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La enfermedad del poder en Estados idealizados – Marcelo Miranda

Por Marcelo Miranda

Para Instituto Acton (Argentina)

15 de agosto de 2019

 

El poder y su ejercicio dentro de un Estado de derecho, donde todas las reglas y normas se encuentren debidamente delimitadas y establecidas, es totalmente necesario. El cardenal Joseph Ratzinger señalaba con total claridad: “La política debe ser un compromiso por la justicia y crear así las condiciones básicas para la paz”. Siguiendo esa misma línea se entiende que el ejercicio del poder es un instrumento útil en la construcción de una adecuada vida en sociedad y la consecución de la justicia.

Desnaturalización del poder.  Cuando el poder es nublado por el éxito y la parafernalia del caudillo, el “sano poder” se transforma en un instrumento de opresión y de represión, pues ya no se vela por una administración justa, y ecuánime, se prioriza la prebenda y el abuso, dando como resultado un Estado quebrado.

El cardenal Ratzinger (papa Benedicto XVI) señalaba que se hace dificultoso diferenciar entre “el derecho verdadero del derecho aparente”, pues este último llega a camuflarse de manera magistral en los distintos espacios de la administración pública y de la administración de justicia, haciéndonos creer que se vive dentro de una máxima idealizada de progreso, justicia y paz, cuando en realidad se vive en un espejismo peligrosamente bien elaborado.

Sintomatología. Los Estados que construyen un aparato estatal de gran envergadura padecen de una especie de involución; es decir, un retroceso jurídico marcado, puesto que estas visiones de Estado regente, grande y protector hacen que el  Estado tenga una concepción cuasi “divina” y su líder sea una figura mesiánica. Por ende, llegar a pensar en un poder corrupto y avasallador que emana de este tipo de Estados es básicamente imposible para los encandilados militantes.

Transmisión y contagio. La enfermedad del poder en Estados grandes siempre se trasmite de arriba hacia abajo; es decir, resulta imposible que un funcionario de bajo nivel que ejerce de manera inadecuada su insignificante influencia llegue a contagiar a las grandes esferas del aparato estatal. Pasa todo lo contrario cuando el mal ejercicio del poder nace y a su vez es ejecutado desde la cima del mismo Estado, sólo de esta forma el mal se viraliza, ejerciendo su poder multiplicador.

Consecuencias. El mal ejercicio del poder y la corrupción que emerge de él llevan al derecho a dejar de tener la fuerza coactiva y coercitiva necesaria para normar los aspectos propios de la administración pública y de la vida en sociedad, básicamente se instrumentaliza la ley para ocultar, socapar y validar actos de corrupción; por otro lado, el Estado regente y protector, con un aparato administrativo grande, en su afán de controlar todo, termina por no controlar nada; la corrupción se normaliza, la justicia se prostituye y la ética se penaliza.

Prevención y cura. La reducción del aparato estatal es sin duda el profiláctico ideal, pues el poder se reduce a las normativas necesarias para el mantenimiento de un Estado de derecho funcional, las empresas estatales innecesarias deben ser repensadas dando mayor participación a capitales privados. El poder de la Policía y el poder judicial deben estar debidamente regidos no sólo por la normativa vigente, también por una consciencia natural que emane de preceptos éticos y morales.

Conclusión. Si bien los Estados proveedores, con un aparato administrativo de gran envergadura, han demostrado una y otra vez su incapacidad de hacer frente a la enfermedad del poder y la corrupción, las personas todavía no pueden o no quieren dejar de creer en un Estado mítico salvador.

Quizás sea necesario empezar a releer la historia dejando de lado el romanticismo nacionalista, socialista y el marxismo cultural imperante para dar paso a una visión liberal, que, aunque menos romántica, ha demostrado ser más eficaz a la hora de controlar el abuso de poder, la corrupción y el prebendalismo.

 

 

Marcelo Miranda Loayza es teólogo y forma parte del Centro de Estudios Joseph Ratzinger.

Cómo la libertad crea al mundo – Gabriel Zanotti

Para Instituto Acton (Argentina)

Por Gabriel J. Zanotti

Fuente: Blog personal “Filosofía para mi”

14 de julio de 2019

En su extraordinario relato histórico sobre los EEUU, Diana Uribe cuenta, en el cap. 11, cómo se produjeron los diversos inventos que dieron rostro al EEUU industrial, desde el s. XIX en adelante, y luego al mundo, en cosas que luego se universalizaron y fueron usadas, desde luego, por los odiadores seriales más profundos de los EEUU.

No sólo nos cuenta que en los EEUU estas cosas se inventaron, transformaron y desarrollaron con una velocidad asombrosa, sino que muchos de estos artefactos ya eran conocidos en la antigüedad. Pero los inmigrantes que llegan a la que era la tierra de la libertad, desde todas partes del mundo, los re-inventan. Así, la máquina de coser, aparentemente, ya se conocía en la Alejandría de la famosa biblioteca, pero el escocés Vatts la recrea. La ojalata ya era conocida en Francia desde hace mucho, pero los franceses que van a los EEUU le dan mil usos y crean el enlatado, la leche deshidratada, la cafetera, el abrelatas. Los cereales formaban parte de la dieta de los quákeros desde hacía también mucho tiempo, pero don Kellog los transforma en una industria alimenticia mundial. Los polacos reintroducen los croissants y un holandés crea las famosas donas con el agujero en el medio. Los inmigrantes alemanes de Hamburgo cocinan la carne de menos calidad de un modo que luego fue llamado hamburguesa. Un señor llamado Adams comercializa un famoso chicozapote usado por los mayas y aztecas llamándolo chicle; hasta inventa una maquinita para venderlo mejor. Los inmigrantes belgas dan origen a una papa muy finita y la comercializan como chips potato. Un señor Gillette se da cuenta de que puede producir y comercializar hojitas de afeitar de modo masivo y lo hace. Un inmigrante judío llamado Singer le agrega un pedal a la máquina de coser y además la vende a plazos. Un señor Scott vende masivamente un papel muy higiénico que antes era exclusivo de los nobles europeos. Otro señor Ottis re-inventa el ascensor que ya usaba Luis XIV, y con la producción y comercialización del concreto, que parece que ya conocían los egipcios, surgen los rascacielos. Entre la higiene masiva, los ascensores y el concreto las ciudades se transforman en gigantes rascacielos. Y al tren con la máquina de vapor un señor llamado Pullman le agrega un coche para dormir las grandes distancias de EEUU, desconocidas en Europa. Y así…

 

¿Pero por qué? ¿Por qué todo esto? A ver, repasemos la receta: tome usted muchos inmigrantes, un poco de técnica y………. ¡Pum!!!, ¿Tenemos los EEUU que han transformado al mundo, incluso al mundo que los odia?

No. Absolutamente NO. Falta un elemento central, olvidado por todos, sobre todo por Marx, quien suponía que las condiciones materiales de producción determinan la historia, y allí fueron sobre todo mis colegas, los filósofos, a repetirlo. Porque los filósofos creen que Marx fue un gran filósofo mientras que L. von Mises sería un típico economista capitalista ignorante, y que por ende ni vale la pena leer de él ni dos renglones…  Y así se pierden los miles de renglones dedicados por Mises a refutar el materialismo histórico donde todos viven confundidos.

No, no es la máquina de vapor, ni la técnica, ni la brillantez de tales o cuales inmigrantes, los que crearon al capitalismo y su desarrollo, sino la libertad. La máquina de vapor no crea la libertad: la libertad crea la máquina de vapor.

Porque todos los inmigrantes que llegaron a los EEUU se encontraron con condiciones institucionales de libre mercado. Cero inflación, casi sin impuestos, cero regulaciones, cero códigos, reglamentos e inspectores, sólo respetar la vida y la propiedad del otro. Nada más, ni nada menos, y entonces sí, la inteligencia más la libertad desarrollan la alerteness empresarial, la capacidad empresarial, tanto en judíos, protestantes, católicos, alemanes, franceses, italianos, escoceses, vulcanos, venusinos, bayorianos, klingos y terrestres: todos bajo las mismas condiciones jurídicas, todos SIN seguro social, todos a vivir en libertad, todos a producir y comerciar bajo el mismo pacto político. NO un pacto político que era una política económica, sino una declaración de Independencia que afirmaba, oh osadía, que todos los seres humanos son creados iguales por Dios y con los derechos de vida, libertad y búsqueda de la felicidad………….. Y entonces sí, ferrocarril, telégrafo, lamparita de luz, chicles, hamburguesas, ascensores, maquinitas de afeitar y toooooooooooooooodo lo que a usted se le ocurra y se lo compren sin molestar al otro y SIN que el estado lo subsidie y SIN que el estado lo vigile de tal modo que NADA de eso pueda aparecer.

Y sí, muchas de esas cosas y cositas fueron conocidas por egipcios, griegos, babilónicos y etc., pero ninguna de esas sociedades conoció la libertad política. Imperios, reyes, conquistas, dominios, asesinatos, crueldades, guerras, matanzas, gentes oprimidas por los bestias de turno. No había paz ni futuro para crear nada. Aún así bastante quedó, porque el eros, tal vez, resiste frente al tanatos, pero no hubo desarrollo, ni producción a largo plazo, ni consumo masivo, ni seguridad jurídica, ni nada que impidiese legalmente que los sueños fueran asesinados por bestias.

Así lo explica Mises: (Teoría e historia, 1957, cap. 7, punto 2).

“…what Marx says is entirely different. In his doctrine the tools and machines are the ultimate thing, a material thing, viz., the material productive forces. Everything else is the necessary superstructure of this material basis. This fundamental thesis is open to three irrefutable objections. First, a technological invention is not something material. It is the product of a mental process, of reasoning and conceiving new ideas. The tools and machines may be called material, but the operation of the mind which created them is certainly spiritual. Marxian materialism does not trace back “superstructural” and “ideological” phenomena to “material” roots. It explains these phenomena as caused by an essentially mental process, viz., invention. It assigns to this mental process, which it falsely labels an original, nature-given, material fact, the exclusive power to beget all other social and intellectual phenomena. But it does not attempt to explain how inventions come to pass. Second, mere invention and designing of technologically new implements are not sufficient to produce them. What is required, in addition to technological knowledge and planning, is capital previously accumulated out of saving. Every step forward on the road toward technological improvement presupposes the requisite capital. The nations today called underdeveloped know what is needed to improve their backward apparatus of production. Plans for the construction of all the machines they want to acquire are ready or could be completed in a very short time. Only lack of capital holds them up. But saving and capital accumulation presuppose a social structure in which it is possible to save and to invest. The production relations are thus not the product of the material productive forces but, on the contrary, the indispensable condition of their coming into existence. Marx, of course, cannot help admitting that capital accumulation is “one of the most indispensable conditions for the evolution of industrial production.” Part of his most voluminous treatise, Das Kapital, provides a history—wholly distorted—of capital accumulation. But as soon as he comes to his doctrine of materialism, he forgets all he said about this subject. Then the tools and machines are created by spontaneous generation, as it were. Furthermore it must be remembered that the utilization of machines presupposes social cooperation under the division of labor. No machine can be constructed and put into use under conditions in which there is no division of labor at all or only a rudimentary stage of it. Division of labor means social cooperation, i.e., social bonds between men, society. How then is it possible to explain the existence of society by tracing it back to the material productive forces which themselves can only appear in the frame of a previously existing social nexus? Marx could not comprehend this problem. He accused Proudhon, who had described the use of machines as a consequence of the division of labor, of ignorance of history. It is a distortion of fact, he shouted, to start with the division of labor and to deal with machines only later. For the machines are “a productive force,” not a “social production relation,” not an “economic category.” Here we are faced with a stubborn dogmatism that does not shrink from any absurdity”

Qué impresionante la libertad. Qué sueño fascinante que la Argentina, un desierto cerrado de enorme extensión, se convirtiera en una tierra abierta y desregulada para millones de inmigrantes que trajeran su creatividad y su empresarialidad: cada uno de ellos sería una solución, no un problema. Pero no. Bajo las palabras solidaridad y justicia social, llenas de regulaciones, subsidios, impuestos, inflación, sindicatos mafiosos y deuda pública, mantenemos expulsados a millones de seres humanos que mueren hacinados en sus propias tierras de esclavitud.

La libertad, gente, crea al mundo. Y los gobiernos lo destruyen.

 

Por qué no soy conservador, aunque sí conversador – Gabriel Zanotti

Para Instituto Acton (Argentina)

Por Gabriel J. Zanotti

Fuente: Blog personal “Filosofía para mi

Julio de 2019

 

La grieta entre los liberales MUY críticos del Catolicismo y los liberales católicos o admiradores del Catolicismo siempre existió. En 1947 Hayek propuso que la Mont Pelerin se llamara Acton-Tocqueville en honor a esos dos grandes pensadores católicos. Pero parece que muchos pusieron el grito en el cielo. Por eso se decidió poner el nombre el monte del cual estaban cerca.

Y hasta bien avanzados los 80, la grieta se… Disimulaba. Eran otros tiempos. Había que tener el casco puesto contra los soviéticos y de otros temas se hablaba por la bajo. Y listo. Yo lo viví. No en 1947 (bueno, creo) pero mi foja de servicios a la causa liberal comenzó en 1974 y era sencillamente así.

Ahora la cosa se ha complicado. Algunos liberales están diferenciándose fuertemente de lo que llaman conservadores. Estos últimos, aunque acepten la economía de mercado y un cierto liberalismo institucional, estarían “en contra de” la homosexualidad, el matrimonio homosexual, el aborto, las drogas, la pornografía, la eutanasia y etc. En cambio, un “verdadero liberal” tiene que estar “a favor de” todo ello. Y obviamente un liberal católico queda entonces como un conservador, y los conservadores no creyentes, muy amigos de ciertos creyentes (porque mejor no hablemos de OTROS creyentes, muy activos en Roma).

El problema es que allí se está manejando mal la dicotomía “estar a favor de” o “estar en contra de”. Independientemente de los casos de aborto y eutanasia, donde lo que está en juego es el derecho a la vida y por ende el debate pasa por otro lado, los liberales, sean católicos o marcianos, nunca han estado “en contra de” la libertad individual de nadie, sea homo, hetero o vulcano. Que yo recuerde, y no creo haberlo aprendido de la nada, el liberal defiende la libertad religiosa, de expresión y de enseñanza entendidas como el derecho a la ausencia de coacción sobre la propia conciencia, y el derecho a la intimidad como el derecho a que las acciones privadas de los seres humanos estén fuera de la autoridad de los magistrados. Por lo tanto, un liberal, desde un punto de vista político, no está “a favor de” la homosexualidad o la heterosexualidad, sino “a favor de” las libertades individuales y el derecho a la intimidad de todos, o sea, un liberal, desde un punto de vista político, defiende el derecho a la ausencia de coacción sobre todo aquello que no afecte de un modo directo derechos de terceros, aunque obviamente las externalidades negativas presentan zonas grises que siempre se han discutido con altura y tranquilidad.

Y de igual modo un liberal, desde un punto de vista político, no está “en contra de” la homo o la heterosexualidad, sino que está en contra de que se coaccione a alguien contra su conciencia en esas materias.

¿Es tan difícil? Yo lo escribí claramente en 1989 y no creo haber inventado nada. Me da pena a veces que sobre algo tan claro haya tanta confusión.

Circula mucho que el liberal defiende “el respeto irrestricto al proyecto de vida del prójimo”, PERO sin distinguir en esa definición lo legal de lo moral, distinción que es elemental.Legalmente, otra vez, lo que haga el prójimo y no atente contra derechos de terceros debe ser custodiado en tanto que el estado no tiene por qué intervenir. Pero moralmente hay proyectos de vida del prójimo que no tienen por qué merecer “un irrestricto respeto”. Yo respeto a las prostitutas como personas y les aseguro que, como el mismo Evangelio dice, estarán primero en el Reino de los Cielos antes que muchos otros (cosa que se aplica muy bien a Argentina…) pero sus acciones desde un punto de vista moral no son “respetables”, aunque no se deba juzgar su conciencia. Y así con muchos otros casos y ejemplos. Y el que crea que todo liberal debe ser necesariamente un agnóstico desde un punto de vista moral desconoce toda la tradición liberal clásica. No ha leído a Smith, a Constant, a Locke, a Montesquie, a los constitucionalistas norteamericanos, a Lord Acton, a Hayek, a Popper, a Mises (que tienen fuertes imperativos categóricos implícitos) ni tampoco quiere leer a los contemporáneos Leonard Liggio, M. Novak, Sam Gregg, Robert Sirico, Thomas Woods o Alejandro Chafuen. Por no citar directamente a Lacordaire, Montalembert, Ozanam, Rosmini, Sturzo, Maritain, cuya falta de estudio en todos los ambientes liberales es una grave omisión.

Por ende un liberal católico no es ni conservador ni no conservador, sino que distingue entre lo legal y lo moral.Distinción para la cual, pensaba yo, no era necesario ser católico para sostenerla. La han sostenido muchos liberales sin necesidad de ser católicos. Aunque ahora muchos liberales parecen haberla olvidado, y con el dedo en alto “retan” a los liberales “que no estén a favor de” (de vuelta) la homosexualidad, el matrimonio homosexual, el aborto, las drogas, la pornografía, la eutanasia y etc., como si en esas materias no hubiera que hacer las elementales distinciones que acabamos de hacer.

Por lo tanto, el que quiera saber “cómo hablar con un conservador”, que no me busque. Pero si quiere conversar con un conversador, allí estaré yo, siempre. Aunque últimamente no parece convenir a muchos conversar y leer a liberales católicos que tengan mucho por decir.

 

Gabriel Zanotti

Es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino, UNSTA y Doctor en Filosofía por la Universidad Católica Argentina. Es Director Acádemico del Instituto Acton. Twitter @gabrielmises

Reseña al libro de Juan R. Vélez, Cardenal Newman. Un santo para el mundo de hoy – Carolina Riva Posse

Reseña al libro de Juan R. Vélez, Cardenal Newman. Un santo para el mundo de hoy, Rosario, Ediciones Logos, 2019, 158 pp.

Por Carolina Riva Posse

Para Instituto Acton (Argentina)

27 de julio 2019

 

Se acaba de publicar “Cardenal Newman, un santo para el mundo de hoy”, del P. Juan R.Vélez, quien después de varios volúmenes en inglés sobre Newman, nos acerca una introducción a su figura en castellano, y justamente en el año de su canonización.

Para quien quiera conocer al cardenal inglés, que se convirtió al catolicismo después de un largo camino interior, el libro del P. Vélez consigue dar un panorama interesante sobre la vida y las principales ideas de Newman sin recargar el relato con excesivos datos o dejándolo como un intelectual demasiado complejo de entender.

Una cronología al inicio y buenas selecciones de textos facilitan una orientación en el vasto mundo de Newman, que puede sernos familiar en fragmentos, y que con esta obra encontrarán cierta sistematización, invitando a nuevas profundizaciones de nuestra parte.

Newman se nos presenta como un buscador de la verdad, usando la razón en toda su amplitud. Los problemas de su época son presentados por el autor como los problemas de nuestra época también. Newman tuvo que enfrentar una reducción de la razón, que considera válido sólo lo que parece ser útil y de aplicación inmediata. Él se preocupó por despertar la percepción de lo verdaderamente real. Por eso es interesante recorrer con el autor el trabajo que llevó a cabo Newman en pos de la vida universitaria, apuntando a la unidad del saber, respetando y valorando la autonomía de cada ciencia, pero teniendo siempre en mente la última finalidad de la vida del hombre. Muy atinadas las reflexiones del P. Vélez en cuanto a lo que ocurre en el ambiente universitario actual, e interesante su testimonio de algunos ejemplos norteamericanos.

Otro desafío de su época, que lo emparenta con un reto actual, era el relativismo moral y doctrinal. Frente a una vivencia de lo religioso como mero sentimiento, él propone un recorrido personalísimo hacia la conciencia, pero no como el reino del individuo en donde tiene derecho a decidir caprichosamente, sino como la voz de Dios.

Sumamente interesante para el hombre de hoy es asomarse al itinerario de Newman hacia su conversión a la fe católica. La certidumbre que él esperaba del acto de fe es buscada por muchos hoy incluso para aceptar algunas evidencias de la razón. En la actualidad, muchas cosas que se consideraban evidentes hasta hace poco ya no lo son. Hoy ya no se puede presuponer un significado compartido de lo que es el hombre, la familia, la libertad, el progreso. Volver a entender con Newman cómo se logra el asentimiento, cómo conoce el hombre, es vital para generar en la sociedad hombres y mujeres educados, libres y responsables.

Newman explica que la certidumbre es un proceso en el que confluyen muchos conocimientos, insinuaciones, circunstancias, sentimientos y probabilidades que se hilan, como un cable compuesto por miles de cables de acero.

Probablemente las personas que Newman fue encontrando en su recorrido intelectual y religioso fueron algunos de estos cables de acero a los que se aferró Newman en la tormenta de la vida, y que aparecen en el Capítulo XV: Newman y sus amigos. La lógica y el mero razonamiento no bastan para convertir al hombre a la Verdad. Si el cristianismo no es una doctrina, sino el encuentro con una Persona, en el lema cardenalicio Cor ad cor loquitur (el corazón habla al corazón), es una buena síntesis de esa experiencia.

La publicación de este libro es una oportunidad para conocer el rostro de un santo que ayuda a esclarecer la confusión actual. Si Occidente debe volver a sus raíces cristianas para no terminar de caer, esta lectura ofrece una gran ayuda para crecer en esta conciencia.

Sobre las PASO: Una mirada desde el exterior, con dolor interior – Mario Šilar

14 de agosto de 2019

Mario Šilar[1]

Para Instituto Acton (Argentina)

 “Moralmente está en su país el que vive en el extranjero
ocupado del pensamiento y del estudio de su país.”
J. B. Alberdi

 Duele cuando uno se entera que personas casi desahuciadas, que padecen enfermedades incurables en sus estadios terminales caen en manos de estafadores, dispuestos a lucrarse con la desesperación humana ante la falta de un bien tan preciado: la salud. Sin embargo, si bien uno puede sentir clara repulsa por los aspectos más grotescos de lo que algunos llaman “medicinas alternativas” –hay casos repugnantes en España donde uno de estos “curanderos de turno”, prescribía a sus pacientes brebajes de lejía (lavandina) y zumo (jugo) de limón como “remedio” para curar tumores metastásicos–, y no dudamos en censurar a quienes realizan estas prácticas; echamos un tupido velo y un manto de piedad sobre el paciente que se introduce en ese laberinto.

En efecto, ante el enfermo casi desahuciado se nos impone el respeto silente. Este enfermo, en su desesperación, tal vez concibe estas “terapias” como una última tabla de salvación para permanecer en este mundo. Ante esta persona enferma nos invade una especie de temor reverencial y temblor interior… pensamos: “¿quién soy yo para decirle lo que tiene que hacer?”, “¿acaso tengo certeza de que yo no haría probablemente lo mismo estando en su situación?”, “¿quién soy yo para juzgar los motivos que pueda tener esta persona para seguir ese camino?”. ¿Cómo atreverse a juzgar sobre el anhelo de un padre por estirar unas semanas más sus horas de vida para asistir a la graduación de su hija, pasar junto a su familia un último cumpleaños, asistir a la boda de su hijo, tomar en brazos por primera (y tal vez única vez) a su nieto…? La vida tiene una especial forma de caerse en la mitad… y los enfermos terminales nos ponen frente a frente con uno de nuestros principales temores: la finitud imprevisible de nuestra existencia.

Desde el domingo 11 de agosto, llevo varias horas informándome del resultado electoral en la Argentina. Nuevamente encuentro a mis conciudadanos envueltos en esa espiral de frustración, con ribetes de impulsos autodesintegradores, anómicos y una buena dosis de victimismo. Como supo advertir Gabriel Zanotti hace más de un año, Macri no pasará a la historia como el estadista que habría podido ser. Tal vez la suerte ya esté echada y el gobierno de Mauricio Macri sea la enésima –en rigor la tercera– historia del fracaso de un gobierno no peronista desde el regreso de la democracia en la República Argentina, en el año 1983. Con algo más de precisión, me animaría a decir que se trataría de una nueva historia de fracaso sociocultural.

El ciudadano argentino, como ese enfermo terminal desafortunado que parece encontrarse en el peor de los mundos, flota a la deriva. Muchas veces, detrás de esa huida desesperada hacia las “terapias alternativas” –eufemismo del engaño– hay una historia de relación médico-paciente, en la medicina tradicional, fría, distante, burocrático-instrumental… En efecto, un médico displicente, un diagnóstico inusitadamente tardío, el castigo ante la búsqueda de una segunda opinión clínica suelen iniciar los derroteros de los diagnósticos con mal pronóstico. Esto en el mejor de los casos…, lo más triste suele ser toparse con un médico soberbio y arrogante, que se empecina encarnizadamente en no reconocer sus límites (ni los del saber científico), quien rehúye el encuentro genuino, la mención a los cuidados paliativos y el simple acompañar…; olvida a la persona detrás de los síntomas (siempre es más fácil lidiar con síntomas que con personas). Si buena parte de la sociedad argentina habita como si fuera en un gran “hospital de campaña”, lo cierto es que sus ciudadanos no están por la labor de padecer “cirugías mayores sin anestesia”. Como el enfermo terminal, que harto de su padecer –que no es solo físico–, no duda en volar tras los cantos de sirena del gurú de turno; el ciudadano argentino, una vez más ha encontrado sensato emprender el camino de la sinrazón. Lo más triste es que la analogía mencionada más arriba resulta inapropiada. De hecho, la situación de la Argentina no es la de un enfermo terminal, el país no padece ningún mal incurable. Paradójicamente, esto lo hace más grave ya que una afección perfectamente curable se puede convertir en terminal como consecuencia de las decisiones libres, como el paciente que ante el primer toque de atención de una dolencia se empecina en no modificar los hábitos no saludables arraigados.

Si en esta ocasión se mantiene cierta conservación de institucionalidad como para que el peronismo opte por no precipitar los acontecimientos y que se produzca un traspaso de la banda presidencial sin mayores traumatismos (en 1989 y en 2001 hubo fallecidos), el próximo 10 de diciembre, algo –no menor– se habrá alcanzado. A día de hoy, y a tenor de algunas declaraciones, incluso esto se antoja bastante ambicioso. Ayer, escuchando la conferencia de prensa del presidente Macri y su candidato a vicepresidente, Pichetto, me llamaron la atención varias preguntas de los periodistas. Desde la perspectiva exterior –no resido en la Argentina– el tono y contenido de muchas de las preguntas resultaban inconcebibles en el contexto europeo. Algunas de las preguntas tenían un tono entre intimista y populista que resultarían extrañas aquí. Luego estuvieron las preguntas sobre cambios de gabinete o sobre la posibilidad de un adelanto electoral. La “normalidad” con que en Argentina parecen asumirse estrategias cuasi-mágicas o meramente simbólicas (¿qué pueden hacer nuevos ministros en poco más de ocho semanas?), resulta descorazonador.

En todo caso, creo que, lamentablemente, la “grieta” no desaparecerá porque su lógica es parte cuasi-constitutiva del sino de nuestro tiempo –no sólo en la Argentina–, y un aspecto particularmente funcional a los intereses de los actores políticos y burócratas de turno. En el caso argentino, tanto el nacional-católico necesita una trinchera, el fanático progresista necesita enemigos frente a su trinchera, lo mismo el cultor de las agendas radicales lgtbiq… también el liberal ideologizado necesita de su trinchera exterior… incluso el ciudadano que va de moderado suele ponerse como un alemán en el Somme cuando se encuentra con alguien que expresa algunas convicciones que le suenan políticamente incorrectas o, según su ‘infalible’ opinión, “impracticables”. Si “de la justicia de cada uno nace la paz para todos” (S. Juan Pablo II), se podría decir que de la envidia de cada uno nace el conflicto para todos… y la (mala) política, necesita, inflama y se lucra de este perpetuo conflicto. Como me dijo un español, hace algún tiempo, utilizando un término con el que suelen describirse a sí mismos: “El gen cainita también habita entre vosotros”.

Causa tristeza que una sociedad parezca condenada a tener que elegir una y otra vez entre un mal médico y un retorcido gurú astuto. Me niego a aceptar ese fatalismo. Pero tal vez hay un nivel más profundo en donde la comparación ofrecida se revela absolutamente inapropiada. En efecto, los ciudadanos no requieren el tipo de cuidados que necesitan las personas enfermas. ¿Hasta qué punto no será este afán por concebir a la clase política como agentes que “deben velar por nosotros, los indefensos ciudadanos” lo que se encuentre en la raíz de muchos de los problemas socioculturales argentinos? Hace unos días vimos Mascotas 2 en familia. El perrito protagonista sufre un importante nivel de ansiedad fruto de la presencia de un nuevo integrante en la familia, un pequeño bebé que el perrito acoge bajo su cuidado. Querer hacerse completamente cargo de quienes están a nuestro cuidado no conduce más que elevados niveles de ansiedad, neurastenias y diversas psicosomatizaciones: porque tan pronto se entiende la magnitud de los riesgos y peligros que acechan a quienes pretendemos proteger, tomamos conciencia de la fragilidad de nuestra habilidad para controlar el entorno. No en vano los políticos paternalistas suelen adoptar ritmos infernales de trabajo, horarios intempestivos y una agenda frenética –en cierta medida, esto no es más que el precio a pagar ante la perpetua insatisfacción que se produce como consecuencia de percibir que todo intento de control del entorno no es más que parcial y limitado. Cuidar el entorno institucional es algo que la política puede hacer (cuidado pasivo del ciudadano, si se quiere), la pretensión de “cuidar” activamente al ciudadano suele ser la antesala que justifica todo tipo de políticas liberticidas.

En este contexto, la batalla por las ideas adquiere una relevancia fundamental en el país, por lo que la misión y visión del Instituto Acton en la Argentina tienen más sentido que nunca. Independientemente de la orientación ideológica, sin bases morales para una sociedad de ciudadanos virtuosos, libres e iguales, sin un estado de derecho sólido, sin respeto a las libertades individuales, a la propiedad privada, a la división del poder, a  la independencia del poder judicial, a la alternancia democrática y pacífica del poder, no habrá prosperidad sostenible y genuina en la Argentina… solo fuegos de artificio y narcóticos, más o menos durables… pero tarde o temprano, descartables.

[1] Agradezco los comentarios y sugerencias de Juan Pablo Maggiotti y Eugenio Díaz Jausoro sobre una versión anterior del texto, que lo enriquecieron.

Mario Šilar

Senior Researcher del Instituto Acton Argentina Es Bachiller, Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte “Santo Tomás de Aquino”. Hizo estudios de Posgrado en Organización y Gestión Educativa, en la Universidad Austral. Tiene un Máster en Derecho de la Integración Económica, por la Université Paris I Panthéon-Sorbonne y un Máster en Formación del Profesorado por la UNED (España). Es Diploma de Estudios Avanzados en Filosofía por la Universidad de Navarra.

En Tierra Santa, el fundamentalismo religioso margina socialmente de modo claro a los cristianos

Para Instituto Acton (Argentina)

Fuente: Religión en Libertad 

12 de agosto de 2019

 El franciscano Pierbattista Pizzaballa lleva más de 30 años en Tierra Santa llegando a ser custodio, y su gran conocimiento de este lugar esencial para los cristianos, pero también foco de grandes conflictos políticos y religiosos, le llevó a ser nombrado en 2016 administrador apostólico del Patriarcado Latino de Jerusalén.

En una entrevista con Daniele Piccini y Tobias Lehner para Ayuda a la Iglesia Necesitada (ACN), el arzobispo hace un repaso de la situación de Tierra Santa tanto desde un punto de vista religioso como socio-político explicando el punto en el que se encuentra la minoría cristiana:

-Excelencia: ¿cómo es la situación de los cristianos en Tierra Santa?

– Con frecuencia se suele decir que hay tres grupos en lo que se considera Tierra Santa: israelíes, palestinos y cristianos. Pero los cristianos no son un «tercer pueblo». Los cristianos pertenecen al pueblo en el que viven. Como cristianos, no tenemos reivindicaciones territoriales. Para un judío o un musulmán nunca es un peligro encontrarse con un cristiano. Sin embargo, para los cristianos la vida no es fácil. Las condiciones de vida son más difíciles: a los cristianos les es más difícil encontrar un trabajo o una vivienda.

– ¿Significa esto que la libertad religiosa de los cristianos está limitada en Tierra Santa?

– Aquí hay que diferenciar. Una cosa es la libertad religiosa, de culto, y otra la libertad de conciencia. Hay libertad de culto: los cristianos pueden celebrar sus servicios religiosos y configurar su vida en la comunidad. La libertad de conciencia significa que cada creyente pueda expresarse libremente y que los miembros de otras religiones puedan decidir libremente si quieren ser cristianos. Esto es mucho más complicado.

En Tierra Santa, la política siempre desempeña un papel importante. Si uno decide visitar un lugar determinado, eso puede convertirse rápidamente en un asunto político. Por ejemplo, a los cristianos de Belén les gustaría visitar la Iglesia del Santo Sepulcro en Jerusalén para rezar allí. Pero, a menudo esto no es posible porque necesitan un permiso. Entonces, ¿es una cuestión de libertad religiosa o es simplemente política y no pueden visitar la Iglesia del Santo Sepulcro porque son palestinos? Todo está interrelacionado.

-Recientemente, el gobierno de Estados Unidos trasladó su embajada a Jerusalén. ¿Hasta qué punto se hacen sentir esas medidas políticas?

– En la vida cotidiana no ha cambiado prácticamente nada. Sin embargo, el traslado de la embajada de los EEUU es un callejón sin salida político. Todas las cuestiones que afectan a Jerusalén y que no integran a ambas partes —israelíes y palestinos— causan una profunda división a nivel político. Y eso es exactamente lo que ha ocurrido. Después del traslado de la embajada de Estados Unidos, los palestinos rompieron todas las relaciones con el gobierno de este país y paralizaron completamente las negociaciones entre Israel y los territorios palestinos, que ya de por sí eran lentas.

– La nueva escalada hace que los jóvenes se vuelvan más radicales, especialmente los palestinos. ¿Tiene esto también consecuencias para los cristianos?

– Hay palestinos que pertenecen a movimientos fundamentalistas; pero también hay muchos que rechazan la violencia. La mayoría de los cristianos en Tierra Santa son palestinos. Así que viven en las mismas condiciones que los palestinos musulmanes. El fundamentalismo religioso margina socialmente de modo claro a los cristianos. Así que experimentamos cooperación y solidaridad, pero también exclusión y discriminación.

– Otro problema es la creciente emigración de cristianos…

-La emigración no es un fenómeno de masas; de lo contrario, los cristianos habrían desaparecido hace ya tiempo de Tierra Santa. Es un goteo continuo. Cada año durante mis visitas en las parroquias los sacerdotes me dicen: ‘este año hemos perdido a dos o tres familias’.

– ¿Puede hacer algo la Iglesia en esta enredada situación política?

– Los cristianos son alrededor del uno por ciento de la población. Por lo tanto, no podemos exigir tener el mismo peso político que otros grupos. Pero, por supuesto, la Iglesia tiene fuertes relaciones mundiales. Además, aquí vienen millones de peregrinos cristianos de todo el mundo. Nuestra tarea es trasmitir a las personas que hay una forma cristiana de vivir en este país. Hay una manera cristiana de vivir en este conflicto. Ahora mismo no es el momento para grandes gestos. La Iglesia debe intentar establecer pequeñas relaciones, construir pequeños puentes.

– El Papa Francisco visitó Tierra Santa en 2014. ¿Ha influido esto sobre la situación política y sobre la relación entre los cristianos católicos y ortodoxos?

– Las visitas de Papas son importantes piedras de mosaico en el camino hacia la paz, aunque no puedan, por supuesto, provocar un gran cambio. En términos ecuménicos, la situación es diferente: con su visita, el Papa Francisco continuó el famoso encuentro entre el Papa Pablo VI y el Patriarca Atenágoras en Jerusalén en 1964. En este contexto, la visita del Papa Francisco, y sobre todo la oración ecuménica en la Iglesia del Santo Sepulcro, fue un punto de inflexión decisivo y tangible en la relación entre cristianos católicos y ortodoxos.

– ACN está vinculada con los cristianos de Tierra Santa desde hace muchos años. En Jerusalén, por ejemplo, ACN financia los cursos interreligiosos «Construyendo el perdón, superando el odio» en el que participan cientos de cristianos, judíos y musulmanes. ¿Podría decirnos brevemente algo sobre esta iniciativa?

– En primer lugar, quiero agradecer a ACN que haga tantas cosas en Tierra Santa. Apoya muchos proyectos, incluyendo los cursos organizados por el Rossing Center. Daniel Rossing era judío y estaba convencido de que Jerusalén en particular debe ser un lugar donde todas las religiones se sientan en su propia casa. Muchos de los jóvenes que participaron en estos seminarios llevan a sus profesiones las experiencias que han hecho. Así, la religión, que en Tierra Santa es a menudo un elemento de separación, se convierte en un elemento de unión.

 

 Publicado en la Fundación Tierra Santa. Tomado de ACN

Los paternalismos autoritarios y la santificación del Edipo – Gabriel Zanotti

 

Para Instituto Acton (Argentina)

Por Gabriel J. Zanotti

Fuente: Blog personal “Filosofía para mi”

Junio de 2019

 

La explicación freudiana de la alienación y la masificación, explicando fenómenos autoritarios como los de la Europa de los años 20, es un clásico. Diversos conflictos en la evolución del yo lo llevan a una regresión y a una nueva identificación –esta vez fijación- con la figura de un nuevo padre que de seguridad a ese pobre yo –la expresión es de Freud-. Por eso los fenómenos de hermandad y de masificación entre las personas así mancomunadas en una alienación de la cual casi no hay cura. Surge el padre de la patria, surge “mi pueblo”, surge la masa que apoya al líder que piensa, decide y actúa por ellos, también él alienado en ese poder sin el cual no es nada.

Muchas veces me pregunté por qué, en el peronismo como fenómeno de masas, la figura de la mujer del líder era totalmente deificada. Fíjense que las joyas, los vestidos y los lujos que esos súbditos del líder no permitirían a una “hermana de la causa”, sí son permitidos y admirados en la esposa del líder, elevada a figura santa y virginal, cuyos lujos son legítimos adornos de su condición divina. La razón es psicoanalítica también. Allí desvían y subliman, los alienados, a su libido más profunda. Allí construyen la mujer total, la madre absoluta, nutriente e ilimitada, a la cual no un padre cualquiera, sino el jefe de la horda, impide su acceso carnal. Ella es la mujer absoluta que compensa para siempre las limitaciones de las demás. Ella es la diosa ante la cual el Edipo se eleva a su máximo esplendor. Y si la diosa murió dolorosamente, es cristificada y canonizada ipso facto por ese pueblo adorador y alienado en el fenómeno autoritario.

Que esto sea totalmente ignorado, y al revés, alentado, por un sacerdote católico, muestra de manera dramática cómo el mito de la nación católica –al decir de Zanatta- se ha afianzado en nuestra cultura. Antes era la nación mussoliniana, fascistoide, luego fue la nación como el pueblo explotado por el imperialismo que se levantó en legítima revolución alentada por la teología de la liberación. Ahora sigue siendo ese pueblo, inmaculado de costumbres capitalistas, ese pueblo donde se asienta la verdadera redención cristiana contra instituciones burguesas que le son extrañas. Esa es la teología del pueblo que se enseña en los seminarios, esa es la forma de pensar de los seminaristas que siguen pensando que el peronismo es la verdadera expresión social del Catolicismo. Ellos no tienen defensa intelectual contra su propio absurdo. Evita que robaba a las empresas para darle a los pobres: santa Evita. Evita en el recuerdo de los revolucionarios: Evita montonera. Evita en la memoria del actual pontífice, que lo debe estar pensando en serio: Evita canonizada. Evita, sí, que no evita la barbarie de un pensamiento tan aferrado a sus propias limitaciones, las limitaciones de toda ideología autoritaria, utópica y cerrada a la crítica cual paradigma kuhniano inconmensurable.

Que tengamos que estar discutiendo en serio todo esto muestra el drama intelectual de Argentina, “ese país tan culto”…. Culto, sí, culto a la madre absoluta. Qué horror. Qué pena profunda.

 

Gabriel Zanotti

Es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino, UNSTA y Doctor en Filosofía por la Universidad Católica Argentina. Es Director Acádemico del Instituto Acton. Twitter @gabrielmises

¿Nos hace obesos el capitalismo? – Ben Johnson

 

Por Ben Johnson

Para: Acton Institute

 

A medida que los trabajadores regresan de sus vacaciones en promedio una libra más pesados, la pérdida de peso encabeza todas las listas de resoluciones de Año Nuevo. Sin embargo, en 2019, los médicos están pidiendo a los políticos que clasifiquen a la obesidad como una enfermedad que debe ser tratada imponiendo impuestos a los alimentos azucarados —y algunos comentaristas culpan al sistema capitalista de nuestra inclinación al exceso.

Si la obesidad es una enfermedad, entonces en Occidente es una epidemia. Alrededor del 40% de los estadounidenses y el 30% de los adultos en el Reino Unido son obesos. La letanía conocida de afecciones asociadas con el sobrepeso incluye enfermedades del corazón, diabetes, cáncer y presión arterial alta. El Royal College of Physicians ha pedido que la obesidad sea etiquetada como una enfermedad, en lugar de una elección de conducta porque, como dijo el presidente de RCP, Andrew Goddard, tal etiqueta «reduce el estigma de tener obesidad». Los críticos responden que, mientras que algunas personas pueden tener una predisposición genética a retener peso, la obesidad es causada por el consumo de más calorías de las que quemamos; el consumo de menos calorías de cualquier tipo, incluso exclusivamente en McDonald’s, conducirá a la pérdida de peso.

Otros han tratado de culpar del aumento de las cinturas a la expansión del mercado. Jonathan C. Wells escribió en el American Journal of Human Biology, revisado por colegas, que la clave para entender a la obesidad es un «nicho obesogénico» causado por la «lógica unificadora del capitalismo». Históricamente, «el capitalismo contribuyó a la desnutrición de muchas poblaciones. a través de la demanda de mano de obra barata». Sin embargo, a medida que las necesidades financieras globales «cambiaron al consumo, el capitalismo ha impulsado cada vez más al comportamiento del consumidor que induce una sobrenutrición generalizada».

Además, el libre mercado en realidad restringe nuestras opciones, «tanto a nivel de comportamiento, a través de publicidad, manipulaciones de precios y restricciones de elección, como a nivel fisiológico a través de la mejora de las propiedades adictivas de los alimentos» (es decir, la adición al azúcar y la grasa).

Si la justificación científica parece novedosa, las ideas subyacentes no lo son. «Un mundo capitalista tardío en expansión requiere que nadie esté completamente satisfecho», escribió Hillel Schwartz en su libro de 1986 Never Satisfied: A Cultural History of Diets, Fantasies and Fat. Por lo tanto, las «personas gordas» son «víctimas de los dobles vínculos del capitalismo, que son sexistas, racistas y de sesgadas por clase».

Estos argumentos se han filtrado en sitios web populares, a veces cuestionando la ética del propio sistema económico. «Si el capitalismo es una virtud, las personas gordas son santas», escribió Tina Dupuy en The Huffington Post.

Culpar al libre mercado de la glotonería, uno de los pecados mortales, socavaría su legitimidad moral. Pero estos argumentos son demasiado para tragarse.

Los expertos creen que el ímpetu por comer en exceso proviene de antojos primitivos y antiguos que se remontan a nuestros días como cazadores-recolectores. Tenía sentido para una especie insegura de dónde encontraría su próxima comida el almacenar tantas calorías como fuera posible. Afortunadamente, esas condiciones ya no se cumplen, pero nuestra programación psicológica nunca se ha adaptado.

La libre empresa ha contribuido a la obesidad solo en la medida en que ha producido tanta abundancia como para casi eliminar a la desnutrición. «La historia más grande no reportada en los últimos tres cuartos de siglo», dijo Blake Hurst, presidente de Missouri Farm Bureau, es el «aumento en la disponibilidad de alimentos para la persona común». El suministro promedio de alimentos por persona, por día, ha aumentado en 600 calorías desde 1961. La adecuación de la oferta dietética global ha aumentado en un ascenso casi ininterrumpido durante dos décadas. Solo los gobiernos colectivistas y las regiones devastadas por la guerra se resisten a este progreso global. Por ejemplo, el venezolano promedio perdió 24 libras en un solo año en lo que los comentaristas han denominado «la dieta de Maduro».

El suministro de alimentos sin precedentes del mundo puede coexistir incómodamente con nuestros antojos de la era de las cavernas. Pero culpar de forma poco seria de su existencia al capitalismo solo sirve para exacerbar lo que Theodore Dalrymple llamó «fatalismo deshonesto», la mentalidad que culpa a las elecciones autodestructivas de factores externos que están fuera de nuestro control, e inventar nuevos sustos para una cruzada de gobierno activista.

También pasa por alto las formas en las que el intervencionismo gubernamental ha conducido a incentivos perversos. Un sistema nacional de salud como el NHS desalienta la responsabilidad personal al externalizar los costos de las condiciones de salud asociadas con la obesidad. Los contribuyentes, en lugar de los individuos que toman decisiones dietéticas lamentables, pagan la factura de un sistema que es «gratuito en el punto de entrega».

Sin una manera de tratar a los buenos actores de manera diferente a los malos, forzando a estos últimos a asumir los costos económicos y físicos de sus decisiones, tales naciones recurren a soluciones gubernamentales paternalistas. Activistas de salud pública presionan a nuevos impuestos para los refrescos, postres azucarados e incluso carnes rojas. Pero tales instrumentos embotados no pueden discriminar entre los pobres pobres que buscan un capricho ocasional y el glotón, y terminan simplemente castigando a los menos prósperos.

Algunos creen que incluso estas medidas del estado niñera no van lo suficientemente lejos. «Sobre todo, debemos reconocer que este peligro tiene raíces sociales que requieren respuestas sociales, la profunda creencia de socialdemócratas y socialistas por generaciones», escribió Will Hutton en un artículo de The Guardian titulado Fat is a Capitalist Issue.

En última instancia, la obesidad debe combatirse eliminando el vicio de la gula, una pasión que no puede ser retirada por un código tributario. Pero los antiguos ofrecieron una solución. San Juan Casiano escribió que «debemos pisotear los deseos glotones con el pie … no solo por el ayuno», sino por cultivar tanto el amor por las cosas espirituales que el creyente vea al comer «no tanto una concesión al placer, sino como una carga».

Hasta que esto ocurra, la esfera pública puede alentar a las personas a aceptar la responsabilidad personal de las decisiones de salud y estilo de vida, y asumir las consecuencias de estas. «La libertad no solo significa que el individuo tenga tanto la oportunidad como la carga de la elección; también significa que debe soportar las consecuencias de sus acciones y recibiendo por ellas elogios o acusaciones», escribió F.A. Hayek en The Constitution of Liberty. «La libertad y la responsabilidad son inseparables».

 

 

 

 

Nota

El artículo « Is capitalism making us fat?» fue publicado antes por el Acton Institute el 4 de enero 2019. La traducción es de ContraPeso.info: un proveedor de ideas que sostienen el valor de la libertad responsable y sus consecuencias lógicas, fundado en 1995.

El autor de la columna Rev. Ben Johnson es un editor senior en el Instituto Acton. Su trabajo se centra en los principios necesarios para crear una sociedad libre y virtuosa en la esfera transatlántica (EE. UU., Canadá y Europa). Obtuvo su Bachelor of Arts en Historia summa cum laude de la Universidad de Ohio y fue admitido en Phi Beta Kappa.

La Doctrina Social de la Iglesia no es socialismo – Renato Cristin

18 de mayo

Renato Cristin

Fuente: Observatorio Cardenal Van Thuan

Autor de numerosos ensayos sobre los aspectos sociales y políticos de la teología, el arzobispo Giampaolo Crepaldi, obispo de Trieste y presidente del «Observatorio Internacional Card. Van Thuân sobre la Doctrina Social de la Iglesia», nos ofrece en sus Lezioni di dottrina sociale della Chiesa (editorial Cantagalli, 2018, 148 páginas) una síntesis magistral de dicha doctrina, entrelazada con un trabajo hermenéutico que muestra, de la misma, potencialidades aún no del todo consideradas por los expertos, eclesiásticos o laicos, y por ende en parte no plenamente explicitadas. Además de dar sistematicidad al método y a los fundamentos, el valor principal de este libro reside justamente en la interpretación de las implicaciones políticas de la doctrina social, siempre en conformidad con lo que Crepaldi llama «el depósito de la fe», o sea ese patrimonio formado y determinado por Escritura, Tradición y Magisterio.

Demostrando un vasto conocimiento de las estructuras filosóficas y sociológicas de la modernidad, e inspirándose en los grandes doctores antiguos de la Iglesia y en los principios enunciados por San Juan Pablo II (en especial en la encíclica Centesimus annus) y por Benedicto XVI (la referencia principal es a la encíclica Caritas in veritate), Crepaldi tiene la valentía, remarcable sobre todo en el momento de grave confusión que está viviendo actualmente la Iglesia, de entrar en los puntos fundamentales de la vida social en general y específicamente de la occidental (o de la europea).

Cristianismo y capitalismo

Una de las muchas virtudes de esta esmerada obra de reconstrucción y reelaboración teórica consiste efectivamente en que explicita la relación entre doctrina cristiana y sistema socio-económico occidental, entre Cristianismo y capitalismo. De contramano con las recientes aceleraciones que, incluso dentro de la Iglesia, presionan en pos de una crítica radical de nuestro sistema económico y a favor de una (bastante poco clara pero no menos inquietante) perspectiva de redistribución de la riqueza, el arzobispo triestino, en plena sintonia con las tesis de Santo Tomás sobre la relación de la fe con los bienes materiales, explica en detalle, en forma teórico-teológica, el nexo con el mundo de la producción, en todos sus aspectos. Pone manos a la obra en una materia que, por sus matices éticos, tiene que ser tratada con extremo cuidado, y lo logra con una prolijidad y un equilibrio ejemplares. Su reflexión echa luz, indirectamente pero con toda eficacia, sobre algunas zonas grises que atraviesan el actual magisterio social del Papa Bergoglio y lo vuelven oscuro ante gran parte de los cristianos occidentales, que se sienten conmocionados y desorientados.

En lo específico, al examinar lo que se ha dado en llamar opción preferencial por los pobres, que ha cobrado auge a partir de la teología de la liberación adoptada por buena parte del episcopado latinoamericano, y de la que Bergoglio ha hecho uno de los ejes teóricos de su pontificado, Crepaldi elabora una propuesta que contiene implícitas referencias a nuestra actualidad política: «los pobres son los débiles de la sociedad y por ende el poder político debe ocuparse sobre todo de ellos», pero «tiene que hacerlo de manera indirecta en vez que directa, a través de una solidaridad subsidiaria, evitando formas de asistencialismo y procurando poner en marcha la responsabilidad individual, familiar y de los grupos sociales». La subsidiariedad no tiene nada que ver con el subsidio garantizado, sino que estimula en cada uno de nosotros y a todo nivel, del primero al último, el sentido de responsabilidad activo y productivo. En este sentido la pobreza se supera con el trabajo y con la conciencia de la productividad, que son, juntos, las dos condiciones de posibilidad para cualquier bienestar social, en una circularidad virtuosa entre dimensión material y esfera espiritual.

El trabajo, entendido en tanto laboriosidad (concepto éste que implica un ingrediente fundamental –la iniciativa individual– que no siempre va incluido en la mera noción de empleo), es pues uno de los pilares conceptuales sobre los que se yergue la doctrina social. En la Centesimus annus, Juan Pablo II ya había fijado el marco teórico, que el pauperismo latinoamericano ahora ha quebrado: la relación del ser humano con la tierra está determinada por el trabajo, porque –sostenía el Papa polaco– «es mediante el trabajo que el hombre, usando su inteligencia y su libertad, logra dominarla y transformarla en su digno hogar. De tal manera éste hace suya una parte de la tierra, que precisamente se compró con su trabajo. He aquí el origen de la propiedad individual». Si comparamos estas proposiciones de San Juan Pablo II con las recientes tesis del Papa Bergoglio sobre la necesidad de alguna forma de colectivización de los recursos (y por ende de la producción), podemos medir toda la distorción que este último aplicó a la doctrina social en tema de trabajo y propiedad. La «destinación universal de los bienes» se refiere efectivamente a la asignación que Dios ha hecho de ellos a la humanidad, pero no tiene nada que ver con la redistribución forzada de los bienes que cada uno adquirió con su trabajo, a la que con frecuencia parece aludir la teoría bergogliana del derecho universal a «tierra, techo y trabajo».

«La finalidad del trabajo es la propiedad privada»

Ubicándose perfectamente en la línea que había sido trazada ya en 1891 por el Papa León XIII con la Rerum Novarum –la encíclica que fundó precisamente la doctrina social y en la cual quedaba firme que «la finalidad del trabajo es la propiedad privada»–, Crepaldi lleva el concepto del «derecho natural a la propiedad privada» a un punto de máxima elevación ética y de gran actualidad, incluso política. Los católicos europeos mantienen viva desde siempre la conciencia de la propiedad (alcanza con pensar en los campesinos, dotados de lo que el historiador y ministro demócrata-cristiano Sandro Fontana llamaba, elogiándolo, «el instinto propietario»), porque su historia es una saga de libertad, o sea de conquista de la liberdad dentro de la sociedad burguesa y no en contra ésta. Este nexo de reciprocidad esencial ha sido subestimado o incluso negado por quien conjuga fe religiosa cristiana y teoría marxista de la sociedad, pero se trata de una tergiversación ideológica que hace caso omiso de la verdad histórica de Occidente, la cual muestra que hasta en sus estructuras económicas la civilización europea surgió y se formó en simbiosis con la religión cristiana y con el catolicismo que de ésta es la pars magna: el sistema de las libertades civiles encuentra su alimento espiritual en el sistema religioso judeocristiano, el cual a su vez es defendido y resguardado en el plano histórico-social concreto por la acción protectora que el primero desarrolla. La libertad religiosa es, por lo tanto, protegida por la libertad política y, al mismo tiempo, por la libertad económica, cuyo principio fundamental es, precisamente, el de la propiedad.

Sobre este nudo crucial de la civilización occidental, Crepaldi no vacila: todos los recursos, materiales y espirituales, los recursos naturales y los dones intelectuales, deben ser valorizados, y «el modo para hacerlos fructificar es el trabajo, el cual legitima la propiedad privada». La redistribución de la riqueza es una ideológica falsificación de la cultura cristiana, porque «los bienes no son dados a todos en tajaditas iguales, sino que son puestos a disposición de todos para que todos puedan tener acceso a ellos con su propio trabajo, accediendo de este modo a la propiedad privada». Y por lo tanto, concluye Crepaldi, el sistema propietario como sistema no sólo económico sino también cultural, es pefectamente simbiótico con el paradigma teológico y ético del Cristianismo, porque en dicho sistema los talentos que Dios ha asignado a cada hombre, a cada ser humano, pueden ser desarrollados individualmente según las capacidades y el sentido de responsabilidad de cada uno. Por eso «la difusón de la propiedad privada es el modo correcto con el cual realizar la destinación universal de los bienes», porque destinación no significa distribución igualitaria, sino crecimiento de la riqueza general gracias a la iniciativa individual. Y por último, Crepaldi toca el nervio vivo del estatismo: la fructificación de los talentos non debe ser contaminada por intervenciones extrapersonales y por ende «la solución no está en concentrarla en el Estado y en su distribución, sino en favorecer la participación a la producción, a través del trabajo, de la pequeña propiedad privada». Unicamente de esta manera es posible apuntar al bien común, a enriquecer, no sólo materialmente sino también y sobre todo espiritualmente, la sociedad, cada nación.

Bien común y lógica empresarial

El bien común, efectivamente, expresa en primer lugar «el orden natural de las cosas», y a diferencia del «progresismo», según el cual «la construcción del futuro pasa por el rechazo de un orden natural dado», la visión católica concibe el futuro a partir de la tradición, la cual, como una fuerza motriz de fondo, nos provee la posibilidad de avanzar hacia el futuro construyéndolo sobre los sólidos cimientos de nuestro pasado. En los pilares conceptuales del bien común, que son la analogicidad (subsidiariedad) y la verticalidad, se manifiesta la exigencia de fortalecer respectivamente la proximidad entre las personas y el esmero por la trascendencia o afirmación del fin trascendente último, Dios, punto teleológico fijo en base al cual ordenar los fines del ser humano en la sociedad, puesto que «si falta el fin último, se desestabilizan también los fines intermedios». El bien común es principalmente «un bien éticamente orientado», rechazado por el pensamiento anti-tradicionalista y anti-identitario, que desconoce no sólo el rol de la tradición sino además el de una perspectiva teleológica del ser humano y de la sociedad occidentales en especial, y que quiere destruir la relación entre orden natural y principios no negociables: «si pensamos en cómo hoy el progresismo quiere incluso cambiar la naturaleza humana, nos damos cuenta hasta qué punto esta fractura entre fines y orden natural ha llegado a su plena –y dramática– maduración».

Aun no equivaliendo al bienestar material, a nivel social concreto el bien común debe ser logrado no sólo con la reflexión sobre el plano espiritual y moral, sino además con la acción sobre el plano económico, y por ende según el criterio del compromiso en pos de la productividad, que como vimos es la declinación económica de la responsabilidad ética. También sobre este punto Crepaldi es límpido: la lógica empresarial (o emprendedora, como en algunos ámbitos se ha comenzado a llamar) «debe ser aplicada a una empresa privada, tanto como a una del tercer sector [asociaciones de voluntariado], como a una de propiedad estatal», y aunque «el propietario de una empresa privada no se moverá igual que el presidente de una cooperativa, o el manager de una participada estatal», porque tales realidades productivas tienen características específicas que las diferencian unas de otras, todos ellos deberán sin embargo organizar su conducción «de manera igualmente empresarial». Aquí, al describir la lógica de empresa, Crepaldi legitima, una vez más en sintonía con Santo Tomás, la ganancia: ese nudo que muchos teólogos aun contemporános todavía no han resuelto e, incluso, rechazan, considerándolo un mal.

La Iglesia y la economía de mercado

Por consiguiente, hay que afirmar que la doctrina social de la Iglesia no rechaza la economia de mercado, contrariamente a lo que la orientación vaticana parece venir sosteniendo en los últimos tiempos, sino que, al contrario, valora su fecundidad para el crecimiento de la sociedad, afirmando la necesidad de elegir una perspectiva general en la cual situarse, tomando una posición. Aun insistiendo en la exigencia de poner siempre al hombre (la persona) en el centro de toda acción económica y la idea de la trascendencia divina como fin espiritual, la doctrina social declara que el sistema de mercado no es un adversario de la fe cristiana ni de la Iglesia misma, sino un buen aliado, porque «no es la economía lo que produce pobreza y no es la pobreza económica lo que produce pobreza moral, sino al contrario: la pobreza moral produce pobreza material y hace entrar en crisis la economía». Horadar pues el principio de la propiedad privada, que según León XIII es un «derecho natural» y «es decretada por las leyes humanas y divinas», es el primer paso hacia la disolución de toda su concepción de la sociedad humana. En efecto, como establece la Rerum Novarum, «los socialistas, alzando en los pobres el odio contra los ricos, pretenden que haya que abolir la propiedad y hacer de todos los patrimonios particulares un patrimonio común, que sea administrado por medio del municipio y del Estado. Con esta transformación de la propiedad, de personal a colectiva, y con la distribución por igual de los beneficios y comodidades entre los ciudadanos, creen que el mal pueda resultar radicalmente reparado. Pero este camino, además de no resolver las disputas, no hace sino perjudicar a los mismos obreros, y es además injusta por muchos motivos, porque mete mano en los derechos de los legítimos propietarios, altera las competencias de las estructuras del Estado, y desbarata todo el orden social».

Entre los principios no negociables está incluido entonces, como el arzobismo Crepaldi subraya con plena legitimidad teológica y moral, también el de la propiedad privada, con el anexo corolario de su necesidad y de su intangibilidad, lo cual demuestra que la doctrina social de la Iglesia, por un lado, contiene principios que van del brazo en estrecha sintonía con el liberalismo (no progresista o de izquierda) expresado por ejemplo por Lord Acton (para citar solamente una figura entre muchas), y por otro lado, está tan distante del socialismo en el sentido pragmático y específico del término, como lo está de la ideología marxista en sentido teórico general, lo cual refuta cualquier intento, ya sea que venga desde América Latina, o bien del epicentro mismo de la cristianidad, de unificar dos perspectivas inconciliables.

Renato Cristin

es profesor de Hermenéutica filosófica en la Universidad de Trieste, Italia.

© Publicado en italiano el 17-4-2019 en el diario L’Opinione delle Libertà http://www.opinione.it/cultura/2019/04/17/cristin_dottrina-sociale-chiesa-crepaldi-capitalismo-mercato/, y retomado el 17-5-2019 por el Osservatorio Internazionale Cardinale Van Thuân sulla Dottrina Sociale della Chiesa https://www.vanthuanobservatory.org/ita/la-dottrina-sociale-della-chiesa-non-e-socialismo-lezioni-dellarcivescovo-crepaldi/. Traducción de Claudia Razza.