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Clericalismo, la enfermedad infantil del peronismo – Roberto Bosca

29 de noviembre de 2018

Por Roberto Bosca

Fuente: Infobae

En el anchuroso marco del rico panorama de las relaciones entre la religión y la política, el peronismo y una generosa porción de la Iglesia Católica en la Argentina han adquirido un lugar de privilegio como el paradigma de un matrimonio donde se conjugan el amor y el odio, pero donde persevera un vínculo que, proyectado en el tiempo, parece ser indisoluble.

Los elementos religiosos están inscritos en el mapa genético del peronismo, en tanto representativo de una religión política. La reciente misa sindicalista-peronista que ha removido nuevamente el avispero ilumina un escenario de alianzas mutuas que exhibe un largo historial, pero que también refleja una manera muy peculiar de entender esas relaciones como un intercambio de favores recíprocos. El eje común es el clericalismo.

Por una parte, el hecho muestra en el mejor de los casos el deseo de llegar con el mensaje cristiano a segmentos populares, y en el peor permite sospechar una búsqueda inconfesable de poder. Por la otra, revela impúdicamente la instrumentación de lo religioso con un fin político e incluso el interés mezquino de salvar el propio pellejo ante una amenaza judicial inminente.

Fue así desde el primer momento, cuando Perón cautivó a los católicos ratificando la enseñanza religiosa sancionada por la revolución del 43 y proclamó que su política se inspiraba en las encíclicas sociales. Pero fue también en ese mismo instante cuando comenzaron las tensiones que terminarían en la consigna “Cristo Vence” como santo y seña de la Revolución Libertadora.

Laicos, curas y obispos creyeron ungir, por fin, y después de luengos años de áspero laicismo, a un príncipe cristiano. La consigna fue lanzada por el cardenal Caggiano: “Subid audazmente sobre el tren y tratad de dirigir la máquina”. De este modo, el primer gobierno peronista estuvo constituido y contó con el apoyo mayoritario de los católicos. Pero Perón, antes que católico, era peronista.

Pronto se evidenció, aunque de una manera gradual de sentido creciente, la pretensión de imponer una hegemonía desde el poder político, no solo en todos los escenarios de la sociedad civil, sino aun en la misma Iglesia. Pasó lo que tenía que pasar, que increíblemente el genio político del jefe del justicialismo no supo prever. Los católicos notificaron al Presidente: hasta aquí llegó mi amor.

El nuevo régimen, en efecto, comenzó a presentar no solo rasgos cesaristas, sino que fue adquiriendo el perfil de una religión política, patrocinada por un mesías redentor que predicaba unas verdades de fe y hasta celebraba una liturgia propia, situándose en lo más alto de la jerarquía de valores, incluso los religiosos, de los cuales se consideraba intérprete. Sabiéndose poseedor de un extraordinario carisma, Perón comenzó a caracterizarse a sí mismo como una suerte de divinidad política y hasta alguno de sus prosélitos lo categorizó como superior a Jesucristo. Este síndrome ha sido muy frecuente en la historia cuando el príncipe invoca una elección divina.

Cuando comenzó a predicarse en los púlpitos oficiales que “el justicialismo es el verdadero cristianismo”, los obispos fruncieron el ceño, al tiempo que Evita, sin haber leído ningún tratado y poseedora de una formación cristiana apenas elemental, los acusaba impíamente de haber traicionado la pureza original del Evangelio. La así llamada mística revolucionaria del justicialismo declamaba una opción por los pobres que anticipó en un par de décadas a las teologías de la liberación. A muchos años de su muerte, la imagen de Evita sigue representando en altares caseros el paradigma de la santidad peronista.

Uno de los males más antiguos que arrastra la Iglesia, ciertamente poco advertido y escasamente combatido, es el clericalismo, que básicamente y en una de sus varias acepciones consiste en una exorbitancia de poder que se concreta en la injerencia de la estructura eclesiástica en la sociedad política.

Aunque la fe tiene una dimensión pública y no solamente privada, posee sus carriles propios constituidos por la perspectiva moral y religiosa. La actitud clerical también se expresa inversamente en la pretensión por parte del poder político de incursionar en la autonomía eclesiástica, y no necesariamente en el área dogmática. Un ejemplo de ello consiste en el poder presidencial de nombrar al obispo castrense junto al romano pontífice, y en la facultad de presentar objeciones al nombramiento de los ordinarios.

El autor es director del Instituto de Cultura del Centro Universitario de estudios (Cudes).

Indiferencia ante los cristianos perseguidos – Santiago Martín

29 de noviembre de 2018

Por P. Santiago Martín

Fuente: Religión en Libertad / Magnificat TV

El padre Santiago Martín, de los Franciscanos de María (Misioneros del Agradecimiento), hace un repaso de la situación mundial en cuanto a la persecución a los cristianos, un mal que se va extendiendo mucho más allá de los límites de los países musulmanes. También denuncia no solo la indiferencia de los gobiernos occidentales, sino incluso la nuestra propia, la de sus mismos hermanos en la Fe.

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Histórica sentencia del Supremo británico a favor de los pasteleros perseguidos por el lobby LGTB – Carlos Barrio

10 de noviembre de 2018

Por Carlos Barrio

Fuente: Religión en Libertad

La Corte Suprema de Reino Unido ha emitido este miércoles un contundente fallo que supone un duro golpe a la ideología de género y al rodillo que quieren imponer a todo aquel que no quiera plegarse a sus exigencias.

Se trata del caso de los pasteleros de Irlanda del Norte, Daniel y Amy McArthur, responsables de la cadena Ashers, que se negaron a realizar el encargo de una tarta con la imagen de Epi y Blas, con el mensaje: “Apoyo el matrimonio homosexual”.

Una batalla judicial que se remonta a 2014

El pastel fue encargado por un conocido activista LGTB, Gareth Lee, y tras recibir el encargo este matrimonio decidió no aceptarlo alegando que el mensaje atentaba contra sus convicciones religiosas y morales, por lo que en conciencia no podían realizarlo.

El caso se remonta a 2014 y desde entonces Lee inició una batalla judicial contra estos pasteleros de Belfast alegando discriminación por su orientación sexual. La polémica llegó a varias instancias judiciales, hasta que finalmente ha sido tratado por la Corte Suprema, que por unanimidad ha negado que este activista fuera menospreciado o discriminado.

La tarta encargada mostraba a Epi y Blas con el mensaje “Apoyo el matrimonio homosexual”

Una sentencia histórica

The Christian Institute ha estado ayudando a este matrimonio durante estos cuatro años, tanto en el plano legal como económico. En un comunicado, definen la sentencia del Supremo como “histórica para la libertad de expresión” pues el tribunal ha constatado que Ashers “actuó legalmente y no discriminó a nadie. Los jueces sostuvieron que era el mensaje a los que objetaba la pastelería, no al cliente”.

En su opinión, es un golpe muy duro al “discurso obligatorio” que los lobbies como el LGTB intentan imponer a toda la sociedad.

Daniel McArthur se ha mostrado contento y aliviado tras el fallo del Supremo, que anula el resto de sentencias contra él y su mujer, afirmando que “sé que mucha gente estará muy contenta de escuchar la decisión que se conoce hoy, porque esta decisión protege la libertad de expresión y la libertad de conciencia de todos”.

Quieren que se apoye algo en lo que no se está de acuerdo

El pasado mes de mayo, cuando comenzaba la vista en la Corte Suprema, Daniel insistía una vez más en que “no dijimos que no por el cliente” sino que “fue por el mensaje”. Además, añadió tal y como recogía la BBC, que “algunas personas quieren que la ley nos haga apoyar algo con lo que no estamos de acuerdo”.

Gareth Lee es un activista LGTB, y el que denunció a los pasteleros de Irlanda del Norte

Precisamente, el fallo de los jueces va en esta línea. La presidenta de la Corte Suprema, Brenda Hale, ha dictaminado que los pasteleros no se negaron a cumplir el pedido de Gareth Lee debido a su orientación sexual. “Se habrían negado a hacer una tarta así a cualquier cliente, independientemente de su orientación sexual”, especificó.

La utilización del dinero público

La juez agregó que “su objeción fue al mensaje en la tarta, no a las características personales del señor Lee. En consecuencia, este tribunal sostiene que no hubo discriminación por motivos de la orientación sexual”.

El debate que se abre en el Reino Unido tras la contundencia y la unanimidad del fallo es la utilización de los fondos públicos para este tipo de luchas ideológicas. La batalla legal que ha durado cuatro años ha costado a las arcas públicas cerca de 500.000 libras (algo más de 570.000 euros). Y es que la Comisión de Igualdad para Irlanda del Norte, un organismo público, decidió gastar más de 250.000 libras para apoyar la demanda del activista LGTB en este caso.

El fallo tomado por unanimidad deja ahora en muy mal lugar a este organismo que ha dilapidado decenas de miles de euros de los británicos. Mientras tanto, la familia McArthur se ha visto obligada a gastar más de 200.000 libras, que han salido de su bolsillo y de la organización cristiana The Christian Institute.

En Reino Unido, ya definen a esta tarta como la más cara de la historia del país. Costaba 36,50 libras, pero al final ha superado el medio millón debido al empeño de judicializar la decisión de los pasteleros.

La utilización de Epi y Blas

Los protagonistas de la tarta, Epi y Blas, eran igualmente utilizados por el lobby LGTB, para apoyar el llamado “matrimonio homosexual”. Estas marionetas infantiles ya han sido utilizadas recientemente para esta causa, consiguiendo un gran eco mediático.

Recientemente, un guionista que trabajó varios años en Barrio Sésamo dijo en una entrevista que los personajes eran pareja. Rápidamente, se publicó como noticia en todo el mundo. El creador de los personajes, Frank Oz, tuvo que salir al paso en redes sociales asegurando: “Parece que al Señor Saltzman se le preguntó si Bert y Ernie (Epi y Blas) son homosexuales. Está bien que él sienta que lo son. No lo son, por supuesto”.

A Oz le llovieron las críticas, pese a ser él el creador de Epi y Blas. Pero incluso Barrio Sésamo emitió un comunicado en Twitter: “Como siempre hemos dicho, Bert y Ernie son mejores amigos el uno del otro”, explicaban.

“(Las marionetas) fueron creadas para enseñar a los niños de preescolar que las personas pueden ser buenas amigos de aquellos que son muy diferentes. Aunque sean identificados como personajes masculinos y posean muchas características y rasgos humanos, como la mayoría de marionetas de Barrio Sésamo, siguen siendo marionetas y no tienen orientación sexual”.

 

 

Capitalismo de rostro humano – Pedro Fraile Balbín

29 de noviembre de 2018

Por Pedro Fraile Balbín

Fuente: Revista de Libros – RdL

  

Señalaba con sorna el premio Nobel de economía George Stigler que «el clero antiguo había dedicado sus mejores esfuerzos a enderezar la conducta de los individuos, y el clero moderno los suyos a enderezar las políticas sociales» (The Economist as Preacher, 1980). La relación entre el cristianismo y la economía viene, en efecto, de muy antiguo. Desde la formalización misma de la doctrina cristiana en la Edad Media, su inclinación social llevó a los escolásticos a la reformulación del orden aristotélico y a sus conocidos dictámenes sobre el carácter orgánico de la sociedad, la necesidad de un precio justo en el intercambio, la diferencia entre valor y precio, la naturaleza insana de la asimetría en el comercio, la acumulación culpable de riqueza y todos los demás supuestos de la tradición tomista. Es cierto que algunos escolásticos ‒como los nuestros de Salamanca‒ hicieron avances relevantes en el estudio de la libertad de mercado y el sistema de precios, pero, en general, el cristianismo se inclinó casi siempre hacia el colectivismo y la economía dirigida. A partir de mediados del siglo XIX, la doctrina social de la Iglesia en el mundo católico y el socialismo cristiano en el protestante acentuaron aún más su oposición al liberalismo y su visión benevolente ‒como un error bienintencionado‒ del colectivismo marxista. El cristianismo ha combatido tradicionalmente el pecado del liberalismo y durante décadas se ha opuesto al individualismo racionalista de la Ilustración. Su imagen era la de Cristo contra los mercaderes del templo.

Pero parece que no por más tiempo. A la tradición colectivista cristiana le ha surgido un cisma liberal. Un reducido pero influyente grupo de estudiosos sociales está reinterpretando los fundamentos intelectuales del cristianismo desde una óptica liberal. Larry Siedentop, el historiador de Oxford, por ejemplo, plantea en Inventing the Individual (2014) los orígenes del liberalismo individualista occidental como una contribución netamente católica, y el sociólogo de la religión Rodney Stark, de la Baylor University, arguye en su Victory of Reason (2006) que el auge de Occidente se debió a la confianza en el racionalismo implícito en la teología cristiana. En lo estrictamente económico, el redescubrimiento cristiano del liberalismo no es tan reciente. Los seguidores del ordoliberalismo, y la «economía social de mercado» en la segunda posguerra, sobre todo Walter Eucken y Ludwig Erhard, provenían de círculos cristianos, pero predicaban un orden liberal dentro de los límites garantizados por el Estado. También llegó a ser muy conocida e influyente la combinación liberalismo-catolicismo del popular filósofo y diplomático Michael Novak (The Catholic Ethic and the Spirit of Capitalism, 1993). Pero faltaba un último paso. Había que fundamentar en términos económicos las creencias católicas con un buen razonamiento teórico. En concreto, era necesario explicar por qué una concepción liberal del mercado es no sólo compatible, sino indisociable de la concepción trascendente de la persona que se deriva del humanismo cristiano. Esto es justamente lo que hace Martin Rhonheimer en su Libertad económica, capitalismo y ética cristiana. Aunque Rhonheimer es filósofo de formación, conoce con precisión la economía política y los supuestos teóricos de la escuela austríaca. Es presidente del Instituto Austríaco de Economía y Filosofía Social de Viena y ha publicado numerosos trabajos sobre libertad de mercado y ética económica. Es, precisamente, su vinculación con la tradición de Carl Menger, Ludwig von Mises y Friedrich Hayek lo que confiere a su libro un perfil propio.

El libro Libertad económica, capitalismo y ética cristiana es una colección de ensayos del autor previamente aparecidos en publicaciones especializadas, pero que ofrecen un orden metodológico bien organizado hacia su objetivo central: corregir «la hostilidad católica frente al capitalismo y el libre mercado» (p. 41) a partir del análisis de la escuela austríaca, y conservando al mismo tiempo los preceptos éticos del humanismo cristiano. La introducción y el primer capítulo ofrecen una visión de la evolución intelectual del autor como analista económico y su descubrimiento final del análisis de la Escuela de Viena, y aparece aquí la primera denuncia del sesgo colectivista del catolicismo, especialmente a partir de la encíclica Quadragesimo Anno (1931). Sin embargo, en el siguiente capítulo, Rhonheimer explica las raíces liberales del pensamiento cristiano y su decisiva contribución a la separación entre los poderes espiritual y terrenal, así como la progresiva limitación de este último. Los capítulos tercero y cuarto analizan las bases éticas necesarias para una cultura de la libertad y ofrece los preceptos cristianos como la mejor alternativa para la organización moral de una sociedad de mercado. A continuación, el autor aborda la parte más netamente analítica del libro: el capítulo quinto trata de la ineficiencia económica de la intervención estatal y el principio de la subsidiaridad desde los supuestos del ordoliberalismo y, de la mano del public choice, analiza los fallos del Estado en la provisión de asistencia. En los dos capítulos siguientes se matiza la visión austríaca. En uno, modificando la visión utilitarista de Ludwig von Mises; en el otro, justificando la política asistencial cristiana, y este es, quizás, el núcleo de todo su argumento. Rhonheimer suscribe la visión general de Hayek sobre el mercado, pero matiza el rechazo hayekiano al concepto de justicia social criticando la noción de neutralidad inicial de las instituciones del mercado que el austríaco utiliza para fundamentar la justicia intrínseca de cualquier transacción voluntaria y rechazar, por tanto, la intervención redistributiva del Estado. La parte final del libro se dedica al análisis de las últimas aportaciones magistrales de la Iglesia ‒Mater et Magistra (1961), Pacem in Terris (1963) y Centesimus Annus (1991)‒ y su deriva hacia la redistribución y en contra del mercado libre. Un capítulo final titulado «El trabajo del capital. Cómo surge el bienestar» expone la visión austríaca y cristiana del propio autor sobre la generación de la riqueza, la búsqueda del bien común y el avance hacia la igualdad.

El de Rhonheimer es un gran reto intelectual. Trata de denunciar y desmontar los prejuicios de la tradición social católica contra la libertad económica y sustituir su confianza en el Estado como promotor del bien común con la lógica del buen análisis económico. Para ello, Rhonheimer se apoya en dos razonamientos. Uno es lo que él llama el auténtico significado de la justicia social: su rectificación de Hayek. Se fija en los derechos humanos, tal como la dignidad, que son de orden superior al simplemente legal, y que las instituciones del mercado ignoran con frecuencia. Esta consideración ética es lo que justificaría una intervención correctora ‒aunque no necesariamente estatal‒ del mercado. El segundo pilar es el principio de la subsidiariedad, por el que el Estado abandona su neutralidad e interviene sobre el mercado ‒apoyado en el análisis ordoliberal y austríaco‒ para corregir el marco institucional y para que el libre ejercicio de los agentes económicos cree oportunidades, empleo y riqueza para todos. Hay que subrayar la honestidad intelectual de Rhonheimer en esta tarea. El ensayo deja clara la posición católica del autor y a la vez explicita en todo momento ‒de hecho, se convierte a veces en una biografía intelectual‒ los preceptos económicos sobre los que se apoya cada argumentación en el momento en que fue escrita, y detalla el proceso de «descubrimiento» de la «síntesis neoclásica», el ordoliberalismo de Walter Eucken y la escuela austríaca.

En Libertad económica, el lector descubre una visión austríaca con rostro humano del complejo mundo social cristiano, y esto es intelectualmente estimulante a la vez que alentador para quienes creemos en una visión humana del mercado. Sin embargo, el lector también se pregunta si Rhonheimer y los demás teóricos del nuevo cristianismo austríaco no habrán hecho un viaje circular para llegar de nuevo al punto inicial de partida de la economía clásica. Una visión humanista y compasiva del liberalismo es lo que Adam Smith propone en su Teoría de los sentimientos morales (1759) y es una herencia compartida por casi toda la escuela escocesa y buena parte de los clásicos. Es como si Rhonheimer hubiese pasado por un lento viaje circular de redescubrimiento en el campo de la filosofía moral desde Gershom Carmichael, Adam Ferguson o Francis Hutcheson ‒y todos sus predecesores del Derecho Natural (Francisco Suárez, Hugo Grocio, Samuel Pufendorf)‒ para llegar de nuevo a la escuela escocesa y a los Sentimientos morales de Smith, es decir, un lento viaje de redescubrimiento de la filosofía moral que, además, posiblemente tenga escaso impacto en el criterio económico y social de la Iglesia actual, en la que cada vez pesa más el intervencionismo colectivista y menos el liberalismo hayekiano.

Sin embargo, puede que ese camino, aunque sea circular, no haya sido del todo estéril. La exploración que Rhonheimer hace de Walter Eucken, el ordoliberalismo alemán, y las escuelas de Viena y de Virginia, todos desde un punto de vista cristiano, le ha llevado a descubrir nuevos matices poco visibles con anterioridad. Por ejemplo, su replanteamiento del papel histórico del cristianismo en la identificación del individuo ‒en vez de la tribu, la etnia y la clase‒ como protagonista de la vida política, y en la separación de poderes y en la limitación del poder del Estado; la crítica y rectificación al rechazo de Hayek contra la justicia social y la especificación de las condiciones bajo las cuales las transacciones podrían considerarse auténticamente neutras; o, también, la propuesta de un sistema de beneficencia que no sea monopolio del Estado y que incorpore a la iniciativa privada de la sociedad civil en la tradición de las friendly societies inglesas o las fraternal societies estadounidenses. El libro de Rhonheimer está lleno de matices y sugerencias que apuntan todas en la buena dirección. Es posible que cambiar la orientación colectivista del catolicismo, especialmente en estos tiempos, sea un hueso difícil de roer, pero ayuda tener de vez en cuando un golpe de aire fresco como el que procura la lectura de este libro.

 

Pedro Fraile Balbín es catedrático de Historia Económica en la Universidad Carlos III de Madrid.

Iglesia y política – Agustín Espina

Por Pbro. Agustín Espina
22/10/2018

Soy argentino, soy sacerdote, adhiero profundamente al sistema de gobierno democrático y no soy peronista.

Sí, no soy peronista, tampoco macrista, no me identifico con ninguno de los partidos políticos, si bien podría hacerlo a título personal, pero no como ministro de la Iglesia. Como sacerdote, soy pastor de todo el pueblo de Dios, y en ese pueblo hay personas de muy diversas ideologías partidarias, en principio, todas ellas legítimas.

Frente a expresiones de algunos pastores de mi Iglesia, siento necesidad de aclarar:

– que la Iglesia no adhiere a ningún partido político. Que si bien hace política, esta entendida en sentido amplio, tanto cuanto, colabora en la construcción del bien común, no hace y no debe hacer política partidaria.

– Que dentro de la Iglesia católica, el ejercicio de la política partidaria es competencia de los cristianos, actuando a título personal, ejerciendo su responsabilidad como ciudadanos.

– que la Iglesia católica, desde el concilio vaticano II, sostiene con claridad, aunque no siempre lo practique, la separación entre la Iglesia y el Estado, recordando el principio de la autonomía de lo temporal.

– Que ningún partido político puede atribuirse la representación del pensamiento social de la Iglesia.

– Que los aspectos técnicos de la economía y la política no son competencia de la Iglesia, sino en lo que ella pueda aportar en cuanto a la dimensión moral de los mismos.

Me gustaría recordar, por último, la distinción de nuestro querido Papa Francisco, «Pecadores sí, corruptos no».

Sería importante que los pastores de la Iglesia a la hora de hablar, recibir y compartir Eucaristías, con actores de la política, de la economía, de la justicia, tuviéramos presente esta distinción.
Padre Agustin Espina
Diócesis de San Isidro

La opción preferencial por el poder – Gustavo Irrazábal

Por Pbro. Gustavo Irrazábal
22/10/2018

Varios obispos están actuando como si fueran opositores. Y muchos otros guardan silencio como si estuvieran de acuerdo. Pero si es realmente así o no, carece de importancia. Nuestras conductas no se definen sólo por nuestras intenciones recónditas, sino sobre todo por lo que efectivamente hacemos. En el plano de las intenciones, unos y otros pueden pensar sinceramente que están ejerciendo la opción preferencial por los pobres. Pero en el plano de la práctica, lo que están haciendo es una opción preferencial por el poder, es decir, por un determinado proyecto político cuyo fin es conquistar y mantener el poder. Por supuesto que si desean influir en el poder es con el fin de favorecer a los pobres, no hay por qué dudarlo. Pero el poder no es una herramienta que se toma y se deja. Una Iglesia del poder (presente o ambicionado) aun con las mejores intenciones es muy distinta a la Iglesia del Evangelio, como enseñó Jesús en el episodio de las tentaciones del desierto.
En buena medida el problema puede reconducirse a las confusiones que se generan en torno al principio de la opción preferencial por los pobres. Este principio tiene sentido en el plano de las motivaciones y los fines: consiste en participar de la caridad de Jesús hacia los pobres, lo cual en el Evangelio no significa la opción por una determinada clase social, sino la caridad hacia todos sin exclusiones. Pero este principio no tiene ningún contenido material, es decir, no indica qué es lo que hay que hacer para efectivizar dicha opción, y por lo tanto, no se identifica con ninguna opción político-partidaria. Los obispos, que en estos tiempos alegan de modo incansable su propia inocencia, no deberían tener dificultad en presumir a su vez la buena voluntad de los restantes sectores de la sociedad y de la política cuando expresan su preocupación por los pobres, aunque los caminos que postulan sean diversos. Y como ministros de la unidad no deben pretender “ungir” una propuesta sobre las restantes.
Los obispos pueden intentar convencer a la sociedad que no es esto lo que están haciendo, y que las apariencias engañan. Puede ser. Pero las apariencias no pueden engañar todo el tiempo, y no se puede desafiar por siempre el sentido común de la mayoría, que terminará aceptando la explicación más simple, sea cierta o no: que la Iglesia está teniendo un comportamiento opaco e intrigante, al estilo del que tira la piedra y esconde la mano.
De nuevo: no se trata de juzgar intenciones, sino de evaluar la objetividad de las conductas. Y lo que la Iglesia argentina está haciendo es prestarse a un juego que está muy por debajo de ella misma, que compromete su autoridad y su integridad moral, a cambio de una dudosa relevancia. Y a pesar de su buena voluntad, en vez de contribuir a la reconciliación de una sociedad lacerada como la nuestra, profundiza la grieta y la internaliza, abriendo nuevas heridas en el tejido social y eclesial que costará mucho tiempo restañar.

Gustavo Irrazábal
23-10-18

Reaviva la gracia de Dios – Andrés Di Ció

Por Pbro. Andrés Di Ció
22/10/2018
Fuente: Blog personal Migajas Teológicas

Reaviva la gracia de Dios (2 Tim 1,6)

Ellos le dijeron: «Concédenos sentarnos uno a tu derecha y el otro a tu izquierda, cuando estés en tu gloria». Jesús les dijo: «No saben lo que piden. ¿Pueden beber el cáliz que Yo beberé y recibir el bautismo que Yo recibiré?»

Mc 10,37-38 (Domingo 21.X.2018)

Me veo impelido a quebrar mi letargo bloguero. Pues no pocos argentinos, católicos o no, se preguntan azorados por qué la Iglesia está asumiendo tanto protagonismo en la vida política del país. Intentaré ser breve.

Evitaré adrede usar nombres propios. Y adelanto que tampoco yo entiendo del todo lo que pasa.

Empezaría por recordar la enseñanza de Jesús: “Den al César lo que es del César; y a Dios lo que es de Dios” (Lc 20,25). El ámbito religioso debe respetar el espacio político en la misma medida en que desea que a él se lo respete. Una tentación constante es la de valerse de la lógica del mundo, que se mueve en términos de poder. Y ya se sabe que el poder no es sólo fuerza física, aunque también. Jesús, en cambio, tiene el estilo del cordero, que se ofrece sin exigir nada en cambio, sin segundas intenciones.

La Iglesia –quizás mejor, algunos obispos, que por definición la representan– no puede ignorar que con sus acciones da un mensaje. ¿Qué mensaje da cuando recibe de manera oficial, emitiendo incluso un comunicado, a un ciudadano no sólo acorralado por la justicia sino que se expresa abiertamente con modos patoteriles, cuando no mafiosos? Todos sabemos que Jesús comía con pecadores públicos, lo cual le valió mucha incomprensión. Pero, ¿es éste el caso? ¿Están los prelados involucrados buscando la conversión de estos cristianos? ¿Los reciben para anunciarles el Evangelio? ¿O para fortalecer su reclamo político-social-sindical? En el mejor de los casos, con suma indulgencia, podríamos hablar de una gran ingenuidad. La Iglesia o ha cedido o se ha dejado usar. Y en el medio la Misa y el Santuario Nacional de Luján. ¿Fueron a rezar o a hacer una demostración de fuerza?

El concilio Vaticano II enseñó muy claramente sobre la legítima autonomía de las realidades temporales (GS 36). Las instituciones tienen sus reglas, sus dinámicas, y es preciso no avasallarlas. Qué pena que los acontecimientos de la semana pasada, sumados a otros en los últimos tiempos, refuercen el paradigma de una Iglesia que se entiende a sí misma sentada a la mesa de las decisiones temporales. La Iglesia existe para el anuncio y el servicio. Su modo de influir es mediante la transformación de los corazones y las mentes. Por supuesto que el Evangelio debe traducirse en obras, en diálogos, en políticas… pero no le corresponde a la Iglesia influir indebidamente identificándose de una manera tan burda con un sector particular. Del mismo modo que la Iglesia no se identifica con ninguna filosofía en particular, tampoco se identifica con ninguna política, economía, partido o sindicato.

Por supuesto que habrá quienes busquen una justificación en el mandato evangélico de recibir a todos con misericordia. Estamos todos de acuerdo. Pero cuando el hecho se enrostra deja de ser un asunto religioso para ser un asunto de política crasa. Las alusiones al Papa Francisco no dan lugar a dudas sobre las intenciones de los protagonistas. Tuve ayer la oportunidad de escuchar por la radio a uno de los pocos sacerdotes que concelebró sobre el altar y su posicionamiento era netamente político, apenas barnizado por alguna idea evangélica. Pero resulta que a los pastores no les corresponde, amén de no estar preparados, opinar sobre temas tan complejos y discutibles sobre tal o cuál hoja de ruta económica. Sencillamente no les compete y además, repito, en la mayoría de los casos no cuentan con la pericia requerida para sentarse a hablar en serio. Y si se insiste en que no hubo intención de dar un respaldo sectorial, lo creo y lo acepto. Pero cuando la sociedad y muchos de los fieles entienden eso, habría que preguntarse con humildad si no hubo un error de cálculo.

Jesús vino para todos. La Iglesia sirve a todos. Por eso es bueno que extreme la prudencia para que todos se sientan incluidos en sus oraciones y en su solicitud pastoral.

La izquierda como religión – Carlos Barrio

20 de agosto de 2018

Por Carlos Barrio

Fuente: Disidentia 

Se da una extraña paradoja con la izquierda y la religión. Esta ideología nació anticlerical en los salones parisinos, repletos de ilustrados dispuestos a erradicar el oscurantismo, el fanatismo y el error de nuestras vidas. El anticlericalismo inicial de esa izquierda revolucionaria estaba ligado al ideal secularizador y racionalista de las luces. Este afán por erradicar la superstición y el atraso, que los ilustrados como Voltaire ligaban a la religión, impregnó las revoluciones de izquierdas. La Revolución francesa inició un violento proceso de secularización del clero y de sus propiedades, que continuó durante las revoluciones socialistas donde la religión se convirtió en el enemigo a batir. Para el marxismo era esencial erradicar cualquier forma de pensamiento religioso, que se consideraba alienante.

Por poner sólo dos ejemplos. Durante la guerra civil española más de ocho mil religiosos y sacerdotes católicos fueron cruelmente asesinados por anarquistas, comunistas satélites del estalinismo y por autoridades republicanas. Bajo el comunismo polaco de inspiración estalinista, dirigido con mano férrea por Bolesław Bierut, la persecución religiosa fue especialmente intensa. Publicaciones católicas secuestradas, sacerdotes encarcelados y torturados, que incluyeron incluso al primado de la Iglesia Católica en ese país, Stefan Wyszynski. No es de extrañar, una ideología totalitaria como es el comunismo aspira a controlar todas las esferas del individuo, incluidas sus creencias más íntimas. El comunismo es una verdadera religión política, como muy bien apuntara Eric Voegelin. No admite otra fe que no sea la de la salvación del proletariado a través de la acción monolítica del partido y sus dirigentes, los cuales son infalibles.

Por otro lado, se da la curiosa circunstancia de que la izquierda ha querido ver en la tradición escatológica de matriz judeocristiana una fuente inagotable de enseñanzas con las que poder interpretar su propia historia de fracasos continuados. El comunismo jamás ha admitido que la razón última de su continuado fracaso pueda residir en lo erróneo de sus planteamientos teóricos. Fuerzas subversivas, coyunturas históricas poco propicias o la precipitación de algunos de sus dirigentes forman parte del catálogo de excusas que el comunismo siempre ofrece para defender su vigencia.

El comunismo nunca se ha podido realizar en la tierra. Autores del denominado marxismo occidental como Ernest Bloch o Walter Benjamin han querido utilizar categorías propias de la escatología judeocristiana para intentar infundir un principio de esperanza en la posibilidad de la realización del ideal comunista en este mundo. La nueva izquierdasurgida de los escombros del sesentayochismo ha seguido esta estela apelando al mesianismo y a la experiencia del primer cristianismo de inspiración Paulina para intentar apelar a la conciencia de sus seguidores. La revolución es ante todo una especie de acontecimiento salvífico, frente al que uno no puede permanecer indiferente. Ha de posicionarse, con una actitud de necesaria espera, incluso aun cuando esta inicialmente no discurra por los cauces inicialmente previstos.

A mi juicio dos son los factores que han propiciado esta lectura religiosa del marxismo. Por un lado, la llamada secularización de conceptos teológicos que pasan a cobrar una dimensión política. Al igual que el milagro supone una excepción a la vigencia de las leyes naturales, el acontecimiento revolucionario adquiere una dimensión escatológica al introducir una discontinuidad en la realidad. Nada es igual una vez se produce esa ruptura en la historia que supone el evento revolucionario, que permite una comprensión diferente, no solo de lo que está por llegar, sino que también sirve para valorar lo sucedido hasta ese momento desde una perspectiva completamente nueva.

Un ejemplo muy paradigmático lo podemos encontrar en la interpretación que la nueva izquierda hace de acontecimientos recientes, como pueden ser el del movimiento de los llamados indignados del 15M o de la famosa huelga general feminista del 8 de marzo. A partir de estos sucesos la izquierda busca movilizar a sus bases apelando a la esperanza en la realización de la utopía, al mismo tiempo que presenta una visión retrospectiva sesgada y manipulada de la situación previa. “Hay un antes y un después en la sociedad” nos han repetido hasta la saciedad las feministas en relación al 8 de marzo, presentándonos un país dominado por un machismo estructural que no se compadece en absoluto con la realidad de un país que ya consagraba en su texto normativo fundamental la igualdad ante la ley de todos los ciudadanos. Algo parecido puede decirse del 15 M y la instrumentalización de su narrativa, que sirvió a Podemos para erigirse en el partido de los desencantados.

Otro factor que ha servido para acercar religión y pensamiento de izquierdas ha venido de la mano de la llamada teología de la liberación,que ha realizado una lectura del Evangelio en clave de lucha de clases de inspiración marxista y que ha gozado de gran predicamento en Latinoamérica. El pecado, concepto fundamental de la escatología cristiana, deja de tener una consideración ética y existencial para cobrar una dimensión política y social. Esto permite justificar la existencia de un concepto muy utilizado por la nueva izquierda como es de la llamada violencia estructural, que estaría presente en las sociedades capitalistas y que se ejercería contra los más desfavorecidos. La llamada teología de la liberación ha constituido un verdadero vaso comunicante desde el que se ha producido una transferencia de conceptos teológicos al ámbito político de la nueva izquierda.

Se ha querido presentar una analogía entre la situación vivida por las incipientes comunidades cristianas, sometidas a una cruel persecución en los tiempos del Imperio Romano, y la vivida por las ideas de la izquierda radical tras el colapso del llamado socialismo real en el llamado bloque del Este.

Al igual que el cristianismo se impuso en medio de un ambiente hostil y en decadencia, como era el de la crisis espiritual y material del bajo Imperio Romano, la nueva izquierda debe imponerse en medio de una decadente y terminal cosmovision neoliberal, que habría hecho del cinismo y la desconfianza hacia cualquier utopía su razón de ser.

No es de extrañar por lo tanto que autores de la llamada nueva izquierda, como el filósofo esloveno Slavoj Zizek, hayan encontrado un verdadero filón en una relectura de los textos de San Pablo en clave política. Él parte de una lectura política del idealismo alemán y del psicoanálisis Lacaniano, según la cual el ser humano se encuentra sometido a un vacío interior que intenta llenar a través del orden simbólico del capitalismo, que promete al sujeto un eterno goce a través de la fantasía del consumismo. Zizek llega a postular una ruptura violenta con ese orden simbólico, que personifica el capitalismo, y no duda en  postular una alternativa dictatorial para lograr este objetivo. Para justificarlo acude a concepciones verticales de la organización eclesiástica tomadas de la eclesiología.

Una buena parte de las dictaduras populistas lationoamericanas han utilizado también analogías y metáforas de corte religioso para logar afianzar su poder. Hay que tener presente que en estas sociedades no se ha producido todavía un proceso secularizador tan agresivo como el experimentado en las sociedades europeas. La mayoría de las alocuciones de muchos líderes populistas están trufadas de interpelaciones a permanecer fieles al mensaje revolucionario, a no caer en la tentación “consumista” neoliberal, y a iniciar procesos “evangelizadores” del nuevo socialismo. Era frecuente escuchar al dictador Hugo Chávez mezclar alusiones a Marx, Jesucristo o a Lenin en muchos de sus discursos, lo cual no suponía ninguna novedad pues ya José Carlos Mariátegui, padre del indigienismo latinoamericano de corte marxista, llevó a cabo un extraño sincretismo de elementos religiosos cristianos y precolombinos con ideas tomadas del marxismo.

También el feminismo se ha dotado de un puritanismo moral, en materia sexual, que poco o nada tiene que envidiar al rigorismo de costumbres morales que propugnaba Calvino en su teocrática Ginebra en pleno siglo XVI.

 

Manifiesto por occidente – Moris Polanco

Por Moris Polanco

20 de agosto de 2018

Fuente: Instituto Fe y Libertad 

El presidente del Senado Italiano, Marcello Pera, lanzó en 2006 una iniciativa para defender las libertades y la identidad de Europa, a la que ya se han adherido más de cinco mil personas (Aceprensa, 8-III-2006). El “Manifiesto por Occidente” pretende ser un llamado al compromiso por la defensa de los valores esenciales de la civilización occidental. Parte del hecho —innegable, me parece a mí— de que Occidente está en crisis. Entre las manifestaciones de esa crisis, el Manifiesto cita, entre otras, la falta de respuesta ante el fundamentalismo y el terrorismo islámicos, una crisis moral y espiritual, la continua disminución de la natalidad, la poca competitividad económica y la falta de unidad de acción en la escena internacional. En conclusión: “Europa se ha paralizado”, y en consecuencia “suspende la tentativa de tener una Constitución legítima para los ciudadanos” (http://www.perloccidente.it/doc_es.php, consultado en 2006).

En ocasiones anteriores he manifestado la opinión de que Europa ha perdido el rumbo. Este Manifiesto, en cierta forma, confirma mi visión. Pero creo que se queda corto, al menos en lo que se refiere al diagnóstico de las causas de la crisis.

Antes de continuar, quiero aclarar que yo me siento occidental hasta la médula, y que por eso mismo, la crisis de Europa —la crisis de Occidente— me afecta también hasta la médula.

Al igual que este grupo de europeos, me afecta y me duele que nuestras tradiciones se pongan en discusión; que se desprecien los valores de la vida, de la persona, del matrimonio, de la familia; que se niegue la propia identidad. Ahora bien, Marcello Pera atribuye al laicismo “o progresismo” una parte de la responsabilidad por el desprecio “de las costumbres milenarias de nuestra historia”. Aquí es donde creo que el Manifiesto adolece de falta de profundidad.

El laicismo (no necesariamente equiparable al “progresismo”) es parte de un fenómeno más amplio que se conoce como secularismo, el cual —según Christopher Dawson, interpretado por Verduzco— “ha venido a ser la nota característica de la cultura occidental moderna, y lo que distingue a ésta de la cultura occidental cristiana”. Si esto es cierto, yo no soy moderno; soy occidental, pero reniego de la cultura moderna. Y no simplemente porque la cultura moderna no sea cristiana, sino porque creo, con Dawson, que el secularismo enterrará la civilización occidental.

En efecto, “la cultura secularizada es una cultura que ha perdido su principio de unidad y de vitalidad, y así se vuelve incapaz de mantener vigentes las normas y valores que dan sentido a todos los elementos que integran y mantienen unida a una comunidad espiritual viviente a través de las edades.

“Una cultura secularizada se torna muy vulnerable a las fuerzas destructivas y a los valores que la amenazan desde dentro y fuera, pues carece del marco axiológico de referencia para discernirlos y juzgarlos, y así se vuelve incapaz de influir en la calidad de la vida social y de señalar al dinamismo social metas acordes con la dignidad intransferible de la persona humana; sin embargo, el hombre moderno (…) ha aceptado como incuestionable la creencia de que la secularización es la condición esencial para crear una nueva cultura científica del mundo moderno, la cual está resultando en ‘un inmenso complejo de técnicas y especialidades sin espíritu que lo guíe, sin una base de valores morales comunes, sin un propósito unificador y espiritual’. Una cultura de este tipo —advierte Dawson— no es cultura, en el sentido tradicional, es decir, no es un orden que integra todos los aspectos de la vida humana en una comunidad espiritual viviente” (J. Verduzco, “Prefacio”, en Ch. Dawson, Historia de la cultura cristiana, FCE, México, 2001).

El Manifiesto por Occidente, en cierta forma, reconoce que “la tentativa laicista de relegar la dimensión religiosa solamente a la esfera privada” es negativa para la cultura. Pero se queda corto en señalar el papel positivo que el cristianismo ha tenido en la conformación de la cultura occidental. Y lo que digo del cristianismo en relación con la cultura occidental podría decirlo, mutatis mutandi, del papel que el Islam o el Budismo han desempeñado en la formación de la cultura musulmana o asiática. Se trata, simplemente, de atender a lo que los historiadores de la cultura han señalado: no hay cultura sin religión. El secularismo, al pretender acabar con la religión, acabará con la civilización occidental.

Queda todavía una cuestión disputada: ¿hasta qué punto el liberalismo político y económico es hijo del secularismo? ¿Cabe la posibilidad de un liberalismo no secularista y respetuoso de la religión?