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Política: Ahora o nunca – Gabriel Zanotti

Un llamado a la urgente necesidad de entrar en la acción política

Por Gabriel Zanotti

Mayo de 2017

Fuente: Punto de vista económico

Entre las varias dificultades que tienen los liberales (clásicos) para dedicarse a la política, está el consejo que Hayek dio: no hacerlo y dedicarse a los think tanks y las tareas académicas. Y que luego eso va a llegar, por una especie de efecto “ondas en un estanque” a la opinión pública y, por último, a los políticos. Seguir leyendo Política: Ahora o nunca – Gabriel Zanotti

Gabriel Zanotti

Es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino, UNSTA y Doctor en Filosofía por la Universidad Católica Argentina. Es Director Acádemico del Instituto Acton. Twitter @gabrielmises

Sobre el triunfo de Trump – Gabriel Zanotti

15 de noviembre de 2016

por Gabriel J. Zanotti

Fuente: Filosofía para mí 

Si han leído mi entrada anterior a las elecciones[1], podrán advertir que ni Trump, ni Hilary, ni Johnson, eran mis opciones. En realidad con esa entrada podría considerar el asunto por concluido. Pero ante los cosas que se están diciendo y las reacciones que ha producido el triunfo de Trump, consideré prudente agregar algo más de confusión al asunto J. 🙂 Seguir leyendo Sobre el triunfo de Trump – Gabriel Zanotti

Gabriel Zanotti

Es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino, UNSTA y Doctor en Filosofía por la Universidad Católica Argentina. Es Director Acádemico del Instituto Acton. Twitter @gabrielmises

La opinión pública en la Iglesia – Norberto González Gaitano

Cómo ejercen los fieles la libertad de expresión

25 de mayo de 2016

Por Norberto González Gaitano

Fuente: Prudentia Política

Cuando se habla de opinión pública con respecto a la Iglesia católica, se suele pensar en la imagen que esta tiene en la sociedad. Pero hay además una opinión pública en el seno mismo de la Iglesia, consecuencia natural de que en ella los fieles tienen libertad de expresión con respecto a los temas que afectan a la comunidad cristiana.

La opinión pública en la Iglesia existe, aunque nunca se la ha llamado así, pues la Iglesia no es una comunidad política ni democrática. Pero como es una comunión, supone necesariamente la comunicación. Toda comunicación conlleva un cierto debate, que en el caso de la Iglesia lleva a una singular “opinión pública”. Esta se manifiesta o se expresa en modos diversos según la materia sobre la que versa: cuando se trata de las exigencias de la fe, se llama sensus fidelium y se comporta –o se debería comportar– como cabe esperar respecto al dogma y sus exigencias para la comunión en la fe; cuando se trata de cuestiones de gobierno que afectan al bien de la comunión, rige –o debería regir– el principio jerárquico, es decir, el de las exigencias de la comunión; y, en tercer lugar, cuando se ocupa de cuestiones contingentes, estamos –deberíamos estar– en el ámbito del debate y de la opinión libre, en el ámbito de la disputa, que conlleva las exigencias de la libertad y la pluralidad.

El primer Papa que usa esta expresión es Pío XII: “Querríamos todavía añadir una palabra referente a la opinión pública en el seno mismo de la Iglesia (naturalmente, en las materias dejadas a la libre discusión). Se extrañarán de esto solamente quienes no conocen a la Iglesia o quienes la conocen mal. Porque la Iglesia, después de todo, es un cuerpo vivo y le faltaría algo a su vida si la opinión pública le faltase” (Discurso, 17-02-1950).

La Iglesia es una comunidad de fe, pero no hay comunión sin comunicación, y allí donde hay comunicación, hay opinión pública

Años después, en el documento sobre la Ética en las comunicaciones sociales (2000), del Consejo Pontificio correspondiente, se expresa el principio de que “un flujo recíproco de información y de puntos de vista entre los pastores y los fieles, una libertad de expresión que tenga en cuenta el bien de la comunidad y el papel del Magisterio al promoverla, y una opinión pública responsable, son expresiones importantes del derecho fundamental al diálogo y a la información en el seno de la Iglesia” (n. 26).

Los documentos eclesiales que hablan, no solo tangencialmente, sino con un cierto desarrollo de la idea, son Communio et progressio (1971) y Aetatis novae (1992). La mención expresa a estos documentos y su incorporación a una argumentación más elaborada, se encuentra por último en la carta apostólica El rápido desarrollo (2005), de Juan Pablo II, que supone ya la incorporación de esos principios generales en el Código de Derecho Canónico (can. 212.3). Juan Pablo II, tras citar estos documentos y remitiéndose además al número 37 de la Lumen gentium, concluye su argumentación en estos términos: “Tanto la comunicación en el seno de la comunidad eclesial, como la de Iglesia con el mundo, exigen transparencia y un modo nuevo de afrontar las cuestiones ligadas al universo de los medios de comunicación. Tal comunicación debe tender a un diálogo constructivo para promover entre la comunidad cristiana una opinión pública rectamente informada y capaz de discernir” (n. 12).

Tres niveles

Sentadas estas premisas doctrinales, expongo a continuación mi lectura personal de en qué sentidos hay que hablar de opinión pública en la Iglesia. El término opinión pública no es ambiguo, sino analógico, y no solo en el ámbito de la Iglesia.

La Iglesia no es una comunidad política, sí es una comunidad de fe. No hay comunión sin comunicación, y allí donde hay comunicación, hay “opinión pública”, no en el sentido estrecho que damos a este término connotado por su origen histórico en las democracias parlamentarias en Occidente.

La opinión pública en la Iglesia se expresa en modos diversos, del mismo modo que la comunicación y la comunión se realizan en modos distintos según los ámbitos de acción. Distingo tres ámbitos: el de la fe, el del gobierno y el de lo contingente.

Los procesos de beatificación requieren documentar la fama de santidad de la persona propuesta, lo que es la primera investigación demoscópica en la historia de la opinión pública

En el nivel de la fe, del dogma, la opinión pública no tiene un papel discursivo. Se está dentro o fuera de la comunión de la fe. Pero hay muchos ejemplos históricos y actuales de cómo interviene la opinión pública en este nivel de la comunión de fe.

………….

En el nivel del gobierno, las cosas son un poco diferentes. En este nivel práctico, prudencial, de la comunión de vida, hay que recordar que la Iglesia no es una comunidad democrática, pero sí es una comunión. Toca a los obispos gobernar, y estos son “puestos”, no elegidos democráticamente.

………..

El nivel de lo contingente es seguramente el plano más fácil de explicar desde el punto de vista de cómo trabaja la opinión pública. Tiene que ver con el sentido usual del término opinión pública, es decir, lo que está sometido al debate, racional o menos racional. Sin embargo, no hay que pensar demasiado solemnemente de lo racional, como si solo la razón raciocinante tuviese título de legitimidad en la formación de la opinión pública, como algunos severos pensadores pretenden. En este plano tienen un papel fundamental los sentimientos, las actitudes, los humores, los prejuicios, los estereotipos, los gustos y disgustos, etc.

¿Qué es la corrupción? – Mons. Sergio Buenanueva

19 de abril de 2016

Por Mons. Sergio O. Buenanueva, Obispo de San Francisco

Fuente: AICA

Reflexión de monseñor Sergio O. Buenanueva, obispo de San Francisco (19 abril de 2015)

Intentaré una respuesta ética (no jurídica) a la cuestión. Con alguna referencia, por supuesto, a la perspectiva cristiana.

Tratemos de responder a la pregunta formulada. ¿Qué queremos decir cuando hablamos de “corrupción”?

No se trata de cualquier inconducta de índole social. Por ejemplo, no pagar un salario justo, el trabajo esclavo, el lavado de dinero o evadir impuestos no son necesariamente actos de corrupción. Son pecados sociales gravísimos, pero, para que entren bajo la denominación específica de “corrupción”, su malicia objetiva requiere otro rasgo. Seguir leyendo ¿Qué es la corrupción? – Mons. Sergio Buenanueva

La pastoral y la política – Gustavo Irrazábal

1 de marzo de 2016

Por Gustavo Irrazábal

Fuente: Revista Criterio

Hace unos años, cierto feligrés me solicitó insólitamente que rezara una misa por el alma de Osama Bin Laden. Me negué cortésmente, no porque pensara que algún ser humano deba ser excluido de la intercesión de la Iglesia, sino porque una misa pública por esa intención no hubiera respondido a ninguna necesidad pastoral real de mi comunidad y, por el contrario, hubiera sido motivo de escándalo y división. Seguir leyendo La pastoral y la política – Gustavo Irrazábal

Mons. Buenanueva: “No hay una política católica, tal vez un modo cristiano de vivir la política”

22/02/2016 

Fuente: AICA 

San Francisco (Córdoba) (AICA): El obispo de San Francisco, monseñor Sergio Buenanueva, afirmó que “en contraposición a lo que piensan todas las formas de integrismo (de derecha y también de izquierda), no hay una línea directa entre el evangelio y la construcción política del mundo” y reconoció que “no hay una traducción posible y unidireccional del Evangelio a la mayoría de las cuestiones que se debaten en el complejo mundo de la política, la economía y la vida social”. Y al reflexionar sobre la frase en uno libro, aseguró: “No. Para ser cristiano no hay que hacerse peronista¨.
El obispo de San Francisco, monseñor Sergio Buenanueva, afirmó que “en contraposición a lo que piensan todas las formas de integrismo (de derecha y también de izquierda), no hay una línea directa entre el evangelio y la construcción política del mundo”.“A nadie -tampoco al discípulo de Jesús- se le ahorra la fatiga de buscar, de razonar y de decidir empeñando la propia libertad”, sostuvo, y agregó: “Prudencia y justicia son virtudes cardinales, distintas de las teologales, aunque vinculadas a ellas. Suponen una condición humana abierta a la fe. O, como diría Benedicto XVI: la fe purifica a la razón y ésta ayuda a que la fe no degenere en fanatismo”.

En una reflexión sobre “Fe y política”, el prelado consideró que “no hay una política católica, aunque sí tal vez, un modo cristiano y católico de vivir la política”.

“La confusión entre ambos planos ha sido siempre fatal. Buena parte del rechazo que hoy vive la fe en muchos países de tradición católica se debe a esa mixtura indebida entre religión y política, clérigos y funcionarios”, estimó.

“De ahí que la cuidadosa separación de planos entre la política y la religión, la Iglesia, el Estado y la sociedad, sea un logro de la civilización en la que también ha influido el cristianismo (Dios no es el César). Un proceso tan doloroso como necesario. El precio que pagamos para ser realmente libres”, indicó.

Monseñor Buenanueva reconoció que “a los católicos, clérigos incluidos, nos cuesta mucho comprender y asimilar la cultura de la libertad propia de la modernidad”, y advirtió que “existe una secreta fascinación por el uniformismo de pensamiento y acción”.

“Duele aceptar realmente la pluralidad, no solo al interior de la misma Iglesia, sino también de las sociedades de las que somos parte –admitió-. Como si no tuviéramos razones de fondo para sentirnos cómodos en la ciudad moderna, donde Dios habita, actúa y mueve a las personas”.

El obispo propuso a los católicos “no quedarse callados o inmóviles, sino saber hablar con palabras justas y con gestos lo más transparentes posibles, respetando siempre la autonomía de la sociedad y de los diversos niveles del Estado”.

Para ser cristiano no hay que hacerse peronista

Al reflexionar sobre una frase de uno de los personajes del libro “Todos éramos hijos”, monseñor Buenanueva puntualizó: “No. Para ser cristiano no hay que hacerse peronista. (Mis amigos peronistas entienden lo que quiero decir, como -así lo espero- los eventuales lectores de esta perorata)”, pero alertó que “no hay ni puede haber proyectos políticos mesiánicos que reclamen para sí la exclusividad de la verdad o que sean los únicos caminos para supuestos destinos manifiestos”.

“No hay una única traducción posible y unidireccional del Evangelio a la mayoría de las cuestiones que se debaten en el complejo mundo de la política, la economía o la vida social”, señaló.

Monseñor Buenanueva dijo que “no hay ni habrá nunca cielo en la tierra y que, ese precisamente, es el territorio de nuestro mayor desafío humano: convivir en libertad, hombres y mujeres mucho más distintos de lo que soñamos o esperamos”.

“Un aprendizaje que no podemos darnos el lujo de no hacer, si no queremos repetir errores y alentar nuevas tempestades”, concluyó.+

Lo opinable: setenta veces siete. Reflexiones sobre cuestiones obvias

Para “El Derecho”. Texto publicado en El Derecho, el 29/1/93.

Por Gabriel J. Zanotti

http://gzanotti.blogspot.com.ar/2015/07/lo-tuve-que-decir-hace-22-anos-y-seguro.html

Las reflexiones que haré a continuación no constituyen el eje central de mi existencia ni de mi vida intelectual. Sólo daré vueltas una vez más sobre cierta cuestión movido por un sentido interno del deber. Seguir leyendo Lo opinable: setenta veces siete. Reflexiones sobre cuestiones obvias

Gabriel Zanotti

Es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino, UNSTA y Doctor en Filosofía por la Universidad Católica Argentina. Es Director Acádemico del Instituto Acton. Twitter @gabrielmises

Lamentarse por Argentina – Samuel Gregg

La disfuncionalidad del país es mucho más profunda que la desastrosa presidencia de Cristina Kirchner

Por Samuel Gregg

Fuente: The American Spectator
http://spectator.org/articles/62239/weeping-argentina
28 de abril de 2015

“Existen países que son ricos y países que son pobres. Y existen países pobres que se van enriqueciendo. Y después está la Argentina.”

Este dicho, atribuido al Premio Nobel de Literatura 2010, el peruano Mario Vargas Llosa, es posiblemente la descripción más penosa de lo que muchos consideran el libro de texto del siglo XX sobre decadencia económica. Pasados ya quince años del siglo XXI y ahora en campaña para las elecciones presidenciales de octubre, no existen señales de que la Argentina vaya a cambiar de rumbo en el corto plazo. Eso es, en parte, porque los problemas de la economía argentina, que parecen intratables, reflejan graves problemas de índole política y cultural que la mayoría de las élites del país –y la mayoría de los argentinos– tienen poco interés en resolver.

La primera cosa de la que me di cuenta durante mi reciente visita a la Argentina es de cuánto habían empeorado las cosas desde mi anterior estancia en el año 2010. El centro de Buenos Aires es una mezcla impresionante de estilos artísticos: Art Deco, barroco, parisino del siglo XIX y estilos coloniales mezclados con una sorprendente y acertada arquitectura moderna. Entre estas mismas calles, sin embargo, es difícil no observar el creciente número de mendigos, gente cuya vida ha sido destruida por el alcohol y las drogas, prostitutas y numerosos indigentes que viven en los portales y muchos de los elegantes parques de la ciudad. Además, en cuanto uno se aleja un poco del centro de la ciudad de Buenos Aires, se encuentra rápidamente con barriadas (“villas miseria”) en las que ni la policía se atreve a entrar.

Estos contrastes son comunes en la Argentina contemporánea. Otra discrepancia la constituye la inflación rampante y el declive general en los niveles de vida por un lado, y la interminable retórica de “igualdad y justicia social” que rige el discurso político, por el otro. La cruda realidad es que los doce años de las presidencias combinadas del último Néstor Kirchner y de su esposa Cristina Kirchner, con sus políticas económicas populistas de izquierdas –impulsadas con la excusa de promover la igualdad económica y la justicia social– han llevado a la Argentina a sumirse todavía más en el deterioro económico.

En el año 2013, el entonces presidente de Uruguay José “Pepe” Mújica –un antiguo guerrillero de izquierda para nada conservador– calificó negativamente a la aproximación del gobierno argentino a la economía como de “autarquista”. Estas políticas han incluido la nacionalización de grandes industrias, un mayor nivel de proteccionismo, medidas de sustitución de la importación, el aumento de la regulación y el establecimiento de medidas de control cambiario. Dependiendo de con quién uno hable en la Argentina, existen al menos cinco tipos de cambio, oficiales y “no oficiales”, del peso argentino. Como es de esperar, a nadie le interesa demasiado seguir el tipo de cambio fijado por el gobierno. La mayoría de la gente opta por el conocido “mercado azul o blue”. Cuando pregunté por qué se empleaba el término azul, se me contestó: “es un color más elegante que el negro”.

Además está presente el drama endémico de la corrupción que azota a la Argentina (y a gran parte de América Latina). Si se quiere entender por qué el Papa Francisco machaca la corrupción y su perversidad, se debe tener en cuenta este contexto económico básico, que es el que ha conocido. El Foro Económico Mundial, en su Reporte sobre Competitividad Global 2014-2015 ubicó a la Argentina en el puesto nº 139 (de un total de 144) en “ética y corrupción” y en el puesto nº 141 en el rubro “tráfico de influencias”. La corrupción está especialmente esparcida en el ámbito judicial y policial, por no mencionar el político, con la familia Kirchner siendo la cara más visible de los políticos acusados de malversación de fondos.

A un nivel más amplio, el FMI ha afirmado que el gobierno argentino ha estado falseando sus estadísticas de inflación y desarrollo durante años. Visto con perspectiva, el ampliamente difundido asesinato del fiscal Alberto Nisman encaja en el patrón propio de algo que, tarde o temprano, termina siendo característico de los regímenes populistas de izquierda: la criminalidad sistemática.

Estas son sólo algunas de las razones por las que la Argentina fue ubicada en el puesto nº 169 (sobre 178) en el Índice de Libertad Económica 2015 junto a países “ejemplares” en materia de buen funcionamiento económico como son los de los dos Congos, Zimbabue, Corea del Norte y Venezuela. Esto se traduce directamente en una pesada y onerosa carga de medidas regulatorias para los negocios locales. En el Índice 2015 del Banco Mundial sobre facilidad para hacer negocios (Doing Business), la Argentina se ubicó en el puesto nº 124 de 189, aún peor se ubica en el apartado facilidad de iniciar un negocio, donde ocupa el puesto nº 146 de 189. Naturalmente, son estas mismas condiciones las que a su vez desalientan la inversión extranjera.

Parte del guión populista de izquierda consiste en que cuando las cosas van inevitablemente mal se culpe al resto del mundo, especialmente a los extranjeros, de los problemas que se padecen. La lista de Kirchner de cabezas de turco incluye a los fondos de inversión, el FMI, los Estados Unidos y los peligrosos neoliberales. La presidenta Kirchner también ha intentado distraer la atención de los argentinos de su fracaso económico –como ya hiciera el general Galtieri en 1982– aumentando las tensiones con Inglaterra a raíz del caso Malvinas.

Esto, de hecho, señala un problema incluso más profundo en la política argentina: el rechazo a aceptar que los problemas de la Argentina son auto-infligidos. Nadie hizo que el electorado argentino votara a los Kirchner y los aupara al poder en tres ocasiones. Nadie fuera de la Argentina obligó a la diarquía Kirchner que adoptara medidas económicas populistas de izquierda. Nadie más allá de las fronteras ha forzado a los argentinos a abrazar la corrupción. Sobre el clientelismo rampante que ha infectado a la Argentina de arriba a abajo, exige dos grupos: aquellos que usan el poder gubernamental para ofrecer favores a cambio de votos, y aquellos que aceptan el patrocinio y después votan conforme lo pactado. Esto implica que millones de argentinos son cómplices en prácticas que han envenenado la economía del país.

Durante mi visita a la Argentina, me preguntaron varias veces qué es lo que necesita hacer el país. Frecuentemente, la pregunta venía precedida de algún comentario señalando que la Argentina necesita líderes fuertes para revertir la situación.

La verdad, sin embargo, es que la Argentina no necesita más de “grandes hombres”, ni de ningún caudillo populista. En lugar de ello, lo que la Argentina necesita son reformas fundamentales en sus instituciones políticas, jurídicas y económicas. Las instituciones argentinas están entre las más débiles del planeta, ubicándose en el puesto nº 137 de 144 en el informe del Foro Económico Mundial, antes mencionado.

Revertir esta tendencia resulta más fácil de decir que de hacer. La transformación institucional es dura, requiere paciencia y demanda mucho tiempo. En las democracias modernas, en las que los votantes tienen mala memoria y visión cortoplacista, esto constituye cada vez más un gran desafío. Esto también implica reconocer que la reducción de la pobreza, en el largo plazo, obedece más a instituciones estables que promuevan el crecimiento que a la redistribución de la riqueza. En un continente tan obsesionado con la igualdad económica como la mayoría de los países de Europa occidental, esto exigiría una auténtica revolución intelectual.

En el caso de la Argentina, estos cambios implican también hacer frente al hecho de que las dos figuras investidas con un aura pseudo-religiosa –Juan y Eva Perón– no solo contribuyeron significativamente a la larga decadencia del país, sino que también necesitan de una urgente desmitificación. Incluso hoy en día, uno puede ver cuadros prominentes y memoriales bien mantenidos dedicados a los Perón, distribuidos por las distintas localidades del país. ¿Qué mejor manera para la Argentina de poner distancia entre ella y el populismo que reconociendo el gran daño los Perón causaron –y que siguen haciendo los peronistas demagogos de la actualidad– al país?

La escala de fracaso del kirchnerismo, sin mencionar su chabacanería, ha creado quizá condiciones únicas para condenar este pasado. Pero la pregunta real es si los argentinos y sus líderes están realmente dispuestos a dar el salto mental y cultural necesario, mientras se acercan las elecciones del próximo octubre.

“Cualquiera sería mejor que Cristina”, me decían constantemente. Pero el problema de la Argentina es de tal magnitud que hace falta algo más que simplemente un “no Cristina”. Se requiere de un completo abandono de modos de pensar y de prácticas consolidadas por actitudes y criterios presentes casi de modo innato en la retrógrada cultura económica argentina.

En este sentido, me temo, siendo realista sobre la Argentina, que –parafraseando a un primer ministro israelí–, necesitaré fe en los milagros.

Nota: La traducción del artículo original Weeping for Argentina”, publicado por The American Spectator, el 31 de marzo de 2015 es de Mario Šilar del Instituto Acton /Centro Diego de Covarrubias para el Acton Institute.
El traductor agradece la colaboración de Pedro Aparicio López y Lorenzo Vigo del Rosso.

Samuel Gregg

Director de investigaciones del Acton Institute de los EEUU. Para más información ver http://www.acton.org/about/staff/samuel-gregg

Para entender el pensamiento de Francisco

Por P. Robert A. Sirico (presidente y cofundador del Acton Institute)

Publicado en The Detroit News (editorial “Think”)

2 de enero de 2014

En 2005 fui invitado a Roma por la BBC para comentar los acontecimientos en torno a la muerte del Papa Juan Pablo II y el subsiguiente cónclave, en el que se elegiría a Joseph Ratzinger como Benedicto XVI. El día que los cardenales ingresaron en el cónclave estaba en el aire con el veterano corresponsal de la BBC Brian Hanrahan (fallecido en el 2010) que no creía que el Colegio Cardenalicio pudiera llegar a elegir a Ratzinger, quien acaba de ofrecer la memorable homilía frente a los cardenales en la que denunciaba la “dictadura del relativismo”. Seguir leyendo Para entender el pensamiento de Francisco