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La corte suprema de Kentucky escucha un caso de libertad religiosa sobre camisetas LGTB

Fuente: Infocatólica


El viernes 23 de agosto, la Corte Suprema de Kentucky escuchó argumentos sobre el caso de un empresario cristiano que enfrenta un castigo por negarse a imprimir camisetas para un festival del Orgullo LGBT por su fe.

«El derecho a decidir qué ideas expresar es esencial para la libertad humana. La Comisión violó esa libertad al ordenarle a Blaine Adamson que imprima mensajes que violen sus creencias religiosas», dijo Jim Campbell, abogado principal de Alliance Defending Freedom quien llevó el caso ante la Corte Suprema de Kentucky, después de los argumentos del viernes.

Blaine Adamson, propietario de la imprenta Hands On Originals, con sede en Lexington, Kentucky, fue demandado por negarse a imprimir camisetas que promocionaban un festival del Orgullo de Lexington en el 2012. Su negocio había sido contactado por la Organización de Servicios para Gays y Lesbianas, pero Adamson rechazó imprimir las camisetas porque creía que al hacerlo violaría su fe cristiana. Remitió al grupo a otras compañías.

En 2014, la Comisión de Derechos Humanos del Condado Urbano de Lexington-Fayette dictaminó que Adamson violó una ordenanza antidiscriminatoria y le ordenó imprimir las camisetas y someterse a una capacitación sobre diversidad.

Adamson cuestionó la decisión y ganó en un tribunal de Kentucky en 2017; desde entonces, el caso ha sido apelado ante la corte suprema del estado, y los argumentos ante la corte fueron escuchados este 23 de agosto.

En declaraciones a periodistas y simpatizantes después de escuchar los argumentos, Adamson dijo «Trabajaré con cualquier persona, sin importar quiénes son y cuáles son sus sistemas de creencias. Pero cuando se me presenta un mensaje que entra en conflicto con mi fe, eso es algo que no puedo imprimir».

«No entro a mi negocio todas las mañanas y dejo mi fe en la puerta», dijo. «Durante los últimos 7 años, el gobierno ha tratado de castigarme por negarme a imprimir un mensaje que iba en contra de mi conciencia».

En los argumentos, Campbell enfatizó ante el tribunal que la compañía de Adamson, Hands On Originals, «sirve a todos», pero se reserva el derecho de no imprimir ciertos mensajes que considera inapropiados o que de una u otra manera están en conflicto con la fe cristiana de Adamson.

Campbell dijo que Adamson, en su conversación inicial con los representantes de la Organización de Servicios para Gays y Lesbianas que buscaban unas camisetas para promocionar el Festival del Orgullo de Lexington, solo se negó a imprimir las camisetas después de preguntar y saber qué se imprimiría en las camisetas.

Campbell argumentó que esto constituyó un «peso sustancial» a las creencias religiosas de Adamson, según lo definido por la Corte Suprema en Holt v. Hobbs.

La Comisión le solicitó al Sr. Adamson violar sus creencias religiosas, y le ordenó asistir a la capacitación sobre diversidad, ya que es «incorrecto» que él maneje su negocio de acuerdo con sus creencias religiosas, argumentó Campbell.

Oponiéndose a Adamson y representando a la Comisión, el abogado Edward Dove dijo que Hands On Originals «practica la censura» de acuerdo con la admisión de Campbell.

«Pueden hacer lo que quieran en nombre de la religión y censurar cualquier mensaje que no les guste, lo que afectaría la libertad de expresión en el país», dijo sobre Hands On Originals.

La jueza Michelle Keller le preguntó a Campbell qué tan lejos puede llegar el gobierno al ordenar que se impriman las camisetas para el festival Pride, pregunto si se puede aminorar responsabilidad en el caso de las camisetas diciendo que los mensajes no reflejan los puntos de vista de Hands On Originals.

Adamson y otros dueños de negocios tienen una «libertad mental individual protegida por la constitución», dijo Campbell, una «dignidad individual» para proteger la libertad de expresión.

Abusos sexuales en la Iglesia, Benedicto responde a las críticas

Por Ary Waldir Ramos Díaz

Fuente: Aleteia

 

El Papa emérito escribe una breve nota de contribución para la publicación mensual, Herder Korrespondenz, donde una estudiosa alemana criticó su ensayo sobre la crisis de los abusos sexuales en la Iglesia y el vínculo con la supuesta caída moral en el 68’.

El papa Benedicto XVI vuelve a escribir: “Hasta donde conozco, Dios no aparece en absoluto en la mayoría de las reacciones a mi artículo, y de esta forma no se habla precisamente del quid de la cuestión que yo quería plantear”.

Lo hace, según informaron algunas agencias de noticias, en una breve nota de contribución para la publicación mensual alemana, Herder Korrespondenz, que será publicada en septiembre, anticipada ayer por algunos sitios de información en alemán.

La respuesta del Papa emérito llega después de que su ensayo titulado La Iglesia y el Escándalo de los abusos sexuales de abril 2019, hubiera suscitando un eco mundial también por sus comentarios sobre la evolución de la moral sexual católica al final de los años setenta y ochenta.

Y la respuesta en julio, en el Herder Korrespondenz de una catedrática alemana que publicó un artículo, titulado: Das wahre katholische Leiden an 1968 (El verdadero sufrimiento católico en 1968).

La crisis que aún golpea a la iglesia fue producto de una laxitud moral que invadió a Occidente, y no solo a la iglesia, en los años sesenta, la Revolución de 1968 que luchó por una “libertad sexual total”, escribió el Papa emérito en el documento de 18 páginas, publicado en abril en el periódico alemán Klerusblatt y anticipado por Il Corriere della Sera, “habiendo contactado al Secretario de Estado del Vaticano, Cardenal (Pietro) Parolin, y al mismo papa Francisco”.

El texto había sido concebido también en el contexto de la reflexión del encuentro La protección de los menores en la Iglesia, convocado por Francisco en el Vaticano (21-24 febrero 2019).

En esta nueva ocasión, el Papa emérito expone un déficit general en la recepción de su texto anterior. En particular, al dirigirse a los comentarios de la historiadora Birgit Aschmann, nacida en Hamburgo, catedrática de historia europea del siglo XIX desde 2011 en la Universidad Humboldt de Berlín. Así, al referirse en concreto al texto de la investigadora, subrayó que tampoco “se encuentra la palabra Dios en las cuatro páginas del artículo de la señora Aschmann, cuando era el punto central de la cuestión que yo había planteado”.

Benedicto XVI insistió usando uno de los párrafos de su propio ensayo: “La sociedad occidental es una sociedad en la que Dios está ausente del discurso público y no tiene nada más que decir. Y por eso es una sociedad en la que la medida de la humanidad se pierde cada vez más”.

En lo que respecta a las reacciones criticas, también Ratzinger observa – me “muestra la gravedad de una situación en la que la palabra Dios muchas veces se margina incluso en la teología”.

El papa emérito ha considerado oportuno responder brevemente a la publicación alemana mensual, Herder Korrespondenz, que desde 1946, publicada por la editorial Herder de Friburgo, informa sobre los desarrollos actuales en la iglesia, la religión y la sociedad. Cada número contiene editoriales, comentarios, así como entrevistas, análisis y documentos de científicos, periodistas y expertos.

 

“Me parece que en las cuatro páginas del artículo de la Sra Aschmann no aparece la palabra Dios, que yo he puesto en el centro de la cuestión. He escrito que “un mundo sin Dios solo puede ser un mundo sin significado”. “La occidental es una sociedad en la que Dios está ausente del discurso público y no tiene nada que decir. Y es por ello una sociedad en la que la medida de la humanidad se pierde cada vez más”.

Por lo que puedo comprobar -concluye Ratzinger-, en la mayoría de las reacciones a mi contribución Dios no aparece en absoluto, y por tanto no se debate si quiera lo que quería subrayar como el punto clave de la cuestión. El hecho de que la aportación de Aschmann ignore el pasaje central de mi argumentación como lo ha hecho la mayoría de las reacciones de las que tengo conocimiento me revela la gravedad de una situación en la que la palabra Dios parece a menudo marginada en la teología”.

 

Por qué no soy conservador, aunque sí conversador – Gabriel Zanotti

Para Instituto Acton (Argentina)

Por Gabriel J. Zanotti

Fuente: Blog personal “Filosofía para mi

Julio de 2019

 

La grieta entre los liberales MUY críticos del Catolicismo y los liberales católicos o admiradores del Catolicismo siempre existió. En 1947 Hayek propuso que la Mont Pelerin se llamara Acton-Tocqueville en honor a esos dos grandes pensadores católicos. Pero parece que muchos pusieron el grito en el cielo. Por eso se decidió poner el nombre el monte del cual estaban cerca.

Y hasta bien avanzados los 80, la grieta se… Disimulaba. Eran otros tiempos. Había que tener el casco puesto contra los soviéticos y de otros temas se hablaba por la bajo. Y listo. Yo lo viví. No en 1947 (bueno, creo) pero mi foja de servicios a la causa liberal comenzó en 1974 y era sencillamente así.

Ahora la cosa se ha complicado. Algunos liberales están diferenciándose fuertemente de lo que llaman conservadores. Estos últimos, aunque acepten la economía de mercado y un cierto liberalismo institucional, estarían “en contra de” la homosexualidad, el matrimonio homosexual, el aborto, las drogas, la pornografía, la eutanasia y etc. En cambio, un “verdadero liberal” tiene que estar “a favor de” todo ello. Y obviamente un liberal católico queda entonces como un conservador, y los conservadores no creyentes, muy amigos de ciertos creyentes (porque mejor no hablemos de OTROS creyentes, muy activos en Roma).

El problema es que allí se está manejando mal la dicotomía “estar a favor de” o “estar en contra de”. Independientemente de los casos de aborto y eutanasia, donde lo que está en juego es el derecho a la vida y por ende el debate pasa por otro lado, los liberales, sean católicos o marcianos, nunca han estado “en contra de” la libertad individual de nadie, sea homo, hetero o vulcano. Que yo recuerde, y no creo haberlo aprendido de la nada, el liberal defiende la libertad religiosa, de expresión y de enseñanza entendidas como el derecho a la ausencia de coacción sobre la propia conciencia, y el derecho a la intimidad como el derecho a que las acciones privadas de los seres humanos estén fuera de la autoridad de los magistrados. Por lo tanto, un liberal, desde un punto de vista político, no está “a favor de” la homosexualidad o la heterosexualidad, sino “a favor de” las libertades individuales y el derecho a la intimidad de todos, o sea, un liberal, desde un punto de vista político, defiende el derecho a la ausencia de coacción sobre todo aquello que no afecte de un modo directo derechos de terceros, aunque obviamente las externalidades negativas presentan zonas grises que siempre se han discutido con altura y tranquilidad.

Y de igual modo un liberal, desde un punto de vista político, no está “en contra de” la homo o la heterosexualidad, sino que está en contra de que se coaccione a alguien contra su conciencia en esas materias.

¿Es tan difícil? Yo lo escribí claramente en 1989 y no creo haber inventado nada. Me da pena a veces que sobre algo tan claro haya tanta confusión.

Circula mucho que el liberal defiende “el respeto irrestricto al proyecto de vida del prójimo”, PERO sin distinguir en esa definición lo legal de lo moral, distinción que es elemental.Legalmente, otra vez, lo que haga el prójimo y no atente contra derechos de terceros debe ser custodiado en tanto que el estado no tiene por qué intervenir. Pero moralmente hay proyectos de vida del prójimo que no tienen por qué merecer “un irrestricto respeto”. Yo respeto a las prostitutas como personas y les aseguro que, como el mismo Evangelio dice, estarán primero en el Reino de los Cielos antes que muchos otros (cosa que se aplica muy bien a Argentina…) pero sus acciones desde un punto de vista moral no son “respetables”, aunque no se deba juzgar su conciencia. Y así con muchos otros casos y ejemplos. Y el que crea que todo liberal debe ser necesariamente un agnóstico desde un punto de vista moral desconoce toda la tradición liberal clásica. No ha leído a Smith, a Constant, a Locke, a Montesquie, a los constitucionalistas norteamericanos, a Lord Acton, a Hayek, a Popper, a Mises (que tienen fuertes imperativos categóricos implícitos) ni tampoco quiere leer a los contemporáneos Leonard Liggio, M. Novak, Sam Gregg, Robert Sirico, Thomas Woods o Alejandro Chafuen. Por no citar directamente a Lacordaire, Montalembert, Ozanam, Rosmini, Sturzo, Maritain, cuya falta de estudio en todos los ambientes liberales es una grave omisión.

Por ende un liberal católico no es ni conservador ni no conservador, sino que distingue entre lo legal y lo moral.Distinción para la cual, pensaba yo, no era necesario ser católico para sostenerla. La han sostenido muchos liberales sin necesidad de ser católicos. Aunque ahora muchos liberales parecen haberla olvidado, y con el dedo en alto “retan” a los liberales “que no estén a favor de” (de vuelta) la homosexualidad, el matrimonio homosexual, el aborto, las drogas, la pornografía, la eutanasia y etc., como si en esas materias no hubiera que hacer las elementales distinciones que acabamos de hacer.

Por lo tanto, el que quiera saber “cómo hablar con un conservador”, que no me busque. Pero si quiere conversar con un conversador, allí estaré yo, siempre. Aunque últimamente no parece convenir a muchos conversar y leer a liberales católicos que tengan mucho por decir.

 

Gabriel Zanotti

Es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino, UNSTA y Doctor en Filosofía por la Universidad Católica Argentina. Es Director Acádemico del Instituto Acton. Twitter @gabrielmises

En Tierra Santa, el fundamentalismo religioso margina socialmente de modo claro a los cristianos

Para Instituto Acton (Argentina)

Fuente: Religión en Libertad 

12 de agosto de 2019

 El franciscano Pierbattista Pizzaballa lleva más de 30 años en Tierra Santa llegando a ser custodio, y su gran conocimiento de este lugar esencial para los cristianos, pero también foco de grandes conflictos políticos y religiosos, le llevó a ser nombrado en 2016 administrador apostólico del Patriarcado Latino de Jerusalén.

En una entrevista con Daniele Piccini y Tobias Lehner para Ayuda a la Iglesia Necesitada (ACN), el arzobispo hace un repaso de la situación de Tierra Santa tanto desde un punto de vista religioso como socio-político explicando el punto en el que se encuentra la minoría cristiana:

-Excelencia: ¿cómo es la situación de los cristianos en Tierra Santa?

– Con frecuencia se suele decir que hay tres grupos en lo que se considera Tierra Santa: israelíes, palestinos y cristianos. Pero los cristianos no son un «tercer pueblo». Los cristianos pertenecen al pueblo en el que viven. Como cristianos, no tenemos reivindicaciones territoriales. Para un judío o un musulmán nunca es un peligro encontrarse con un cristiano. Sin embargo, para los cristianos la vida no es fácil. Las condiciones de vida son más difíciles: a los cristianos les es más difícil encontrar un trabajo o una vivienda.

– ¿Significa esto que la libertad religiosa de los cristianos está limitada en Tierra Santa?

– Aquí hay que diferenciar. Una cosa es la libertad religiosa, de culto, y otra la libertad de conciencia. Hay libertad de culto: los cristianos pueden celebrar sus servicios religiosos y configurar su vida en la comunidad. La libertad de conciencia significa que cada creyente pueda expresarse libremente y que los miembros de otras religiones puedan decidir libremente si quieren ser cristianos. Esto es mucho más complicado.

En Tierra Santa, la política siempre desempeña un papel importante. Si uno decide visitar un lugar determinado, eso puede convertirse rápidamente en un asunto político. Por ejemplo, a los cristianos de Belén les gustaría visitar la Iglesia del Santo Sepulcro en Jerusalén para rezar allí. Pero, a menudo esto no es posible porque necesitan un permiso. Entonces, ¿es una cuestión de libertad religiosa o es simplemente política y no pueden visitar la Iglesia del Santo Sepulcro porque son palestinos? Todo está interrelacionado.

-Recientemente, el gobierno de Estados Unidos trasladó su embajada a Jerusalén. ¿Hasta qué punto se hacen sentir esas medidas políticas?

– En la vida cotidiana no ha cambiado prácticamente nada. Sin embargo, el traslado de la embajada de los EEUU es un callejón sin salida político. Todas las cuestiones que afectan a Jerusalén y que no integran a ambas partes —israelíes y palestinos— causan una profunda división a nivel político. Y eso es exactamente lo que ha ocurrido. Después del traslado de la embajada de Estados Unidos, los palestinos rompieron todas las relaciones con el gobierno de este país y paralizaron completamente las negociaciones entre Israel y los territorios palestinos, que ya de por sí eran lentas.

– La nueva escalada hace que los jóvenes se vuelvan más radicales, especialmente los palestinos. ¿Tiene esto también consecuencias para los cristianos?

– Hay palestinos que pertenecen a movimientos fundamentalistas; pero también hay muchos que rechazan la violencia. La mayoría de los cristianos en Tierra Santa son palestinos. Así que viven en las mismas condiciones que los palestinos musulmanes. El fundamentalismo religioso margina socialmente de modo claro a los cristianos. Así que experimentamos cooperación y solidaridad, pero también exclusión y discriminación.

– Otro problema es la creciente emigración de cristianos…

-La emigración no es un fenómeno de masas; de lo contrario, los cristianos habrían desaparecido hace ya tiempo de Tierra Santa. Es un goteo continuo. Cada año durante mis visitas en las parroquias los sacerdotes me dicen: ‘este año hemos perdido a dos o tres familias’.

– ¿Puede hacer algo la Iglesia en esta enredada situación política?

– Los cristianos son alrededor del uno por ciento de la población. Por lo tanto, no podemos exigir tener el mismo peso político que otros grupos. Pero, por supuesto, la Iglesia tiene fuertes relaciones mundiales. Además, aquí vienen millones de peregrinos cristianos de todo el mundo. Nuestra tarea es trasmitir a las personas que hay una forma cristiana de vivir en este país. Hay una manera cristiana de vivir en este conflicto. Ahora mismo no es el momento para grandes gestos. La Iglesia debe intentar establecer pequeñas relaciones, construir pequeños puentes.

– El Papa Francisco visitó Tierra Santa en 2014. ¿Ha influido esto sobre la situación política y sobre la relación entre los cristianos católicos y ortodoxos?

– Las visitas de Papas son importantes piedras de mosaico en el camino hacia la paz, aunque no puedan, por supuesto, provocar un gran cambio. En términos ecuménicos, la situación es diferente: con su visita, el Papa Francisco continuó el famoso encuentro entre el Papa Pablo VI y el Patriarca Atenágoras en Jerusalén en 1964. En este contexto, la visita del Papa Francisco, y sobre todo la oración ecuménica en la Iglesia del Santo Sepulcro, fue un punto de inflexión decisivo y tangible en la relación entre cristianos católicos y ortodoxos.

– ACN está vinculada con los cristianos de Tierra Santa desde hace muchos años. En Jerusalén, por ejemplo, ACN financia los cursos interreligiosos «Construyendo el perdón, superando el odio» en el que participan cientos de cristianos, judíos y musulmanes. ¿Podría decirnos brevemente algo sobre esta iniciativa?

– En primer lugar, quiero agradecer a ACN que haga tantas cosas en Tierra Santa. Apoya muchos proyectos, incluyendo los cursos organizados por el Rossing Center. Daniel Rossing era judío y estaba convencido de que Jerusalén en particular debe ser un lugar donde todas las religiones se sientan en su propia casa. Muchos de los jóvenes que participaron en estos seminarios llevan a sus profesiones las experiencias que han hecho. Así, la religión, que en Tierra Santa es a menudo un elemento de separación, se convierte en un elemento de unión.

 

 Publicado en la Fundación Tierra Santa. Tomado de ACN

¿Nos hace obesos el capitalismo? – Ben Johnson

 

Por Ben Johnson

Para: Acton Institute

 

A medida que los trabajadores regresan de sus vacaciones en promedio una libra más pesados, la pérdida de peso encabeza todas las listas de resoluciones de Año Nuevo. Sin embargo, en 2019, los médicos están pidiendo a los políticos que clasifiquen a la obesidad como una enfermedad que debe ser tratada imponiendo impuestos a los alimentos azucarados —y algunos comentaristas culpan al sistema capitalista de nuestra inclinación al exceso.

Si la obesidad es una enfermedad, entonces en Occidente es una epidemia. Alrededor del 40% de los estadounidenses y el 30% de los adultos en el Reino Unido son obesos. La letanía conocida de afecciones asociadas con el sobrepeso incluye enfermedades del corazón, diabetes, cáncer y presión arterial alta. El Royal College of Physicians ha pedido que la obesidad sea etiquetada como una enfermedad, en lugar de una elección de conducta porque, como dijo el presidente de RCP, Andrew Goddard, tal etiqueta «reduce el estigma de tener obesidad». Los críticos responden que, mientras que algunas personas pueden tener una predisposición genética a retener peso, la obesidad es causada por el consumo de más calorías de las que quemamos; el consumo de menos calorías de cualquier tipo, incluso exclusivamente en McDonald’s, conducirá a la pérdida de peso.

Otros han tratado de culpar del aumento de las cinturas a la expansión del mercado. Jonathan C. Wells escribió en el American Journal of Human Biology, revisado por colegas, que la clave para entender a la obesidad es un «nicho obesogénico» causado por la «lógica unificadora del capitalismo». Históricamente, «el capitalismo contribuyó a la desnutrición de muchas poblaciones. a través de la demanda de mano de obra barata». Sin embargo, a medida que las necesidades financieras globales «cambiaron al consumo, el capitalismo ha impulsado cada vez más al comportamiento del consumidor que induce una sobrenutrición generalizada».

Además, el libre mercado en realidad restringe nuestras opciones, «tanto a nivel de comportamiento, a través de publicidad, manipulaciones de precios y restricciones de elección, como a nivel fisiológico a través de la mejora de las propiedades adictivas de los alimentos» (es decir, la adición al azúcar y la grasa).

Si la justificación científica parece novedosa, las ideas subyacentes no lo son. «Un mundo capitalista tardío en expansión requiere que nadie esté completamente satisfecho», escribió Hillel Schwartz en su libro de 1986 Never Satisfied: A Cultural History of Diets, Fantasies and Fat. Por lo tanto, las «personas gordas» son «víctimas de los dobles vínculos del capitalismo, que son sexistas, racistas y de sesgadas por clase».

Estos argumentos se han filtrado en sitios web populares, a veces cuestionando la ética del propio sistema económico. «Si el capitalismo es una virtud, las personas gordas son santas», escribió Tina Dupuy en The Huffington Post.

Culpar al libre mercado de la glotonería, uno de los pecados mortales, socavaría su legitimidad moral. Pero estos argumentos son demasiado para tragarse.

Los expertos creen que el ímpetu por comer en exceso proviene de antojos primitivos y antiguos que se remontan a nuestros días como cazadores-recolectores. Tenía sentido para una especie insegura de dónde encontraría su próxima comida el almacenar tantas calorías como fuera posible. Afortunadamente, esas condiciones ya no se cumplen, pero nuestra programación psicológica nunca se ha adaptado.

La libre empresa ha contribuido a la obesidad solo en la medida en que ha producido tanta abundancia como para casi eliminar a la desnutrición. «La historia más grande no reportada en los últimos tres cuartos de siglo», dijo Blake Hurst, presidente de Missouri Farm Bureau, es el «aumento en la disponibilidad de alimentos para la persona común». El suministro promedio de alimentos por persona, por día, ha aumentado en 600 calorías desde 1961. La adecuación de la oferta dietética global ha aumentado en un ascenso casi ininterrumpido durante dos décadas. Solo los gobiernos colectivistas y las regiones devastadas por la guerra se resisten a este progreso global. Por ejemplo, el venezolano promedio perdió 24 libras en un solo año en lo que los comentaristas han denominado «la dieta de Maduro».

El suministro de alimentos sin precedentes del mundo puede coexistir incómodamente con nuestros antojos de la era de las cavernas. Pero culpar de forma poco seria de su existencia al capitalismo solo sirve para exacerbar lo que Theodore Dalrymple llamó «fatalismo deshonesto», la mentalidad que culpa a las elecciones autodestructivas de factores externos que están fuera de nuestro control, e inventar nuevos sustos para una cruzada de gobierno activista.

También pasa por alto las formas en las que el intervencionismo gubernamental ha conducido a incentivos perversos. Un sistema nacional de salud como el NHS desalienta la responsabilidad personal al externalizar los costos de las condiciones de salud asociadas con la obesidad. Los contribuyentes, en lugar de los individuos que toman decisiones dietéticas lamentables, pagan la factura de un sistema que es «gratuito en el punto de entrega».

Sin una manera de tratar a los buenos actores de manera diferente a los malos, forzando a estos últimos a asumir los costos económicos y físicos de sus decisiones, tales naciones recurren a soluciones gubernamentales paternalistas. Activistas de salud pública presionan a nuevos impuestos para los refrescos, postres azucarados e incluso carnes rojas. Pero tales instrumentos embotados no pueden discriminar entre los pobres pobres que buscan un capricho ocasional y el glotón, y terminan simplemente castigando a los menos prósperos.

Algunos creen que incluso estas medidas del estado niñera no van lo suficientemente lejos. «Sobre todo, debemos reconocer que este peligro tiene raíces sociales que requieren respuestas sociales, la profunda creencia de socialdemócratas y socialistas por generaciones», escribió Will Hutton en un artículo de The Guardian titulado Fat is a Capitalist Issue.

En última instancia, la obesidad debe combatirse eliminando el vicio de la gula, una pasión que no puede ser retirada por un código tributario. Pero los antiguos ofrecieron una solución. San Juan Casiano escribió que «debemos pisotear los deseos glotones con el pie … no solo por el ayuno», sino por cultivar tanto el amor por las cosas espirituales que el creyente vea al comer «no tanto una concesión al placer, sino como una carga».

Hasta que esto ocurra, la esfera pública puede alentar a las personas a aceptar la responsabilidad personal de las decisiones de salud y estilo de vida, y asumir las consecuencias de estas. «La libertad no solo significa que el individuo tenga tanto la oportunidad como la carga de la elección; también significa que debe soportar las consecuencias de sus acciones y recibiendo por ellas elogios o acusaciones», escribió F.A. Hayek en The Constitution of Liberty. «La libertad y la responsabilidad son inseparables».

 

 

 

 

Nota

El artículo « Is capitalism making us fat?» fue publicado antes por el Acton Institute el 4 de enero 2019. La traducción es de ContraPeso.info: un proveedor de ideas que sostienen el valor de la libertad responsable y sus consecuencias lógicas, fundado en 1995.

El autor de la columna Rev. Ben Johnson es un editor senior en el Instituto Acton. Su trabajo se centra en los principios necesarios para crear una sociedad libre y virtuosa en la esfera transatlántica (EE. UU., Canadá y Europa). Obtuvo su Bachelor of Arts en Historia summa cum laude de la Universidad de Ohio y fue admitido en Phi Beta Kappa.

Renato Cristin y los señores del caos

Fuente: Dignidad Digital

Junio de 2019

“Entro en guarderías, mato a los bebés blancos/ Colgad a sus padres, atrapadlos rápido/ Desmembradlos por pasar el rato”. Es la letra de la canción «Colgad a los blancos» («Pendez les blancs»), del rapero franco-camerunés Nick Conrad, que fue llevado a los tribunales y por el momento ha sido sancionado con multa de 5.000 euros. Decimos «de momento» porque los antecedentes no son alentadores: en 2010 el rapero Saïdou y el sociólogo Saïd Bouamama publicaron el libro «Nique la France» («Fóllate a Francia»), acompañado de CD con rap homónimo, que incluía estrofas como «me limpio [el trasero] con su símbolo asqueroso [la bandera francesa]». Condenados en primera instancia, los autores fueron finalmente absueltos por el Tribunal de Casación, que estimó que «no estando científicamente establecida la existencia de la raza blanca, los franceses blancos no representan una categoría que pueda ser protegida jurídicamente». Los altos magistrados, además, afirmaron que Saïdou y Bouamama no pretendían otra cosa que «denunciar el racismo que ellos atribuyen a la sociedad francesa, que habría heredado de su pasado colonial». Es decir, los racistas siguen siendo los franceses nativos, no quienes llaman a matar a sus bebés o usan su bandera como papel higiénico.

Durante varios años, la militante «afro-feminista» Fania Noël y la periodista Sihame Assbague han dirigido «campamentos de verano anticoloniales» en los que no se permitía la entrada a los blancos. La cuestión de si es posible un racismo anti-blanco ocupa desde hace años a la intelectualidad y los medios franceses. La posición mayoritaria sigue siendo negativa: el racismo es, por definición, de blancos contra otras razas (igual que la «violencia de género» solo pueden cometerla los varones). Por ejemplo, Eric Fassin, profesor de Sociología en la Universidad París VIII, sostiene que «la noción de racismo anti-blanco no tiene ningún sentido para las ciencias sociales».

¿Y no equivale todo esto a un suicidio moral, a una incapacidad patológica para la autodefensa, a una denigración sistemática de lo propio («oikofobia»), a una beatificación acrítica del Otro y lo ajeno («xenofilia»)? A estos asuntos dedicó Renato Cristin el año pasado su libro I padroni del caos. Cristin es profesor de Hermenéutica Filosófica en la Universidad de Trieste, y ha dirigido el Instituto de Cultura Italiana en Berlín y la Fondazione Liberal.

«Europa morirá pronto a causa de su liberalismo pueril y suicida. Europa creó a Hitler, y después de Hitler se quedó sin argumentos», afirma el Nobel húngaro Imre Kertész en una de las decenas de citas jugosas del libro. En efecto, la indefensión moral, el masoquismo penitencial (la «tiranía de la penitencia» a la que dedicó un libro Pascal Bruckner) de la Europa actual se entienden en parte a la larga sombra de 1945. Traumatizada, abochornada por los crímenes del nazismo «o, más ampliamente, por su autodestrucción en 1914-45- Europa renunció después a cualquier asertividad histórica. Una interpretación marxistoide y sesgada del pasado colonial «que encuentra su emblema en el prólogo al «Les damnés de la terre» de Fanon, 1961, donde Jean-Paul Sartre propugnó proféticamente una «colonización a la inversa»- la lleva a creerse en deuda con otros pueblos. Por eso el racismo, en opinión del europeo medio, es algo de lo que solo son capaces los blancos. Por eso cualquiera que advierta sobre el fracaso de la inmigración (como ya diagnosticara Giovanni Sartori, el multiculturalismo incipiente no consiste en una fusión de culturas, sino en el deslizamiento de la sociedad hacia una yuxtaposición de guetos étnicos homogéneos y encerrados en sí mismos) o el peligro que supone introducir en el continente a decenas de millones de fieles de una religión que sigue aspirando a la conquista mundial, se hará automáticamente sospechoso de xenofobia y neofascismo. «Fascista» es el conjuro mágico con el que el progre europeo pretende exorcizar a cualquiera que ponga pegas a su utopía lennoniana («Imagine there?s no countries/ and no religion too»).

I padroni del caos rastrea las corrientes intelectuales que han convergido en esta ideología de la rendición oikófoba-xenófila: «Una coalición magmática de multiculturalismo y deconstruccionismo, antioccidentalismo y tercermundismo, socialismo y nihilismo, cristianismo [teología de la liberación, santificación bergogliana del inmigrante]  y comunismo, liberalismo leftist y laicismo anticlerical, antihumanismo, destrucción del yo y de la identidad…» (p. 50). Y hace inventario de las voces que llaman a la reacción (Cristin los llama «neo-reaccionarios», con etiqueta quizás mejorable) y la regeneración, de Alain Finkielkraut a Roberto de Mattei, de Gilles-William Goldnadel a Marcello Pera, de Roger Scruton a Paul François Paoli. El campo neorreaccionario reserva sorpresas. ¿Es un obispo quien afirma que los europeos actuales «han rehusado colectivamente convertirse en padres», y si lo hacen, es «solo en el sentido reproductivo, […] pero no en el filosófico, cultural y religioso»? No, es el activista homosexual y líder político Pim Fortuyn, asesinado por un ecologista en 2002 cuando estaba a punto de ganar las elecciones en Holanda. Sus declaraciones recuerdan a las de Benedicto XVI, quien sostuvo en diálogo con Marcello Pera: «Hay un odio de Occidente a sí mismo que es extraño y que solo se puede considerar patológico: Occidente se muestra lleno de comprensión hacia los valores de los de fuera, pero ya no se ama a sí mismo; de su historia ve solo lo condenable y destructivo, no lo grande y puro. […] La multiculturalidad, que es constante y apasionadamente favorecida e incentivada, es sobre todo abandono y negación de lo propio». Desgraciadamente, su sucesor ha alineado a la Iglesia en el bando de los entusiastas de la apertura de fronteras. El bando de los «señores del caos», al que también pertenecen las instancias de la ONU o la Unión Europea que favorecen la «migración de sustitución» (replacement migration) en documentos que Cristin cita meticulosamente.

¿Cuál es la alternativa regeneradora? No lo es el neofascismo, absolutamente marginal en la Europa actual, aunque el frente progre insista en agitar su espantajo. El «neorreaccionarismo» a lo Cristin sería un liberal-conservadurismo adaptado a circunstancias históricas inéditas. Cuando Locke, Smith, Bastiat o Hayek teorizaron el liberalismo, las migraciones eran pequeñas y «lo más importante- intraoccidentales (polacos en Chicago, italianos en Francia); ahora la inmigración es extraoccidental y masiva, y amenaza introducir en Europa a millones de personas que proceden de culturas anti-liberales. El liberalismo buenista-xenofílico de fronteras abiertas representa, pues, «una traición al verdadero liberalismo», como afirma Bruce Bawer.

Cedo la palabra a Cristin para atisbar dónde puede estar la esperanza: «¿Cómo salvar al liberalismo de su propia debilidad, salvando así también a Europa, su identidad, su libertad? Ciertamente no con una teoría anti-liberal» (De la misma forma que, en 1930, añade Cristin evocando a Ortega, la buena respuesta a la crisis del liberalismo no era el totalitarismo fascista o comunista). «Los nuevos reaccionarios no son neofascistas, menos aún neonazis; no son antisemitas: al contrario, están atentos a denunciar los avances del nuevo antisemitismo [islámico e izquierdista] que con creciente frecuencia se producen en una Europa desorientada y caotizada. […] [De hecho] son filo-israelíes, ya que confían en la única democracia de Oriente Medio. […] No son anti-americanos, al contrario, creen en el papel positivo de la alianza entre Europa y Norteamérica. […] No son contrarios a la idea de una Europa unida, pero sí se oponen a su deformación actual, al fanatismo europeísta, al método burocrático-centralizador, y a las políticas anti-nacionales, anti-tradicionales y filo-islámicas. […] No son racistas, pues el rechazo de la sustitución étnica actualmente en curso en suelo europeo por medio de la inmigración incontrolada se corresponde con la voluntad de defender [no la pureza racial, sino] las tradiciones espirituales, culturales y sociales que se han formado a lo largo de los siglos en los diversos pueblos europeos. […] No son dogmáticos, ya que se apoyan en el pensamiento crítico que ha constituido la osamenta filosófica occidental, pero sí rechazan el relativismo sin rumbo que, en un paroxismo deconstructivista y anti-identitario, está declarando equivalentes a todas las culturas y todas las formas sociales».

Cardenal Porras: el régimen bolivariano «ha ido destrozando el tejido social» a lo largo de 20 años

10 de abril de 2019

Fuente: Religión en libertad

 

«Nos encontramos ante un régimen que no se puede encasillar en que es un problema de derechas o de izquierdas, de nacionalismo versus globalización, sino que estamos ante un régimen que, a lo largo de todos estos veinte años, ha ido destrozando el tejido social”: es del diagnóstico del cardenal Baltazar Porras al enjuiciar el régimen instalado por Hugo Chávez en 1999 y continuado a su muerte en 2013 por el actual dictador de facto del país, Nicolás Maduro.

El administrador apostólico de la archidiócesis de Caracas hizo estas declaraciones a Vatican News en Lima, donde asiste a un seminario sobre búsqueda de alternativas a la crisis venezolana organizado por la Universidad Antonio Ruiz de Montoya y por la Conferencia de Provinciales Jesuitas de América Latina y El Caribe. Porras calificó el régimen vigente en el país como «antihumano«, porque «los derechos humanos y todo el respeto a las libertades fundamentales no están presentes”, y hay quien lo define -recuerda el prelado- como un régimen “delincuencial”.

En su opinión, hay un «cambio cualitativo» en la situación a raíz del 10 de enero, cuando juró su cargo como presidente Juan Guaidó, siendo reconocido por la mayor parte de las instituciones y gobiernos internacionales como «único poder constituido que responde a la legitimidad de origen”, lo cual implica «una dinámica que no tiene marcha atrás”.

Porras destacó que se calcula entre 4 y 5 millones el número de venezolanos que han tenido que huir de su país en un plazo «muy corto» ante el colapso político, social y económico de Venezuela y el incremento de la represión política: “Estamos ante un proceso que Dios quiera que no se alargue demasiado en el tiempo porque lo que trae es mayor sufrimiento y mayor muertes”, dijo el cardenal, quien destacó que es necesaria “una acción pacífica» al mismo tiempo que «un reforzamiento espiritual» y una aportación «intelectual y racional para entender esta situación compleja y novedosa», que es lo que pretende el seminario.

 

Laclau y Mouffe, profetas de la nueva izquierda – Francisco J. Contreras

Laclau y Mouffe, profetas de la nueva izquierda

Laclau y Mouffe dicen que la izquierda debe dejar de apostar por los obreros y hacerlo por los “nuevos movimientos sociales”. Para Laclau y Mouffe, la esencia de la izquierda es el antagonismo, el conflicto, “que divide el espacio social en dos campos”.

 

3 de marzo de 2019

Por Francisco José Contreras

Fuente: Actuall

Si hay una obra clave para entender a la izquierda del siglo XXI, se trata probablemente de Hegemonía y estrategia socialista, de Ernesto Laclau y Chantal Mouffe. Se dice que es el libro de cabecera de Pablo Iglesias y demás catedrocracia podemita. Fue publicada en 1985, el año en que Gorbachov ascendió al poder y embarcó a la URSS en un proceso de reformas que, al fracasar, demostraron una vez más la inviabilidad de cualquier “socialismo con rostro humano” y precipitaron el colapso del bloque comunista (1989-91).

En realidad, Laclau y Mouffe dan ya en 1985 por fallido al socialismo clásico y proponen su sustitución por otra cosa. Muy versados en historia de la izquierda, dan a entender que el marxismo clásico entró en crisis ya a finales del siglo XIX (en 1899 Eduard Bernstein inaugura el “revisionismo” con su obra Los presupuestos del socialismo y la tarea de la socialdemocracia), cuando, medio siglo después del Manifiesto comunista, no se había materializado en ningún lugar la revolución social que Marx y Engels habían considerado inminente: al contrario, superada la Gran Recesión de 1873-1896, el capitalismo marchaba viento en popa, los salarios subían, y los obreros habían encontrado una vía legal de presión y negociación a través de los sindicatos. A diferencia del comunismo de 1985-89, el capitalismo de 1900 sí había demostrado elasticidad y capacidad de reforma.

Laclau y Mouffe se estiman continuadores del marxismo heterodoxo de principios del siglo XX, que asumía el fracaso de la línea socialista clásica y buscaba alternativas. Por ejemplo, los austromarxistas de la belle époque (Adler, Bauer, Renner), capaces de revisar los dogmas marxistas de la necesidad histórica (indefectibilidad de la revolución socialista) y la centralidad de las relaciones de producción, sustituyéndolos por una búsqueda contingente de nuevos sujetos revolucionarios y nuevos conflictos instrumentalizables por la izquierda: por ejemplo, los relacionados con la cuestión nacional, especialmente relevantes en la monarquía austro-húngara (Otto Bauer, El socialismo y la cuestión de las nacionalidades, 1907). El propio Lenin tendrá que desviarse del guión marxista ortodoxo, que consideraba imposible la revolución socialista en un país como Rusia, con un proletariado industrial poco desarrollado: Lenin sostendrá que la pequeña clase obrera rusa puede ejercer la hegemonía dentro de una alianza de clases oprimidas que incluiría también a los campesinos pobres, mucho más numerosos. También el Gramsci de Notas sobre la cuestión meridional (1926) tendrá que enfrentarse al problema de la cuasi-inexistencia de proletariado industrial en el Mezzogiorno, y postular una alianza de clases o “bloque histórico”. Ahora bien, el concepto gramsciano de “hegemonía” no se refiere (sólo), como el leninista, al papel del proletariado dentro de la alianza de clases, sino también a la colonización del imaginario (hegemonía cultural) que los intelectuales marxistas deben emprender para preparar el camino a la revolución social: antes de revolucionar la estructura (el modo de producción), los socialistas deben dominar la superestructura (la ideología y valores ambientales) a través de una “larga marcha por las instituciones” que les permita infiltrar la escuela, la Universidad, el cine, la literatura…

Laclau y Mouffe completan la revisión del marxismo que Gramsci sólo había esbozado: lo que dicen de hecho es que la izquierda debe dejar de apostar por los obreros –ya Marcuse había dicho de ellos en 1964 que estaban alienados por el (falso) bienestar y que eran incapaces del “Gran Rechazo” al sistema- y hacerlo por los “nuevos movimientos sociales”: feminismo, homosexualismo, antirracismo, ecologismo, pacifismo, indigenismo…: “El obstáculo básico [para la izquierda] ha sido el clasismo, es decir, la idea de que la clase obrera es el agente privilegiado en el que reside el impulso fundamental del cambio social” (p. 223).

Para Laclau y Mouffe, la esencia de la izquierda es el antagonismo, el conflicto, “que divide el espacio social en dos campos” (p. 199). Pero el conflicto que servirá de motor a la nueva izquierda ya no es el de la burguesía contra el proletariado, sino el del varón blanco heterosexual contra las mujeres, los homosexuales, los indígenas (el vector indigenista es importante en Hispanoamérica), las gentes de color (el conflicto racial es relevante en EE.UU.) y los inmigrantes (importante en Europa).

Se trata, por supuesto, de conflictos imaginarios, al menos en el Occidente desarrollado, donde hombres y mujeres son iguales ante la ley desde hace generaciones, la homosexualidad está plenamente aceptada, la discriminación racial no existe y los inmigrantes son favorecidos con una generosa gama de derechos y prestaciones que no tenían en sus países de origen (por eso emigran). Y esto es lo que convierte a la nueva izquierda en una ideología destructiva: necesita dividir a la sociedad en tribus, en rebaños moralmente homogeneizados: los varones serían culpables en bloque de “masculinidad tóxica”, los blancos serían homogéneamente culpables de “racismo”…: la responsabilidad individual es sustituida por la colectiva, el individuo es disuelto en el grupo. Y necesita, además, enfrentar a esas tribus entre sí. Necesita alentar conflictos donde no los había. Es especialmente nefasto que uno de esos conflictos oponga nada menos que a los hombres y las mujeres, reinterpretando la relación entre los sexos como “una relación de poder” (Kate Millet). Sin cooperación amorosa entre los sexos no es posible la perpetuación de la especie. En ello estamos, con tasas de natalidad muy por debajo del índice de reemplazo en la mayor parte del mundo desarrollado.

Una última enseñanza a inferir de la obra de Laclau y Mouffe: los neoizquierdistas no hablarán de socialismo y nacionalizaciones, sino de “profundización en la democracia”: “La tarea de la izquierda no puede consistir en renegar de la ideología liberal y democrática sino, al contrario, consiste en profundizar en ella y expandirla en la dirección de una democracia radicalizada y plural” (p. 222). En la línea de precursores como Hermann Cohen o Ernst Bloch (y también, en cierto modo, el Marx de La cuestión judía), los “socialistas del siglo XXI” dicen que ellos sólo intentan llevar a su pleno cumplimiento los ideales de 1789, que los liberales habrían traicionado: quieren traer la “verdadera libertad”, la “verdadera democracia” y la “verdadera igualdad”.

Como la “verdadera libertad” incluye el bienestar económico y la garantía de las necesidades básicas, la nueva izquierda desarrollará los “derechos sociales”, es decir, subirá impuestos y nacionalizará servicios para “garantizar a todos un nivel de vida digno”. El resultado, ya lo sabemos, es Venezuela. Como la “verdadera igualdad” no es la igualdad ante la ley (formal y engañosa, dice la izquierda desde hace siglo y medio) sino la igualdad de resultados, ellos instituirán una maquinaria totalitaria de “leyes de igualdad”, “medidas de discriminación positiva” (que lo es siempre negativa para otros), cuotas raciales y de género… Presupondrán que, mientras no se alcance una ratio 50/50 de hombres y mujeres en el último consejo de administración, el último claustro universitario, la última brigada de bomberos o pelotón de infantería, será porque aún vivimos en una sociedad presa de estereotipos machistas, que necesita ser reeducada por ingenieros sociales y políticos ilustrados que nos conducirán a la “verdadera igualdad”.

Quien lea las exposiciones de motivos de nuestras leyes –nacionales y autonómicas- de Igualdad, de Violencia de Género o de “derechos LGTB”, entenderá que Laclau y Mouffe han ganado. O que van ganando. Porque aquí no se ha dicho todavía la última palabra, y mucha gente está empezando a despertar.

Discurso del Santo Padre Francisco a los miembros del consejo directivo del movimiento por la vida italiano

Fuente: Vativan.va

2 de febrero de 2019

Queridos hermanos y hermanas:

Me siento grato de encontraros hoy y os agradezco vuestra alegre bienvenida. Doy las gracias en particular a la Señora Presidenta por las palabras fuertes que me ha dirigido –¡fuertes de tono!– en nombre de todo el Movimiento y por los contenidos que ha expresado, recordando vuestra misión al servicio de la vida y la importancia de la Jornada que se celebrará mañana en toda Italia.

La Jornada por la Vida, instituida hace 41 años por iniciativa de los obispos italianos, destaca cada año el valor primario de la vida humana y el deber absoluto de defenderla, desde su concepción hasta su extinción natural. Y me gustaría subrayar algo, como premisa general. Cuidar de la vida requiere que se haga durante toda la vida y hasta el final. Y también requiere que se preste atención a las condiciones de vida: salud, educación, oportunidades de trabajo, etc. En resumen, todo lo que permite a una persona vivir de manera digna.

Por lo tanto, la defensa de la vida no se lleva a cabo solamente de una manera o con un solo gesto, sino que se realiza en una multiplicidad de acciones, atenciones e iniciativas; ni tampoco concierne solamente a algunas personas o a determinados campos profesionales, sino que involucra a cada ciudadano y al complejo entretejido de las relaciones sociales. Consciente de esto, el Movimiento por la Vida, presente en todo el territorio italiano a través de los Centros y Servicios de ayuda a la vida y las Casas de acogida, y a través de sus numerosas iniciativas, desde hace 43 años se esfuerza por ser levadura para difundir un estilo y prácticas de acogida y respeto de la vida en toda “la masa” de la sociedad.

Esta debería ser siempre una celosa y firme custodia de la vida, porque “la vida es futuro”, como recuerda el mensaje de los obispos. Solo si le dejas espacio se puede mirar hacia adelante y hacerlo con confianza. Por eso la defensa de la vida tiene su fulcro en la acogida de los que han sido generados y está todavía custodiado en el seno materno, envuelto en el seno de la madre como en un abrazo amoroso que los une. He apreciado el tema elegido este año para el concurso europeo propuesto a las escuelas: «Cuido de ti. El modelo de la maternidad». Nos invita a ver la concepción y el nacimiento no como un hecho mecánico o solo físico, sino en la perspectiva de la relación y de la comunión que une a la mujer y a su hijo.

La Jornada por la Vida de este año recuerda un pasaje del profeta Isaías que nos conmueve cada vez, recordándonos la maravillosa obra de Dios: «He aquí que yo hago cosa nueva» (Is 43,19), dice el Señor, dejando entrever su corazón siempre joven y su entusiasmo en generar, cada vez como al principio, algo que no estaba allí antes y trae una belleza inesperada. «¿No lo reconocéis?» Agrega Dios por boca del profeta, para sacudirnos de nuestro sopor. «¿Cómo es posible que no os deis cuenta del milagro que se cumple ante vuestros ojos?». Y nosotros, ¿cómo podemos considerarlo solamente una obra nuestra hasta sentirnos con derecho a disponer de ello cómo queramos?

Extinguir la vida voluntariamente mientras está floreciendo es, en cualquier caso, una traición a nuestra vocación, así como al pacto que une a las generaciones, pacto que nos permite mirar hacia adelante con esperanza. ¡Donde hay vida, hay esperanza! Pero si la vida misma es violada cuando surge, lo que queda ya no es el recibimiento agradecido y asombrado del regalo, sino un cálculo frío de lo que tenemos y de lo que podemos disponer. Entonces, también la vida se reduce a un bien de consumo, de usar y tirar, para nosotros y para los demás. ¡Qué dramática es esta visión, desafortunadamente difundida y arraigada, presentada también como un derecho humano, y cuánto sufrimiento causa a los más débiles de nuestros hermanos!

Nosotros, sin embargo, nunca nos resignamos, sino que seguimos trabajando, conociendo nuestros límites, pero también la potencia de Dios, que mira cada día con renovado asombro a nosotros, sus hijos, y a los esfuerzos que hacemos para que germine el bien. Un signo particular de consuelo viene de la presencia entre vosotros de muchos jóvenes. Gracias. Queridos chicos y chicas, vosotros sois un recurso para el Movimiento por la Vida, para la Iglesia y para la sociedad, y es hermoso que dediquéis tiempo y energía a la protección de la vida y al apoyo de los más indefensos. Esto os hace más fuertes y es como un motor de renovación también para los que tienen más años que vosotros.

Quiero dar las gracias a vuestro Movimiento por su apego, siempre declarado y actuado a la fe católica y a la Iglesia, que os hace testigos explícitos y valientes del Señor Jesús. Y al mismo tiempo, aprecio la laicidad con la que os presentáis y trabajáis, laicidad fundada en la verdad del bien de la vida, que es un valor humano y civil y, como tal, pide ser reconocido por todas las personas de buena voluntad, a cualquier religión o credo pertenezcan. En vuestra acción cultural, habéis testimoniado con franqueza que los concebidos son hijos de toda la sociedad, y su asesinato en un número enorme, con la aprobación de los Estados, constituye un grave problema que socava en su base la construcción de la justicia, comprometiendo la solución adecuada de cualquier otra cuestión humana y social. Gracias.

En vista de la Jornada por la Vida de mañana, aprovecho esta oportunidad para dirigir un llamado a todos los políticos, para que, independientemente de las convicciones de fe de cada uno, pongan como primera piedra del bien común la defensa de la vida de quienes están por nacer y entrar en la sociedad, a la que llegan para traer novedad, futuro y esperanza. No os dejéis condicionar por lógicas que apuntan al éxito personal o a intereses solamente inmediatos o partidistas, mirad, en cambio, siempre a lo lejos, y mirad a todos con el corazón.

Pidamos con confianza a Dios que la Jornada por la Vida que estamos a punto de celebrar traiga un respiro de aire fresco, permita a todos reflexionar y comprometerse con generosidad, comenzando con las familias y las personas que tienen roles de responsabilidad al servicio de la vida. A cada uno de nosotros sea dado el gozo del testimonio, en la comunión fraterna. Os bendigo con afecto y os pido, por favor, que no os olvidéis de rezar por mí. Gracias.

La confusión liberal – Armando Ribas

Por Armando Ribas

Para Instituto Acton

10 de febrero de 2019

Cada día me convenzo más de la confusión prevaleciente respecto al liberalismo y su consecuencia que es la falacia de la igualdad. De ella surge la democracia determinante del éxito político del socialismo y su evidente fracaso económico. Hablar de Democracia Liberal constituye la primera confusión al respecto. La democracia tal como lo describió Aristóteles hace 2500 años constituye la destrucción de la república. O sea implica la violación de los derechos individuales.

Las ideas que cambiaron al mundo no son de ayer y como dice Richard Epstein, “Los principios incorporados en la Constitución Liberal clásica no son aquellos que operan solo en esta o aquella era. Son principios para todas las eras”. Ese principio me parece fundamental y su ignorancia determina la crisis que vive hoy el a mi juicio mal llamado mundo occidental.

Esos principios se impusieron por primera vez en la historia en la Glorious Revolution de 1688 basada en las ideas de John Locke: 1) la limitación de las prerrogativas del rey: los monarcas también son hombres. 2) El respeto por la propiedad privada. Y 3) El derecho a la búsqueda de la propia felicidad. Y éste lo consideraba el principio fundamental de la libertad. En función de ellos se alcanzó la llamada Revolución Industrial.

Esa evolución llegó a Inglaterra no en virtud ni de la cultura ni de la naturaleza anglosajona. Al respecto David Hume escribió: “Los ingleses en aquella era estaban tan sometidos que como los esclavos del Este estaban inclinados a admirar aquellos actos de violencia y tiranía que eran ejercidos sobre sí mismos y a sus propias expensas”.

Aquellos principios fueron llevados a sus últimas consecuencias por los Founding Fathers en Estados Unidos a partir de la Constitución de 1787. Lamentablemente estos principios liberales han sido denominados en Estados Unidos como conservadorismo.  Denominación que le ha dado una ventaja política a la izquierda en nombre de la falacia de igualdad, pues como también advirtiera Aristóteles: “Tengan cuidado que los pobres siempre van a ser más que los ricos”. Y como bien reconociera William Bernstein en su “The Birth of Plenty” el mundo hasta hace unos doscientos años vivía como vivía Jesucristo.

Al respecto de esta confusión pendiente podemos ver artículos recientes de Foreign Affairs. En el primero Gideon Rose escribió “Los Estados Unidos y el Orden Liberal”. En el mismo se refiere a la función de Estados Unidos en el orden liberal del mundo, cuando la realidad es que no ha existido un orden liberal en el mundo, pues Europa lo ha ignorado por siglos y hasta la fecha. Como bien reconoce Ayn Rand: “La filosofía americana de los derechos del hombre nunca fue reconocida completamente por los intelectuales europeos”. Y la prueba de la inexistencia del orden liberal en el mundo es la crisis europea, que se debe a la inclusión de la demagogia a través del socialismo, y su consecuencia el aumento del gasto público. Ver cuadro

Otro aspecto ignorado por Rose es el que se refiere a lo que considera la crisis de lo que llama el orden liberal. Al respecto considera que la causa es el déficit fiscal e ignora que como bien reconociera Milton Friedman: “Lo que importa no es el déficit sino el nivel del gasto, que es el costo que paga la sociedad con impuestos, con inflación y con deuda”.

En otro artículo de Foreign Affairs “Cómo Termina el Orden en el Mundo”, Richard Haass nuevamente insiste en el enfrentamiento entre China y Estados Unidos. En el mismo se refiere a la Guerra del Peloponeso -Grecia y Esparta- como la consecuencia de la aparición de otro  gran país. Es decir que en su análisis está tomando en cuenta el pensamiento al respecto de Thusídides respecto a la Guerra del Peloponeso. En ese análisis ignora que en la actualidad el mundo enfrenta la situación prevista por Alberdi: “Las guerras serán más raras cuando la responsabilidad por su efectos se hagan sentir entre los que las incitan y provocan”. La realidad de esa observación se produjo con la aparición de las armas nucleares, que como bien dijera el Papa Juan Pablo II: “Las armas nucleares no son bélicas, son disuasorias”. Y a esa realidad debemos que la guerra fría quedara fría.

Siguiendo con esa línea de pensamiento respecto a la relación entre China y Estados Unidos Oriana Skyler Mastro descree de la declaración de Wang Yi: “China no repetirá, no repetirá la vieja práctica de un país fuerte buscando la hegemonía”. Y al respecto Oriana insiste en que no obstante esa declaración la China en la región Indo-Pacífico quiere el dominio completo. O sea que no cree en la declaración de Trump en su reciente discurso respecto a su acuerdo comercial con Hi Chimin.

Y por último Elizabeth Warren escribió: “Strengthening Democracy at Home and Abroad”. Allí dijo: “en el mundo la democracia está bajo asalto”. En ese juicio ignora que quien creó la libertad y la creación de riqueza por primera vez en la historia, los Estados Unidos, los Founding Fathers aborrecían la democracia y al respecto Thomas Jefferson escribió: “Un despotismo electivo no es el gobierno por el que luchamos”. En virtud de ese criterio se creó la llamada Justice Review, mediante la cual el poder Judicial determinaba qué es la ley.

El verdadero problema que enfrenta el mundo occidental es fundamentalmente interno y se debe a la democracia.  El populismo llamado de izquierda y de derecha – socialismo y nacionalismo- se alcanza democráticamente y a ello se debe la crisis europea a la que me he referido. Y respecto a la China el supuesto gobierno comunista no es comunista, si así fuera no estaría creciendo a las tasas que lo ha hecho y continúa haciendo. A mi juicio en China ha desaparecido Marx y retornado Confucio.