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Globalización: ex umbris ad lucem? – Mario Šilar

GLOBALIZACIÓN: EX UMBRIS AD LUCEM?

(¿desde las tinieblas a la luz?)

Por Mario Šilar

10 de mayo de 2017

Fuente: Una versión abreviada se publicó en la edición nº 2436 de la revista Criterio. 

En tiempos en que las ideas políticas se debaten casi con la misma pasión con que se discutían los temas teológicos en el antiguo imperio bizantino, esgrimir y defender opiniones que van en contra de la tiranía light de lo políticamente correcto implica convertirse en una especie de “hereje secular”. En lo que atañe a la globalización, el pensamiento único obliga a mirar este maravilloso (sí, he escrito “maravilloso”) proceso con el ceño fruncido. El relato dominante consiste en adoptar una posición de sospecha cuando no de clara oposición al proceso globalizador. Según este paradigma, la globalización habría sido un fracaso estrepitoso: prometió lo que no pudo cumplir. Se suponía que la globalización iba a reducir la pobreza y la desigualdad y, sin embargo, estas variables –según el pensamiento dominante que invade a la opinión pública– no habrían dejado de aumentar durante los últimos lustros.

La cantinela no es nueva. Ya en el año 2002, el premio Nobel de economía Joseph Stiglitz –miembro de gran influencia en la Academia Pontificia de Ciencias Sociales– publicaba una pequeña obra titulada El malestar en la globalización. El principal mensaje de aquel libro señalaba que la globalización en sí no era un problema aunque el modo en que se estaba gestionando debía reverse completamente. Posteriormente, Stiglitz fue incluso más lejos. En Rewriting the Rules of the American Economy (2015) propuso medidas para mitigar y “sosegar” el proceso globalizador. Quienes osan criticar estas propuestas desalentadoras de la globalización suelen ser etiquetados como “fundamentalistas de mercado”. Por su parte, quienes emiten voces de alarma ante la globalización se creen revestidos de un aura de superioridad moral. Al fin y al cabo, parece que solo a ellos les preocupa impulsar una globalización “con rostro humano”. ¿Quién podría ser tan desalmado como para oponerse a un objetivo tan noble?

Por lo tanto, ante la globalización sería obligado adoptar una posición de pretendida mesura. Se juega así con las típicas frases que apelan a una pseudo-virtud del justo medio. No se quiere ser ni un “pesimista acérrimo” ni un “optimista ingenuo”. Se dice entonces que la globalización “tiene sus luces y sus sombras”, a partes iguales; se dice también que la globalización no es la panacea que vaya a resolver todos los problemas humanos (¿de verdad alguien en su sano juicio cree que “algo de este mundo” permitirá acabar con los problemas humanos?). De todo esto se concluye que la globalización debe ser regulada y gestionada por la acción gubernamental; y aquí afloran los reclamos para dotar de más poderes y prerrogativas a los organismos internacionales (FMI, BM, ONU, etc.), cuando no de adoptar pasos decididos hacia un gobierno mundial, único ámbito desde el que se podría esperar cierto control eficaz del proceso globalizador. Todo esto para nuestro bien, obviamente, y el de los más desfavorecidos, que ya sabemos que los tecnócratas e intervencionistas siempre hacen las cosas pensando en el bien de los que más sufren…

Sin embargo, la realidad es bastante más compleja que los planteos maniqueos y pretendidamente mesurados nos quieren hacer creer. A pesar de todos los desafíos y problemas presentes, lo cierto es que nunca antes en la historia de la humanidad los seres humanos han gozado de los niveles de vida que se gozan en la actualidad. Según el informe Poverty and Shared Prosperity 2016, del Banco Mundial, en menos de veinticinco años las cifras globales absolutas de miseria –personas que viven en situación de pobreza extrema con menos de 1,90 dólares diarios– han caído más de la mitad, pasando de 1850 millones de pobres en el año 1990 a 767 millones en el año 2013. La cifra es incluso más impactante si se tiene en cuenta, además, el exponencial aumento de la población ocurrido en los últimos decenios. En efecto, mientras que el 35% de la población del planeta vivía bajo niveles de pobreza extrema en el año 1990, este porcentaje representaba en el año 2013 el 10,5%; disminución más impactante si se tiene en cuenta que la población del planeta casi se ha duplicado en los últimos treinta años. Dicho de manera simple: el planeta pasó de tener 1 de cada 3 habitantes viviendo en la pobreza extrema en el año 1990, a tener 1 de cada 10 en esta dramática situación en el año 2013. De hecho, la información más reciente del Banco Mundial (año 2015), ya ubica esta cifra por debajo del 10%. Pero se podría decir que el nivel de ingresos utilizado para determinar estas estadísticas es una variable limitada y de ningún modo la más relevante, ya que dice muy poco respecto de la calidad de vida de los seres humanos en la tierra. Sin embargo, el análisis más amplio de distintas variables, muestra que todas estas apuntan en la misma dirección. El analfabetismo, por ejemplo, ha caído del 40% en los años setenta, a algo menos del 15% en la actualidad. En nuestros días, el 50% de la población adulta mundial tiene un título educativo equivalente a la formación secundaria, en los años setenta este porcentaje era del 15%. Es decir, en muy poco tiempo se ha más que triplicado el número de personas con estudios (al tiempo que la población ha crecido notablemente). Y no se trata de un simple dato estadístico “frío”, como si se tratara de una simple formalidad propia de la estadística educativa. Los que se preocupan por “el rostro humano” de la globalización sabrán identificar con facilidad lo que esto representa en término de opciones vitales para el progreso personal, en las implicancias para la creación de nuevo capital humano, y en el fortalecimiento de las perspectivas vitales a las que abre la educación. Por otra parte, según cifras de la OMS, la esperanza de vida se ha incrementado en torno a cinco años, en todas las zonas del planeta. Además, en la actualidad, el 96% de los niños del planeta superan la edad de los cinco años. En los años setenta esta cifra era del 80%. Nuevamente, puede parecer un aumento no muy importante y un dato no muy significativo. Pero piénsese en la cantidad de seres humanos que no se han quebrado ante la aterradora y dolorosa experiencia –tal vez la más trágica que una persona pueda afrontar– de haber perdido un hijo pequeño. Globalización de rostro humano. Sí. No me quiero extender en el progreso de las condiciones sanitarias y en las estadísticas vinculadas a la mejora en el tratamiento de enfermedades de todo tipo, que se ubican en la misma tendencia (si se desean más detalles, se puede consultar uno de los trabajos recientes de Johan Norberg).

Sin embargo, y a pesar de las estadísticas que muestran mejoras contundentes, la globalización entendida como la extensión a escala planetaria de la libertad social y económica, sigue siendo presentada como una realidad ambivalente. No sería la globalización la que ha permitido impulsar estas mejoras, sino que estas se habrían alcanzado a pesar de la globalización. Según algunos, solo ideólogos, desalmados neoliberales, pueden animarse a vincular estas mejoras a la globalización. En efecto, la globalización es la nueva bestia negra y enemigo común señalado por los populismos, en su versiones de derecha o de izquierda. Ambos tipos de populismo se están extendiendo entre los países desarrollados. El pensamiento único obliga a mirar con sospecha a quienes hagan una defensa encendida de la globalización. No deja de ser sintomático que economistas como el citado Stiglitz –conocido referente intelectual de ideas socialdemócratas o socialistas– termine coincidiendo en el diagnóstico sobre la globalización con lo que propugnan los nuevos populismos de derecha en Europa y en los Estados Unidos.

El discurso de izquierda identifica la globalización con un proceso en el que las oligarquías del primer mundo consolidan sus cuotas de riqueza y bienestar al precio de diezmar vastas regiones de globo. Allí estarían ellos, los políticos sensatos para solucionar el desaguisado, tomarían medidas para controlar los excesos y lograr que “el pueblo” (esa categoría tan políticamente maleable y tan funcional a los intereses de parte) sea el que se beneficie de aquí en adelante. El discurso populista de derecha teje un discurso similar aunque señalando a otros buenos y a otros malos. Para el populismo de derecha los malos serían los extranjeros, los que están fuera de la jurisdicción del Estado nación. El extranjero es la figura amenazante que, fruto de la globalización, se presenta como una especie de potencial invasor, que pondría en peligro el nivel de vida y el bienestar alcanzado por una comunidad. Aunque las razones por las que se carga contra la globalización puedan diferir el diagnóstico que se propone desde ambos extremos del arco ideológico suele coincidir: ambos demandan un mayor control y una mayor limitación a la libre movilidad de personas, capitales, bienes y servicios. Muchos de los diagnósticos lúgubres sobre la situación actual suelen estar sesgados por esta postura ideológica de fondo. De aquí parte ese deseo, estadísticamente inexacto, de poner prácticamente en pie de igualdad las luces y las sombras de la globalización. De hecho, la relación entre los bienes que supone la globalización y los dramas que quedan por superar, en términos de magnitudes “lumínicas”, bien podría describirse metafóricamente de modo más ajustado como la relación que existe entre la potencia lumínica del sol y la presencia de manchas solares en este. Pero claro, esta imagen no daría muchos bríos retóricos para exigir mayores niveles de restricción a la libertad humana en aras de una nueva expansión del intervencionismo gubernamental.

En última instancia todo este debate sobre si globalización ¡sí!, globalización ¡no!, o globalización “sí… pero” (respuesta última bastante extendida entre muchos intelectuales y analistas próximos a la Iglesia, así como entre buena parte del clero) revela que sin un marco teórico sólido, las estadísticas de poco sirven y tan fácil es adoptar la postura A como su contraria no-A. Ante este escenario, puede ser comprensible que los mensajes y documentos pontificios tiendan adoptar una posición intermedia, concediendo un poco a ambas partes. Por una parte, es cierto que desde presupuestos conceptuales débiles la encendida defensa de la globalización a partir de las estadísticas señaladas puede ser susceptible de recibir una acusación de petición de principio. El que adopta una postura antiglobalización podría argüir que las abrumadoras mejoras señaladas no se deben al proceso globalizador sino a una estructura gubernamental y estatal fuerte –el “Estado presente” que defienden algunos– que ha permitido distribuir la riqueza para mejorar la situación media de amplios sectores de la población en diversos países. En última instancia se trata de otro modo de replicar el interminable debate sobre si primero hay que distribuir para crecer (suele ser el argumento de los que apoyan la injerencia fuerte del Estado en la vida social y económica), o apostar por un crecimiento económico que permita, eventualmente, la mejora en las condiciones socio-económicas de una comunidad. Explicar en detalle por qué una opción es viable y la otra inviable exigiría un análisis extenso de la importancia de la libertad –la globalización no sería más que un modo específico de canalizar esa libertad, conforme los medios tecnológicos actuales– para la prosperidad (se puede indagar sobre este tema en las obras de Deirdre McCloskey). En efecto, no cabe una disyuntiva entre prosperidad y libertad: las sociedades que renuncian a la libertad, tarde o temprano hacen colapsar también la prosperidad. Buena parte de la historia es un cementerio de comunidades que padecieron la debacle social fruto de destruir la libertad humana. Sucede que al reprimir la libertad humana se terminan esmerilando las fuerzas que anidan en las comunidades humanas. Se trata de fuerzas vinculadas al impulso emprendedor, creativo, asertivo, innovador que anida de modo múltiple e irreductible en todos y cada uno de los seres humanos. Es ese impulso o pathos por la acción humana libre el que está a la base, en definitiva, del progreso humano y de la mejora sobre los niveles de vida sobre la tierra. Obviamente, como bien afirma el P. Robert Sirico, este impulso de la acción creativa empresarial libre necesita de sólidas bases morales y culturales, y un contexto de ejercicio limitado del poder, en presencia de un estado de derecho sólido y justo, que respete la propiedad privada.

Se puede afirmar sin temor que la vida en la tierra, en términos absolutos, ha mejorado abrumadoramente en los últimos años, y ello ha sucedido gracias a la globalización. Esto no implica caer en la ideología progresista ni se pretende con ello decir que es posible engendrar el cielo en la tierra. La globalización no es una realidad sobrenatural, evidentemente. Sin embargo, tampoco hace falta dirigir una mirada torva sobre esta para con ello defender la perentoria necesidad de un orden moral, que dote de sentido a estas realidades. De hecho, la vida y el bienestar de millones de personas sobre el planeta depende de que la libertad económica y una genuina globalización sigan consolidándose y avanzando por todos los rincones del planeta.

 

 

Mario Šilar

Investigador senior del Acton Institute

msilar@institutoacton.com.ar

 

 

 

 

 

 

 

Mario Šilar

Senior Researcher del Instituto Acton Argentina Es Bachiller, Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte “Santo Tomás de Aquino”. Hizo estudios de Posgrado en Organización y Gestión Educativa, en la Universidad Austral. Tiene un Máster en Derecho de la Integración Económica, por la Université Paris I Panthéon-Sorbonne y un Máster en Formación del Profesorado por la UNED (España). Es Diploma de Estudios Avanzados en Filosofía por la Universidad de Navarra.

Benedicto XVI: “Contra el ateísmo y el radicalismo integralista sirve una concepción de Estado que convenza” – Federico Cenci

Por Federico Cenci

Fuente: Zenit 

20 de abril de 2017

  “La contraposición entre las concepciones de un Estado radicalmente ateo y el surgir de un Estado radicalmente religioso en los movimientos islamistas, conduce en nuestro tiempo a una situación explosiva, cuyas consecuencias sentimos cada día”. Cuatro años han pasado de la renuncia de Benedicto XVI al pontificado, pero su lúcida visión sigue iluminando. Seguir leyendo Benedicto XVI: “Contra el ateísmo y el radicalismo integralista sirve una concepción de Estado que convenza” – Federico Cenci

El hombre invisible – Miguel Ors Villarejo

2 de enero de 2017

Por Miguel Ors Villarejo

Para Instituto Acton (Argentina)

¿Y quién es este Gabriel Zanotti (Buenos Aires, 1960) que la Fundación Rafael del Pino se ha traído para hablar de, atención, Antropología cristiana y economía de mercado? La víspera ha pasado por este mismo foro Paul Krugman y el contraste no puede ser mayor. El Nobel más mediático frente a este filósofo porteño, católico y liberal. Krugman concedió 20 entrevistas en dos días: 40 minutos tasados de salmodia keynesiana que recitaba de corrido y sin tropiezos, como un temario de oposición. Con Zanotti no hay prisa: nos dejan solos en un altillo de la Fundación, y creo que hasta se olvidan de que estamos ahí. Krugman generó un intenso tráfico en las redes sociales. Zanotti atraviesa el ciberespacio como un rayo de luz el cristal, sin tocarlo ni mancharlo. Seguir leyendo El hombre invisible – Miguel Ors Villarejo

Las obras públicas no son inversión – Gabriel Zanotti

Por Gabriel J. Zanotti

Fuente: Blog personal “Filosofía para mi”

Impera cierto escepticismo ante nuestra insistencia de que hay que bajar el gasto público, porque se ha extendido la creencia de que el estado “invierte” cuando hace obra pública. Craso error.

La inversión es la utilización del ahorro para la producción de nuevo capital. Por lo tanto, la inversión implica aumentar la productividad y la riqueza conjunta. El único test que ello tiene es que la tasa de interés de retorno sea rentable. Para ello se necesita un mercado libre, o de lo contrario no se puede saber si hay rentabilidad o no. Seguir leyendo Las obras públicas no son inversión – Gabriel Zanotti

Gabriel Zanotti

Es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino, UNSTA y Doctor en Filosofía por la Universidad Católica Argentina. Es Director Acádemico del Instituto Acton. Twitter @gabrielmises

¿Estado emprendedor? – Mario Šilar

7 de agosto de 2016

Por Mario Šilar

 ¿Estado emprendedor?

OTRA IDEA QUE SUENA BIEN PERO QUE ESTÁ CONDENADA AL FRACASO

          No todo siempre es negativo en el debate de las ideas. Un ámbito en el cual se puede observar un progreso conceptual y cultural positivo se ha producido en torno a la figura del emprendedor en la sociedad contemporánea. Si bien resulta difícil transformar los paradigmas culturales no se debe perder de vista la conciencia histórica. Conviene recordar que a principios del siglo XX, la figura del empresario capitalista era una especie de enemigo común de la sociedad. Seguir leyendo ¿Estado emprendedor? – Mario Šilar

Mario Šilar

Senior Researcher del Instituto Acton Argentina Es Bachiller, Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte “Santo Tomás de Aquino”. Hizo estudios de Posgrado en Organización y Gestión Educativa, en la Universidad Austral. Tiene un Máster en Derecho de la Integración Económica, por la Université Paris I Panthéon-Sorbonne y un Máster en Formación del Profesorado por la UNED (España). Es Diploma de Estudios Avanzados en Filosofía por la Universidad de Navarra.

Los precios (colapsados) de la energía – Ramiro Berraz

Julio de 2016

Por Ramiro Berraz

Hace unos días, la Cámara Federal suspendió el aumento del gas en Córdoba, y hoy la cuestión de las tarifas ya está en boca de todos. Mucho hemos escuchado sobre el hecho de que el sistema energético está colapsado en la Argentina, como así también el sistema de precios que ello encierra. Pero, ¿qué es lo que implica el aumento de las tarifas? ¿Cómo se relaciona ello con el sistema de precios? ¿Qué consecuencias trae un “tope” en el aumento de las tarifas? Para responder a todas estas preguntas es necesario remontarnos a lo que fue pasando durante algunos años en materia energética.

En 1946 se fundó la empresa Gas del Estado dedicada a la comercialización y distribución del gas natural en todo el país. Sin embargo, la empresa fue privatizada en 1992 dividiéndose en 11 sociedades. Desde ese momento y hasta el 2004 la tarifa residencial era única, y no dependía del nivel de consumo. Sin embargo, a partir del 2004 se segmentó el consumo en distintas categorías y subcategorías que conformaron el cuadro tarifario actual. Para nuestro análisis es importante mencionar que en 1992 también se creó el Ente Nacional Regulador del Gas que tiene como misión “dictar las normas a las que debe atenerse la correcta prestación del servicio”. En todo esta historia, entra el problema de las tarifas actual. El retraso de las mismas en materia energética -debido a que el componente fijo no se actualizaba desde hace 23 años, y que el componente variable no lo hacía desde hace 20- provocó que el poder ejecutivo aumentara el precio. Sin embargo, se estableció un tope retroactivo del 400% de la factura del mismo período (abril) del año anterior.

Todo este cóctel descripto debe ser analizado con cautela. Aparte de que el gobierno regula la distribución y comercialización del gas, me gustaría centrar la atención en el tema de los precios que, en última instancia, nos afecta a todos. Como sabemos, los precios dependen del valor subjetivo que los individuos tienen de los bienes y el sistema de precios se asemeja a un tablero de señales, en el cual las diferentes valoraciones de las personas y empresas conforman la oferta y la demanda que encuentran su punto de equilibrio en el precio de mercado. Esto, claro está, se produce cuando no intervienen factores exógenos al mercado. Con lo cual, es importante aclarar que en una economía de mercado o en una economía libre el precio no depende del costo de un producto, sino que depende de la valoración (subjetiva) de las personas. Es necesario admitir que el costo influye en la determinación del precio pero no lo define.

El entramado del aumento de las tarifas tiene varias aristas. La más importante es que es el gobierno quien establece, a través de decretos, y sutilmente a través del ente regulador, el precio que debe tener el gas. Estos días, indicó un tope de 400% sobre el total de la factura respecto del mes pasado. Como bien escribió el juez Ricardo Rojas: “Si el tope del 400% es al importe de la factura que pagaste en abril, el Estado te estará regalando todo el gas que consumas más allá del 400%”. Con lo cual, en última instancia, el gobierno está fijando un precio máximo del gas. Esta situación trae varias consecuencias. La mas importante de ellas es que el precio máximo, en muchos casos, va a ser menor que el precio de mercado. Esto trae aparejado un aumento de la demanda, generando un faltante artificial. Con lo cual, el hecho de que el poder político establezca el precio de un bien, trae como consecuencia mayor escasez de ese bien. Si, por el contrario, el gobierno, incluyendo los tres poderes del Estado, hubiese dejado que el precio del gas fluctúe según la oferta y la demanda, la situación hubiese sido diferente y no sería necesario pedirle a las personas que ahorren energía. Probablemente, en el largo plazo, el objetivo sea que el precio lo determine el mercado, debido a que los precios ya aumentaron y lo seguirán haciendo. Pero el hecho de que el gobierno los siga manejando es algo que es necesario que se modifique para que puedan entrar nuevos competidores al mercado y, de esa manera, los consumidores puedan tener la libertad de elegir.

Entonces, en un mercado abierto, el aumento de los precios nos indica que hay algo que está pasando que llamará la atención de los empresarios para que giren sus recursos a esa industria debido a que, probablemente, tendrán mayor rentabilidad. Sin embargo, en este caso, no existe un precio real, debido a que sigue controlado por el poder político, con lo cual el empresario no lo ve atractivo para invertir. En definitiva, la señal está siendo manipulada. Esto trae como consecuencia que el capital invertido per cápita sea muy pobre; con lo cual es de esperar que el precio siga aumentando por la escasez que genera esa situación, sumada al faltante artificial generado por el aumento de la demanda explicado anteriormente. Entonces, el problema sigue siendo que la distribución y comercialización de gas está, en última instancia, centralizada y monopolizada por el poder político y sus entes reguladores.

En este escenario, se intentó que las personas con menos recursos sean las más beneficiadas aplicando la tarifa social. Sin embargo, la tarifa social es otro de los problemas que encierra el precio máximo (que se viene sosteniendo hace mas de 20 años), no solamente por los problemas económicos que ésta encierra, ya que quita recursos de un sector para colocarlos en otro, sino también porque se continúa pensando que el poder político es el que, en ultima instancia, “será el salvador”. En definitiva, el nivel de los precios no depende de la buena o mala voluntad del gobernante de turno o de las personas, sino de las valoraciones subjetivas de los individuos en el mercado y las consecuencias que generan los intercambios. Pero debe haber un contexto legal que favorezca el surgimiento de nuevos y mejores competidores en el mercado que logren brindar un mejor servicio a la sociedad.

El Brexit y la Unión Europea en el mundo – Armando Ribas

4 de julio de 2016

Por Armando Ribas

   El Brexit ha causado una conmoción en el mundo occidental y en razón de ello se ha producido una caída en todas las bolsas y consiguientemente la libra se devaluó respecto al dólar y el euro. Todo ello se considera la consecuencia de que Inglaterra se haya separado de la Unión Europea. Esa percepción implica que el Brexit sería la causa de una crisis económica en Inglaterra y en la Unión Europea. Seguir leyendo El Brexit y la Unión Europea en el mundo – Armando Ribas

¿Estado subsidiario y solidario? – Claudio Arqueros

25 de mayo de 2016

Por Claudio Arqueros

Chile Vamos anunció la semana recién pasada su propuesta constitucional. Llamó la atención y generó controversia que se propusiese pasar de un Estado subsidiario a uno subsidiario-solidario. Aquel anuncio, más allá de que estuviese o no en el texto original que se acordó, tiene una connotación potente que es posible reconocer en al menos dos sentidos.

La primera es que el anuncio es una promesa: se dice que el Estado puede y debe ser solidario y asumir dicho rol. En ese sentido la centroderecha, con sus diferencias, aciertos, anhelos y limitaciones, ha levantado un discurso ético que pretende ofrecer garantías a la ciudadanía. Sin embargo, como toda promesa política, esta también implica zanjar un déficit y, por ende, reconocer o ampliar ciertos derechos. El punto pasa por develar -sobre todo si se plantea el desafío de profundizar contenidos constitucionales- cuáles derechos específicamente se pretende garantizar a partir de ese rol solidario del Estado. Pero, además, pasa por interrogarse cuándo, cómo y en qué sentido participaría el Estado para saldar esa promesa.

La segunda connotación deviene de la primera. Y es que uno podría preguntarse si acaso lo que se planteó fue más bien dar mayor relevancia a la subsidiariedad entendida como acción positiva. A vistas de la literalidad del texto constitucional de Chile Vamos, es dable pensar que la intención estuvo dirigida hacia allá.

Pero si en realidad lo que se busca es reconocer un rol solidario del Estado, entonces estamos ante un ejercicio riesgoso. La solidaridad no es un ejercicio privativo del Estado, ya que la forma en que este actúa en relación a los ciudadanos es por medio de la aplicación de la institucionalidad legalizada en sus diferentes planos. Vale decir, coacciona, y por eso toda determinación que de él emana se aplica y nos compete obligatoriamente. Este modus operandi es contrario a la solidaridad que es, por esencia, voluntaria. De modo que resulta difícil apoyar tal contradicción. Por eso, aún cuando en la doctrina social de la Iglesia Católica el principio de subsidiariedad se complementa con el de solidaridad, este último opera como una conciencia de deuda entre los sujetos que llama a cooperar en pos de un sentido unitario de la vida social. En esa dirección, la solidaridad -como señala el mismo Compendio (Nº194 y Nº195)- denota reconocer “en el conjunto de los vínculos que unen a los hombres y a los grupos sociales entre sí, el espacio ofrecido a la libertad humana para ocuparse del crecimiento común, compartido por todos”. Así, la solidaridad supone un compromiso de aportar a la causa común en las diversas manifestaciones sociales, donde evidentemente el aparato público cumple un papel, pero que no es exclusivo ni excluyente, pues si así fuera ahogaría la libertad.

En suma, la solidaridad no se identifica con el Estado, sino con algo mucho más profundo que pasa por la actuación libre y responsable de las personas y sus organizaciones aportando al bien común. La solidaridad con el prójimo ciertamente puede inspirar al rol subsidiario que ejerce el Estado, pero en virtud de este mismo razonamiento su rol no deja de ser tal.

La obsesión reglamentarista – Gabriel Zanotti

29 de mayo de 2016

Por Gabriel J. Zanotti

Fuente: Filosofía para mí 

La semana pasada leí una noticia según la cual la asociación o lo que fuere de hoteleros protestaba contra las casas de familia que ofrecen alojamiento “sin las exigencias correspondientes” o algo por el estilo.

La noticia refleja una mentalidad que se ha hecho carne en Argentina (y tal vez en el mundo) como parte de nuestro obsesivo estatismo cultural.

Esto surge nuevamente de no tener conciencia de lo significan los derechos individuales a la propiedad, libertad de cultos, de enseñanza, de tránsito, etc.

Toda persona tiene derecho a ejercer todas las actividades que emanen de esos derechos mientras no atente contra derechos de terceros. Eso significa que es admisible un código penal que a posteriori de una acción determine que la acción es delictiva si atenta contra la vida, propiedad o libertad, pero no antes. Esto es, la clave de la cuestión es la diferencia hayekiana (pero, claro, no vaya a ser que lean a Hayek, no?) entre derecho y legislación. En la Constitución deben estar reconocidos los derechos, pero estos NO deben tener legislaciones a priori, sino en todo caso a posteriori de la acción realizada, para custodiarlos, no para impedirlos.

Por lo tanto, cuando los argentinos, en general, dicen “debería haber una ley” no se dan cuenta de que están cercenando a priori actividades en sí mismas conformes al derecho natural. Si quiero poner una escuela en el living de mi casa, si quiero ejercer la medicina, si quiero alojar gente en habitaciones disponibles, si quiero llevar gente en mi auto y cobrar por ello, si quiero poner un kiosko en la ventana de mi casa, si quiero abrir un taller en el garage de mi casa, etc. etc. etc. etc., NO estoy atentando contra derechos de terceros a menos que se demuestre a posteriori lo contrario, con todo el debido proceso necesario.

Por ende, si afecto a alguien, para eso hay un código penal, a posteriori de la acción, no antes.

Pero no, se supone que el endiosado e idolatrado “estado”, debe estar allí para “protegernos”. No se advierte tampoco en ese caso la diferencia entre aconsejar y coaccionar. Yo puedo aconsejar a alguien ponerse el cinturón de seguridad, pero, ¿por qué coaccionarlo? ¿Porque su vida está en peligro? Bien, yo creo que la vida espiritual de la gente está en peligro si no se toman en serio a Dios, pero no dudo en absoluto de la libertad religiosa, porque no se debe coaccionar la conciencia, sino dialogar con ella. Toda la obsesión reglamentarista surge de la razón instrumental del Iluminismo, denunciada como constructivismo por Hayek, pero, claro, para colmo ello es consiederado “liberalismo”.

Los argentinos están tan envueltos en esta mentalidad que han desarrollado una doble moral sin darse cuenta. En general no cumplen las reglamentaciones pero las piden. Hacen miles de trampitas para evitar los reglamentos pero los consideran buenos. Hacen contrabando pero creen que está mal. Con lo cual es imposible que desarrollen la genuina resistencia pacífica ante la opresión, porque la opresión la viven como correcta aunque se las arreglan para evitar esa “correcta opresión” por izquierda. Quedé atónito una vez que le expliqué a un director de un colegio privado la necesidad legal de que el estado no fijara los planes y programas de estudio y me desestimó el tema diciéndome que ellos se las arreglaban perfectamente para violar los reglamentos y que por lo tanto “no había problema”. No advertía el tan argentino sujeto que el problema era precisamente que no tenía conciencia de que lo que él hacía por izquierda era un derecho que él NO reclamaba porque pensaba que la solución era hacer las cosas por izquierda. Por eso los argentinos se rien de cómo los anglosajones se toman la ley: en serio. Claro, por eso el estatismo en ellos es más peligroso, pero la solución no es la viveza criolla sino sencillamente el liberalismo clásico, que es justamente de origen anglosajón.

Pero blanquear NO es que los “no-reglamentados”, que los informales, pasen a cumplir los infinitos reglamentos de los que están en los sistemas formales, ya sea educativos, comerciales, etc. Significa ELIMINAR los reglamentos, legislaciones y organismos que impiden el desarrollo de los derechos individuales.

Los tan argentinos taxistas que protestan contra los uber tienen un punto: ¿es justo que ellos cumplan con todas las reglamentaciones municipales y los uber no? No, claro, no es justo, pero de allí concluyen que los uber deben cumplir con los mismos reglamentos. Ni se les pasa por la cabeza que debería desaparecer TODA reglamentación para llevar y traer gente. Lo conforme al derecho natural es que todos sean libres como los uber y NO esclavos como los taxistas. Y eso, mutatis mutandis, en todo.

El argentino ha desarrollado una palabra para esa confusión mental. Lo que no es reglamentado es “trucho”. La pura verdad es que lo trucho es lo libre mientras que lo reglamentado es la esclavitud.

En economía esto es particularmente cruel para los más indigentes. Estos últimos desarrollan todo tipo de actividades sin pasar por las exigencias formales, y los crueles mecanismos de inspección los toleran, en general, “porque son pobres”. Son pobres precisamente porque esa economía informal tiene un límite del cual no pueden pasar. No tienen los recursos ni los “contactos” para pasar a la formalidad, pero si NO existieran esos reglamentos, comenzarían vendiendo chipas en una estación de tren y terminarían luego con una pyme y luego con una gran empresa (lejos de ser una utopía, ESO FUE la Argentina, no?). Pero no, eso ya es imposible para ellos y en general para muchos. Hernando de Soto mostró qué cantidad de trámites eran necesarios para poner una humilde empresa de costura de ropa, en Perú, “legalmente”. El resultado fueron 600 metros de hojas de impresión de computadora. Mejor no adjetivizo. La cuestión NO es exigir el cumplimiento de esos 600 metros, sino eliminarlos, como se eliminó el Muro de Berlín.

Por supuesto, decir todo esto en otras áreas, como educación, es más lunático aún. Pero hay que instalar el tema. Es incluso una cuestión de misericordia. Se me parte el alma al contemplar diariamente los vendedores ambulantes en los trenes, que seguirán en esa situación casi eternamente, por el subdesarrollo producido por décadas de estatismo pero sobre todo por el reglamentarismo. “Abrir la economía” NO es sólo privatizar empresas estatales sino ELIMINAR totalmente todas las reglamentaciones que impiden a cualquier ciudadano, y sobre todo a los más pobres, salir adelante desarrollando su espíritu empresarial.

Bien, estoy un poco cansado y voy a descansar algo. Por suerte aún no hay reglamentos para las siestas de los Sábados.

Gabriel Zanotti

Es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino, UNSTA y Doctor en Filosofía por la Universidad Católica Argentina. Es Director Acádemico del Instituto Acton. Twitter @gabrielmises

Mons. Buenanueva: “No hay una política católica, tal vez un modo cristiano de vivir la política”

22/02/2016 

Fuente: AICA 

San Francisco (Córdoba) (AICA): El obispo de San Francisco, monseñor Sergio Buenanueva, afirmó que “en contraposición a lo que piensan todas las formas de integrismo (de derecha y también de izquierda), no hay una línea directa entre el evangelio y la construcción política del mundo” y reconoció que “no hay una traducción posible y unidireccional del Evangelio a la mayoría de las cuestiones que se debaten en el complejo mundo de la política, la economía y la vida social”. Y al reflexionar sobre la frase en uno libro, aseguró: “No. Para ser cristiano no hay que hacerse peronista¨.
El obispo de San Francisco, monseñor Sergio Buenanueva, afirmó que “en contraposición a lo que piensan todas las formas de integrismo (de derecha y también de izquierda), no hay una línea directa entre el evangelio y la construcción política del mundo”.“A nadie -tampoco al discípulo de Jesús- se le ahorra la fatiga de buscar, de razonar y de decidir empeñando la propia libertad”, sostuvo, y agregó: “Prudencia y justicia son virtudes cardinales, distintas de las teologales, aunque vinculadas a ellas. Suponen una condición humana abierta a la fe. O, como diría Benedicto XVI: la fe purifica a la razón y ésta ayuda a que la fe no degenere en fanatismo”.

En una reflexión sobre “Fe y política”, el prelado consideró que “no hay una política católica, aunque sí tal vez, un modo cristiano y católico de vivir la política”.

“La confusión entre ambos planos ha sido siempre fatal. Buena parte del rechazo que hoy vive la fe en muchos países de tradición católica se debe a esa mixtura indebida entre religión y política, clérigos y funcionarios”, estimó.

“De ahí que la cuidadosa separación de planos entre la política y la religión, la Iglesia, el Estado y la sociedad, sea un logro de la civilización en la que también ha influido el cristianismo (Dios no es el César). Un proceso tan doloroso como necesario. El precio que pagamos para ser realmente libres”, indicó.

Monseñor Buenanueva reconoció que “a los católicos, clérigos incluidos, nos cuesta mucho comprender y asimilar la cultura de la libertad propia de la modernidad”, y advirtió que “existe una secreta fascinación por el uniformismo de pensamiento y acción”.

“Duele aceptar realmente la pluralidad, no solo al interior de la misma Iglesia, sino también de las sociedades de las que somos parte –admitió-. Como si no tuviéramos razones de fondo para sentirnos cómodos en la ciudad moderna, donde Dios habita, actúa y mueve a las personas”.

El obispo propuso a los católicos “no quedarse callados o inmóviles, sino saber hablar con palabras justas y con gestos lo más transparentes posibles, respetando siempre la autonomía de la sociedad y de los diversos niveles del Estado”.

Para ser cristiano no hay que hacerse peronista

Al reflexionar sobre una frase de uno de los personajes del libro “Todos éramos hijos”, monseñor Buenanueva puntualizó: “No. Para ser cristiano no hay que hacerse peronista. (Mis amigos peronistas entienden lo que quiero decir, como -así lo espero- los eventuales lectores de esta perorata)”, pero alertó que “no hay ni puede haber proyectos políticos mesiánicos que reclamen para sí la exclusividad de la verdad o que sean los únicos caminos para supuestos destinos manifiestos”.

“No hay una única traducción posible y unidireccional del Evangelio a la mayoría de las cuestiones que se debaten en el complejo mundo de la política, la economía o la vida social”, señaló.

Monseñor Buenanueva dijo que “no hay ni habrá nunca cielo en la tierra y que, ese precisamente, es el territorio de nuestro mayor desafío humano: convivir en libertad, hombres y mujeres mucho más distintos de lo que soñamos o esperamos”.

“Un aprendizaje que no podemos darnos el lujo de no hacer, si no queremos repetir errores y alentar nuevas tempestades”, concluyó.+