan el relativismo sin rumbo que, en un paroxismo deconstructivista y anti-identitario, está declarando equivalentes a todas las culturas y todas las formas sociales”.

Cardenal Porras: el régimen bolivariano «ha ido destrozando el tejido social» a lo largo de 20 años

10 de abril de 2019

Fuente: Religión en libertad

 

“Nos encontramos ante un régimen que no se puede encasillar en que es un problema de derechas o de izquierdas, de nacionalismo versus globalización, sino que estamos ante un régimen que, a lo largo de todos estos veinte años, ha ido destrozando el tejido social”: es del diagnóstico del cardenal Baltazar Porras al enjuiciar el régimen instalado por Hugo Chávez en 1999 y continuado a su muerte en 2013 por el actual dictador de facto del país, Nicolás Maduro.

El administrador apostólico de la archidiócesis de Caracas hizo estas declaraciones a Vatican News en Lima, donde asiste a un seminario sobre búsqueda de alternativas a la crisis venezolana organizado por la Universidad Antonio Ruiz de Montoya y por la Conferencia de Provinciales Jesuitas de América Latina y El Caribe. Porras calificó el régimen vigente en el país como “antihumano“, porque “los derechos humanos y todo el respeto a las libertades fundamentales no están presentes”, y hay quien lo define -recuerda el prelado- como un régimen “delincuencial”.

En su opinión, hay un “cambio cualitativo” en la situación a raíz del 10 de enero, cuando juró su cargo como presidente Juan Guaidó, siendo reconocido por la mayor parte de las instituciones y gobiernos internacionales como “único poder constituido que responde a la legitimidad de origen”, lo cual implica “una dinámica que no tiene marcha atrás”.

Porras destacó que se calcula entre 4 y 5 millones el número de venezolanos que han tenido que huir de su país en un plazo “muy corto” ante el colapso político, social y económico de Venezuela y el incremento de la represión política: “Estamos ante un proceso que Dios quiera que no se alargue demasiado en el tiempo porque lo que trae es mayor sufrimiento y mayor muertes”, dijo el cardenal, quien destacó que es necesaria “una acción pacífica” al mismo tiempo que “un reforzamiento espiritual” y una aportación “intelectual y racional para entender esta situación compleja y novedosa”, que es lo que pretende el seminario.

 

Laclau y Mouffe, profetas de la nueva izquierda – Francisco J. Contreras

Laclau y Mouffe, profetas de la nueva izquierda

Laclau y Mouffe dicen que la izquierda debe dejar de apostar por los obreros y hacerlo por los “nuevos movimientos sociales”. Para Laclau y Mouffe, la esencia de la izquierda es el antagonismo, el conflicto, “que divide el espacio social en dos campos”.

 

3 de marzo de 2019

Por Francisco José Contreras

Fuente: Actuall

Si hay una obra clave para entender a la izquierda del siglo XXI, se trata probablemente de Hegemonía y estrategia socialista, de Ernesto Laclau y Chantal Mouffe. Se dice que es el libro de cabecera de Pablo Iglesias y demás catedrocracia podemita. Fue publicada en 1985, el año en que Gorbachov ascendió al poder y embarcó a la URSS en un proceso de reformas que, al fracasar, demostraron una vez más la inviabilidad de cualquier “socialismo con rostro humano” y precipitaron el colapso del bloque comunista (1989-91).

En realidad, Laclau y Mouffe dan ya en 1985 por fallido al socialismo clásico y proponen su sustitución por otra cosa. Muy versados en historia de la izquierda, dan a entender que el marxismo clásico entró en crisis ya a finales del siglo XIX (en 1899 Eduard Bernstein inaugura el “revisionismo” con su obra Los presupuestos del socialismo y la tarea de la socialdemocracia), cuando, medio siglo después del Manifiesto comunista, no se había materializado en ningún lugar la revolución social que Marx y Engels habían considerado inminente: al contrario, superada la Gran Recesión de 1873-1896, el capitalismo marchaba viento en popa, los salarios subían, y los obreros habían encontrado una vía legal de presión y negociación a través de los sindicatos. A diferencia del comunismo de 1985-89, el capitalismo de 1900 sí había demostrado elasticidad y capacidad de reforma.

Laclau y Mouffe se estiman continuadores del marxismo heterodoxo de principios del siglo XX, que asumía el fracaso de la línea socialista clásica y buscaba alternativas. Por ejemplo, los austromarxistas de la belle époque (Adler, Bauer, Renner), capaces de revisar los dogmas marxistas de la necesidad histórica (indefectibilidad de la revolución socialista) y la centralidad de las relaciones de producción, sustituyéndolos por una búsqueda contingente de nuevos sujetos revolucionarios y nuevos conflictos instrumentalizables por la izquierda: por ejemplo, los relacionados con la cuestión nacional, especialmente relevantes en la monarquía austro-húngara (Otto Bauer, El socialismo y la cuestión de las nacionalidades, 1907). El propio Lenin tendrá que desviarse del guión marxista ortodoxo, que consideraba imposible la revolución socialista en un país como Rusia, con un proletariado industrial poco desarrollado: Lenin sostendrá que la pequeña clase obrera rusa puede ejercer la hegemonía dentro de una alianza de clases oprimidas que incluiría también a los campesinos pobres, mucho más numerosos. También el Gramsci de Notas sobre la cuestión meridional (1926) tendrá que enfrentarse al problema de la cuasi-inexistencia de proletariado industrial en el Mezzogiorno, y postular una alianza de clases o “bloque histórico”. Ahora bien, el concepto gramsciano de “hegemonía” no se refiere (sólo), como el leninista, al papel del proletariado dentro de la alianza de clases, sino también a la colonización del imaginario (hegemonía cultural) que los intelectuales marxistas deben emprender para preparar el camino a la revolución social: antes de revolucionar la estructura (el modo de producción), los socialistas deben dominar la superestructura (la ideología y valores ambientales) a través de una “larga marcha por las instituciones” que les permita infiltrar la escuela, la Universidad, el cine, la literatura…

Laclau y Mouffe completan la revisión del marxismo que Gramsci sólo había esbozado: lo que dicen de hecho es que la izquierda debe dejar de apostar por los obreros –ya Marcuse había dicho de ellos en 1964 que estaban alienados por el (falso) bienestar y que eran incapaces del “Gran Rechazo” al sistema- y hacerlo por los “nuevos movimientos sociales”: feminismo, homosexualismo, antirracismo, ecologismo, pacifismo, indigenismo…: “El obstáculo básico [para la izquierda] ha sido el clasismo, es decir, la idea de que la clase obrera es el agente privilegiado en el que reside el impulso fundamental del cambio social” (p. 223).

Para Laclau y Mouffe, la esencia de la izquierda es el antagonismo, el conflicto, “que divide el espacio social en dos campos” (p. 199). Pero el conflicto que servirá de motor a la nueva izquierda ya no es el de la burguesía contra el proletariado, sino el del varón blanco heterosexual contra las mujeres, los homosexuales, los indígenas (el vector indigenista es importante en Hispanoamérica), las gentes de color (el conflicto racial es relevante en EE.UU.) y los inmigrantes (importante en Europa).

Se trata, por supuesto, de conflictos imaginarios, al menos en el Occidente desarrollado, donde hombres y mujeres son iguales ante la ley desde hace generaciones, la homosexualidad está plenamente aceptada, la discriminación racial no existe y los inmigrantes son favorecidos con una generosa gama de derechos y prestaciones que no tenían en sus países de origen (por eso emigran). Y esto es lo que convierte a la nueva izquierda en una ideología destructiva: necesita dividir a la sociedad en tribus, en rebaños moralmente homogeneizados: los varones serían culpables en bloque de “masculinidad tóxica”, los blancos serían homogéneamente culpables de “racismo”…: la responsabilidad individual es sustituida por la colectiva, el individuo es disuelto en el grupo. Y necesita, además, enfrentar a esas tribus entre sí. Necesita alentar conflictos donde no los había. Es especialmente nefasto que uno de esos conflictos oponga nada menos que a los hombres y las mujeres, reinterpretando la relación entre los sexos como “una relación de poder” (Kate Millet). Sin cooperación amorosa entre los sexos no es posible la perpetuación de la especie. En ello estamos, con tasas de natalidad muy por debajo del índice de reemplazo en la mayor parte del mundo desarrollado.

Una última enseñanza a inferir de la obra de Laclau y Mouffe: los neoizquierdistas no hablarán de socialismo y nacionalizaciones, sino de “profundización en la democracia”: “La tarea de la izquierda no puede consistir en renegar de la ideología liberal y democrática sino, al contrario, consiste en profundizar en ella y expandirla en la dirección de una democracia radicalizada y plural” (p. 222). En la línea de precursores como Hermann Cohen o Ernst Bloch (y también, en cierto modo, el Marx de La cuestión judía), los “socialistas del siglo XXI” dicen que ellos sólo intentan llevar a su pleno cumplimiento los ideales de 1789, que los liberales habrían traicionado: quieren traer la “verdadera libertad”, la “verdadera democracia” y la “verdadera igualdad”.

Como la “verdadera libertad” incluye el bienestar económico y la garantía de las necesidades básicas, la nueva izquierda desarrollará los “derechos sociales”, es decir, subirá impuestos y nacionalizará servicios para “garantizar a todos un nivel de vida digno”. El resultado, ya lo sabemos, es Venezuela. Como la “verdadera igualdad” no es la igualdad ante la ley (formal y engañosa, dice la izquierda desde hace siglo y medio) sino la igualdad de resultados, ellos instituirán una maquinaria totalitaria de “leyes de igualdad”, “medidas de discriminación positiva” (que lo es siempre negativa para otros), cuotas raciales y de género… Presupondrán que, mientras no se alcance una ratio 50/50 de hombres y mujeres en el último consejo de administración, el último claustro universitario, la última brigada de bomberos o pelotón de infantería, será porque aún vivimos en una sociedad presa de estereotipos machistas, que necesita ser reeducada por ingenieros sociales y políticos ilustrados que nos conducirán a la “verdadera igualdad”.

Quien lea las exposiciones de motivos de nuestras leyes –nacionales y autonómicas- de Igualdad, de Violencia de Género o de “derechos LGTB”, entenderá que Laclau y Mouffe han ganado. O que van ganando. Porque aquí no se ha dicho todavía la última palabra, y mucha gente está empezando a despertar.

Discurso del Santo Padre Francisco a los miembros del consejo directivo del movimiento por la vida italiano

Fuente: Vativan.va

2 de febrero de 2019

Queridos hermanos y hermanas:

Me siento grato de encontraros hoy y os agradezco vuestra alegre bienvenida. Doy las gracias en particular a la Señora Presidenta por las palabras fuertes que me ha dirigido –¡fuertes de tono!– en nombre de todo el Movimiento y por los contenidos que ha expresado, recordando vuestra misión al servicio de la vida y la importancia de la Jornada que se celebrará mañana en toda Italia.

La Jornada por la Vida, instituida hace 41 años por iniciativa de los obispos italianos, destaca cada año el valor primario de la vida humana y el deber absoluto de defenderla, desde su concepción hasta su extinción natural. Y me gustaría subrayar algo, como premisa general. Cuidar de la vida requiere que se haga durante toda la vida y hasta el final. Y también requiere que se preste atención a las condiciones de vida: salud, educación, oportunidades de trabajo, etc. En resumen, todo lo que permite a una persona vivir de manera digna.

Por lo tanto, la defensa de la vida no se lleva a cabo solamente de una manera o con un solo gesto, sino que se realiza en una multiplicidad de acciones, atenciones e iniciativas; ni tampoco concierne solamente a algunas personas o a determinados campos profesionales, sino que involucra a cada ciudadano y al complejo entretejido de las relaciones sociales. Consciente de esto, el Movimiento por la Vida, presente en todo el territorio italiano a través de los Centros y Servicios de ayuda a la vida y las Casas de acogida, y a través de sus numerosas iniciativas, desde hace 43 años se esfuerza por ser levadura para difundir un estilo y prácticas de acogida y respeto de la vida en toda “la masa” de la sociedad.

Esta debería ser siempre una celosa y firme custodia de la vida, porque “la vida es futuro”, como recuerda el mensaje de los obispos. Solo si le dejas espacio se puede mirar hacia adelante y hacerlo con confianza. Por eso la defensa de la vida tiene su fulcro en la acogida de los que han sido generados y está todavía custodiado en el seno materno, envuelto en el seno de la madre como en un abrazo amoroso que los une. He apreciado el tema elegido este año para el concurso europeo propuesto a las escuelas: «Cuido de ti. El modelo de la maternidad». Nos invita a ver la concepción y el nacimiento no como un hecho mecánico o solo físico, sino en la perspectiva de la relación y de la comunión que une a la mujer y a su hijo.

La Jornada por la Vida de este año recuerda un pasaje del profeta Isaías que nos conmueve cada vez, recordándonos la maravillosa obra de Dios: «He aquí que yo hago cosa nueva» (Is 43,19), dice el Señor, dejando entrever su corazón siempre joven y su entusiasmo en generar, cada vez como al principio, algo que no estaba allí antes y trae una belleza inesperada. «¿No lo reconocéis?» Agrega Dios por boca del profeta, para sacudirnos de nuestro sopor. «¿Cómo es posible que no os deis cuenta del milagro que se cumple ante vuestros ojos?». Y nosotros, ¿cómo podemos considerarlo solamente una obra nuestra hasta sentirnos con derecho a disponer de ello cómo queramos?

Extinguir la vida voluntariamente mientras está floreciendo es, en cualquier caso, una traición a nuestra vocación, así como al pacto que une a las generaciones, pacto que nos permite mirar hacia adelante con esperanza. ¡Donde hay vida, hay esperanza! Pero si la vida misma es violada cuando surge, lo que queda ya no es el recibimiento agradecido y asombrado del regalo, sino un cálculo frío de lo que tenemos y de lo que podemos disponer. Entonces, también la vida se reduce a un bien de consumo, de usar y tirar, para nosotros y para los demás. ¡Qué dramática es esta visión, desafortunadamente difundida y arraigada, presentada también como un derecho humano, y cuánto sufrimiento causa a los más débiles de nuestros hermanos!

Nosotros, sin embargo, nunca nos resignamos, sino que seguimos trabajando, conociendo nuestros límites, pero también la potencia de Dios, que mira cada día con renovado asombro a nosotros, sus hijos, y a los esfuerzos que hacemos para que germine el bien. Un signo particular de consuelo viene de la presencia entre vosotros de muchos jóvenes. Gracias. Queridos chicos y chicas, vosotros sois un recurso para el Movimiento por la Vida, para la Iglesia y para la sociedad, y es hermoso que dediquéis tiempo y energía a la protección de la vida y al apoyo de los más indefensos. Esto os hace más fuertes y es como un motor de renovación también para los que tienen más años que vosotros.

Quiero dar las gracias a vuestro Movimiento por su apego, siempre declarado y actuado a la fe católica y a la Iglesia, que os hace testigos explícitos y valientes del Señor Jesús. Y al mismo tiempo, aprecio la laicidad con la que os presentáis y trabajáis, laicidad fundada en la verdad del bien de la vida, que es un valor humano y civil y, como tal, pide ser reconocido por todas las personas de buena voluntad, a cualquier religión o credo pertenezcan. En vuestra acción cultural, habéis testimoniado con franqueza que los concebidos son hijos de toda la sociedad, y su asesinato en un número enorme, con la aprobación de los Estados, constituye un grave problema que socava en su base la construcción de la justicia, comprometiendo la solución adecuada de cualquier otra cuestión humana y social. Gracias.

En vista de la Jornada por la Vida de mañana, aprovecho esta oportunidad para dirigir un llamado a todos los políticos, para que, independientemente de las convicciones de fe de cada uno, pongan como primera piedra del bien común la defensa de la vida de quienes están por nacer y entrar en la sociedad, a la que llegan para traer novedad, futuro y esperanza. No os dejéis condicionar por lógicas que apuntan al éxito personal o a intereses solamente inmediatos o partidistas, mirad, en cambio, siempre a lo lejos, y mirad a todos con el corazón.

Pidamos con confianza a Dios que la Jornada por la Vida que estamos a punto de celebrar traiga un respiro de aire fresco, permita a todos reflexionar y comprometerse con generosidad, comenzando con las familias y las personas que tienen roles de responsabilidad al servicio de la vida. A cada uno de nosotros sea dado el gozo del testimonio, en la comunión fraterna. Os bendigo con afecto y os pido, por favor, que no os olvidéis de rezar por mí. Gracias.

La confusión liberal – Armando Ribas

Por Armando Ribas

Para Instituto Acton

10 de febrero de 2019

Cada día me convenzo más de la confusión prevaleciente respecto al liberalismo y su consecuencia que es la falacia de la igualdad. De ella surge la democracia determinante del éxito político del socialismo y su evidente fracaso económico. Hablar de Democracia Liberal constituye la primera confusión al respecto. La democracia tal como lo describió Aristóteles hace 2500 años constituye la destrucción de la república. O sea implica la violación de los derechos individuales.

Las ideas que cambiaron al mundo no son de ayer y como dice Richard Epstein, “Los principios incorporados en la Constitución Liberal clásica no son aquellos que operan solo en esta o aquella era. Son principios para todas las eras”. Ese principio me parece fundamental y su ignorancia determina la crisis que vive hoy el a mi juicio mal llamado mundo occidental.

Esos principios se impusieron por primera vez en la historia en la Glorious Revolution de 1688 basada en las ideas de John Locke: 1) la limitación de las prerrogativas del rey: los monarcas también son hombres. 2) El respeto por la propiedad privada. Y 3) El derecho a la búsqueda de la propia felicidad. Y éste lo consideraba el principio fundamental de la libertad. En función de ellos se alcanzó la llamada Revolución Industrial.

Esa evolución llegó a Inglaterra no en virtud ni de la cultura ni de la naturaleza anglosajona. Al respecto David Hume escribió: “Los ingleses en aquella era estaban tan sometidos que como los esclavos del Este estaban inclinados a admirar aquellos actos de violencia y tiranía que eran ejercidos sobre sí mismos y a sus propias expensas”.

Aquellos principios fueron llevados a sus últimas consecuencias por los Founding Fathers en Estados Unidos a partir de la Constitución de 1787. Lamentablemente estos principios liberales han sido denominados en Estados Unidos como conservadorismo.  Denominación que le ha dado una ventaja política a la izquierda en nombre de la falacia de igualdad, pues como también advirtiera Aristóteles: “Tengan cuidado que los pobres siempre van a ser más que los ricos”. Y como bien reconociera William Bernstein en su “The Birth of Plenty” el mundo hasta hace unos doscientos años vivía como vivía Jesucristo.

Al respecto de esta confusión pendiente podemos ver artículos recientes de Foreign Affairs. En el primero Gideon Rose escribió “Los Estados Unidos y el Orden Liberal”. En el mismo se refiere a la función de Estados Unidos en el orden liberal del mundo, cuando la realidad es que no ha existido un orden liberal en el mundo, pues Europa lo ha ignorado por siglos y hasta la fecha. Como bien reconoce Ayn Rand: “La filosofía americana de los derechos del hombre nunca fue reconocida completamente por los intelectuales europeos”. Y la prueba de la inexistencia del orden liberal en el mundo es la crisis europea, que se debe a la inclusión de la demagogia a través del socialismo, y su consecuencia el aumento del gasto público. Ver cuadro

Otro aspecto ignorado por Rose es el que se refiere a lo que considera la crisis de lo que llama el orden liberal. Al respecto considera que la causa es el déficit fiscal e ignora que como bien reconociera Milton Friedman: “Lo que importa no es el déficit sino el nivel del gasto, que es el costo que paga la sociedad con impuestos, con inflación y con deuda”.

En otro artículo de Foreign Affairs “Cómo Termina el Orden en el Mundo”, Richard Haass nuevamente insiste en el enfrentamiento entre China y Estados Unidos. En el mismo se refiere a la Guerra del Peloponeso -Grecia y Esparta- como la consecuencia de la aparición de otro  gran país. Es decir que en su análisis está tomando en cuenta el pensamiento al respecto de Thusídides respecto a la Guerra del Peloponeso. En ese análisis ignora que en la actualidad el mundo enfrenta la situación prevista por Alberdi: “Las guerras serán más raras cuando la responsabilidad por su efectos se hagan sentir entre los que las incitan y provocan”. La realidad de esa observación se produjo con la aparición de las armas nucleares, que como bien dijera el Papa Juan Pablo II: “Las armas nucleares no son bélicas, son disuasorias”. Y a esa realidad debemos que la guerra fría quedara fría.

Siguiendo con esa línea de pensamiento respecto a la relación entre China y Estados Unidos Oriana Skyler Mastro descree de la declaración de Wang Yi: “China no repetirá, no repetirá la vieja práctica de un país fuerte buscando la hegemonía”. Y al respecto Oriana insiste en que no obstante esa declaración la China en la región Indo-Pacífico quiere el dominio completo. O sea que no cree en la declaración de Trump en su reciente discurso respecto a su acuerdo comercial con Hi Chimin.

Y por último Elizabeth Warren escribió: “Strengthening Democracy at Home and Abroad”. Allí dijo: “en el mundo la democracia está bajo asalto”. En ese juicio ignora que quien creó la libertad y la creación de riqueza por primera vez en la historia, los Estados Unidos, los Founding Fathers aborrecían la democracia y al respecto Thomas Jefferson escribió: “Un despotismo electivo no es el gobierno por el que luchamos”. En virtud de ese criterio se creó la llamada Justice Review, mediante la cual el poder Judicial determinaba qué es la ley.

El verdadero problema que enfrenta el mundo occidental es fundamentalmente interno y se debe a la democracia.  El populismo llamado de izquierda y de derecha – socialismo y nacionalismo- se alcanza democráticamente y a ello se debe la crisis europea a la que me he referido. Y respecto a la China el supuesto gobierno comunista no es comunista, si así fuera no estaría creciendo a las tasas que lo ha hecho y continúa haciendo. A mi juicio en China ha desaparecido Marx y retornado Confucio.

Obispos venezolanos, marchan después de llamar a Maduro «ilegítimo»

EN LAS MARCHAS DE LA OPOSICIÓN VENEZOLANA

Obispos venezolanos, marchan después de llamar a Maduro «ilegítimo»

27 de enero de 2019

Fuente: Cacholic News Agency

 

La Iglesia en Venezuela ha participado en las marchas de oposición, pidiendo la destitución del Presidente Maduro, en apoyo el líder opositor Juan Guaido quien se auto declaró presidente interino, prometiendo un gobierno de transición y elecciones libres.

Los obispos de Venezuela han expresado su apoyo a las manifestaciones pacíficas de la oposición en todo el país el miércoles 23 de enero. En una de estas marchas en Caracas, el líder opositor Juan Guaido se declaró presidente interino.

Guaido es el jefe de la Asamblea Nacional, cuya legislatura es controlada por la oposición. Prometió un gobierno de transición y elecciones libres.

Poco después, el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, dijo que reconocía a Guaido como presidente, y dijo que la Asamblea Nacional es la única «rama legítima del gobierno» en Venezuela y que la presidencia de Nicolás Maduro es «ilegítima». Colombia, Brasil, Perú, Ecuador y Costa Rica también han reconocido a Guaido.

Desde que Maduro sucedió a Hugo Chávez como presidente de Venezuela en 2013, el país se ha visto afectado por la violencia y la agitación social. Bajo el gobierno socialista, el país ha experimentado una grave escasez e hiperinflación, y millones han emigrado.

A principios de este mes, los obispos declararon que Maduro juraba por un segundo mandato como presidente ilegítimo. Maduro ganó una elección presidencial de mayo de 2018 que fue boicoteada por la oposición y ha sido rechazada por gran parte de la comunidad internacional.

Las marchas del 23 de enero fueron convocadas por la Asamblea Nacional, que según la Comisión de Justicia y Paz de la Conferencia de Obispos de Venezuela fue «elegida por el voto libre y democrático del pueblo venezolano» y «es actualmente el único órgano de autoridad pública con la legitimidad de Ejercer sus poderes con soberanía».

La comisión también exigió que «los diversos cuerpos de seguridad del estado respeten a los ciudadanos que se manifiestan hoy», citando su derecho a estar libres de «represión violenta, detenciones arbitrarias, trato cruel y el uso de armas de fuego y sustancias tóxicas para controlar manifestaciones pacíficas».

Además, la Comisión de Justicia y Paz de los obispos instó a «los católicos, hombres y mujeres de buena voluntad a orar por Venezuela en este momento, para que se restaure el orden constitucional y logremos una nación próspera y materialmente espiritual».

Decenas de miles de venezolanos marcharon en apoyo de la oposición el miércoles. Las fuerzas de seguridad han reprimido a algunos de los manifestantes con gas lacrimógeno.

En Maturín, al menos 700 simpatizantes de la oposición que marcharon quedaron atrapados en la catedral durante varias horas, sitiados por el ejército venezolano.

Numerosos obispos participan en las marchas de la oposición, entre ellos Luis Enrique Rojas Ruiz, obispo auxiliar de Mérida; Mario del Valle Moronta Rodríguezde San Cristóbal; Víctor Hugo Basabe de San Felipe; y Ulises Antonio Gutiérrez Reyes de Ciudad Bolívar.

 

Los partidarios del gobierno de Maduro están realizando marchas contra la oposición

Las marchas de oposición fueron convocadas por la Asamblea Nacional para conmemorar el aniversario del golpe de 1958 que derrocó al dictador Marcos Pérez Jiménez.

Antes de las marchas de oposición, la conferencia de obispos venezolanos los llamó «un signo de esperanza, algo nuevo que comienza a generarse en nuestro país: cambios necesarios para el desarrollo humano integral de cada persona y de todas las personas, pero siempre en democracia y de acuerdo con la Constitución Nacional ».

«Estas marchas no son el final del camino, sino una señal del futuro en proceso que debemos construir entre todos nosotros, sin excepción», dijeron los obispos en un título declarado «23 de enero de 1958: Un hito histórico para la democracia venezolana».

Los obispos llamaron al golpe de 1958 «una señal inspiradora del triunfo de la racionalidad social antes del abuso de poder; de la unidad de las personas que eran débiles antes del desmantelamiento de un régimen de abusos, de corrupción y de represión, que ocultaba dentro de sí todos los males que puede tener un gobierno autoritario».

Desde entonces, en la República Bolivariana de Venezuela se desarrolló una «conciencia democrática», que valoraba la separación de poderes, las transiciones pacíficas de gobierno y la descentralización, dijeron los obispos.

«Lamentablemente, el deterioro de la vida democrática por factores conocidos por todos abrió las puertas a la introducción de un régimen de gobierno en el que muchos depositaron sus esperanzas, pero que, al final, ha sido contrario a los principios de la ética social y al respeto por la dignidad humana».

Dijeron que las marchas del 23 de enero recuerdan «ese evento que fue significativo en la lucha de la civilización antes de la barbarie. Hacemos esto permaneciendo conscientes del sufrimiento al que el pueblo venezolano ha sido sometido por la acción del gobierno».

Los obispos también dijeron que «la mayoría de la gente pide un cambio de dirección que pase por un período de transición hasta que se elijan nuevas autoridades nacionales».

El 9 de enero, los obispos habían dicho que la afirmación de Maduro de que estaba iniciando un nuevo término «abre la puerta al no reconocimiento del gobierno, ya que carece de apoyo democrático en la justicia y la ley».

Una rebelión del 21 de enero, efectuada por 27 miembros de la Guardia Nacional en Caracas fue rápidamente reprimida.

El gobierno socialista de Venezuela es ampliamente culpado por la crisis del país. Desde el 2003, los controles de precios de unos 160 productos, incluido el aceite de cocina, el jabón y la harina, han significado que, si bien son asequibles, salen de los estantes de las tiendas y se revenden en el mercado negro a tasas mucho más altas.

Las políticas económicas deficientes, incluidos los estrictos controles de precios, junto con las altas tasas de inflación, han resultado en una grave falta de necesidades básicas como papel higiénico, leche, harina, pañales y medicamentos.

Se estima que 3 millones de personas han huido del país desde 2014.

La inflación en Venezuela en 2018 fue estimada por la Asamblea Nacional en 1.3 millones %.

Los cardenales venezolanos insisten en que su país está sometido a una dictadura

Los obispos venezolanos piden el fin de la represión tras el «presunto atentado» contra Maduro

 

Cuba: incremento e intensificación de la represión contra los creyentes – José María Ballester

28 de enero de 2019

Por José María Ballester

Fuente: Infocatólica  / ABC

 

INFORME PARTMOS 2018 SOBRE LAS LIBERTADES RELIGIOSAS EN CUBA

 

Casos concretos y violación sistemática de libertad, acoso cibernético a clérigos y activistas de distintas confesiones o la manipulación de iglesias afines en relación con el fallido proyecto de legalización

«El año 2018, más que una continuación, significó un incremento en las tendencias e intensidad de las violaciones a la libertad religiosa en Cuba». Así empieza el «Informe 2018 sobre las libertades religiosas en Cuba», al que ha tenido acceso el periodista José María Ballester para el diario ABC

El informe ha sido coordinado por el Instituto Patmos -interlocutor directo de entidades como «The European Center for Law and Justice» y también de Sam Brownback, embajador estadounidense para Libertad Religiosa. Ante la imposibilidad de realizar un trabajo estadístico clásico, los promotores del informe han optado por recabar, con rigor, el mayor número posible de violaciones de una libertad religiosa que, en principio, está permitida en Cuba. Sin embargo, en ausencia de una ley que la regule, su ejercicio real está supeditado al férreo control de la Oficina de Asuntos Religiosos del Partido Comunista, cuya supresión Patmos pide abiertamente.

Motivos no le faltan: sin ir más lejos, el pasado 7 de septiembre, víspera de lafestividad de Nuestra Señora del Cobre, Patrona de Cuba, tres habitantes de Cienfuegos que se disponían a participar en las celebraciones fueron detenidos en plena calle por un teniente coronel que respondía al nombre de Pablo, y posteriormente trasladados a sus domicilios, donde se les colocó vigilancia para impedir que salieran de nuevo. Otros dos fueron detenidos mientras abandonaban sus respectivas viviendas y conducidos a una comisaría de la Policía Nacional Revolucionaria, en cuyas dependencias permanecieron hasta bien entrado el día siguiente. Este es un ejemplo de cómo se viola a diario la libertad religiosa en Cuba.

Más flagrante aún, si cabe, es el calvario -con vertientes múltiples- por el que atraviesan los miembros de la comunidad judía «Bnei Anusim» de Camagüey. De entrada, las autoridades les han negado, hasta la fecha, el derecho a registrarse legalmente. Por lo que respecta a las burlas antisemitas que padecen, la explicación que recibieron por parte de esas mismas autoridades era que «provenían seguramente» de otras confesiones cristianas. Este intento del régimen de provocar enfrentamientos entre comunidades religiosas fue desbaratado por el encuentro que mantuvieron monseñor Wilfredo Pino, obispo de Camagüey, y Reinaldo Basulto, fundador de la comunidad «Bei Anusim» en dicho municipio. La vertiente más cruel del calvario de este grupo israelita se produjo el 7 de diciembre de 2018, con motivo de unas circuncisiones en el Hospital Pediátrico de Camagüey: según el informe, «fueron irrespetados en el momento de realizar sus rezos y se les amenazó con la expulsión del hospital, niños incluidos, sin tener en cuenta que se encontraban recién intervenidos».

Más allá de estos casos, el informe destaca otros supuestos de violación sistemática de libertad religiosa como la represión de los abogados que asesoran a comunidades -el histórico opositor René Gómez Manzano es uno de ellos-, el acoso cibernético constantes a clérigos y activistas de distintas confesiones o la manipulación de iglesias afines en relación con el fallido proyecto de legalización -por el momento- del matrimonio homosexual. De ahí que el Instituto Patmos recomiende a los cubanos asumir que el silencio «no puede ser una opción válida». Del régimen, ya no espera nada.

 

Clericalismo, la enfermedad infantil del peronismo – Roberto Bosca

29 de noviembre de 2018

Por Roberto Bosca

Fuente: Infobae

En el anchuroso marco del rico panorama de las relaciones entre la religión y la política, el peronismo y una generosa porción de la Iglesia Católica en la Argentina han adquirido un lugar de privilegio como el paradigma de un matrimonio donde se conjugan el amor y el odio, pero donde persevera un vínculo que, proyectado en el tiempo, parece ser indisoluble.

Los elementos religiosos están inscritos en el mapa genético del peronismo, en tanto representativo de una religión política. La reciente misa sindicalista-peronista que ha removido nuevamente el avispero ilumina un escenario de alianzas mutuas que exhibe un largo historial, pero que también refleja una manera muy peculiar de entender esas relaciones como un intercambio de favores recíprocos. El eje común es el clericalismo.

Por una parte, el hecho muestra en el mejor de los casos el deseo de llegar con el mensaje cristiano a segmentos populares, y en el peor permite sospechar una búsqueda inconfesable de poder. Por la otra, revela impúdicamente la instrumentación de lo religioso con un fin político e incluso el interés mezquino de salvar el propio pellejo ante una amenaza judicial inminente.

Fue así desde el primer momento, cuando Perón cautivó a los católicos ratificando la enseñanza religiosa sancionada por la revolución del 43 y proclamó que su política se inspiraba en las encíclicas sociales. Pero fue también en ese mismo instante cuando comenzaron las tensiones que terminarían en la consigna “Cristo Vence” como santo y seña de la Revolución Libertadora.

Laicos, curas y obispos creyeron ungir, por fin, y después de luengos años de áspero laicismo, a un príncipe cristiano. La consigna fue lanzada por el cardenal Caggiano: “Subid audazmente sobre el tren y tratad de dirigir la máquina”. De este modo, el primer gobierno peronista estuvo constituido y contó con el apoyo mayoritario de los católicos. Pero Perón, antes que católico, era peronista.

Pronto se evidenció, aunque de una manera gradual de sentido creciente, la pretensión de imponer una hegemonía desde el poder político, no solo en todos los escenarios de la sociedad civil, sino aun en la misma Iglesia. Pasó lo que tenía que pasar, que increíblemente el genio político del jefe del justicialismo no supo prever. Los católicos notificaron al Presidente: hasta aquí llegó mi amor.

El nuevo régimen, en efecto, comenzó a presentar no solo rasgos cesaristas, sino que fue adquiriendo el perfil de una religión política, patrocinada por un mesías redentor que predicaba unas verdades de fe y hasta celebraba una liturgia propia, situándose en lo más alto de la jerarquía de valores, incluso los religiosos, de los cuales se consideraba intérprete. Sabiéndose poseedor de un extraordinario carisma, Perón comenzó a caracterizarse a sí mismo como una suerte de divinidad política y hasta alguno de sus prosélitos lo categorizó como superior a Jesucristo. Este síndrome ha sido muy frecuente en la historia cuando el príncipe invoca una elección divina.

Cuando comenzó a predicarse en los púlpitos oficiales que “el justicialismo es el verdadero cristianismo”, los obispos fruncieron el ceño, al tiempo que Evita, sin haber leído ningún tratado y poseedora de una formación cristiana apenas elemental, los acusaba impíamente de haber traicionado la pureza original del Evangelio. La así llamada mística revolucionaria del justicialismo declamaba una opción por los pobres que anticipó en un par de décadas a las teologías de la liberación. A muchos años de su muerte, la imagen de Evita sigue representando en altares caseros el paradigma de la santidad peronista.

Uno de los males más antiguos que arrastra la Iglesia, ciertamente poco advertido y escasamente combatido, es el clericalismo, que básicamente y en una de sus varias acepciones consiste en una exorbitancia de poder que se concreta en la injerencia de la estructura eclesiástica en la sociedad política.

Aunque la fe tiene una dimensión pública y no solamente privada, posee sus carriles propios constituidos por la perspectiva moral y religiosa. La actitud clerical también se expresa inversamente en la pretensión por parte del poder político de incursionar en la autonomía eclesiástica, y no necesariamente en el área dogmática. Un ejemplo de ello consiste en el poder presidencial de nombrar al obispo castrense junto al romano pontífice, y en la facultad de presentar objeciones al nombramiento de los ordinarios.

El autor es director del Instituto de Cultura del Centro Universitario de estudios (Cudes).

Indiferencia ante los cristianos perseguidos – Santiago Martín

29 de noviembre de 2018

Por P. Santiago Martín

Fuente: Religión en Libertad / Magnificat TV

El padre Santiago Martín, de los Franciscanos de María (Misioneros del Agradecimiento), hace un repaso de la situación mundial en cuanto a la persecución a los cristianos, un mal que se va extendiendo mucho más allá de los límites de los países musulmanes. También denuncia no solo la indiferencia de los gobiernos occidentales, sino incluso la nuestra propia, la de sus mismos hermanos en la Fe.

VER VIDEO