Por Gustavo Irrazábal

“Y vimos nuevamente las estrellas”
(Divina Comedia, XXXIV, 139)

Tanto las dificultades que debemos atravesar en nuestra vida personal, como nuestra ansiedad y desilusión ante el permanente estado de zozobra en el que vive nuestro país, y esta crisis inesperada de la pandemia, ponen a prueba una virtud esencial de nuestra vida cristiana: la esperanza. Sin embargo, ésta es una virtud sobre la cual no solemos reflexionar mucho, o en todo caso, la tenemos menos presente que la fe y el amor. Eso nos hace más difícil discernir la verdadera esperanza frente a otras actitudes que se le parecen exteriormente pero que son sólo sustitutos engañosos. Tampoco se nos hace fácil evaluar cómo vivimos esta virtud, ni identificar las tentaciones contra ella que nos acechan.

La esperanza, como sabemos, es una de las tres virtudes teologales, junto con la fe y la caridad. Se las denomina “teologales” porque las recibimos de Dios como puro don (mientras que las virtudes humanas las adquirimos por el ejercicio), y también porque nos orientan directamente a Dios. La esperanza, en particular, es el anhelo de alcanzar la vida eterna, la comunión con Dios.

Pero el don de la esperanza no arraiga en el vacío. Existe en nosotros una disposición natural, misteriosa pero profundamente humana, a la esperanza. A medida que la descubrimos y la analizamos, nos llena de asombro. Alguien que ha reflexionado profundamente sobre este misterio de la esperanza humana, ha sido el escritor Ernesto Sábato. En una anécdota que narra durante un reportaje, (Antes del fin, 111), comenta:

En un archivo donde colecciono papeles, recortes que me ayudan a vivir, tengo una fotografía del terremoto que destruyó hace años Concepción de Chile: una pobre india, que ha recompuesto precariamente su ranchito hecho de chapas de zinc y de cartones, está barriendo con una vieja escoba ese pedazo de tierra apisonada delante de su casucha. ¡Y uno se hace preguntas teológicas! ¡Cuánto más demostrativa es la imagen de la pobre indiecita que sigue barriendo su casa y cuidando a sus hijos! Esta clase de seres nos revelan el Absoluto que tantas veces ponemos en duda, cumpliéndose en ellos, como dijera Hölderlin, que donde abunda el peligro crece lo que salva.
Pese a dedicar mucho tiempo a la búsqueda, no pude encontrar la foto precisa a la que se refería Sábato (¡hubiera sido un milagro!), pero sí encontré muchas imágenes de terremotos (Chillén, Chile; Guatemala) donde podemos observar, si miramos con atención, personas (sobre todo mujeres) que claramente, en medio de la catástrofe, retoman su labor cotidiana, vuelven a comenzar.

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