Por Manuel Alvarado Ledesma
Fuente: La Nación

A partir de la década del 40, una ideología simplista cubrió el cuadro político: se creía en la existencia de una estrategia para empujar al país a la dependencia del exterior, por lo que el Estado debía pulverizar esta suerte de trampa. Finalizada la Segunda Guerra Mundial, empezó una nueva forma de gobernar bajo la dialéctica amigo-enemigo. Las ideas de Alberdi y de la generación del 37 quedaron en el olvido, dando inicio a una decadencia continua. La legislación impositiva, laboral, aduanera, comercial, monetaria, etc. mantuvo una enorme similitud con las leyes de Indias; pero, en vez de quedar sometidos a los monarcas españoles, pasamos a quedarnos con el Gobierno.

La Argentina, desde ese entonces, ha comerciado en menor grado de lo que debería haber hecho. Desde la perspectiva de su aparato productivo y en vista del tamaño de su mercado interno, ¿no hubiese sido razonable aprovechar sus ventajas comparativas para gozar de los beneficios de la especialización internacional; para dar cauce a un mayor valor por exportaciones y así poder elevar sus importaciones?

La política económica pasó a ser adversa al sector agropecuario y al libre comercio. La política de sustitución de importaciones, a favor de la expansión de la industria manufacturera y el estancamiento de la actividad agraria, disparó un proceso de emigración del campo hacia la ciudad. En su preocupación por generar empleos en las urbes para los nuevos incorporados, Perón estimuló una fragmentación ineficiente en sectores industriales. Protegidos contra las consecuencias de su propia ineficiencia frente a la competencia externa, en un marco de tipo corporativista donde el Estado asumió un rol cada vez más gravitante, los resultados fueron decepcionantes y se prolongaron más allá de su gobierno; prácticamente hasta nuestros días.

El proteccionismo pasó a ser régimen de política económica. Como consecuencia de la expansión de los sectores industriales protegidos, aumentaron las importaciones de insumos y de bienes de capital, pero sin que éstos aporten suficientes exportaciones. Con la producción agropecuaria castigada, las crisis de balanza de pagos se convirtieron en algo usual. De allí, provinieron las devaluaciones para corregir los desequilibrios comerciales cuyo efecto central supuso la baja del salario real. La industrialización promovida desde el Estado generó a una nueva clase obrera que, de a poco, pasó a ser absorbida por los movimientos corporativos de corte popular dirigidos por una creciente oligarquía. En tanto que la industria sustitutiva pasaba a ser la fuerza de tracción de la economía, el agro y las actividades más competitivas eran relegadas. La creencia en el desarrollo de la industrialización, sin tomar en cuenta las ventajas comparativas y en un Estado prácticamente omnipresente, se desparramó sobre la sociedad. Como dijo Ortega y Gasset, “a fuerza de ver las cosas de una determinada manera, la sociedad termina por creer ésa, su visión, como la única realidad. Si esta visión colectiva pasa de una generación a otra, se arraiga con fuerza en su seno.”

El mito quedó instalado. Al referirse a éste, Rafael Olarra Jiménez escribe: “Los mitos, al constituirse en basamento teórico de ciertas políticas, desempeñaron el rol de “ideas fuerza” que, en los hechos, sirvieron más para actuar sobre la realidad y tratar de cambiarla que para describirla y analizarla.”

Subyacía en el inconsciente de la gente una ideología basada en un intervencionismo estatal, como si éste fuese el padre protector de todos, especialmente de los más débiles.

En los últimos años, los relatos oficiales alcanzaron niveles propios de la mitomanía. Mentir y mentir hasta que la mentira se haga carne, era la estrategia. Según Hanna Arendt, “Mentir consistentemente sumerge a la gente en el vacío, sin nunca ser capaz de construir otro terreno en el que la gente pueda apoyarse”.

El 10 de diciembre pasado, después de muchas décadas, el nuevo presidente expuso la cruda realidad. Fue un mensaje de libertad, en su sentido más amplio. No fue por azar: un conjunto de ideas sobre la libre competencia había prendido en la sociedad. La gente llegó a la votación muy enojada: el hechizo del bienestar para todos había caído. Y Milei trajo la idea-fuerza que se necesitaba. La mayoría sabía que el camino a seguir iba a estar lleno de espinas, aunque no esperaba que el gobierno aumentase impuestos. Sin embargo, existe cierta tolerancia. La gente ha entendido la importancia del déficit fiscal que implica la necesidad de bajar el gasto, generador de las sucesivas crisis macroeconómicas, frente a la incapacidad de los gobiernos anteriores de mantener las cuentas equilibradas a raíz de las demandas sociales y de su visión electoral cortoplacista.

Finalmente, se ha caído en la cuenta de que el peor impuesto es el de la inflación. Y que para eliminarlo hay que reducir el gasto, que es la madre de la emisión. “Mientras el gobierno tenga el poder de fabricar moneda con simples tiras de papel que nada prometen, ni obligan a reembolso alguno, el poder omnímodo vivirá inalterable como gusano roedor en el corazón de la Constitución misma…” decía Alberdi.