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Cultura, civilización y riqueza – Armando Ribas

por Armando Ribas

26 de junio de 2017

“Culturas hay muchas, civilización hay una sola:
donde se respetan los derechos individuales”.
François Revel

                                                                         “Hasta tal punto son más fuertes los vicios del  sistema, que la virtud de los que lo practican”.

 Voy a volver sobre un tema que me preocupa y que parece permanente. Me refiero a la confusión presente que existe respecto la determinación de los factores que determinan la pobreza, la riqueza y la libertad. Esa confusión a mi juicio reside en la pretensión de que la libertad y la riqueza dependen de la cultura y de la moral.  Nada más falaz en la historia de esas premisas, a partir de las cuales se deriva la práctica imposibilidad de alcanzar la riqueza y  la libertad en los países subdesarrollados. Seguir leyendo Cultura, civilización y riqueza – Armando Ribas

Globalización: ex umbris ad lucem? – Mario Šilar

GLOBALIZACIÓN: EX UMBRIS AD LUCEM?

(¿desde las tinieblas a la luz?)

Por Mario Šilar

10 de mayo de 2017

Fuente: Una versión abreviada se publicó en la edición nº 2436 de la revista Criterio. 

En tiempos en que las ideas políticas se debaten casi con la misma pasión con que se discutían los temas teológicos en el antiguo imperio bizantino, esgrimir y defender opiniones que van en contra de la tiranía light de lo políticamente correcto implica convertirse en una especie de “hereje secular”. En lo que atañe a la globalización, el pensamiento único obliga a mirar este maravilloso (sí, he escrito “maravilloso”) proceso con el ceño fruncido. El relato dominante consiste en adoptar una posición de sospecha cuando no de clara oposición al proceso globalizador. Según este paradigma, la globalización habría sido un fracaso estrepitoso: prometió lo que no pudo cumplir. Se suponía que la globalización iba a reducir la pobreza y la desigualdad y, sin embargo, estas variables –según el pensamiento dominante que invade a la opinión pública– no habrían dejado de aumentar durante los últimos lustros.

La cantinela no es nueva. Ya en el año 2002, el premio Nobel de economía Joseph Stiglitz –miembro de gran influencia en la Academia Pontificia de Ciencias Sociales– publicaba una pequeña obra titulada El malestar en la globalización. El principal mensaje de aquel libro señalaba que la globalización en sí no era un problema aunque el modo en que se estaba gestionando debía reverse completamente. Posteriormente, Stiglitz fue incluso más lejos. En Rewriting the Rules of the American Economy (2015) propuso medidas para mitigar y “sosegar” el proceso globalizador. Quienes osan criticar estas propuestas desalentadoras de la globalización suelen ser etiquetados como “fundamentalistas de mercado”. Por su parte, quienes emiten voces de alarma ante la globalización se creen revestidos de un aura de superioridad moral. Al fin y al cabo, parece que solo a ellos les preocupa impulsar una globalización “con rostro humano”. ¿Quién podría ser tan desalmado como para oponerse a un objetivo tan noble?

Por lo tanto, ante la globalización sería obligado adoptar una posición de pretendida mesura. Se juega así con las típicas frases que apelan a una pseudo-virtud del justo medio. No se quiere ser ni un “pesimista acérrimo” ni un “optimista ingenuo”. Se dice entonces que la globalización “tiene sus luces y sus sombras”, a partes iguales; se dice también que la globalización no es la panacea que vaya a resolver todos los problemas humanos (¿de verdad alguien en su sano juicio cree que “algo de este mundo” permitirá acabar con los problemas humanos?). De todo esto se concluye que la globalización debe ser regulada y gestionada por la acción gubernamental; y aquí afloran los reclamos para dotar de más poderes y prerrogativas a los organismos internacionales (FMI, BM, ONU, etc.), cuando no de adoptar pasos decididos hacia un gobierno mundial, único ámbito desde el que se podría esperar cierto control eficaz del proceso globalizador. Todo esto para nuestro bien, obviamente, y el de los más desfavorecidos, que ya sabemos que los tecnócratas e intervencionistas siempre hacen las cosas pensando en el bien de los que más sufren…

Sin embargo, la realidad es bastante más compleja que los planteos maniqueos y pretendidamente mesurados nos quieren hacer creer. A pesar de todos los desafíos y problemas presentes, lo cierto es que nunca antes en la historia de la humanidad los seres humanos han gozado de los niveles de vida que se gozan en la actualidad. Según el informe Poverty and Shared Prosperity 2016, del Banco Mundial, en menos de veinticinco años las cifras globales absolutas de miseria –personas que viven en situación de pobreza extrema con menos de 1,90 dólares diarios– han caído más de la mitad, pasando de 1850 millones de pobres en el año 1990 a 767 millones en el año 2013. La cifra es incluso más impactante si se tiene en cuenta, además, el exponencial aumento de la población ocurrido en los últimos decenios. En efecto, mientras que el 35% de la población del planeta vivía bajo niveles de pobreza extrema en el año 1990, este porcentaje representaba en el año 2013 el 10,5%; disminución más impactante si se tiene en cuenta que la población del planeta casi se ha duplicado en los últimos treinta años. Dicho de manera simple: el planeta pasó de tener 1 de cada 3 habitantes viviendo en la pobreza extrema en el año 1990, a tener 1 de cada 10 en esta dramática situación en el año 2013. De hecho, la información más reciente del Banco Mundial (año 2015), ya ubica esta cifra por debajo del 10%. Pero se podría decir que el nivel de ingresos utilizado para determinar estas estadísticas es una variable limitada y de ningún modo la más relevante, ya que dice muy poco respecto de la calidad de vida de los seres humanos en la tierra. Sin embargo, el análisis más amplio de distintas variables, muestra que todas estas apuntan en la misma dirección. El analfabetismo, por ejemplo, ha caído del 40% en los años setenta, a algo menos del 15% en la actualidad. En nuestros días, el 50% de la población adulta mundial tiene un título educativo equivalente a la formación secundaria, en los años setenta este porcentaje era del 15%. Es decir, en muy poco tiempo se ha más que triplicado el número de personas con estudios (al tiempo que la población ha crecido notablemente). Y no se trata de un simple dato estadístico “frío”, como si se tratara de una simple formalidad propia de la estadística educativa. Los que se preocupan por “el rostro humano” de la globalización sabrán identificar con facilidad lo que esto representa en término de opciones vitales para el progreso personal, en las implicancias para la creación de nuevo capital humano, y en el fortalecimiento de las perspectivas vitales a las que abre la educación. Por otra parte, según cifras de la OMS, la esperanza de vida se ha incrementado en torno a cinco años, en todas las zonas del planeta. Además, en la actualidad, el 96% de los niños del planeta superan la edad de los cinco años. En los años setenta esta cifra era del 80%. Nuevamente, puede parecer un aumento no muy importante y un dato no muy significativo. Pero piénsese en la cantidad de seres humanos que no se han quebrado ante la aterradora y dolorosa experiencia –tal vez la más trágica que una persona pueda afrontar– de haber perdido un hijo pequeño. Globalización de rostro humano. Sí. No me quiero extender en el progreso de las condiciones sanitarias y en las estadísticas vinculadas a la mejora en el tratamiento de enfermedades de todo tipo, que se ubican en la misma tendencia (si se desean más detalles, se puede consultar uno de los trabajos recientes de Johan Norberg).

Sin embargo, y a pesar de las estadísticas que muestran mejoras contundentes, la globalización entendida como la extensión a escala planetaria de la libertad social y económica, sigue siendo presentada como una realidad ambivalente. No sería la globalización la que ha permitido impulsar estas mejoras, sino que estas se habrían alcanzado a pesar de la globalización. Según algunos, solo ideólogos, desalmados neoliberales, pueden animarse a vincular estas mejoras a la globalización. En efecto, la globalización es la nueva bestia negra y enemigo común señalado por los populismos, en su versiones de derecha o de izquierda. Ambos tipos de populismo se están extendiendo entre los países desarrollados. El pensamiento único obliga a mirar con sospecha a quienes hagan una defensa encendida de la globalización. No deja de ser sintomático que economistas como el citado Stiglitz –conocido referente intelectual de ideas socialdemócratas o socialistas– termine coincidiendo en el diagnóstico sobre la globalización con lo que propugnan los nuevos populismos de derecha en Europa y en los Estados Unidos.

El discurso de izquierda identifica la globalización con un proceso en el que las oligarquías del primer mundo consolidan sus cuotas de riqueza y bienestar al precio de diezmar vastas regiones de globo. Allí estarían ellos, los políticos sensatos para solucionar el desaguisado, tomarían medidas para controlar los excesos y lograr que “el pueblo” (esa categoría tan políticamente maleable y tan funcional a los intereses de parte) sea el que se beneficie de aquí en adelante. El discurso populista de derecha teje un discurso similar aunque señalando a otros buenos y a otros malos. Para el populismo de derecha los malos serían los extranjeros, los que están fuera de la jurisdicción del Estado nación. El extranjero es la figura amenazante que, fruto de la globalización, se presenta como una especie de potencial invasor, que pondría en peligro el nivel de vida y el bienestar alcanzado por una comunidad. Aunque las razones por las que se carga contra la globalización puedan diferir el diagnóstico que se propone desde ambos extremos del arco ideológico suele coincidir: ambos demandan un mayor control y una mayor limitación a la libre movilidad de personas, capitales, bienes y servicios. Muchos de los diagnósticos lúgubres sobre la situación actual suelen estar sesgados por esta postura ideológica de fondo. De aquí parte ese deseo, estadísticamente inexacto, de poner prácticamente en pie de igualdad las luces y las sombras de la globalización. De hecho, la relación entre los bienes que supone la globalización y los dramas que quedan por superar, en términos de magnitudes “lumínicas”, bien podría describirse metafóricamente de modo más ajustado como la relación que existe entre la potencia lumínica del sol y la presencia de manchas solares en este. Pero claro, esta imagen no daría muchos bríos retóricos para exigir mayores niveles de restricción a la libertad humana en aras de una nueva expansión del intervencionismo gubernamental.

En última instancia todo este debate sobre si globalización ¡sí!, globalización ¡no!, o globalización “sí… pero” (respuesta última bastante extendida entre muchos intelectuales y analistas próximos a la Iglesia, así como entre buena parte del clero) revela que sin un marco teórico sólido, las estadísticas de poco sirven y tan fácil es adoptar la postura A como su contraria no-A. Ante este escenario, puede ser comprensible que los mensajes y documentos pontificios tiendan adoptar una posición intermedia, concediendo un poco a ambas partes. Por una parte, es cierto que desde presupuestos conceptuales débiles la encendida defensa de la globalización a partir de las estadísticas señaladas puede ser susceptible de recibir una acusación de petición de principio. El que adopta una postura antiglobalización podría argüir que las abrumadoras mejoras señaladas no se deben al proceso globalizador sino a una estructura gubernamental y estatal fuerte –el “Estado presente” que defienden algunos– que ha permitido distribuir la riqueza para mejorar la situación media de amplios sectores de la población en diversos países. En última instancia se trata de otro modo de replicar el interminable debate sobre si primero hay que distribuir para crecer (suele ser el argumento de los que apoyan la injerencia fuerte del Estado en la vida social y económica), o apostar por un crecimiento económico que permita, eventualmente, la mejora en las condiciones socio-económicas de una comunidad. Explicar en detalle por qué una opción es viable y la otra inviable exigiría un análisis extenso de la importancia de la libertad –la globalización no sería más que un modo específico de canalizar esa libertad, conforme los medios tecnológicos actuales– para la prosperidad (se puede indagar sobre este tema en las obras de Deirdre McCloskey). En efecto, no cabe una disyuntiva entre prosperidad y libertad: las sociedades que renuncian a la libertad, tarde o temprano hacen colapsar también la prosperidad. Buena parte de la historia es un cementerio de comunidades que padecieron la debacle social fruto de destruir la libertad humana. Sucede que al reprimir la libertad humana se terminan esmerilando las fuerzas que anidan en las comunidades humanas. Se trata de fuerzas vinculadas al impulso emprendedor, creativo, asertivo, innovador que anida de modo múltiple e irreductible en todos y cada uno de los seres humanos. Es ese impulso o pathos por la acción humana libre el que está a la base, en definitiva, del progreso humano y de la mejora sobre los niveles de vida sobre la tierra. Obviamente, como bien afirma el P. Robert Sirico, este impulso de la acción creativa empresarial libre necesita de sólidas bases morales y culturales, y un contexto de ejercicio limitado del poder, en presencia de un estado de derecho sólido y justo, que respete la propiedad privada.

Se puede afirmar sin temor que la vida en la tierra, en términos absolutos, ha mejorado abrumadoramente en los últimos años, y ello ha sucedido gracias a la globalización. Esto no implica caer en la ideología progresista ni se pretende con ello decir que es posible engendrar el cielo en la tierra. La globalización no es una realidad sobrenatural, evidentemente. Sin embargo, tampoco hace falta dirigir una mirada torva sobre esta para con ello defender la perentoria necesidad de un orden moral, que dote de sentido a estas realidades. De hecho, la vida y el bienestar de millones de personas sobre el planeta depende de que la libertad económica y una genuina globalización sigan consolidándose y avanzando por todos los rincones del planeta.

 

 

Mario Šilar

Investigador senior del Acton Institute

msilar@institutoacton.com.ar

 

 

 

 

 

 

 

Mario Šilar

Senior Researcher del Instituto Acton Argentina Es Bachiller, Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte “Santo Tomás de Aquino”. Hizo estudios de Posgrado en Organización y Gestión Educativa, en la Universidad Austral. Tiene un Máster en Derecho de la Integración Económica, por la Université Paris I Panthéon-Sorbonne y un Máster en Formación del Profesorado por la UNED (España). Es Diploma de Estudios Avanzados en Filosofía por la Universidad de Navarra.

Una relectura a medio siglo de la “Populorum Progressio” – Germán Masserdotti

UNA RELECTURA A MEDIO SIGLO DE LA “POPULORUM PROGRESSIO”

La encíclica fue tan novedosa como malinterpretada

por Germán Masserdotti

Fuente: La Prensa /

13 de abril de 2017

El mensaje de Pablo VI en la Populorum progressio (26 de marzo de 1967) podría resumirse en pocas palabras: el desarrollo integral debe ser para cada hombre y para todos los hombres tanto en su dimensión individual como social (PP, >42). Seguir leyendo Una relectura a medio siglo de la “Populorum Progressio” – Germán Masserdotti

Por qué fracasan los países: una lección para Argentina – Nicolás Cachanosky

Por Nicolás Cachanosky

Fuente: Infobae

21 de abril de 2017

 En su best-seller Por qué fracasan los países, Daron Acemoglu y James A. Robinson hacen un extenso estudio sobre los descalabros y éxitos de los países a lo largo de la historia. Países exitosos son aquellos que crean riqueza de manera sostenida y estable reduciendo sus niveles de pobreza. Los países que fracasan presentan el caso contrario, no logran crear riqueza de manera estable y tienen serias dificultades para reducir sus niveles de pobreza. Acemoglu y Robinson argumentan que el éxito y el fracaso de los países no se deben ni a cuestiones geográficas como recursos y clima ni a cuestiones culturales, sino que dependen del marco institucional. Seguir leyendo Por qué fracasan los países: una lección para Argentina – Nicolás Cachanosky

Oxfam y cristianismo bienintencionado, peligrosos aliados – Mario Šilar

Enero de 2016

Por Mario Šilar

Para Instituto Acton (Argentina)

No hace falta apoyarse en Oxfam para que los cristianos denuncien y actúen contra el drama de la pobreza

 

  1. La fundación Oxfam

Nuevamente, como todos los años durante el mes de enero, la organización no gubernamental Oxfam publicó su informe sobre la pobreza a nivel global, con un título efectista e impactante: “Una economía al servicio del 1%. Acabar con los privilegios y la concentración de poder para frenar la desigualdad extrema. ¿Quién se puede oponer a un título aparentemente tan sensato? Como es ya casi otra costumbre, no faltaron prelados, y agencias cristianas de prensa que se hicieron eco de modo acrítico del informe Oxfam (véase por ejemplo, la nota de prensa que publica la Revista para la Nueva Evangelización “Buena Nueva). Lamentablemente, la velocidad  e instantaneidad de la información hace que prácticamente todos, también los hombres de fe, seamos víctimas en algún momento de replicar información imprecisa o falaz. Esta desatención es particularmente delicada si quien cae en ella tiene por misión confirmar a los hermanos en la Fe, ya que sus palabras, aunque se refieran a asuntos humanos suelen ser interpretadas por el creyente como revestidas de cierta sabiduría trascendente, fruto de la vida de Fe y Gracia de quien las profiere.

Pero afortunadamente, la actual democratización en el acceso a distintos medios de información hace que cada vez sea más fácil acceder a diversas fuentes, contrastar la información y formarse una opinión más crítica y ponderada de los problemas que nos rodean. Con ello evitamos caer en opiniones meramente epidérmicas y efectistas que, en última instancia, no trascienden de la mera logica mundi, algo nunca bueno para una adecuada lectura de los signos de los tiempos.

En lo que sigue no me detendré en señalar exhaustivamente los errores y las falacias que presenta el último informe Oxfam. En efecto, ya están disponibles los trabajos de varios expertos que han hecho esto con mayor precisión, por lo que a ellos remito  (véanse por ejemplo, el trabajo del periodista Domingo Soriano, en España, Josu Mezu se dedica habitualmente a desenmascarar este tipo de informes, y también esta participación radial del economista Juan Ramón Rallo). Reservaré algunos comentarios vinculados a los puntos más confusos del informe, que se apoyan sobre los trabajos arriba mencionados, en el apéndice final.

En el segundo apartado expondré el contexto general de la fundación Intermón Oxfam para que el hombre de Iglesia tenga mejor conocimiento de ella.

  1. El marco conceptual que inspira a Oxfam

En primer lugar, conviene recordar que la ONG Intermón Oxfam nació en el año 1956, en Barcelona, como Secretariado de Misiones y Propaganda de la Compañía de Jesús; tenía un carácter religioso y asistencialista. En la actualidad su carácter y dirección es laica si bien tiene algún contacto con la Compañía de Jesús. La organización propone en su aproximación a la lucha contra la pobreza, la necesidad de un mayor aumento del gasto público (vía aumento impositivo en los países desarrollados) para hacer frente a la lucha contra la pobreza global y la desigualdad. La organización no duda en vincularse de algún modo con cierta propuesta ideológico partidaria. Por ejemplo, el pasado julio de 2014, en el Nueva Economía Forum Europa, el Director de Campañas y Estudios de Intermón Oxfam, Jaime Atienza, presentó al líder de Podemos y en aquel momento eurodiputado por esa formación –se trata, en efecto, de un nuevo movimiento o partido político en España vinculado a la izquierda, y con nexos confirmados con Venezuela, Cuba e Irán–, Pablo Iglesias en un desayuno informativo en el Hotel Ritz de Madrid; señalando que Podemos representa “un soplo de aire fresco para el sistema democrático español” (algo más que cuestionable a tenor de las viejas-nuevas medidas que proponen). Por otra parte, y si bien una cosa no implica la otra, téngase en cuenta también que en temas de salud reproductiva Intermón Oxfam suele promover la típica agenda anti-vida propia de casi todos los organismos internacionales no confesionales. Más allá de lo cuestionable a nivel de filosofía y teología moral, se puede señalar también una errónea concepción respecto de la relación entre generación de riqueza económica y población. En efecto, los investigadores de Oxfam suelen estar anclados en una visión de la economía del desarrollo que postula una relación causal entre crecimiento de la población y pobreza; y que consideran al ser humano –en términos económicos– como algo no muy distinto a un animal irracional (de ahí que promuevan políticas de control de la natalidad). Los más avanzados estudios en la materia han dado buena cuenta de lo falaz de esta pretendida relación causal (como bien muestran los casos de la India, China y Banghladesh, en los últimos decenios), dando buena cuenta del impresionante poder creativo y transformador de todos y cada uno de los seres humanos (véase, por ejemplo, la estremecedora historia de esta humilde persona de la India, que sólo con sus manos ha plantado un bosque de mayor extensión que el Central Park de Nueva York). No cabe duda que esta última aproximación es bastante más compatible con la sabiduría bi-milenaria presente en la antropología católica: en efecto, un hombre más en la tierra nunca será simplemente una boca más que alimentar –como si fuera un cerdo– sino un ser único, irrepetible, con valor de eternidad y con un potencial transformador inconmensurable.

A continuación, antes de centrarme en algunos puntos problemáticos del informe, pasaré breve revista a lo que señalan algunos organismos internacionales respecto de la situación actual en el mundo, para tener una mejor perspectiva del contexto.

 

  1. Breve referencia a la situación del mundo actual a la luz de los informes de algunos organismos internacionales

A continuación, siguiendo a Juan Ramón Rallo, expondré un breve repaso de la situación del mundo en la actualidad, según algunas estadísticas que ofrecen los principales organismos internacionales (se pueden consultar los informes en los sitios web pertinentes):

  1. En primer lugar, no se debe olvidar que cuando el informe habla del 1% de una población mundial de más de 7.000 millones de personas, se refiere a unos 70 millones de personas. Como se puede observar no se trata de un grupo selecto de empresarios o magnates sino de una población que suma casi dos veces la población de un país como España, por ejemplo.
  2. Por otra parte, en la actualidad se calcula que hay unas 700 millones de personas pobres. En el año 1980, hace 35 años, había un total de 2.000 millones de personas pobres. Esto significa que en los últimos 35 años –según fuentes consolidadas de los organismos internacionales– se ha producido una reducción de 1.300 millones de personas que han dejado la pobreza extrema. En términos relativos la reducción es incluso mayor, porque en los últimos 35 años la población mundial casi se ha duplicado. Esto significa que se ha pasado de una tasa de pobreza que en el año 1980 era del 44% de la población mundial (es decir que casi la mitad de la población era pobre) a el 9,6%. Esto significa que menos del 10% de la población mundial en la actualidad está debajo de la línea de la pobreza.
  3. Según la FAO el porcentaje de la población mundial desnutrida es en la actualidad del 11%, hace 35 años –en 1980– era del 21%, es decir que se ha producido una reducción de más de 10 puntos porcentuales sobre el porcentaje de la población –que no olvidemos que casi se ha duplicado.
  4. Según la OMS el porcentaje de la población mundial con acceso a agua potable ha pasado del 76% al 89%. Según la OMS la esperanza de vida ha pasado en el planeta de 63 años, en el año 1980, a 71 años en la actualidad; y aumenta en todas las zonas del mundo.
  5. Según la UNESCO, hemos pasado de una tasa de alfabetización del 70% de la población mundial de más de 15 años, en 1980, al 85%, en la actualidad. Este aumento se produjo especialmente porque los países más pobres se han alfabetizado, ya que los más ricos tenían tasas elevadas hace ya 35 años.

En síntesis y aunque pueda resultar contraintuitivo y algo desagradable para los oídos políticamente correctos, lo cierto es que el mundo nunca ha sido mejor para los pobres que en la actualidad. Si hubiese una época histórica en la cual, poniéndonos un velo de la ignorancia, según la terminología rawlsiana, nos preguntaran “¿en qué época histórica quiere nacer y vivir?”, siendo que le va a tocar nacer en alguna parte del mundo aleatoria que no conoce. Se minimizaría el riesgo de vivir en condiciones precarias si se eligiera nacer en el mundo 2015, cualquier período anterior de la historia sería peor. Por supuesto que todavía hay áreas del mundo en que los hombres sufren la ignominia de la pobreza; y no es menos cierto que todavía hay pobres que sufren la pobreza más absoluta, pero el mundo nunca ha sido mejor que en la actualidad. La clave, entonces, es indagar con rigor cuáles han sido las condiciones institucionales que han permitido mejorar las condiciones de vida de millones de seres humanos en la tierra.

4. Algunos errores metodológicos y conceptuales del informe Oxfam

  1. A continuación, señalaré a algunos de los errores más groseros y ambigüedades presentes en el informe Oxfam:
    1. En primer lugar, el informe cae en una contradicción al jugar equívocamente con la distribución de la riqueza neta a nivel mundial. Por ejemplo, lo que Oxfam designa como el 50% más pobre de la población introduce europeos y norteamericanos –el 20% d de los que Oxfam señala como los más pobres son europeos y norteamericanos porque tienen riqueza neta negativa, es decir que el valor de sus deudas supera el valor de sus activos–. Por lo tanto, según el criterio que utiliza el informe Oxfam se da la paradoja de que cualquier agricultor humilde de Uganda, África es más rico que un estudiante de Harvard que sale con riqueza financiera negativa porque ha tenido que endeudarse para pagar los estudios universitarios, y aunque consiga un trabajo de 90.000 euros al año, hasta que no amortice el coste de sus estudios, a los efectos del informe tendrá riqueza neta negativa. Del mismo modo, ese humilde agricultor, siempre según el informe Oxfam será más rico que un europeo medio que acaba de adquirir una casa mediante una hipoteca y tiene una deuda mayor que sus activos.
    2. En segundo lugar, hay una clara confusión respecto de la definición de riqueza. La definición operativa de Oxfam no incluye, por ejemplo, la riqueza vinculada al capital humano (la formación de una persona), lo cual da lugar a muchos errores de interpretación. De nuevo, según el informe Oxfam –que opera con una visión muy pobre y fisicista de la riqueza–, un jubilado que tenga en su cuenta corriente 10.000 euros es más rico que un recién graduado en Harvard donde le pagan 100.000 euros al año, porque lo que valora el informe es el patrimonio que se posee, y nada más. El joven tiene una deuda y casi no tiene activos mientras que el jubilado tiene un patrimonio en propiedad.
    3. El informe afirma que “la riqueza en manos de la mitad más pobre de la población se redujo en más de un billón de dólares entre 2010 y 2015, un desplome del 41%”. Sin duda esto.Sin duda esta cita nos conduce a pensar, como bien señala Domingo Soriano, que cada vez hay más pobres en el mundo, o que los pobres son cada vez más pobres. Sin embargo, el mismo informe desmiente esto, al señalar que: “entre 1990 y 2011, el crecimiento económico en la región [China e India] contribuyó a sacar de la pobreza a casi mil millones de personas, de las que 700 millones vivían sólo en estos dos países. El porcentaje de la población mundial que vive en situación de pobreza extrema pasó del 36% en 1990 al 16% en 2010, cumpliendo así el Objetivo de Desarrollo del Milenio de reducir a la mitad la pobreza extrema cinco años antes de la fecha límite, fijada inicialmente para 2015” (informe, página 9). Incluso, entre el año 2011 y 2015, según un informe del Banco Mundial se concluye que el número de pobres ha seguido disminuyendo durante este período.
    4. El informe tampoco tabula en el cálculo de riqueza el contexto institucional y de servicios de la comunidad en la que viven los seres humanos. Uno puede tener sus reservas o críticas respecto al Estado de bienestar, pero sería desleal no considerar en el parámetro de riqueza de una sociedad la posibilidad de acceso a servicios que algunas regiones ofrecen por sobre otras. Es decir, una cosa es que uno pueda tener sus reservas respecto de la efectividad en el largo plazo de las estructuras hipertrofiadas del estado de bienestar, pero no es científicamente serio que quienes elaboran el informe, que instan a extender las prestaciones del estado de bienestar, no ponderen los actuales beneficios que ofrece este sistema. De este modo, es como si hicieran trampa jugando al solitario, ya que independientemente de las mediciones, cada año podrán seguir concluyendo lo mismo: la necesidad de ampliar el gasto para financiar las prestaciones del estado de bienestar, a fin de reducir la desigualdad.

    En este sentido, el informe Oxfam no tabula, calcula ni pondera los beneficios a los que puede acceder la población en lugares donde existe un extenso estado de bienestar. Por lo tanto, un jubilado en Senegal sin acceso a sanidad ni pensiones pero que tiene 10.000 euros ahorrados en su cuenta corriente, a los efectos del informe, es más rico que un jubilado alemán, sin ahorros (ni patrimonio) pero que tiene acceso a sanidad y a una pensión de 900 euros al mes.

    Llama la atención que un informe de este tipo no preste atención a dos de las áreas más importantes y en las que más invierten los estados, como son la educación y los servicios sociales. Se observa aquí una clara manipulación deliberada de las mediciones. En efecto, Oxfam entre sus recomendaciones llama a una mayor aumento del gasto público e intervención del estado en las áreas de la educación y los servicios y, sin embargo, son áreas que no computen en su estudio; con lo cual siempre podrán seguir reclamando un mayor aumento del gasto estatal en estas áreas, ya que han preparado el informe de tal manera que nunca incluyen ese gasto estatal.

    Si nos concentramos en el marco del diseño de la investigación, el informe comete otro grosero error, que no resiste los estándares mínimos de un diseño de investigación de un primer curso universitario. En efecto, el informe utiliza dos fuentes distintas para elaborar la comparación sobre la que se apoya la tesis principal del informe; y hace esto sin mostrar los baremos justificativos de esa comparación. La información respecto de los quintiles más pobres está tomado de un informe que elabora anualmente el banco Credit Suisse, el Global Wealth Databook 2015 sobre la riqueza de la población mundial. Si bien el informe es del banco francés es sólido, las cifras que toma Oxfam son justamente de la pate donde el mismo informe señala la baja fiabilidad de los datos, como se puede observar en la última columna de la derecha del siguiente cuadro, extraído del informe:

Pero, ¿de dónde saca el informe Oxfam la cifra de las 62 fortunas más voluminosas del planeta? Pues lo toma de la cifra de multimillonarios que publica la revista Forbes todos los años. Aquí de nuevo hay gato encerrado. Lo que hace el informe es calcular la riqueza (el valor aproximado de mercado) de las grandes empresas de esas fortunas (Inditex, Amazon, etc.). Ahora bien, como afirma Domingo Soriano, “cuando se dice que 62 personas tienen tanta riqueza como los 3.600 millones más pobres o que el 1% de la población mundial acumula el 50% de la riqueza, se lanza la idea de que hay un pequeño grupo de súper ricos que se lo está quedando todo”, pero no es cierto.

            “En primer lugar, esas 62 personas acumulan una riqueza de 1,76 billones de dólares. Es una barbaridad. Es un nivel de patrimonio que al ciudadano medio no le cabe en la cabeza y supone aproximadamente el 0,7% de la riqueza a nivel global. Que en un mundo con 7.000 millones de habitantes, haya sólo 62 que tienen el 0,7% es un dato relevante. Pero la idea que mucha gente extrae (que hay supermillonarios que acaparan casi todos los recursos) no es realista: acumulan el 0,7% de toda la riqueza del mundo. Si pensamos en ese 1% que acumula el 50% de la riqueza, hablamos de 47 millones de adultos. La riqueza per cápita de este colectivo está por debajo del millón de dólares: en concreto, hablamos de 760.000 dólares (unos 697.000 euros) de activos netos para pertenecer a ese selecto grupo. O por decirlo de otra manera, cualquier persona que tenga bienes que valgan más de 697.000 euros ya pertenece a ese 1% más rico del que tanto se habla hoy. Muchos españoles con casa propia (como otros muchos occidentales) descubrirán con sorpresa que están en ese grupo. Y eso si hablamos del 1% más rico. El nivel para entrar en el 10% más rico del mundo comienza en los 68.800 dólares (unos 63.000 euros). Si usted posee una casa sin cargas financieras que valga más que esta cantidad, ya lo sabe… es de esos ricos a los que Oxfam señala esta semana. Al final, la conclusión que se saca del informe de Credit Suisse es que en los países más pobres, sus habitantes tienen un nivel de riqueza medible casi nulo: no han podido acumular activos financieros o bienes reales. Lo poco que tienen, lo llevan siempre consigo (aunque la parte positiva es que cada vez tienen un poquito más).

            Mientras, la mayoría de los habitantes de los países desarrollados ha conseguido ahorrar y acumular un patrimonio razonable. De esta forma, es cierto que el 10% más rico del mundo posee el 87% de la riqueza y el 20% más rico el 95% (o lo que es lo mismo, el 80% sólo tiene el 5%). ¿Y quién forma ese 20% de afortunados? Pues más de 950 millones de personas, europeos, norteamericanos o japoneses de clase media en su mayor parte”.

Asimismo, el informe Oxfam omite, por ejemplo, otro dato importante como es el hecho de que estamos viviendo en la época de la historia con menor mortalidad infantil, como bien muestra el siguiente gráfico:

Por otra parte, el prestigioso docente e investigador sueco, Hans Rosling he elaborado un magnífico sitio en Internet, llamado gapminder, donde uno puede acceder a información detallada, con una fuerte base de análisis estadístico que ofrece resultados muy gráficos y contundentes. A continuación, por ejemplo, se observa la progresiva mejora de la humanidad, según una comparativa entre la esperanza de vida y la renta per cápita de la humanidad, analizada según la información disponible en el año 1800 (en gris) y la situación en el año 2010 (en verde):

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A continuación, analizaré cuáles son los posibles motivos de índole psicológico-afectivo por el cual las personas religiosas solemos ser tan proclives a aprobar acríticamente este tipo de informes.

  1. Mecanismos psico-afectivos por el que los hombres de iglesia suelen ser más proclives a apelar acríticamente a informes como el de Oxfam para llamar a una mayor solidaridad y conciencia social entre los creyentes

Llegados a este punto, bien puede suceder que una persona bien formada, pongamos por caso un doctor en teología, con una fecunda vida de fe y santidad, honestamente lea todo lo anterior y piense algo como esto: “muy bien, muy interesante, pero es innegable que hay pobreza y miseria; y hay gente que tiene riquezas acumuladas en un volumen que no le alcanzarían diez vidas para consumirla”. Especialmente, si ese hombre de Iglesia ha visto de primera mano el drama de la miseria en regiones tan castigadas del globo, como algunos pueblos aislados en Sudamérica, o regiones enteras de África subsahariana o Asia, pensará además, de modo comprensiblemente, que tiene una legítima autoridad moral para hacer ese comentario. Esta persona bien podría sentir que todo esto no es más que “un argumentario” que a lo único que conduce es a debilitar nuestro celo y deber moral por proteger y ayudar a los más pobres. Podría concluir diciendo algo como lo siguiente: “¡lo cierto es que me da igual lo que se diga!, ¡la pobreza es una aberrante injusticia que clama al cielo!”. Nada más lejos de mí que la pretensión de ofrecer un mero “argumentario” que disuada del deber moral de ayudar a los más pobres, sin olvidar a los más pobres de toda pobreza, los que sufren la miseria espiritual del pecado y la desesperanza.

Además, no creo que haya nada en lo que he escrito anteriormente que suponga estar negando que sigue habiendo pobres en el planeta. Entonces ¿por qué se suele caer en comentarios más de tipo emocionales o viscerales que racionales para abordar un tema que exige lo mejor de nuestras fuerzas humanas, como es una racionalidad afectiva iluminada y elevada por la fe? Aquí creo que entran los sesgos y las disonancias cognitivas –cosa de la que no estamos exentos tampoco quienes somos personas de fe y de oración diaria–.

Creo que en cierta medida es más fácil para nuestra psiquis justificar nuestras actitudes de lucha y cuidado por los más débiles, si pensamos que la situación está cada vez peor, y si las injusticias y la brecha entre ricos y pobres son cada vez mayores. En efecto, al ver las cosas desde esta perspectiva, aumentamos nuestro incentivo personal por emitir discursos cargados de amonestaciones y de llamados severos a una mayor generosidad para con los más débiles; y ello nos hace sentir mejor con nosotros mismos en la medida en que con ello mostramos a la sociedad nuestro compromiso por ponernos del lado de los más miserables, y ser así la voz de los que no tienen voz. Con ello, además, creemos que cumplimos el mandato del Apóstol de predicar el Evangelio oportuna e inoportunamente. Al mismo tiempo, esto permite no gastar energías psíquicas e intelectuales en algo que suele ser bastante poco atractivo (especialmente para quien tiene una cosmovisión cristiana del mundo, por la que se siente llamado a vivir la pobreza, la austeridad y la frugalidad) como es hacer un análisis riguroso respecto de cuáles son los contextos institucionales que causan una mejora en el nivel de vida de los seres humanos. De este modo, se dan todas las condiciones psicoafectivas que hacen comprensible que nos remitamos a informes como los de Oxfam para fortalecer nuestro mensaje.

Observo aquí, tal vez, cierta pereza intelectual, ya que de este modo, lo único importante en lo que nos centramos es en pensar que básicamente la solución pasa porque los ricos transformen su corazón y sean más generosos (lo cual es cierto, pero no es toda la solución). Además, por lo general, el hombre de Iglesia –que no tiene por qué tener un espíritu emprendedor secular– seguramente tiene en el recuerdo de sus emprendimientos pasados la experiencia de que los proyectos que pudo sacar adelante fueron gracias a que los benefactores y feligreses más favorecidos (y/o, según el caso, la administración pública) colaboraron generosamente con fondos para llevar adelante esas buenas obras. De nuevo, todo esto le permite sentirse bien consigo mismo pensando que “su” función vocacional de servicio a la sociedad consiste en ser la voz de la conciencia para que quienes más tienen sean más generosos con quienes menos tienen…; sin olvidar que la pobreza no es solo material, ya que debe estar presente el mensaje salvífico del encuentro con la persona de Cristo –con ello también se ve mejor legitimada la función específica de la Iglesia, alejándola de una imagen simplista de Iglesia- ONG.

Entiendo que buena parte de lo que digo en este epígrafe resulte difícil de entender o aceptar. En efecto, es difícil que una persona entienda y acepte algo cuando su salario, su visión del mundo, su status o imagen social dependen, justamente, de no entenderlo. Por este motivo, en parte, es que el deber moral y espiritual de ser sinceros con uno mismo nos acompaña toda la vida. Acepto también que suele ser mucho más fácil, seguir la corriente y la lógica del mundo, y decir simplemente cosas como que existe “una economía que mata”, o que vivimos en un sistema estructural insolidario, y quedarnos tranquilos sintiendo que hemos cumplido con nuestra misión de denunciar estos males. Por eso, a veces puede ser bueno preguntarnos ¿en verdad nuestra misión como hombres de Iglesia debe remitirse simplemente a denunciar los males que generan injusticia? ¿Acaso el pensamiento de la Iglesia no ofrece una preciosa cosmovisión para inspirar una genuina búsqueda de la mejora personal y de un enriquecimiento armónico genuinamente humano?

 

  1. Conclusión:

Desde la armonía Fe-razón donde existe clara convicción de que las ideas tienen consecuencias y de que no hay nada más práctico que una buena teoría; y teniendo en cuenta que en el tema de la pobreza, en última instancia, se juega la posibilidad de un desarrollo humano digno para las personas menos favorecidas de la tierra es fundamental que los hombres de Iglesia, líderes religiosos e intelectuales católicos sean extremadamente estudiosos, prudentes y cuidadosos a la hora de proferir juicios  en esta área.

En lo que aquí he escrito simplemente quise señalar que no existe una línea de continuidad deductiva apodíctica entre la defensa de los principios de la Doctrina Social de la Iglesia respecto de la solidaridad, el bien común y la opción preferencial por los pobres, y la exigencia de medidas de acción concreta respecto de demandar un mayor aumento del gasto público (en la línea socialdemócrata), por parte de los organismos gubernamentales –sea a nivel estatal o supraestatal–, para combatir la pobreza. Si los hombres de Iglesia no quieren que su mensaje quede atrapado en el marco de las discusiones sobre los aspectos técnicos –siempre opinables y contingentes– vinculados a las distintas estrategias de acción para combatir la pobreza, o crear riqueza, mejor dicho; ellos deben ser los primeros en tener conciencia de los distintos niveles epistemológicos a tener en cuenta a la hora de hablar sobre este tema.

Es necesario ser prudentes y estar alertas ya que, lamentablemente, cualquier persona de buena fe puede caer en la tentación de expresar proclamas tan efectistas como ambiguas (por decir lo menos) como que “los ricos son cada vez más ricos, y los pobres cada vez más pobres”, por ejemplo. Todos tenemos un desafío moral respecto del drama de la pobreza: pensar con mayor rigor, sencillez y humildad; concentrarnos más en el conocimiento del nivel micro y local, y analizar cuáles son los efectos concretos de los distintos marcos institucionales en los que se organiza la convivencia humana. Entiendo que esto tiene menos atracción e impacto, pero puede resultar más efectivo; y dar auténticos frutos, pienso especialmente en esos frutos que no pagan solo en esta tierra.

Mario Šilar

Senior Researcher del Instituto Acton Argentina Es Bachiller, Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte “Santo Tomás de Aquino”. Hizo estudios de Posgrado en Organización y Gestión Educativa, en la Universidad Austral. Tiene un Máster en Derecho de la Integración Económica, por la Université Paris I Panthéon-Sorbonne y un Máster en Formación del Profesorado por la UNED (España). Es Diploma de Estudios Avanzados en Filosofía por la Universidad de Navarra.

Algunas reflexiones sobre la pobreza a partir de PovertyCure

Por Cecilia G. de Vázquez Ger *

Fuente: Revista Communio

Se me ha pedido hacer algunas reflexiones sobre “La pobreza”. Debo confesar que con sólo escribir el título, algo me resuena interiormente, y me sobreviene un sentimiento de impotencia. El tema es amplio, y complejo, y depende poco de lo que cada uno puede directamente hacer, a la vez que también depende de nuestra actitud y acción personal. Seguir leyendo Algunas reflexiones sobre la pobreza a partir de PovertyCure