Por Lucila Coll

Para Instituto Acton (Argentina)

Agosto de 2020

 

Aquel docente que nunca haya lanzado esta exhortación ante su audiencia escolar, que arroje la primera piedra. Y sí, es lo que todos queremos: trabajos “creativos” de nuestros alumnos. ¿Quién no buscaría desarrollar esta cualidad tan valorada en nuestros días en aquellos que se encuentran en pleno proceso de aprendizaje?

Está claro: la creatividad es algo deseado. Pero… ¿cómo podemos suscitarla en nuestros alumnos? ¿Acaso es tan fácil como decir, “¡Sean creativos!”? ¿Qué entendemos por “ser creativo”? ¿Alcanza eso para esperar trabajos totalmente extraños, impensados, absolutamente innovadores de parte de nuestros alumnos? ¿Es esto lo que queremos: trabajos totalmente extraños, nunca pensados? Me atrevo a decir que no. Por ello, es esencial primero entender qué es la creatividad y, una vez entendido este concepto, con nuestro norte claro, orientar el acompañamiento de nuestros alumnos en esa dirección, colaborando a diario con el desarrollo de la mente creativa. Y es que de otra manera no se logra: el trabajo diario y la sistematicidad son el sustento del pensamiento creativo.

Antes de intentar aproximarnos a la comprensión de la creatividad en nuestros alumnos, resulta fundamental destacar ciertas consideraciones referidas a todo el género humano. Hablar de creatividad en términos humanos implica siempre la aceptación de un cierto grado de innovación, pero nunca la afirmación de una generación absolutamente novedosa. En este sentido, cabe aclarar que nuestra inteligencia es creadora o creativa en modo análogo: no producimos desde la nada, sino que nos servimos de ideas previas, de una historia, de una realidad que nos rodea y que ya es. Por tanto, la continuidad es el correlato de la mente creativa, pues nunca el creativo será tan disruptivo como para desdeñar por completo la existencia que precede a su creación.

Volvamos ahora a nuestros alumnos. El niño o adolescente creativo tampoco es absolutamente creador, sino que parte de sus ideas previas, de su manera de pensar, de su historia, de las ideas de otros y del mundo que lo rodea. He aquí nuestro rol más valioso y desafiante como docentes: por un lado, la mostración del mundo, asomar a los alumnos a la infinitud de la realidad, acompañarlos en el asombro por el descubrimiento de lo que ya existe y de quienes ya existen. Cuanta más apertura logremos en los alumnos, más nutrida será su caja de herramientas para la creación. Por otro lado, el desarrollo de la sistematicidad del pensamiento, base del pensamiento creativo.

Detengámonos en este último punto: la sistematicidad del pensamiento. Sí: crear es repetir. Curioso oxímoron, ¿no? Es que estamos acostumbrados a suponer que al creativo “se le prende la lamparita”, pero nunca consideramos que si “se prende la lamparita” es porque ya hay una lamparita, ya hay un cable, ya hay enchufe y electricidad. En otras palabras, no hay tal iluminación repentina, sino que la creatividad se apoya en los patrones del pensamiento. Quien es creativo ha desarrollado una manera sistemática de pensar, de resolver, y profundiza en ella.  La idea creativa es fruto del trabajo previo. Si no fuera así, el creativo no sería un creativo sino más bien un afortunado.

La clave está delante de nosotros: acompañemos a nuestros alumnos en el desarrollo de esos patrones de pensamiento. No busquemos la disrupción por la disrupción misma. Ella no significará más educación. Por el contrario, estimulemos el pensamiento sistemático de los alumnos, y así la educación será la antesala de la creatividad.

¿Podemos lograrlo? Sin duda podemos, al menos, intentarlo. Y la metacognición es un gran camino a seguir. “Hacer el pensamiento visible”, lo llaman algunos; “rutinas de pensamiento”, lo nombran en su dimensión práctica. En otras palabras, que el alumno sepa lo que está haciendo, que reflexione sobre los pasos de su aprendizaje, que sea consciente del funcionamiento de su propio pensamiento y que lo vaya constituyendo en una rutina, en su manera habitual de pensar, en su hábito cognitivo. Las técnicas pueden ser muy diversas, pero el objetivo es el mismo: el alumno mirándose, volviéndose protagonista y espectador de su aprendizaje a la vez.

Sobre estos cimientos, podrá luego el alumnos comenzar a crear divergencia, pero siempre encontrando su manera particular de pensar, que quizás se diferencia de las formas típicas de pensar. En este sentido, no tendríamos que incentivar a los alumnos a pensar “fuera de la caja”: es que fuera de la caja no podrían siquiera pensar. Su “caja” es su herramienta más valiosa. Sería más adecuado favorecer la creatividad “ampliando la caja”, es decir, gradualmente trabajar para profundizar en la manera más propia de pensar y así fomentar la divergencia.

Sin duda, la educación cada vez más personalizada es otro de los pilares de la creatividad. El descubrimiento de la propia manera de pensar implica la aparición de opciones y variables que no pueden ser reducidas a una sola forma de aprendizaje. El contexto educativo debe reconocer esta diversidad, de lo contrario, el aprendizaje será pobre y el recorrido hacia la creatividad quedará trunco. Las técnicas para trabajar sobre esta diversidad son muchas, desde el uso de las inteligencias múltiples hasta las opciones según intereses de los alumnos. Pero lo esencial es que el alumno vaya trazando su propio recorrido, único, porque toda persona lo es.

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Los límites, de nuestro lado

Educar a los niños y adolescentes para la creatividad no tiene que ver con la ausencia de límites. Nuevamente, el concepto de creatividad socialmente instalado se aleja de la verdadera creatividad. Los límites son el aliado fundamental del creativo. A partir de los límites, de lo establecido, las personas pueden desarrollar la divergencia y así crear nuevos límites. Mostrar el mundo en un estado determinado ayuda a vislumbrar el lugar al que el creativo quiere llegar. Pero para ello, es necesario primero vivenciar esos límites, como paredes que pueden llegar a ser corridas con el pensamiento divergente, y constituirse en nuevos límites para los demás. Por ello, el creativo no es necesariamente el que “no tuvo límites”, sino todo lo contrario, es aquel que conoce muy bien los límites y sabe hacia dónde quiere dirigirse.

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Ahora bien, si nuestra educación tomará el rumbo de la creatividad, no podemos olvidar el rol del intercambio en nuestras clases. La creación tiene lugar siempre en un contexto determinado, en el contacto con otras personas. Nunca es el individuo aislado quien tiene ideas, por el simple hecho de que no existe tal individuo aislado. La sociabilidad de la naturaleza humana nos determina a la vida en comunidad. Y en esta comunidad es donde surge la divergencia. Por lo tanto, el aula, en cuanto reflejo del mundo, también debe favorecer y priorizar este intercambio. El aprendizaje basado en proyectos responde a esta necesidad: al desarrollo del trabajo colaborativo, que se enriquece en la misma colaboración.

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La aparición del otro, ¿la dilución del yo?

Los proyectos en equipo suelen generar dudas acerca del trabajo real de todos sus integrantes. Ya sea por falta de esfuerzo o por la dinámica misma del trabajo colaborativo, la generación de ideas individuales podría verse bloqueada y, de esta manera, podría incluso empobrecerse la creación de los alumnos. Para evitar estas situaciones, hay que procurar siempre destinar momentos al trabajo cien por ciento individual, que pueda ser en una siguiente instancia compartido en grupos. Estos momentos, por un lado, obligan a trabajar a aquellos alumnos que aprovechan el trabajo en equipo para desligarse de sus responsabilidades (los “free riders” de la educación); por otro lado, evitan el bloqueo de las ideas individuales, que podría ocurrir en los brainstormings o intercambios grupales, por no poder exteriorizar la idea en el momento que surge.

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Nos encontramos así ante una creatividad que no es automática, que no surge de la noche a la mañana, y que no puede exigirse a nuestros alumnos como condición necesaria de sus trabajos. La demanda de creatividad debe ser responsable: quizás nunca veamos el fruto creativo de nuestros alumnos. Pero, sin duda, con nuestro trabajo cotidiano y continuo contribuiremos a que se generen esos quiebres de divergencia en el futuro. No sé cuántas veces habré dicho “¡Sean creativos!”, seguro más de las que debí haberlo hecho.