Por Pbro. Gustavo Irrazábal

Octubre de 2020

Estamos en el mes del Rosario, y el 7 de octubre hemos celebrado la memoria de Nuestra Señora del Rosario. Es oportuno que dediquemos un momento a meditar sobre esta oración, que a pesar de no ser parte de la liturgia, es central en la espiritualidad de la Iglesia.

Probablemente, el Rosario tuvo su origen en la Orden de San Benito. En sus monasterios se solían recitar los 150 salmos de la Biblia en el Breviario, pero a los fieles, que en su mayoría no sabían leer, se les enseñó una práctica más sencilla: recitar 150 avemarías. Nació así la devoción que tomó el nombre de “el Salterio de la Virgen”.

Esta devoción se hizo popular en el s. XIII, durante el enfrentamiento con el movimiento herético de los cátaros o albigenses, que rechazaban la figura de la Virgen. En ese contexto histórico, Santo Domingo de Guzmán, fundador de la orden de los Predicadores (dominicos) promovió el rezo del rosario, generando la aparición de innumerables cofradías y grupos devotos.[1]

En el s. XIV la devoción decayó, pero resurgió tras la victoria de los cristianos contra los turcos en la batalla de Lepanto, victoria que el papa Pío V atribuyó a la intercesión de María mediante el rezo del rosario. La fiesta fue instituida el 7 de octubre. Primero se la llamó «Nuestra Señora de las Victorias», pero el papa Gregorio XIII modificó el nombre de la solemnidad por el de «Nuestra Señora del Rosario». La devoción volvió a florecer, y en Sevilla llegó a haber en el siglo XVIII más de ciento cincuenta cortejos que diariamente hacían su estación por las calles rezando y cantando las avemarías y los misterios. Los domingos y festivos salían de madrugada o a la aurora. Al principio eran masculinos, pero ya en el primer tercio del XVIII aparecieron los primeros Rosarios de mujeres que salían los festivos por la tarde. León XIII, cuya devoción por esta advocación hizo que fuera llamado el Papa del Rosario, escribió nueve encíclicas referentes al rosario,3 y consagró el mes de octubre al rosario, incluyendo el título de «Reina de Santísimo Rosario» en la letanía de la Virgen.

Finalmente, el Papa Juan Pablo II el 16 de octubre de 2002 su Carta Apostólica Rosarium Virginis Mariae (El Rosario de la Virgen María), el cual vamos a recordar en sus contenidos fundamentales. Este pontífice recuerda (como ya lo había hecho Pablo VI en su exhortación Marialis cultus) que el Rosario, aunque se distingue por su carácter mariano, es una oración centrada en Cristo y, en la sobriedad de sus partes, concentra en sí la profundidad de todo el mensaje evangélico, del cual es como un compendio (1).

Contra el rezo del Rosario se han elevado muchas objeciones. Una de ellas es que se opondría a la liturgia. Quizás quienes sostienen esto tienen en mente la costumbre de rezar el Rosario durante la celebración del rito preconciliar de la misa, de espaldas y en latín, como una manera que tenían muchos fieles de compensar la dificultad de comprender y participar de la acción litúrgica. Pero el rezo correcto del Rosario en realidad permite luego participar mejor de la liturgia, y recibir sus frutos en la vida cotidiana. También se ha cuestionado su carácter mariano, para algunos exagerado, pero como acabamos de decir, esta oración se centra últimamente en Cristo. Finalmente, se la acusa de ser una oración mecánica y verborrágica, lo cual, como veremos, puede ser un peligro sólo si se reza el Rosario de modo inadecuado.

Ante todo, el valor del Rosario reside en que el mismo favorece la contemplación del misterio cristiano (5). El Rosario nos permite, en primer lugar, contemplar a Cristo junto a María.

María se nos presenta como modelo de contemplación. Desde la Anunciación su mirada, siempre llena de adoración y asombro, no se apartará jamás de Él. María vive mirando a Cristo y tiene en cuenta cada una de sus palabras: «Guardaba todas estas cosas, y las meditaba en su corazón» (Lc 2, 19; cf. 2, 51). Los recuerdos de Jesús, impresos en su alma, la han acompañado en todo momento, llevándola a recorrer con el pensamiento los distintos episodios de su vida junto al Hijo. Han sido aquellos recuerdos los que han constituido, en cierto sentido, el ‘rosario’ que Ella ha recitado constantemente en los días de su vida terrenal. Cuando recita el Rosario, la comunidad cristiana está en sintonía con el recuerdo y con la mirada de María.

El Rosario, precisamente a partir de la experiencia de María, es una oración marcadamente contemplativa. Sin esta dimensión, se desnaturalizaría, como subrayó Pablo VI: «Sin contemplación, el Rosario es un cuerpo sin alma y su rezo corre el peligro de convertirse en mecánica repetición de fórmulas y de contradecir la advertencia de Jesús: «Cuando oréis, no seáis charlatanes como los paganos (Mateo 6,7)” (12)

La contemplación de María es ante todo un recordar. Conviene sin embargo entender esta palabra en el sentido bíblico de la memoria, que actualiza (en el sentido de hacer presentes) las obras realizadas por Dios en la historia de la salvación, para que alcancen con su gracia a todos los hombres, en todas las épocas. Esto sucede sobre todo en la Liturgia, pero vale también, en cierto modo, para toda consideración piadosa de aquellos acontecimientos: «hacer memoria» de ellos en actitud de fe y amor significa abrirse a la gracia que Cristo nos ha alcanzado con sus misterios de vida, muerte y resurrección. (13) Pero recorrer con María las escenas del Rosario ayuda a comprender a Cristo: es como ir a la ‘escuela’ de María para leer a Cristo, para penetrar sus secretos, para entender su mensaje. (14)

De esta manera el Rosario nos permite configurarnos con Cristo (15). 15. La espiritualidad cristiana tiene como característica el deber del discípulo de configurarse cada vez más plenamente con su Maestro (cf. Rm 8, 29; Flp 3, 10. 21). Si bien la efusión del Espíritu en el Bautismo une al creyente como el sarmiento a la vid, que es Cristo (cf. Jn 15, 5), a esta unidad inicial, sin embargo, ha de corresponder un camino de adhesión creciente a Él, que oriente cada vez más el comportamiento del discípulo según la ‘lógica’ de Cristo: «Tened entre vosotros los mismos sentimientos que Cristo» (Flp 2, 5). Hace falta, según las palabras del Apóstol, «revestirse de Cristo» (cf. Rm 13, 14; Ga 3, 27).

El Rosario promueve este ideal, ofreciendo el ‘secreto’ para abrirse más fácilmente a un conocimiento profundo y comprometido de Cristo. Podríamos llamarlo el camino de María. Es el camino del ejemplo de la Virgen de Nazaret, mujer de fe, de silencio y de escucha. (24)

Para acoger esta configuración con Cristo, en el Rosario nos encomendamos en particular a la acción materna de la Virgen Santa. Ella, que es la madre de Cristo y a la vez miembro de la Iglesia como «miembro supereminente y completamente singular»,[19] es al mismo tiempo ‘Madre de la Iglesia’. Como tal ‘engendra’ continuamente hijos para el Cuerpo místico del Hijo.

Finalmente, rezar el Rosario es rogar a Cristo con María, ya que esta oración es a la vez meditación y súplica. La plegaria insistente a la Madre de Dios se apoya en la confianza de que su materna intercesión lo puede todo ante el corazón del Hijo. Ella es «omnipotente por gracia», como, con audaz expresión que debe entenderse bien, dijo en su Súplica a la Virgen el Beato Bartolomé Longo.[2]

Dijimos ya que el Rosario es una oración contemplativa. Por lo tanto, rezarlo adecuadamente implica hacer presentes a los ojos del corazón los “misterios” de la vida del Señor (“misterio” tiene la connotación que ya señalamos de acontecimiento salvífico que se actualiza y se hace fecundo en nuestro “hoy”).

Los misterios de gozo se caracterizan efectivamente por el gozo que nos produce el acontecimiento de la encarnación.

Meditar los misterios «gozosos» significa adentrarse en los motivos últimos de la alegría cristiana y en su sentido más profundo. Fijar la mirada sobre lo concreto del misterio de la Encarnación y sobre María nos ayuda a aprender el secreto de la alegría cristiana, recordándonos que el cristianismo es ante todo evangelion, ‘buena noticia’, que tiene su centro o, mejor dicho, su contenido mismo, en la persona de Cristo, el Verbo hecho carne, único Salvador del mundo. Pero ya los dos últimos misterios, aun conservando el sabor de la alegría, anticipan indicios del drama, el sombrío preanuncio del misterio del dolor salvífico.[3]

Para los misterios de dolor el Rosario escoge algunos momentos de la Pasión, invitando al orante a fijar en ellos la mirada de su corazón y a revivirlos. En este oprobio no sólo se revela el amor de Dios, sino el sentido mismo del hombre. Ecce homo: quien quiera conocer al hombre, ha de saber descubrir su sentido, su raíz y su cumplimiento en Cristo (22).

 

A su vez, contemplando al Resucitado en los misterios de Gloria, el cristiano descubre de nuevo las razones de la propia fe (cf. 1 Co 15, 14), y revive la alegría no solamente de aquellos a los que Cristo se manifestó –los Apóstoles, la Magdalena, los discípulos de Emaús–, sino también el gozo de María, que experimentó de modo intenso la nueva vida del Hijo glorificado. En el centro de este itinerario de gloria del Hijo y de la Madre, el Rosario considera, en el tercer misterio glorioso, Pentecostés, que muestra el rostro de la Iglesia como una familia reunida con María, avivada por la efusión impetuosa del Espíritu y dispuesta para la misión evangelizadora los misterios gloriosos alimentan en los creyentes la esperanza en la meta final, hacia la cual se encaminan como miembros del Pueblo de Dios peregrino en la historia. (23)

Pero la novedad de este documento está en la propuesta original de los misterios de luz (21), pasando de la infancia y de la vida de Nazaret a la vida pública de Jesús. Todo el misterio de Jesús es luz. Pero esta dimensión se manifiesta sobre todo en los años de la vida pública, cuando anuncia el evangelio del Reino. Para que pueda decirse que el Rosario es más plenamente ‘compendio del Evangelio’, es conveniente pues que, tras haber recordado la encarnación y la vida oculta de Cristo (misterios de gozo), y antes de considerar los sufrimientos de la pasión (misterios de dolor) y el triunfo de la resurrección (misterios de gloria), la meditación se centre también en algunos momentos particularmente significativos de la vida pública (misterios de luz).

Deseando indicar a la comunidad cristiana cinco momentos significativos –misterios «luminosos»– de esta fase de la vida de Cristo, Juan Pablo señala: 1. su Bautismo en el Jordán; 2. su autorrevelación en las bodas de Caná; 3. su anuncio del Reino de Dios invitando a la conversión; 4. su Transfiguración; 5. institución de la Eucaristía, expresión sacramental del misterio pascual. En estos misterios contemplamos aspectos importantes de la persona de Cristo como revelador definitivo de Dios. Él es quien, declarado Hijo predilecto del Padre en el Bautismo en el Jordán, anuncia la llegada del Reino, dando testimonio de él con sus obras y proclamando sus exigencias. Durante la vida pública es cuando el misterio de Cristo se manifiesta de manera especial como misterio de luz: «Mientras estoy en el mundo, soy luz del mundo» (Jn 9,5).

Excepto en el de Caná, en estos misterios la presencia de María queda en el trasfondo. Pero, de algún modo, el cometido que desempeña en Caná acompaña toda la misión de Cristo. La revelación, que en el Bautismo en el Jordán proviene directamente del Padre y ha resonado en el Bautista, aparece también en labios de María en Caná y se convierte en su gran invitación materna dirigida a la Iglesia de todos los tiempos: «Haced lo que él os diga» (Jn 2, 5). Es una exhortación que introduce muy bien las palabras y signos de Cristo durante su vida pública, siendo como el telón de fondo mariano de todos los «misterios de luz». (21)

El Misterio de Cristo, nos permite acceder al “misterio” del hombre, nuestro propio misterio. Quien contempla a Cristo recorriendo las etapas de su vida, descubre también en Él la verdad sobre el hombre. Siguiendo el camino de Cristo, el cual «recapitula» el camino del hombre, desvelado y redimido, el creyente se sitúa ante la imagen del verdadero hombre.

“Contemplando su nacimiento aprende el carácter sagrado de la vida, mirando la casa de Nazaret se percata de la verdad originaria de la familia según el designio de Dios, escuchando al Maestro en los misterios de su vida pública encuentra la luz para entrar en el Reino de Dios y, siguiendo sus pasos hacia el Calvario, comprende el sentido del dolor salvador. Por fin, contemplando a Cristo y a su Madre en la gloria, ve la meta a la que cada uno de nosotros está llamado, si se deja sanar y transfigurar por el Espíritu Santo. De este modo, se puede decir que cada misterio del Rosario, bien meditado, ilumina el misterio del hombre.” (25)

El Rosario propone la meditación de los misterios de Cristo con un método característico, adecuado para favorecer su asimilación. Se trata del método basado en la repetición. Esto vale ante todo para el Ave María, que se repite diez veces en cada misterio. Si consideramos superficialmente esta repetición, se podría pensar que el Rosario es una práctica árida y aburrida. En cambio, se puede hacer otra consideración sobre el Rosario, si se toma como expresión del amor que no se cansa de dirigirse a la persona amada con manifestaciones que, incluso parecidas en su expresión, son siempre nuevas respecto al sentimiento que las inspira. (26)

No debe extrañarnos que la relación con Cristo se sirva de la ayuda de un método. Dios se comunica con el hombre respetando nuestra naturaleza y sus ritmos vitales. Por esto la espiritualidad cristiana, incluso conociendo las formas más sublimes del silencio místico, en el que todas las imágenes, palabras y gestos son como superados por la intensidad de una unión inefable del hombre con Dios, se caracteriza normalmente por la implicación de toda la persona, en su compleja realidad psicofísica y relacional. Esto se confirma por el hecho de que, en Oriente, la oración más característica de la meditación cristológica, la que está centrada en las palabras «Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí, pecador», está vinculada tradicionalmente con el ritmo de la respiración, que, mientras favorece la perseverancia en la invocación, da como una consistencia física al deseo de que Cristo se convierta en el aliento, el alma y el ‘todo’ de la vida.

Algunos consejos que nos da Juan Pablo II para rezar el Rosario:

  • Enunciar el misterio, y tener tal vez la oportunidad de contemplar al mismo tiempo una imagen que lo represente, es como abrir un escenario en el cual concentrar la atención. Las palabras conducen la imaginación y el espíritu a aquel determinado episodio o momento de la vida de Cristo. Este recurso al elemento visual e imaginativo es de gran ayuda para favorecer la concentración del espíritu en el misterio. Por lo demás, es una metodología que se corresponde con la lógica misma de la Encarnación: Dios ha querido asumir, en Jesús, rasgos humanos. Por medio de su realidad corpórea, entramos en contacto con su misterio divino.
  • La Palabra de Dios. Para dar fundamento bíblico y mayor profundidad a la meditación, es útil que al enunciado del misterio siga la proclamación del pasaje bíblico correspondiente, que puede ser más o menos largo según las circunstancias. Acogida de este modo, la Palabra entra en la metodología de la repetición del Rosario sin el aburrimiento que produciría la simple reiteración de una información ya conocida. No, no se trata de recordar una información, sino de dejar ‘hablar’ a Dios.
  • El silencio. La escucha y la meditación se alimentan del silencio. Es conveniente que, después de enunciar el misterio y proclamar la Palabra, esperemos unos momentos antes de iniciar la oración vocal, para fijar la atención sobre el misterio meditado. El redescubrimiento del valor del silencio es uno de los secretos para la práctica de la contemplación y la meditación.
  • El «Padrenuestro». Después de haber escuchado la Palabra y centrado la atención en el misterio, es natural que el ánimo se eleve hacia el Padre. Jesús, en cada uno de sus misterios, nos lleva siempre al Padre. El «Padrenuestro», puesto como fundamento de la meditación cristológicomariana que se desarrolla mediante la repetición del Ave María, hace que la meditación del misterio, aun cuando se tenga en soledad, sea una experiencia eclesial.
  • Las diez «Ave Maria». Este es el elemento más extenso del Rosario y que a la vez lo convierte en una oración mariana por excelencia. Pero precisamente a la luz del Ave María, bien entendida, es donde se nota con claridad que el carácter mariano no se opone al cristológico, sino que más bien lo subraya y lo exalta. En efecto, la primera parte del Ave María, tomada de las palabras dirigidas a María por el ángel Gabriel y por santa Isabel, es contemplación adorante del misterio que se realiza en la Virgen de Nazaret. El centro del Ave María, casi como engarce entre la primera y la segunda parte, es el nombre de Jesús. Es precisamente el relieve que se da al nombre de Jesús y a su misterio lo que caracteriza una recitación consciente y fructuosa del Rosario.
  • El «Gloria». La doxología trinitaria es la meta de la contemplación cristiana. En efecto, Cristo es el camino que nos conduce al Padre en el Espíritu. Si recorremos este camino hasta el final, nos encontramos continuamente ante el misterio de las tres Personas divinas que se han de alabar, adorar y agradecer. Es importante que el Gloria, culmen de la contemplación

 

En conclusión, el Rosario es un tesoro que debemos recuperar, como instrumento privilegiado que nos conduce al corazón de la espiritualidad y la contemplación cristianas, y nos acompaña y nos alimenta en el camino hacia la santidad.

 

Para meditar:

  1. ¿Valoro el rezo del Rosario o me parece una oración mecánica y repetitiva?
  2. Cuando rezo el Rosario, ¿practico su dimensión contemplativa meditando los diferentes misterios?
  3. ¿Vivo el rezo del Rosario como un modo de fijar mi mirada en Jesús, como María, y configurarme progresivamente con Él?
  4. ¿Incorporé en mi rezo del Rosario los misterios de la Luz? ¿Logro penetrar su sentido?
  5. ¿Me aporta el Rosario luz, consuelo y confianza ante las diferentes situaciones de mi vida?

Para orar:

Madre del Redentor, Virgen fecunda

puerta del Cielo siempre abierta, estrella del mar

ven a librar al pueblo que tropieza y

se quiere levantar.

Ante la admiración

de cielo y tierra,

engendraste a tu Santo Creador, y

permaneces siempre Virgen, recibe

el saludo del ángel Gabriel y ten

piedad de nosotros pecadores.

 

[1] El santo se lo enseñó a los soldados liderados por su amigo Simón IV de Montfort antes de la Batalla de Muret, cuya victoria se atribuyó a la Virgen María. Por ello, Montfort erigió la primera capilla dedicada a esta advocación

[2] La Suplica a la Reina del Santo Rosario, que se recita solemnemente dos veces al año, en mayo y octubre, fue compuesta por el Beato Batolomé Longo en 1883, como adhesión a la invitación del Papa León XIII a los católicos en su primera Encíclica sobre el Rosario a un compromiso espiritual orientado a afrontar los males de la sociedad.

[3] Las imágenes están tomadas de: Kirche im Not. Rosenkranz, https://issuu.com/kircheinnot/docs/rosenkranz (consulta: 14-10-20).