Por Radek Biernacki
Director de Departamento de Economía, Universidad Finis Terrae, Santiago de Chile.
En los Hechos de los Apóstoles encontramos un episodio deliciosamente curioso, que sirve como testimonio temprano de lo que hoy llamaríamos piquetes o manifestaciones. Invito a los interesados a leer el capítulo 19 del mencionado libro bíblico; aunque permítanme hacerles un breve resumen.
Pablo de Tarso, junto con algunos discípulos, llega a Éfeso, un bullicioso cruce de caminos de civilizaciones, conocido por su estratégica ubicación en la costa oeste de Asia Menor, cerca del actual Selçuk, en Turquía. Este próspero centro urbano no solo destacaba por su espectacular Templo de Artemisa, sino también por su vibrante teatro y, más tarde,
por la famosa biblioteca de Celso, convirtiéndose en el epicentro cultural y social donde se mezclaban las influencias griegas y romanas. En medio de este entorno, Pablo comienza a predicar el Camino, es decir, el mensaje de Jesucristo, lo cual no tarda en levantar las cejas de ciertos empresarios locales, particularmente preocupados por sus bolsillos.
Entonces aparece nuestro “héroe”, Demetrio, un platero que se ganaba la vida fabricando souvenirs del gran Templo de Artemisa. Viendo venir la tormenta, convoca a sus colegas artesanos – los capitalistas, y también a los obreros de la misma industria – y les ofrece un discurso que merece ser citado por completo por su innegable lógica: «Compañeros, vosotros sabéis que de esta industria obtenemos nuestro bienestar; pero estáis viendo y oyendo decir que no solamente en Éfeso, sino en casi toda Asia, ese Pablo persuade y aparta a mucha gente, diciendo que no son dioses los que se fabrican con las manos. Y esto no solamente trae el peligro de que nuestra profesión caiga en descrédito, sino también de que el templo de la gran diosa Artemisa sea tenido en nada y venga a ser despojada de su grandeza aquella a quien adora toda el Asia y toda la tierra.» (Hch 19, 25b 27).
¿El resultado? ¿Quizás algunos obreros comenzaron a preguntarse si habían sido engañados adorando a Artemisa? ¿O tal vez se preguntaban si existe acaso otro Dios que no está hecho por manos humanas? ¡No exactamente! Lo que siguió fue un estruendoso coro de: «¡Grande es Artemisa de los efesios!»
La historia no acaba ahí. Arrastran a los compañeros de viaje de Pablo al teatro donde se precipitan, llenos de confusión, los habitantes de la ciudad. Y el relato es fantástico. Unos gritan una cosa, otros otra. Y en medio de la confusión, como afirma el autor, “la mayoría no sabía por qué se había reunido”. Bien, hasta aquí, el escenario tampoco parece difícil de imaginar. Y eso que han pasado casi 2000 años desde este episodio. Pero la historia tampoco acaba ahí.
Entonces surge un tal Alejandro, intentando calmar a la multitud, pero al descubrirse que era judío —y por ende, monoteísta y en contra del culto pagano—, esto solo sirve para echar leña al fuego. Pues monoteísmo amenazba tanto las creencias como los ingresos económicos de los efesios. Y así, el tumulto continúa gritando: “¡Grande es Artemisa de los efesios!”. Durante ¡casi dos horas!
Este episodio o esta actitud podría muy bien llamarse Demetrismo o Demetrismo Populista (valga la redundancia). Definitivamente, Demetrio no es el único en la historia que ha movilizado a ciertos grupos hacia revueltas, pero resulta fascinante que este hecho haya quedado tan vívidamente descrito. Y claro, ¿quién podría oponerse a la fuerza de un grito que dura casi dos horas?
Desde la economía conductual, podríamos tratar de identificar algunos sesgos cognitivos que pueden subyacer a este episodio. El primero es, obviamente, el llamado argumentum ad populum: si muchos lo creen – debe ser verdad, y punto. Por tanto, “¡Grande es Artemisa de los efesios!” Uno parecido es el efecto arrastre, que describe la tendencia de las personas a adoptar ciertas conductas o actitudes simplemente porque otros lo están haciendo, así que, “¡Grande es Artemisa de los efesios!”. Sesgo del grupo, que actúa cohesionando a los miembros del grupo al identificar una amenaza externa. Y vaya si un dios no hecho con la mano humana podía ser una amenaza para la industria tanto de plateros como de turismo, así que, “¡Grande es la Artemisa de los efesios!” Y así podríamos seguir.
Los populismos, o demetrismos, han existido, existen y existirán. Sería tal vez “entretenido” que se estableciera un “reconocimiento” – no me gustaría llamarlo premio, pues este tiene una carga emocional demasiado positiva para esta situación – “reconocimiento” parece ser más neutro. Lo llamaría “Demetrio”. Y creo que, en Argentina de los últimos años habría muchos. Y no se me entienda mal. Nací en la República Popular de Polonia – pues así se llamaba el país hasta la caída del comunismo en 1989. El lado argentino de mi familia – pues mi tatarabuelo con mi bisabuelo emigraron a Argentina antes de la Segunda Guerra Mundial, nunca los conocimos. Pero aun así me une un sentimiento de cariño muy especial. Es más, en muchísimos otros países habría muchos nominados y ganadores ex aequo de este reconocimiento. Aunque probablemente seguirán gritando: “¡Grande es la Artemisa de los efesios!”
Lo que queda, sin embargo, es esperar. Confiar que incluso en medio de demetrismos más exacerbados, haya gente planteándose preguntas de fondo. O tal vez planteárselas uno mismo. En el caso descrito en los Hechos, la pregunta de fondo sería: ¿Artemisa o Cristo? ¡Vaya, esta sí que es una pregunta de fondo! Obviamente no es el lugar para abordarlo aquí. Pero, desde luego no es el método de demetrismo el que puede ofrecer la respuesta, ni en una ni en otra dirección.
Soy economista, y desde hace mucho tiempo, sobre todo en la academia y en la vida pública, observamos muchos Demetrios y sus seguidores. Desde los años ’40, Keynes parece haber sido proclamado la nueva Artemisa, y el grito se sigue manteniendo. Y ya pasaron más de dos horas…
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