Por P. Ramón Pellitero
Marzo de 2015

          No solo la corrupción y el terrorismo, lacras sociales que nos afectan cada día, sino el funcionamiento normal de las instituciones, la comunicación y la educación, la política y la ciencia, el mundo del deporte y del arte, la familia, etc., dependen mucho de cómo se enfoque el papel de la conciencia y de las actitudes personales hacia el mismo. ¿Qué aporta el mensaje cristiano a la conciencia?

En una conferencia que pronunció Joseph Ratzinger en Dallas (Texas) en febrero de 1991, debate precisamente el sentido de la conciencia y la educación de la conciencia, y lo ilumina desde la perspectiva cristiana.

Comienza señalando cómo actualmente se tiende a presentar a la conciencia como el baluarte de la libertad, frente a las limitaciones impuestas por la autoridad. Y así se contrapone una “moral de conciencia”, desde una conciencia autónoma e incluso infalible, frente a una “moral de autoridad” como equivalente a control y sometimiento.

El entonces cardenal Ratzinger critica tal contraposición, argumentando, en primer lugar, que la conciencia no siempre tiene razón, no es infalible; sino que puede existir, y de hecho existe con frecuencia, una conciencia errónea. Si la conciencia individual se considerase siempre como infalible, no existiría ninguna verdad objetiva –por lo menos en materia de moral y religión–, sino solamente convicciones personales, dependientes de las condiciones sociales. Pero entonces se renuncia a la verdad. Sin verdad, la libertad pierde el sentido. Y sin libertad ya no es posible la conciencia. Por último examina algunos elementos de la conciencia.

  1. Analiza en primer lugar la curiosa pretensión de una conciencia errónea salvadora.

 “Una vez –relata Joseph Ratzinger– un colega más anciano, muy interesado en la situación del ser cristiano en nuestro tiempo, opinaba en una discusión que había que dar gracias a Dios por haber concedido a tantos hombres la posibilidad de ser no creyentes en buena conciencia. Si se les hubiera abierto los ojos y se hubieran hecho creyentes, no habrían sido capaces, en un mundo como el nuestro, de llevar el peso de la fe y sus deberes morales. Sin embargo, y puesto que recorren un camino diferente en buena conciencia, pueden igualmente alcanzar la salvación”. Ya se ve que este profesor era partidario de la “moral de conciencia” y rechazaba la “moral de autoridad”, según lo descrito al principio de la conferencia.

En esta posición, observa el cardenal, la fe no facilita la salvación, sino que la dificulta, no sería una gracia sino un peso y casi un castigo que nadie desearía para otros. Y la verdad se convertiría en un yugo. Así se entiende lo que muchos han pensado sobre la evangelización en las últimas décadas: “Quien entiende la fe como una carga pesada, como una imposición de exigencias morales, no puede invitar a los otros a creer; más bien prefiere dejarles en la presunta libertad de su buena fe”.

Respecto a la conciencia, no sería entonces la ventana desde la que observamos la realidad en conexión con el fundamento profundo de nuestro ser, lo que nos hace posible la solidaridad y la responsabilidad; sino que la conciencia se convierte en un “cascarón de la subjetividad”, en un refugio para huir de la realidad, quedándose en el conformismo y en las convicciones superficiales. Este, dice Joseph Ratzinger, es el concepto liberalista –no liberador– de conciencia.

  1. La conciencia no puede renunciar a la verdad. Esto, señala el conferenciante, se le hizo más patente cuando más tarde se encontró de nuevo con el argumento de que la conciencia individual era capaz de justificar incluso a los miembros de las SS nazis: estaban convencidos de lo que hacían –se dice–, de modo que no pudieron obrar de otra manera. Pero según el psicólogo Albert Gorres la capacidad de reconocer la culpa es un mecanismo perfectamente humano, que nos permite defendernos del conformismo y nos impide renunciar a la verdad, algo así como el dolor físico nos permite reconocer la enfermedad. Quien no percibe la culpa está espiritualmente enfermo, es –según Gorres– “un cadáver viviente, una máscara de teatro”, o simplemente un monstruo. Pero eso no significa automáticamente que no sea culpable.

En la perspectiva bíblica, el creyente pide a Dios que le ayude a reconocer las culpas no conscientes (cf. Salmo 19, 13). Jesús destaca la hipocresía de los fariseos por creerse “justos” (cf. Lc 18, 9-14). Y San Pablo critica a los que no descubren al Creador a partir de las criaturas sobre todo cuando ellos mismos no quieren reconocerlo.

Señala Joseph Ratzinger que no se puede confundir la conciencia con la certeza subjetiva tantas veces plagada de autojustificaciones, conformismo y pereza; pues en la práctica esto no nos libera sino que nos esclaviza personal y socialmente. La clave está en que se renuncia a la verdad y ahí se sitúa la verdadera culpa.

Newman, San Agustín y Sócrates fueron ejemplos de personas con conciencia. Para Newman la conciencia es la voz de la verdad dentro del sujeto, aunque fuera contra los propios gustos, sentimientos o inclinaciones, contra el bienestar, la consideración social o la opinión dominante. Parecido fue el caso de Tomás Moro.

Por eso nuestra cultura relativista, que tiende a sustituir la verdad por el progreso, se parece a la época en que disputaban Sócrates-Platón y los sofistas. Sócrates defendía –como en otro plano hicieron los mártires– que el hombre es capaz de conocer la verdad, y por tanto abrirse al verdadero progreso. Los sofistas sustituyen la verdad por el poder.

  1. Conciencia, “memoria” y culpa. En la última parte de su intervención, el cardenal alemán considera un elemento fundamental de la conciencia: la sindéresis (capacidad natural para juzgar rectamente, atracción hacia el bien y repulsa del mal), que él prefiere llamar “anámnesis” (memoria del Creador). El cristianismo enseña que el amor de Dios no es algo impuesto desde fuera, sino inscrito en nosotros, como originaria memoria de la verdad y del bien (que coinciden en Dios).

Por eso todos somos capaces de reconocer lo verdadero y lo bueno si no nos encerramos en nosotros mismos. Para ayudar a descubrir y ejercitar esa capacidad, la Iglesia (el “nosotros” de los cristianos, que dialoga entre la interioridad y la exterioridad) nos garantiza la “memoria de Dios”. Lo anuncian con su vida y sus argumentos los cristianos y lo defiende el magisterio del Papa, contra los riesgos del subjetivismo o el conformismo cultural y social. La conciencia personal aplica esa memoria a las situaciones particulares.

En definitiva, la conciencia errónea obliga siempre. “Pero del mismo modo –advierte el ahora Papa emérito– puede ser una culpa el que uno haya llegado a formarse convicciones tan equivocadas y haya pisoteado la repulsión hacia ellas que advierte la memoria de su ser”. Entonces sucede que “la culpa se encuentra en otro lugar, más en lo profundo, no en el acto del momento, no en el juicio que en ese momento da la conciencia, sino en esa desatención hacia mi mismo ser, que me impide oír la voz de la verdad y sus sugerencias interiores”. Y deduce: “Por esta razón, también los criminales que obran con convicción siguen siendo culpables”.

Y todo ello no debe servirnos para tranquilizarnos a nosotros –que no habremos cometido quizá unas faltas tan “macroscópicas”–, sino para despertarnos y hacer que tomemos en serio tanto la formación de nuestra conciencia como el examen de nuestra conciencia.

¿No es esto demasiado difícil?, se pregunta, para terminar, el conferenciante. Ciertamente, responde, el camino que conduce a la verdad y al bien no es un camino cómodo. “Pero –replica– quedarse tranquilamente encerrados en sí mismos no libera, antes bien, actuando así nos malogramos y nos perdemos. Escalando las alturas del bien, el hombre descubre cada vez más la belleza, que hay en la ardua fatiga de la verdad y descubre también que justo en ella está para él la redención”.

No olvidemos –concluye, iluminando el papel de la conciencia desde la perspectiva cristiana– que Cristo es la Verdad pero al mismo tiempo es el perdón y el Amor. Allí donde esto no se proclama o no se percibe este centro del mensaje cristiano, allí la verdad se trasforma de hecho en un yugo que invita a librarse de él. En cambio “el yugo de la verdad se ha hecho ‘suave’ (Mt 11,30), cuando la Verdad ha llegado, nos ha amado y ha quemado nuestras culpas en su amor. Solo cuando conocemos y experimentamos interiormente todo esto, adquirimos la libertad de escuchar con gozo y sin ansia el mensaje de la conciencia”.

¡Qué bien se entienden desde aquí las apelaciones del papa Francisco a la conciencia! Diecinueve veces sale este término en la exhortación Evangelii gaudium: para denunciar una conciencia encerrada en sí misma que se proclamase independiente de la “memoria” de Dios; para impulsar el anuncio gozoso de Jesucristo, plenitud de sentido y de belleza; para animar al compromiso con los más desprotegidos, superando todo conformismo; para abrir la mirada ante las necesidades y los desafíos de la Iglesia y del mundo, siendo más capaces de hacer el bien y compartir la vida.

 

Ramiro Pellitero, Universidad de Navarra

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