Alvise Vivarini, San Juan Bautista, hacia 1475. Museo Nacional Thyssen-Bornemisza, Madrid.

El segundo domingo del Adviento está centrado en la figura de San Juan Bautista. Y el Evangelio nos ayuda a comprender su mensaje a través de una descripción de la vestimenta y la dieta de este profeta: “Juan llevaba un vestido de piel de camello, con una correa de cuero a la cintura, y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre”. Se trata de “un hombre del desierto”, extraño no sólo a los refinamientos de la vida urbana sino incluso a la vida ordinaria de la mayoría de los hombres. Pero de esta manera da cumplimiento a la profecía de Isaías: “Una voz grita en el desierto preparen los caminos del Señor”.

Para nosotros, una voz “que grita en el desierto” es alguien que proclama en vano un mensaje que nadie está dispuesto a escuchar. Pero aquí el sentido es distinto: el desierto simboliza el lugar donde puede resonar la voz de Dios en toda su pureza, sin interferencias. Y por eso Juan Bautista, pese a su aspecto inquietante, reviste a los ojos de todo el pueblo una autoridad tan especial: como el profeta Elías (a quien la descripción del evangelista deliberadamente lo emparenta), Juan trasmite con toda su fuerza el llamado de Dios a prepararse para su venida.

“Conviértanse porque llega el Reino de Dios”. “Conversión” se expresa en hebreo con un término que significa “volver”. Para Israel es volver al desierto, a su origen, a su verdadera identidad. En el desierto, en el Monte Sinaí, Dios había hecho Alianza con ellos y los había convertido en su pueblo, el Pueblo de Dios. El éxodo a través del desierto fue para Israel la etapa del ideal, de vivir con la confianza puesta exclusivamente en Dios. Pero esa situación no podía seguir para siempre, y llegó luego la etapa de la realización, en la cual el Pueblo debía dar forma concreta al ideal, una vez instalado en la Tierra Prometida. Pero entonces no se mostró a la altura de su vocación, se aferró a seguridades humanas, fue olvidando su Alianza con Dios y fue perdiendo su identidad única. Por eso, ante el llamado de Juan, el Pueblo entiende que había llegado la hora de recobrar su verdad más profunda, y acude en masa al desierto para hacerse bautizar en el Jordán, lo cual significa purificarse de todas las incrustaciones que con el tiempo habían ocultado a sus propios ojos su verdadera identidad. Volver a ser quienes estaban llamados a ser, el Pueblo de Dios.

En esta historia podemos ver un desafío constante: la tensión entre el ideal y su realización. Pensemos en San Francisco. En la etapa del ideal, con los pocos compañeros que se unieron a él, pudo vivir con toda radicalidad la pobreza evangélica. Pero cuando la comunidad creció y se expandió, tuvo que afrontar con gran sufrimiento interior la etapa de la “realización”: debió darles a sus seguidores una regla de vida, una organización, autoridades, hubo que pensar en propiedades, medios de subsistencia, todo lo cual, si bien necesario, comportaba el peligro de comprometer el ideal. Esa tensión podemos verla reflejada físicamente en el extraño y sugestivo espectáculo de la pequeña capilla que fue el centro espiritual de los primeros franciscanos, la “Porciúncula”, encerrada dentro de la majestuosa basílica de Santa María de los Ángeles, en Asís. La basílica “realiza”, da cuerpo y visibilidad, pero a la vez oculta el ideal.

En nuestra vida personal pasa algo similar. Todos hemos tenido momentos en los que hemos sentido el llamado de Dios a una grande, santa, entregada a Él. Pero luego había que darle forma concreta a ese sueño, por ejemplo, a través del matrimonio o el sacerdocio. Y al recorrer el camino elegido, la pureza de aquel primer llamado se vio comprometida de muchas maneras, por nuestros límites, los límites ajenos o los de la realidad. Y se generó seguramente en nosotros una ansiedad, un temor de que, en última instancia, hayamos traicionado el ideal en vez de realizarlo.

Quizás nunca podamos saber a ciencia cierta en qué medida esos temores se justifican. Pero tenemos que tomar en serio el llamado a la conversión. Como el Pueblo de Israel, debemos acudir al desierto a escuchar el llamado que nos trasmite Juan Bautista. Todos tenemos que volver de una manera u otra a nuestro origen, a nuestra verdadera identidad. No se trata de volver atrás, pero sí de reconocer que muchas veces hemos rebajado el ideal, hemos transado, hemos sido inconsistentes, hemos hecho concesiones. Debemos recibir el bautismo de Juan, es decir, purificarnos, volver a sumergirnos (eso significa “bautismo”) en el ideal, el llamado de Dios, para que nuevamente inspire nuestra vida. Luego, cada uno de nosotros deberá darle a su conversión un contenido más concreto. Pero, desde ahora, Juan Bautista nos trasmite el llamado de Dios y nos advierte que hoy mismo debemos ponernos en camino, hoy mismo debemos comenzar a “preparar el camino del Sr”.

Gustavo Irrazábal es sacerdorte, miembro del Consejo Consultivo del Instituto Acton Argentina.