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La búsqueda personal del Lógos, un camino de libertad – Carolina Riva Posse

5 de marzo de 2019

Carolina Riva Posse

Instituto Acton (Argentina)

 

Aproximaciones filosóficas entre Del Noce, Komar y Peterson

Este año se cumplen treinta años de la muerte de Augusto Del Noce, quien fuera un gran estudioso del marxismo y contribuyó con su obra a esclarecer la génesis filosófica de la actualidad política y cultural del mundo de hoy. Del Noce mostró el recorrido ideal, de ideas que se hacen mundo, y desembocan en el nihilismo actual; el nihilismo como resultado de la revolución.

En nuestro medio, Emilio Komar fue incansable en su insistencia por comprender a fondo el marxismo y su potencia filosófica. Si se toma en serio el marxismo en su programa de transformación del mundo y abandono de toda contemplación, se entiende más claramente su esencia intrínsecamente totalitaria. Komar repitió en sus últimas intervenciones públicas que era necesario desentrañar todavía la filosofía detrás del marxismo. No lo decía por haber sufrido en primera persona las atrocidades de un régimen político, sino porque podía identificar la matriz filosófica de negación de todo lo dado. No se trata primariamente de un problema moral, sino de una postura metafísica.

Tomar en serio el marxismo como filosofía es ir más allá de su faceta económica. El marxismo ve el mundo como materia prima para la realización de un proyecto que no reconoce nada anterior a la acción humana; es un programa a desarrollarse, totalitario por definición. Y este programa se llevó a cabo. La filosofía se hizo mundo, como dice Del Noce.

La situación actual es el resultado de la idea de Revolución llevada a sus extremas consecuencias[1], afirma el filósofo italiano. La revolución se realizó, y hoy vemos sus efectos, que se desplegaron en la política, la educación, el lenguaje, las costumbres, las relaciones familiares, hasta alcanzar la percepción que tiene el hombre sobre su propio cuerpo. El programa de acabar con cualquier vestigio de trascendencia no quiere dejar de lado ningún ámbito de la vida.

Jordan Peterson vuelve a alertar sobre la relevancia del marxismo. Peterson es un psicólogo y profesor universitario canadiense que fue llamado por el New York Times el intelectual más influyente del momento. Se hizo famoso por su frontal honestidad en el diálogo y su predisposición para pensar los más variados temas que le presenta su público, sin cuidado de lo políticamente correcto. Una de sus preocupaciones principales es la ausencia de significado que reina en la vida de miles de personas, y de las que se ocupa individualmente.

Peterson también emparenta el nihilismo contemporáneo con el marxismo. Él denuncia la colonización ideológica, como se diría hoy, de las grandes universidades, en manos de un neo-marxismo promotor de relativismo y resentimiento, como notas distintivas. Hoy queda la deconstrucción, la desconfianza, la desnaturalización, la crítica. Todo esconde un interés egoísta. Diría Del Noce que se ve la verdadera faz de la revolución como esencialmente destructiva. Es interesante confrontar la explicación filosófica komariana y delnociana con las observaciones que hace Peterson desde una vía muy original, predominantemente psicológica, pero que se nutre de la literatura, de la historia, de estudios sobre comportamiento animal, combinándose para agudizar la mirada sobre la naturaleza humana.

Encontramos en estos estudiosos que el éxito cultural del marxismo es decretar la total provisoriedad de cualquier valor y la imposibilidad de afirmar algo como verdadero.

Peterson propone el camino de la madurez; es el arduo camino que nos toca a todos, de realizar aquello que somos profundamente, aceptándonos y enfrentando las dificultades de la vida de manera personal, sin victimizarse ni culpar a otros. Yo tengo una tarea en la que nadie puede reemplazarme, y debo asumirla con responsabilidad. No puedo descansar en sistemas, en leyes, en excusas, para delegar en otros lo que me corresponde.

La madurez es aceptar la diferencia. El niño que crece se da cuenta de que él no es la única realidad, y psicoanalíticamente hablando, madurará en la medida en que la figura paterna le enseñe que su madre no le pertenece, y que existen los límites. El otro, entonces, es necesario para un “yo” maduro.

El padre es necesario. Una de las fuertes coincidencias de nuestros autores es que la crisis actual es en gran parte un eclipse de la figura del padre. Hoy hay una grave crisis de la paternidad. 

Si acepto que hay otros, que son como yo, no puedo dar rienda suelta a mi capricho. Me encuentro con el otro, y con otras realidades, como algo dado, no puesto por mí. Madurez, por tanto, es aceptación de lo dado.

Peterson recurre al estudio de las langostas de mar, que comparten con los seres humanos un sistema nervioso que produce también serotonina, y que simplificado, ayuda a entender el comportamiento de estos crustáceos en la lucha por el alimento, el hábitat, la reproducción. Peterson muestra con su observación de las langostas que la desigualdad es un dato de la naturaleza. Las langostas “ganadoras”, que tienen mayor fuerza física, combaten con más éxito a sus rivales, y producen más serotonina, y estadísticamente consiguen lugares más seguros para vivir, más alimento, y otras características que les permiten tener vidas con menos stress y consecuentemente más largas. Esto ocurre hace millones de años. La diferencia jerárquica dada por naturaleza está allí, nos guste o no.

Es interesante que Peterson presente esta jerarquía natural frente a una dictadura cultural que quiere hacer desaparecer toda huella de la naturaleza. No es verdad que todo es una construcción social.

La diferencia entre unos y otros, es entonces un dato. Pero es también nuestra riqueza. Peterson nos muestra que frente a la desigualdad, algunos alimentan el resentimiento, y otros ven una oportunidad de crecimiento y un desafío a descubrir la potencialidad de lo real. El psicólogo repite en sus alocuciones que si algo caracteriza al marxismo y a autores neomarxistas es la ausencia de una “brizna siquiera de gratitud”.

Para quienes fuimos educados en el realismo, la gratitud es un sinónimo de atención a lo dado. La ingratitud es ignorancia. ¿Qué tienes que no hayas recibido?

La afirmación narcisista de sí mismo no genera sociedad, ni verdadera comunicación. Por eso la conversación genuina implica cierta madurez de sus partes. Peterson es un gran cultor del diálogo, en un mundo en que se predica esta palabra, pero se practica una fuerte censura sobre lo que no entra en ciertos cánones. Está mal visto cuestionar ciertos presupuestos de la nueva moral laica, en una “prohibición de hacer preguntas”, como llamaba Eric Voegelin[2] a esta forma de totalitarismo que, desde la intellighentzia cultural intenta eliminar toda pregunta por los valores eternos e inmutables, toda concepción contemplativa que busca ver el orden de las cosas.

En el diálogo Peterson se muestra dispuesto a examinarlo todo y a quedarse con lo más razonable. Es la búsqueda del Lógos, un intento de entender las constantes que definen al hombre y hablan de cómo está hecho, del orden subyacente a su naturaleza. Por eso sus reglas en 12 Rules for Life no se presentan como órdenes impuestas a la voluntad, sino como razones captadas que se vuelven palabras convincentes, y mueven a una adhesión interior.

Hace ya alrededor de cincuenta años describía Del Noce la época que vivía: “Fin de la religión, de la libertad y de la democracia, que será el fin de Europa: porque el principio por el que ha surgido la civilización europea es aquél de un mundo de verdades universales y eternas, de las que todos los hombres participan. El principio del Lógos, en otros términos”[3]. Europa no es un espacio geográfico, sino un “territorio ideal”, en que las personas contemplan por sí mismas las verdades inmutables, ideas platónicas, una realidad trascendente, de la que la naturaleza humana participa. Y es esta civilización la que se encuentra amenazada.

El vínculo entre religiosidad, libertad y democracia, explícito en Del Noce, también es patente en Peterson. Sus reflexiones sobre Solzhenitsyn y Frankl, sujetos libres frente a brutales totalitarismos, ponen este vínculo en evidencia[4]. En ellos Peterson rescata el valor de la persona humana, su fundamento trascendente, su capacidad de cambiar las cosas asumiendo lo propio con responsabilidad. Estos hombres supieron decir “yo” sin resentirse. Demostraron el poder de la persona individual consciente de sí misma, frente a los sistemas totalitarios que parecían invencibles.

Contra la matriz marxista de entonces y ahora, se afirma entonces ese valor absoluto de la persona. Komar siempre identificó la negación de la sustancia individual como la esencia del idealismo hegeliano, que de Hegel llega a Marx. En toda la filosofía clásica alemana el individuo desaparece, y en cambio existe la raza, la Humanidad, la clase. Esa disolución de la propia identidad es el trasfondo del pensamiento colectivista actual, y nos convence de que nuestro aporte individual no es nada frente al poder de los sistemas y de los grupos.

Komar decía que el peso de la acción individual está simbolizado en la figura de Ulises, en el Canto V de la Odisea, náufrago y lejos de la patria, pero aferrado a un leño. Komar decía que en la hazaña de Ulises se ve el “triunfo de la tenacidad personal”[5]. La apuesta por la vida personal, el conocimiento de uno mismo y el desarrollo de lo propio, son las salidas humanas que nos sugieren nuestros autores. La capitulación de la vida interior da lugar al totalitarismo. Es necesario cultivar la vida interior, escuchar la propia conciencia. Es necesario pensar, que es escucharse a sí mismo; considerar qué es verdaderamente valioso en la vida, distinguir lo bueno de lo malo[6].

Ya terminando podemos mencionar algunos de los temas que Peterson discute, desde una aproximación socrática y sin pretender reemplazar a nadie; cuestiones sobre la vida buena que siguen vigentes más allá de la voluntad de reescribir la naturaleza que tuvieron los intentos revolucionarios: la reflexión sobre el beneficio de postergar gratificaciones y organizar los impulsos inmediatos, en medio de la promoción de la “sexualidad libre”, que vive el puro presente y rebaja al hombre a la vida animal; la importancia del matrimonio, como la institución de la fidelidad, de la estabilidad, de la madurez del compromiso, en una sociedad líquida que no presenta juicios sobre lo bueno o lo malo; la necesidad de repensar la maternidad, porque no es solo la paternidad la que se encuentra en crisis, en una cultura que no les advierte a las mujeres universitarias que pocos años después de recibidas no les va a interesar sólo una carrera dinámica y una vida profesional desafiante[7], y la idea de que una civilización que deje de honrar la divina imagen de la Madre y el Niño y deje de ver esa relación como de trascendental y fundamental importancia, deja de existir como tal.

Sirva este comentario como invitación a seguir pensando los perennes temas de la tradición en confrontación con lo que nos toca vivir hoy. Ningún sistema, ningún pensador, nos exime de tomar nuestro puesto y responder al Lógos que nos interpela.

[1] Del Noce, A., Il problema dell´ateismo, Il Mulino, Bologna, 4ª ed., 1990, p. 569.

[2] Cfr. Del Noce, A., I caratteri generali del pensiero politico contemporaneo, I Lezioni sul marxismo, Giuffrè, Milán, 1972, p. 44.

[3] Del Noce, Augusto, L’epoca della secolarizzazione, Giuffrè, Milán, 1970, p. 96.

[4] Dice Peterson: “One of the major contributions of Aleksandr Solzhenitsyn´s masterwork, The Gulag Archipielago, was his analysis of the direct causal relationship between the pathology of the Soviet prison-work-camp dependent state and the almost universal proclivity of the Soviet citizen to falsify his own day-to-day personal experience”, 12 Rules for Life, Penguin Random House, Toronto, 2018, p. 215.

[5] Se puede escuchar la voz del Prof. Komar en la página de la Fundación Emilio Komar, https://www.fundacionemiliokomar.com/emilio-komar. Allí dice que en los griegos, especialmente en Aristóteles, tenemos la metafísica del ente particular.

[6] Cfr. Peterson, J., op. cit., p. 241.

[7] Cfr. McGuire, Ashley, https://ifstudies.org/blog/what-jordan-peterson-has-to-say-about-motherhood-might-surprise-you

Una inspiración contra el socialismo: Juan Bautista Alberdi y la libertad en América latina – Alejandro Chafuen

4 de marzo de 2019

Por Alejandro Antonio Chafuen

Traducido por Joshua Gregor

Fuente: Revista Forbes 

 

Cuando los analistas y estudiosos hablan de Venezuela o Argentina, suelen describir la prosperidad de su pasado. En Venezuela se hace hincapié en su riqueza petrolera. En el caso de Argentina, su ganadería y agricultura. Pero la tierra argentina era siempre fértil, y el país despegó sólo después de la adopción de la Constitución de Argentina de 1853. Como suele decir Armando Ribas, la pampa no se humedeció en 1853. La riqueza de la “pampa húmeda” sigue allí. Pero la riqueza comparativa de Argentina comenzó a bajar cuando empezó a abandonar las ideas económicas y morales que dieron lugar a su crecimiento.

Un abogado joven de la provincia argentina de Tucumán, Juan Bautista Alberdi (1810-1884), desempeñó un rol relevante en crear las condiciones intelectuales para un período de prosperidad que duró casi 90 años, comenzando con la adopción de la Constitución. Al igual que Thomas Jefferson, Alberdi estudió las constituciones de varios países antes de ayudar escribir la carta fundamental de su país, el verdadero comienzo de una Argentina libre.

Las opiniones de Alberdi todavía son valiosas para lograr consensos sobre las instituciones de la sociedad libre en Argentina y América latina. Los que valoran el rol del cristianismo en la formación de una mejor compresión de la persona humana pueden encontrar lecciones adicionales en sus escritos.

Tomando inspiración de su padre vasco, lector entusiasta de El contrato social de Jean-Jacques Rousseau (1712-1778), el joven Alberdi también estudió las obras del filósofo ginebrino. Leyó las obras de los principales intelectuales franceses, mencionado a docenas de autores como Frederic Bastiat (1801-1850), Alexis de Tocqueville (1805-1859), Jean-Baptiste Say (1767-1832) y Benjamin Constant (1767-1830). Leyó menos autores británicos y americanos entre los que se encontraban muchos de los mejores: Roger Bacon (1219-1292), John Locke (1632-1704), Jeremy Bentham (1748-1832), Adam Smith (1723-1790) y los Federalist Papers.

Alberdi pasó de un socialismo moderado en su juventud a lo que hoy se consideraría una visión liberal clásica. Como muchos de sus mejores amigos, de joven ahondó en la literatura. Sus primeros escritos fueron sobre la música y sus métodos, pero pronto comenzó a concentrarse en temas de derecho y gobierno.

Agradecido por su educación católica pero tolerante hacia todos, Alberdi escribió: “Seamos religiosos seamos creyentes, seamos cristianos para ser libres, muy bien; pero sin olvidar que también tenemos necesidad de buenas costumbres públicas y privadas, de reserva y moralidad en la vida de familia, de laboriosidad en los hábitos y de instrucción en las inteligencias. Seamos católicos, como han sido nuestros padres, como conviene a nuestra raza; pero sin olvidar que también hay pueblos profundamente religiosos que no son católicos.” En temas de costumbres y normas sociales fue admirador de Inglaterra: “La Inglaterra es feliz por sus costumbres, por su buen sentido, por sus hábitos de labor, por la ciencia de sus estadistas a la par que por la educación religiosa de sus clases. Toda esa dicha tiene origen en la manera de ser de la familia.” Estuvo convencido de que “sin la Inglaterra y los Estados Unidos, la libertad desaparecía en este siglo.”

Alberdi apoyó y publicó una carta escrita por uno de sus compatriotas admirados, Félix Frías (1817-1881). Frías—en este período un corresponsal en Francia para el diario chileno El Mercurio—escribió una carta a François Guizot (1787-1874). Éste había argumentado que el éxito de la democracia en América era resultado de su federalismo. Frías le contestó: “Usted dice en su carta, señor, que la América del Norte ha realizado la democracia, porque es federal. Es una buena razón, pero no es esa la gran razón. Los americanos del norte son demócratas, porque son capaces de la democracia, y lo son porque son cristianos. La Gran Bretaña practica la libertad, bajo diversa forma, porque es cristiana.” Al igual que Frías, Alberdi tenía una opinión positiva del cristianismo, pero confiaba más que Frías en la ciencia y la libertad humana.

Frías escribió, “La filosofía y la literatura francesas se lavan las manos, lo sé, en la presencia del socialismo. Pero no ha caído él de la nubes, ha caído justamente de las clases altas en las clases bajas” (énfasis del original). Frías argumentaba que los franceses necesitaban una filosofía para la gente común porque las clases altas franceses habían “arrancado la religión de[l] alma” de las masas y que “el socialismo es la filosofía plebeya de la carne.”

Alberdi encontró la fuente del progreso humano en lo que se podría llamar (en términos modernos) una combinación del cristianismo y Ayn Rand: “No es temerario establecer que el mundo civilizado y libre, es la obra del egoísmo individual, cristianamente entendido: Ama a Dios sobre todo, enseñó él, y a tu prójimo como a ti mismo, santificando de este modo el amor de sí a la par del amor del hombre.”

Su obra más libertaria fue quizás un discurso de graduación en una facultad de derecho. En La omnipotencia del Estado es la negación de la libertad individual Alberdi señalaba que todo lo que era considerado omnipotente, excepto Dios, era un peligro a la libertad humana, ya sea un líder, el estado, el gobierno, una raza o la nación. No descartaba, sin embargo, el patriotismo o los patriotas. De niño se sentaba en las faldas de otro patriota cristiano: Manuel José Joaquín del Corazón de Jesús Belgrano y González, generalmente conocido como Manuel Belgrano (1770-1820). Un amigo del padre de Alberdi, Belgrano fue abogado educado en la Universidad de Salamanca. Se convirtió en general en la guerra de independencia de Argentina y fue uno de los primeros promotores del comercio libre. A pesar de su respeto al legado y el patriotismo de Belgrano, Alberdi advirtió contra otros que eran más extremos y convertían la patria en un cuasi-Dios.

Consciente de que el espíritu de una constitución podría ser subvertido por interpretaciones y regulaciones, Alberdi escribió un largo manual sobre cómo interpretar los fundamentos de libre mercado de la Constitución. No fue suficiente—las opiniones de Alberdi comenzaron a perder popularidad, y Argentina comenzó su declinación. A diferencia de las figuras políticas de hoy, Belgrano y Alberdi murieron en la pobreza. Belgrano, el creador de la bandera argentina, murió joven en 1820 a los 50 años de edad. Alberdi vivió hasta los 74 años y murió en un oscuro sanatorio en Neuilly, Francia. Vivió y pasó tiempo en Chile, Uruguay y Europa. Hoy es conocido y admirado principalmente por las minorías educadas del liberalismo argentino, pero sus opiniones son una prueba de que el cristianismo católico puede ir de la mano con la libertad y la prosperidad. Usando criterios objetivos, Argentina en su tiempo de gloria era mucho más cristiana y católica de lo que es hoy. La vida y los escritos de Alberdi deberían ser una inspiración para todos que trabajan por políticas más respetuosas de la buena moral, el imperio de la ley y la economía libre en América latina.

Hermenéutica y la unión entre el estado y la ciencia – Gabriel Zanotti

10 de febrero de 2019

Por Gabriel J. Zanotti

Fuente: Filosofía para mi   

 

Punto 6 del cap. 5 de “La hermenéutica como el humano conocimiento” de próxima aparición

Este es uno de los frutos más importantes del positivismo y uno de los menos cuestionados. Es el triunfo de Comte.

Feyerabend es el único autor que lo ha denunciado como corresponde. La Ilustración implicó la separación entre Iglesia y estado. Pero unió, sin embargo, el estado a la ciencia. Los estados weberianamente organizados, con racionalidad instrumental, dividieron la educación y la salud entre legal e ilegal. La educación y la salud fueron organizadas desde entonces “científicamente” y convertidas en públicas y obligatorias, y las instituciones privadas de salud y educación tuvieron que estar adscriptas a la legislación estatal. Es necesaria, según Feyerabend, una nueva Ilustración que separe al estado de la ciencia, de tal modo que las personas tomen sus propias decisiones en esas materias y corran sus respectivos riesgos, como ahora lo hacen con la religión[1].

El “grito” de Feyerabend no se escuchó porque, en nuestra opinión (nuestra hipótesis) la separación entre Iglesia y estado del estado-nación iluminista (emergente de la Revolución Francesa) fue, como lo dice el término separación, una disociación hostil entre lo religioso y lo estatal. Esto es, lo religioso fue “separado” de lo estatal precisamente porque, para la Ilustración, lo religioso no importa y-o es perjudicial. O sea, se mantuvo esta ecuación casi constante en casi todas las culturas: importante = coactivo. En la Edad Media lo religioso era importante, tan importante que la unidad religiosa formaba parte de la unidad civil. Ahora lo importante es lo científico y por eso forma parte de lo obligatorio, que debe ser custodiado por los estados-nación iluministas. Por eso, cuando Feyerabend habla de la separación entre estado y ciencia, la reacción es por qué separar a lo importante del estado…………… Y si se da el ejemplo de lo religioso, la respuesta es que lo religioso ya no es importante, es subjetivo, personal, y por ende haz con ello lo que quieras.

Para responder a ello, Feyerabend tuvo que ir más a fondo. Reconoció que a veces había mezclado dos explicaciones. Una cosa es decir que la ciencia es relativa, “y por ende haz lo que quieras”; una cosa es decir que tanto lo científico como lo religioso son relativos, “y por ende haz lo que quieras”, y otra cosa es decir que lo real es tan profundo que implica enfoques diversos, entre ellos el científico[2], y que todos ellos compiten libremente en una sociedad libre en cuanto a sus reclamos de verdad. Ello implica, como hemos visto, una filosofía donde tanto lo real como el conocimiento humano son análogos.

Pero entonces hay que ir más a fondo. La cuestión no es una libertad de cultos donde lo religioso es libre porque NO importa, sino una libertad religiosa que consiste en que el ser humano debe estar libre de coacción sobre su conciencia en materia religiosa. Lo cual implica una premisa anterior: la verdad no se impone por la fuerza. Por ende, hay que superar la ecuación “importante = coactivo”, para pasar a la razón dialógica, donde “importante = diálogo”. Con lo cual coincidimos con Habermas: la coacción de la razón instrumental del Iluminismo tiene su salida en la razón dialógica. Lo que Habermas no pudo reconocer, y menos aún sus maestros, es que esa razón dialógica ya se había dado en los EEUU. Los fundadores de los EEUU escribieron la primera enmienda NO porque lo religioso NO fuera importante, sino al contrario, porque era un elemento esencial e importantísimo de su tejido cultural. Por eso el EEUU originario fue una sociedad donde la religión era pública pero no estatal, fórmula inconcebible en la Europa de entonces y menos aún en todo el mundo hoy.

Hasta que no se entiende ese significado de la libertad, esto es, la razón dialógica, donde la verdad importa “y por ende” NO se impone por la fuerza, NO se entenderá el significado de la libertad religiosa y por ende de ninguna libertad. Y por ende tampoco se entenderá el sentido de la “separación entre estado y ciencia” que propone Feyerabend, porque es una razón dialógica donde la persona tiene libertad de conciencia tanto para la filosofía, arte, ciencia y religión. Y la razón dialógica es precisamente la superación de la dialéctica entre razón instrumental y post-modernismo. A lo cual estamos aún muy lejos de llegar culturalmente. O tal vez sea un ideal regulativo que al menos así quede, como un imperativo moral desde el cual juzgar nuestros avances y retrocesos como humanos.

 

[1] Feyerabend, P.: Adiós a la razón, op.cit.

[2] Feyerabend, Diálogos sobre el conocimiento, op.cit.

Gabriel Zanotti

Es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino, UNSTA y Doctor en Filosofía por la Universidad Católica Argentina. Es Director Acádemico del Instituto Acton. Twitter @gabrielmises

La vida de los inocentes en el vientre materno y el bien común político – Germán Masserdotti

Por Germán Masserdotti

Fuente: Religión en Libertad

7 de febrero de 2019

 

En un discurso reciente (2 de febrero de 2019) a los miembros del consejo directivo del Movimiento por la Vida italiano, el Papa Francisco sostiene: “Extinguir la vida voluntariamente mientras está floreciendo es, en cualquier caso, una traición a nuestra vocación, así como al pacto que une a las generaciones, pacto que nos permite mirar hacia adelante con esperanza. ¡Donde hay vida, hay esperanza! Pero si la vida misma es violada cuando surge, lo que queda ya no es el recibimiento agradecido y asombrado del regalo, sino un cálculo frío de lo que tenemos y de lo que podemos disponer. Entonces, también la vida se reduce a un bien de consumo, de usar y tirar, para nosotros y para los demás. ¡Qué dramática es esta visión, desafortunadamente difundida y arraigada, presentada también como un derecho humano, y cuánto sufrimiento causa a los más débiles de nuestros hermanos!”.

Conviene reparar en que el Papa Francisco, entre otros puntos, establece una relación entre el bien de la vida humana y las generaciones pasadas y futuras. Lejos de una perspectiva individualista que reduce a las vidas humanas a “un bien de consumo, de usar y tirar, para nosotros y para los demás”, el Papa se ocupa del asunto desde una cosmovisión inspirada en el “solidarismo”.

Este enfoque se refuerza más adelante cuando resalta que los miembros del consejo directivo del Movimiento por la Vida italiano, en su acción cultural, han testimoniado con franqueza “que los concebidos son hijos de toda la sociedad, y su asesinato en un número enorme, con la aprobación de los Estados, constituye un grave problema que socava en su base la construcción de la justicia, comprometiendo la solución adecuada de cualquier otra cuestión humana y social”.

Estas palabras son actualísimas no solamente para Italia sino, todavía más, para Argentina. Durante 2018 –y esperemos que no durante 2019–, el poder ejecutivo nacional fue el responsable de la introducción de un proyecto de ley mediante el cual se intentó no solamente despenalizar el aborto sin restricciones en la práctica, sino que se lo quiso presentar como un “derecho”. Pero todavía más, si fuera posible empeorar la cosa: el falso derecho del aborto sin restricciones forma parte de una (anti)política de estado que exigiría a los agentes sanitarios, en contra de todo criterio de justicia, la práctica del homicidio prenatal sin muchas explicaciones por parte de quienes lo solicitan, incluso sin el acuerdo de las madres.

El oficialismo ¿pensaba ganar la votación en la Cámara de Diputados y, así, sacar rédito político luego de anteriores derrotas legislativas? A esto deberían responder los responsables de la actual Administración Nacional y sus asesores. Lo cierto es que, cualquiera fuera la hipótesis que había en sus mentes, hay cosas con las que no se juega, en particular cuando se trata del bien de la vida humana. Pragmatismo que empalma con la “vieja política” que, supuestamente, dijeron que iban a cambiar con una “nueva y buena”. Debajo de la tapa de Alicia en el País de las Maravillas estaba Frankestein o, todavía peor, El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde.

El Papa Francisco aprovecha la Jornada por la Vida “para dirigir un llamado a todos los políticos, para que, independientemente de las convicciones de fe de cada uno, pongan como primera piedra del bien común la defensa de la vida de quienes están por nacer y entrar en la sociedad, a la que llegan para traer novedad, futuro y esperanza”. “No os dejéis condicionar por lógicas que apuntan al éxito personal o a intereses solamente inmediatos o partidistas, mirad, en cambio, siempre a lo lejos, y mirad a todos con el corazón”, concluye.

Que tomen nota los responsables políticos de Argentina, sobre todo los gobernantes y legisladores, porque los ciudadanos no olvidaremos, al momento de emitir el voto, qué hizo cada cual durante 2018 para salvar las 2 vidas o para, cualesquiera fueran los pretextos, sumarse a la supresión de la vida humana desde el momento de la concepción.

The Luigi Sturzo lesson not only for catholics – Flavio Felice

Por Flavio Felice

Fuente: American Enterprise Institute

17 de enero de 2019

 

Italian historian Federico Chabod stated that the foundation of the Popular Party (PP) by Luigi Sturzo was “an extremely important event, the most notable event in the history of the Twentieth Century.” And it was historian, journalist, and politician, Giovanni Spadolini, who saw “an authentic revolution” in the non-denominational and secular nature of Sturzo’s political project: “The clean cut between clericalism and social Catholicism, the almost proud claim – by a priest – of the autonomy of Catholics in the spheres of civil life.”

Sturzo’s journey to found the PP on January 18, 1919, with a handful of friends at the Sant Chiara hotel began at least fifteen years earlier, with his historic speech at Caltagirone on December 24, 1905. On that occasion, Sturzo expressed his intention to give life to a party that had a national spirit with Christian inspiration, but was at the same time non-denominational, secular and autonomous from the ecclesiastical hierarchies. For this reason, the party that Sturzo conceptualized would not use the adjective “Catholic.” The non-confessionalism of Sturzo’s project refused at the root every temptation to make his party the “secular arm” of the religious hierarchies, and also rejected any claim to represent the unity of the Italian Catholics.

On January 18, 1919, the idea expressed in his 1905 speech became a reality. The Popular Party was born, and it was neither the “Catholic party” nor the “party of all Catholics,” but the party of “All Free and Strong Men”- the title of his Appeal-Manifesto. From a theoretical point of view, Italian historian Eugenio Guccione reminds us that the foundation of the PP represented both the arrival of Sturzo’s youthful commitment and the starting point of his maturity.

The “Appeal” followed a twelve-point program. The domestic policy priorities included the promotion of family integrity, the women’s vote, child care and protection, and the implementation of social policy based on cooperation, tax reform, land reform, administrative decentralization, and freedom in teaching. On the foreign policy front, the PP program was openly internationalist, accepting the “Fourteen Points” of Wilson and declaring itself in favor of joining the League of Nations.

The theoretical legacy of Sturzo’s political action is entirely contained in the term “popularism,” a term that opposes “populism” by virtue of the notion of “people” articulated and differentiated within it – an idea of “people” far from homogeneous and compact. This idea is refractory both to paternalism and to “charismatic leaderism” that entrust a “good shepherd” with the destinies of the flock. The founder of the PP intended to challenge with this political theory two ideological monopolies: that of the “centralizing state,” typical of the feudal Italian tradition, and that of the Marxist and socialist in the workers’ sphere. Sturzian “popularism” sought to fight against these monopolies in the field of teaching, local administration, political and trade union representation and, not least, through the spread of property and of small and medium-sized enterprises.

This theoretical approach further matured during Sturzo’s twenty-two years of exile in Great Britain (1924-1940) and the United States (1940-1946), a penalty suffered for challenging the fascist regime in the name of the “method of freedom.” This led Sturzo to lay out “popularism” in a series of markedly classical liberal policies: federalism, free schooling, liberalization, and profound Europeanism. It is precisely on the European front that Sturzo’s ideas– anti-fascist, anti-communist, and anti-Soviet– have been gathered by the founding fathers of European integration. Just as nations have been formed in modernity, passing from local units such as cities, counties, and provinces to higher territorial units, such as kingdoms and then “states,” Sturzo believed that the same evolution happened, in a federalist sense, from nations to international groups and from continental groups to intercontinental groups, respecting the principle of subsidiarity.

In the hundred years since Sturzo unveiled his vision, we have made significant progress, yet there is still work to be done. Sturzo’s idea of social and institutional pluralism, irreducible to the typical monism of the modern state, and his testimony against the totalitarian virus in every form serve as a warning in our time, and can help inspire us to commit ourselves to the daily implementation of the freedom of all, Italians and foreigners, the fate of each man.

America’s public debt: crisis or the cost of civilization? – Jordan Ballor

Por Jordan J. Ballor

Fuente: Acton Institute

6 de febrero de 2019

 

The annual update from the Congressional Budget Office released on Jan. 28 has once again highlighted the debate over America’s debt crisis. Despite dismissive claims that Washington should end its debt and deficit “obsession,” and the fact that America’s indebtedness was omitted from last night’s State of the Union address, a much more prudent approach would treat this as a real crisis, important not only for public policy and political culture but also for our personal and spiritual lives.

The size and scope of the crisis is significant. The national debt is the accumulation of the federal government’s unpaid liabilities. These include deficits, which are negative balances between spending and revenue for a particular period, and are financed by instruments issued by the Treasury Department. The deficit for the month of October 2018 exceeded $100 billion, which more than doubled the deficit from the previous October. The deficit for the 2018 fiscal year totaled $779 billion. The highest deficit in the last 50 years was in 2009, when the government spent $1.4 trillion more than it brought in. The last time the federal government ran a surplus was 2001.

A major category of both financial and human cost over the previous two decades has been war: The invasion of Iraq and Afghanistan along other ongoing activities in the “War on Terror” have been estimated to have cost nearly $6 trillion. These numbers also do not include the government’s future entitlement obligations and promises, including Social Security and Medicare, which by most accounts are likely to grow considerably in coming decades. Indeed, entitlements represent perhaps the most significant area of necessary policy reforms in the coming decades.

It makes sense to compare these absolute numbers to the size of the overall economy as well. And since the American economy is so large and has grown so greatly over the last 50 years, the figures for national indebtedness as a portion of gross domestic product (GDP) are somewhat less striking but no less worrisome. The last decade saw a spike in deficit spending as a share of GDP following the Great Recession in 2009. In 2009 the federal government’s deficit spending relative to GDP was nearly 10 percent, while the federal government’s overall outlays reached nearly one-quarter of GDP. This peak was followed by a steady decline, while the last three years have seen a slow increase to deficit spending in 2018 at nearly 4 percent of GDP. Over the last five years overall government spending as a share of GDP has been just above 20 percent.

These numbers also do not include indebtedness at other levels of government in the country. Many localities and municipalities are facing significant shortfalls in funding for pensions and other programs in coming years, and states also face major challenges as more money flows to them through federal programs. Estimates of the overall public debt, including local, state, and federal governments, approach $25 trillion.

In addition, a greater and greater share of federal spending in the future will simply be paying the interest on debt that was already accumulated. A recent Wall Street Journal report based on a Congressional Budget Office study shows that, if current increases in interest rates continue, the government “will spend more on interest than it spends on Medicaid in 2020; more in 2023 than it spends on national defense; and more in 2025 than it spends on all nondefense discretionary programs combined, from funding for national parks to scientific research, to health care and education, to the court system and infrastructure.”

There are many, many factors that legitimately impact the level of government spending. It does seem, however, that there may be a kind of natural rate of government revenue and therefore a just rate of government expenditure. If, even amid different policies and eras, the federal government tends to bring in revenue of less than a fifth of GDP, then it seems prudent and just that spending generally and normally match that level. As the economists Antony Davies and James R. Harrigan put it, “While the government has collected a relatively constant 17% of GDP, it has spent a relatively constant 20% of GDP…. In other words, the government consistently chooses to spend more than it can take in, to the tune of about 3% of GDP. In any given year, the government spends about 15% more than it should.” Otherwise, the tax burden that is passed along to the next generation simply grows year after year, decade after decade.

As for solutions and sources of the problems, some years ago the Acton Institute developed some “principles for budget reform” that continue to have salience:

1) Reform of federal spending must properly balance responsibilities to current and future generations.

2) Because we owe the next generation economic opportunity, comprehensive budget reform is necessary.

3) The role of civil society is primary in assisting those in need.

4) The role of the federal government must reflect its limits as expressed in the U.S. Constitution.

There was something of a shift in political culture in the United States around these issues in the 1980s. A dominant theme of the Reagan Administration was that lowering taxes would necessarily result in constrained government. Such reasoning counted on the cultural norms against excessive and extended deficit spending. What such proposals got wrong was that the cultural reserve against running up public debt had already begun to evaporate, and that lowering taxes without commensurate decreases in expenditures would usher in a new era of budgetary irresponsibility.

Not much has changed on that score in the meantime. The debt crisis we face today is really just one aspect of a much larger crisis, one that is not merely political, or economic, or social, or cultural, or personal. It is a comprehensive crisis, one that crosses all institutions and all people. It is what Abraham Kuyper called “architectonic,” meaning that it is a challenge that is not reducible to merely technical solutions in one area of life. In some sense this crisis is the latest instantiation of the corruption that has marked the human condition since the fall into sin, and will only ever be fully resolved at the consummation of all things. Until that day, we must stem the tide and push back the darkness as faithfully as we are able.

 

Por qué algunos católicos siguen optando por Maduro – Gabriel Zanotti

Por Gabriel J. Zanotti

Fuente: Filosofía para mí / Blog personal

 

De un artículo de próxima aparición:

“……………..Benedicto XVI afirma claramente la laicidad del estado:

  1. a) Respecto a la sana laicidad de los EEUU: “…Desde el alba de la República, como usted ha observado, Estados Unidos ha sido una nación que valora el papel de las creencias religiosas para garantizar un orden democrático vibrante y éticamente sano. El ejemplo de su nación que reúne a personas de buena voluntad independientemente de la raza, la nacionalidad o el credo, en una visión compartida y en una búsqueda disciplinada del bien común, ha estimulado a muchas naciones más jóvenes en sus esfuerzos por crear un orden social armonioso, libre y justo. Esta tarea de conciliar unidad y diversidad, de perfilar un objetivo común y de hacer acopio de la energía moral necesaria para alcanzarlo, se ha convertido hoy en una tarea urgente para toda la familia humana, cada vez más consciente de su interdependencia y de la necesidad de una solidaridad efectiva para hacer frente a los desafíos mundiales y construir un futuro de paz para las futuras generaciones” (Benedicto XVI, 2008).
  2. b) Con respecto a las libertades individuales: “…Gran Bretaña se ha configurado como una democracia pluralista que valora enormemente la libertad de expresión, la libertad de afiliación política y el respeto por el papel de la ley, con un profundo sentido de los derechos y deberes individuales, y de la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley. Si bien con otro lenguaje, la Doctrina Social de la Iglesia tiene mucho en común con dicha perspectiva, en su preocupación primordial por la protección de la dignidad única de toda persona humana, creada a imagen y semejanza de Dios, y en su énfasis en los deberes de la autoridad civil para la promoción del bien común”. (Benedicto XVI, 2010).
  3. c) Con respecto a las decisiones en una democracia deliberativa: “…“¿Dónde se encuentra la fundamentación ética de las deliberaciones políticas? La tradición católica mantiene que las normas objetivas para una acción justa de gobierno son accesibles a la razón, prescindiendo del contenido de la revelación. En este sentido, el papel de la religión en el debate político no es tanto proporcionar dichas normas, como si no pudieran conocerlas los no creyentes. Menos aún proponer soluciones políticas concretas, algo que está totalmente fuera de la competencia de la religión. Su papel consiste más bien en ayudar a purificar e iluminar la aplicación de la razón al descubrimiento de principios morales objetivos. Este papel “corrector” de la religión respecto a la razón no siempre ha sido bienvenido, en parte debido a expresiones deformadas de la religión, tales como el sectarismo y el fundamentalismo, que pueden ser percibidas como generadoras de serios problemas sociales. Y a su vez, dichas distorsiones de la religión surgen cuando se presta una atención insuficiente al papel purificador y vertebrador de la razón respecto a la religión. Se trata de un proceso en doble sentido. Sin la ayuda correctora de la religión, la razón puede ser también presa de distorsiones, como cuando es manipulada por las ideologías o se aplica de forma parcial en detrimento de la consideración plena de la dignidad de la persona humana. Después de todo, dicho abuso de la razón fue lo que provocó la trata de esclavos en primer lugar y otros muchos males sociales, en particular la difusión de las ideologías totalitarias del siglo XX. Por eso deseo indicar que el mundo de la razón y el mundo de la fe –el mundo de la racionalidad secular y el mundo de las creencias religiosas– necesitan uno de otro y no deberían tener miedo de entablar un diálogo profundo y continuo, por el bien de nuestra civilización. (Benedicto XVI, 2010).
  4. d) Con respecto a la sana laicidad de los ordenamientos jurídicos: “…“En la historia, los ordenamientos jurídicos han estado casi siempre motivados de modo religioso: sobre la base de una referencia a la voluntad divina, se decide aquello que es justo entre los hombres. Contrariamente a otras grandes religiones, el cristianismo nunca ha impuesto al Estado y a la sociedad un derecho revelado, un ordenamiento jurídico derivado de una revelación. En cambio, se ha remitido a la naturaleza y a la razón como verdaderas fuentes del derecho, se ha referido a la armonía entre razón objetiva y subjetiva, una armonía que, sin embargo, presupone que ambas esferas estén fundadas en la Razón creadora de Dios. Así, los teólogos cristianos se sumaron a un movimiento filosófico y jurídico que se había formado desde el siglo II a. C. En la primera mitad del siglo segundo precristiano, se produjo un encuentro entre el derecho natural social, desarrollado por los filósofos estoicos y notorios maestros del derecho romano. De este contacto, nació la cultura jurídica occidental, que ha sido y sigue siendo de una importancia determinante para la cultura jurídica de la humanidad. A partir de esta vinculación precristiana entre derecho y filosofía inicia el camino que lleva, a través de la Edad Media cristiana, al desarrollo jurídico de la Ilustración, hasta la Declaración de los derechos humanos y hasta nuestra Ley Fundamental Alemana, con la que nuestro pueblo reconoció en 1949 “los inviolables e inalienables derechos del hombre como fundamento de toda comunidad humana, de la paz y de la justicia en el mundo” (las itálicas son nuestras). (Benedicto XVI, 2011).

 

  1. Esto sigue siendo una novedad.

Lamentablemente, toda esta difícil evolución no ha entrado aún en la mayoría de los católicos, sean seglares, presbíteros o religiosos, y menos aún en la mayoría de los obispos y cardenales. (El que quiera puede seguir subiendo). Pío XII, el Vaticano II, Juan XXIII, Benedicto XVI, están hoy totalmente olvidados. Por izquierda y por derecha, jerarquía y laicos desconfían de la laicidad de un orden constitucional liberal precisamente porque el odio al liberalismo clásico de origen anglosajón no ha disminuido un gramo dentro del pensamiento y praxis habitual de los católicos. Sus adhesiones al marxismo o, al revés, sus nostalgias a un medioevo pre-moderno, no les permiten digerir una laicidad plenamente moderna, donde los laicos sean los que verdaderamente hacen política, donde la Jerarquía no interviene en materias opinables y donde se respeta realmente la autonomía relativa de lo temporal. No, será el “pueblo católico”, ajeno a toda institucionalidad “burguesa” el que reponga a un “rey católico” en su lugar, sea con un nuevo Mussolini o con un nuevo Fidel Castro, o  (de modo inconfesable) dejando que sea finalmente el actual pontífice el que digite los perversos hilos de la política práctica,  liberándola del “capitalismo liberal y la democracia burguesa” para instaurar “la civilización del amor”…

Sí, es como si hubiéramos retrocedido 150 años o como si todos los esfuerzos de distinciones hubieran sido inútiles. Pero no. La Iglesia limpia con el Espíritu Santo las idas y venidas de sus miembros, dándonos la única y verdadera esperanza.  ”

Esto les explica por qué algunos católicos siguen defendiendo a Maduro. Quieren un Maduro “católico”, y toleran cualquier cosa ANTES que la vuelta a una república liberal…

 

 

Gabriel Zanotti

Es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino, UNSTA y Doctor en Filosofía por la Universidad Católica Argentina. Es Director Acádemico del Instituto Acton. Twitter @gabrielmises

El inconformista intelectual detrás de la ola conservadora en Brasil – Silvio Simonetti

Por Silvio Simonetti

Fuente Acton Institute

20 de enero de 2019

 

La reciente victoria del populista conservador Jair Bolsonaro en las elecciones presidenciales brasileñas llevó el nombre del filósofo Olavo de Carvalho al centro del debate político brasileño. Muchos han declarado desde entonces que Carvalho es un precursor intelectual del candidato populista, como alguien que pudo reformular la discusión política brasileña de manera que despejó un camino intelectual para la victoria electoral de Bolsonaro. No es una coincidencia que cuando Bolsonaro pronunció su discurso de victoria, el libro más vendido de Carvalho El mínimo que necesitas saber para no ser un idiota (2013), estaba a la vista.

La influencia de Carvalho sobre la nueva derecha brasileña es indudable. Muchos de sus discípulos apoyaron a Bolsonaro desde el principio. Algunos de ellos fueron elegidos para el Congreso en la ola conservadora que cambió a la política brasileña. Entonces, ¿cómo pudo Carvalho proveer un debate público de formas que ayudaron a llevar a Bolsonaro al poder?

En primer lugar, Carvalho proporcionó una filosofía política capaz de estructurar ideas conservadoras en formas que socavaron la hegemonía intelectual de la izquierda.

En segundo lugar, Carvalho pudo cultivar la imagen de un independiente: como un inconformista intelectual que se negó a seguir las normas sociales impuestas por los medios de comunicación izquierdistas y por la academia neo-marxista. Incluso sus oponentes admiten que tiene una personalidad atractiva y habilidades formales para hablar, tanto que pudo cultivar a miles de seguidores y hablar durante horas sin cansar a su público. En resumen, Carvalho tiene todo lo que necesita para convertirse en una personalidad de Internet.

Pero sumado a eso hay un tercer factor. Si bien Carvalho es una personalidad de Internet, también sabe de qué está hablando. Puede escribir sobre clásicos de la filosofía o teóricos de la conspiración con el mismo ingenio. Puede explicar el pensamiento de los intelectuales de derecha Eric Voegelin y Louis Lavelle tan fácilmente como puede recitar pasajes enteros de la epopeya portuguesa Los Lusiadas. En gran medida, Carvalho desempeñó un papel crucial en la introducción de un puñado de pensadores conservadores al público brasileño más amplio y fue el primero en advertir sobre el problema del globalismo y la forma en que estaba dando forma negativa a la cultura política brasileña.

Las posiciones filosóficas de Carvalho son profundas y se han desarrollado durante 30 años. Sin embargo, aquí hay dos conceptos que son críticos para Carvalho y los cambios recientes en la política brasileña.

Primero, Carvalho cree que la filosofía, al menos desde René Descartes, ha roto con sus raíces griegas en el proyecto socrático. Según Carvalho, la filosofía desarrollada inicialmente por Sócrates y su discípulo Platón se basó en la búsqueda de la comprensión de la posición del individuo en el universo. Por lo tanto, la experiencia individual es la materia prima de la reflexión filosófica. En contraste, la filosofía moderna en la forma en que comenzó a desarrollarse bajo Descartes abandonó esta comprensión de la importancia de la experiencia personal como una brújula de la construcción filosófica en favor de una introspección extrema. Carvalho llama a este desplazamiento paralaje cognitivo.

Karl Marx es un excelente ejemplo de este fenómeno. Marx argumenta en su Crítica de la filosofía del derecho de Hegel que la realidad social de los hombres condiciona su conciencia; Más tarde, en sus Tesis sobre Feuerbach, va un poco más lejos y dice que la realidad social determina nuestra conciencia. En resumen, nuestra posición en la sociedad se define por nuestro papel en el sistema de producción y nuestras ideas están determinadas por esta posición.

El proletariado, según Marx, es la única clase capaz de comprender la realidad del proceso histórico y contemplar la realidad más allá de la ilusión impuesta por la ideología de clase. Pero, debemos preguntarnos, ¿cómo es que Marx, un no proletario, podría haber sido el pregonero de una verdad que solo un proletario podría contemplar? Esta contradicción elemental entre filosofía y realidad es el paralaje cognitivo.

Carvalho identificó la manifestación más común e intensa del paralaje cognitivo en un proceso que él llama mentalidad revolucionaria. Esto ocurre cuando el marco mental del paralaje cognitivo se convierte en un fenómeno de multitudes. Esto tiene dos características.

Primero, el revolucionario establece el futuro hipotético que quiere realizar como el parámetro del juicio de sus acciones. El pasado se vuelve así irrelevante. Segundo, el revolucionario invierte las posiciones de sujeto y objeto; atacando a los oponentes de su futura sociedad y convirtiéndolos en chivos expiatorios que le impiden lograr sus planes.

En esencia, entonces, el proceso revolucionario se desencadena a través del rechazo sistemático de la realidad. Cuanto mayor sea el nivel de alienación del individuo con respecto a la realidad que lo rodea, mayor será el poder ejercido por la propuesta para transformar el presente de modo que se confronta a un futuro imaginario.

Estos dos conceptos, dice Carvalho, nos ayudan a entender el debate político moderno. En la medida en que la izquierda llegó a ejercer un poder considerable guiando la discusión política, la disociación entre la realidad objetiva y las ideas se hizo más severa y clara. Los filósofos posmodernistas pueden entenderse como el arquetipo de este proceso porque para ellos todas las relaciones son esencialmente relaciones de poder y todos los procesos solo pueden interpretarse como un proceso de dominación. La posibilidad de verdad objetiva y debate racional se descartan en consecuencia.

Todas las obras de Carvalho son una reacción en contra de la introducción del irracionalismo de esta filosofía que él considera característico del movimiento revolucionario. Desde el principio, Carvalho comprendió que la manera de contrarrestar esta perspectiva revolucionaria que domina a la izquierda brasileña es restablecer los puentes que permiten la comprensión humana: en otras palabras, volver a conectar la mente con la realidad objetiva.

Al comprender la situación caótica del mundo moderno y el discurso político contemporáneo, Carvalho pudo restaurar el lenguaje real y la preocupación por la realidad objetiva en el debate político brasileño. Esto hizo posible la transformación del conservadurismo subyacente difuso de gran parte de la población brasileña en acción política. De esta manera, Carvalho fue lo suficientemente hábil para romper la hegemonía cultural de la izquierda y ayudar a crear el marco intelectual que permitió el florecimiento del conservadurismo en Brasil.

El mismo Carvalho dijo una vez que toda revolución política comienza como una revolución intelectual. En este sentido, podemos decir que Carvalho es el Juan Bautista del conservadurismo brasileño.

 

Nota

El artículo «The intellectual maverick behind Brazil’s conservative wave» fue publicado antes por el Acton Institute el 21 de noviembre de 2018. La traducción es de ContraPeso.info: un proveedor de ideas que sostienen el valor de la libertad responsable y sus consecuencias lógicas, fundado en 1995.

Silvio Simonetti es un abogado brasileño, graduado en asuntos internacionales de la Escuela Bush en la Universidad Texas A&M. Actualmente es investigador asociado en el Instituto Acton. Silvio ama la Historia y la Iglesia Católica.

A propósito del lenguaje inclusivo – Claudio Marenghi

Por Claudio Marenghi

10 de de enero de 2019

 

1.- La reflexión filosófica sobre el lenguaje consiste en un abordaje de este fenómeno humano en sus aspectos más generales y fundamentales. Se estudia, principalmente, el vínculo existente entre el lenguaje, el pensamiento y la realidad. En relación con esto se abordan temas tales como la naturaleza del significante, del significado y de la referencia, el lenguaje considerado como expresión subjetiva del hablante y como sistema objetivo de signos, los diferentes usos lingüísticos que los humanos efectuamos en distintos contextos vitales, el sentido profundo de fenómenos como la interpretación, el diálogo, la traducción y la escritura. En este aspecto, la filosofía del lenguaje se distingue de la lingüística, que es una ciencia metódica y sistemática de carácter empírico, por sus abordajes más profundos y sus conclusiones eminentemente especulativas, ligadas a temáticas de lógica, gnoseología y ontología. A raíz de esto, el enfoque de la filosofía del lenguaje suele ser de tinte universal y abstracto, alejado de los lenguajes particulares y concretos. Pero no por ello la filosofía del lenguaje ha de despreocuparse de las contingencias mundanas a que su objeto de estudio se ve sometido en una situación determinada.

Tal es el caso del flamante ‘lenguaje inclusivo’, así llamado porque propone avanzar con un nuevo modelo lingüístico no sexista, que anule la distinción entre masculino y femenino en las palabras ligadas al ámbito de lo humano, con la finalidad de visibilizar y exaltar la tan lícitamente reclamada igualdad de género. Para comenzar a tratar esta cuestión, debemos partir del supuesto de que los seres humanos nacen sexuados como varones o mujeres. Si alguien dudara o intentara negar este supuesto, tiene ante sus ojos, en la simple observación directa de las personas humanas, ciertos rasgos morfológicos de evidencia indubitable, especialmente en los órganos sexuales y reproductivos. Si con esto no alcanzara, se podría llevar la observación a un nivel molecular, en donde el ADN de los varones presenta dos cromosomas sexuales distintos llamados ‘heterogaméticos’ (xy), en tanto que el ADN de las mujeres manifiesta dos cromosomas sexuales de la misma clase denominados ‘homogaméticos’ (xx). Esto puede resultar muy elemental, pero es necesario señalarlo porque de esta diferenciación sexuada binaria proviene la especificación que da origen a los géneros lingüísticos con que se nombra a los seres humanos y a todo lo relacionado a su mundo en ‘masculino’ y ‘femenino’: he aquí el correlato genérico-lingüístico referenciado al ámbito de lo sexual-biológico.

Sin embargo, hay que tener presente que en castellano el género de una palabra, sea masculino o femenino, no siempre diferencia sexo. Lo hace en sustantivos como ‘señor’ y ‘señora’, ‘secretario’ y ‘secretaria’, ‘perro’ y ‘perra’, ‘gato’ y ‘gata’, que remiten siempre a seres animados y sexuados, sean humanos o sean animales. En muchos otros sustantivos, el género no es algo que se agrega al significado indicando sexuación, sino que es inherente a la palabra misma y sirve para distinguir otras cuestiones: diferencia tamaño en ‘cuchillo’ y ‘cuchilla’, diferencia la planta del fruto en ‘manzano’ y ‘manzana’, diferencia al individual del plural en ‘leño’ y ‘leña’. En estos casos, la diferencia en la desinencia genérica hace que a estas palabras se las considere heterónimos y no variaciones de una misma dicción. También tenemos en castellano los ‘sustantivos ambiguos diferenciados’ que cambian de significado según el género. Es el caso de términos homónimos tales como ‘el capital’ y ‘la capital’ que refieren al dinero y a la ciudad, ‘el policía’ y ‘la policía’ que refieren a una persona y a la institución, ‘el pendiente’ y ‘la pendiente’ que refieren el aro y la elevación.

Otras veces sucede que el género no sirve para diferenciar nada, porque muchas palabras tienen su forma en femenino y no existen en masculino o, a la inversa, tienen su forma en masculino y no existen en femenino. En esos casos, el género sólo marca gramaticalmente el modo en que deben ser usadas las otras dicciones de los sintagmas que rodean y complementan a la palabra en cuestión. Por ejemplo, ‘zapato’ existe sólo en masculino sin ser un objeto sexuado. No es posible decir ‘zapata’, sin embargo necesitamos esa referencialidad masculina para poder decir que el zapato es ‘negro’ y no ‘negra’. Otro ejemplo, ‘zapatilla’ existe sólo en femenino porque no existe ‘zapatillo’ y tampoco es un objeto sexuado. Pero necesitamos ese femenino nominal para poder decir que la zapatilla es ‘blanca’ y no ‘blanco’. En efecto, el castellano, al igual que el alemán, es una lengua que atribuye género gramatical a los objetos no sexuados, tornándose más complejo su aprendizaje y su aplicación, en cambio, el inglés dispone del género neutro para designar esta clase de objetos, configurándose en este aspecto como una lengua más simple y de precisa ejecución. Así, ‘llave’ es femenino en castellano, ‘Schlüssel’ es masculino en alemán y ‘key’ es neutro en inglés, teniendo los tres vocablos el mismo significado. Algo parecido ocurre con ‘puente’ que es masculino en castellano, ‘Brücke’ que es femenino en alemán y ‘bridge’ que es neutro en inglés, términos que también son sinónimos. En castellano, incluso, los ‘sustantivos comunes en cuanto al género’, como ‘artista’, ‘pianista’ o ‘turista’, que se mantienen invariables sin importar si se refieren a un varón o una mujer, acaban señalando el género de lo que nombran a partir de los otros términos que los complementan sintagmáticamente, sean adjetivos, artículos o determinantes.

2.- Más allá de estos matices morfológicos que venimos señalando, se acusa a esta bipolaridad genérica del castellano de haber dado origen a un lenguaje sexista funcional a los intereses de las sociedades opresoras heteropatriarcales. ¿Qué se entiende en este contexto por ‘lenguaje sexista’? Básicamente, nombrar ciertos roles y trabajos sólo en masculino, referirse a la persona genérica como ‘el’ hombre, usar las formas masculinas para referirse a ‘ellos’ incluyendo a ‘ellas’, dejando las formas femeninas sólo para ‘ellas’, nombrando a las mujeres siempre en segundo lugar y otras cuestiones por el estilo. Las indeseables consecuencias de esta desigualdad morfológica, según el feminismo y otros colectivos que defienden los intereses de otras identidades de género, se traducen en cierto imperio de la violencia simbólica en nuestro mundo cultural. Este atropello tendría que ver con pensarnos a nosotros mismos y a nuestra inserción en el mundo, con categorías que, de algún modo, nos serían impuestas y que coincidirían con las categorías desde las que los ‘opresores’ definen la realidad, justificando su dominación y su situación de privilegio respecto de los ‘oprimidos’. La dinámica inherente a esta violencia atravesaría los caminos simbólicos del conocimiento, el lenguaje y la comunicación, consiguiendo la invisibilización y la naturalización de la situación de dominio.

Para neutralizar el poder milenario de esta violencia simbólica cristalizada en el lenguaje que hablan las sociedades heteropatriarcales, las diferentes propuestas de los partidarios del denominado ‘lenguaje inclusivo’ pugnan por la supresión de la diferenciación binaria que se aplica a los nombres cuyo referente incluye a personas de multiplicidad genérica, evitando el uso por defecto del genérico masculino ‘o’ que invisibilizó históricamente a las mujeres y a otras identidades de género en las sociedades que se despliegan en torno a la lengua castellana. El cambio morfológico propuesto afecta no sólo a los sustantivos, sino que alcanza a los artículos, los adjetivos y los determinantes que funcionan como modificadores del caso. Asoma así en el horizonte un nuevo paradigma lingüístico que pretende superar la oposición binaria entre masculino y femenino, para implantar un género neutro que incluya otras opciones no tenidas en cuenta dentro de esas dos clasificaciones.

En el lenguaje que hablamos todos los días, el masculino gramatical cumple la función inclusiva como término no marcado de la oposición de género. Más precisamente, el masculino a veces es utilizado a nivel específico, como cuando refiere exclusivamente a nombres masculinos, y a veces a nivel genérico, como cuando refiere inclusivamente a nombres masculinos y femeninos. Así, en el lenguaje que hablamos en la cotidianidad alguien puede proferir lo siguiente: “Los compañeros argentinos que trabajan en diferentes sectores del comercio y de la industria son sumamente valiosos, porque todos colaboran con su función parcial a la promoción del bien común.” A fin de evitar el supuesto machismo lingüístico y la violencia simbólica aparejada, un primer ensayo de neutralización plantea el uso de la desinencia ‘x’ para significar el género indistinto, así tendríamos nuestra frase reformulada como sigue: “Lxs compañerxs argentinxs que trabajan en diferentes sectores del comercio y de la industria son sumamente valiosxs, porque todxs colaboran con su función parcial a la promoción del bien común.” Una segunda variante del lenguaje tradicional, análoga a la propuesta anterior, nos presenta la ‘@’, un ícono inclusivo que traza gráficamente una ‘a’ en una ‘o’, frente a lo cual tendríamos en nuestro caso:[email protected] compañ[email protected] [email protected] que trabajan en diferentes sectores del comercio y de la industria son sumamente [email protected], porque [email protected] colaboran con su función parcial a la promoción del bien común.”

En tanto que el uso de la ‘x’ está en plena vigencia, aunque con numerosas incertidumbres sintácticas, el uso de la ‘@’ es cada vez menos frecuente por resultar sumamente disruptivo, ya que no pertenece al abecedario y en su grafía rompe el renglón en una nivelación distinta al resto de los signos alfabéticos. Sin embargo, tanto el uso de la ‘equis’ como de la ‘arroba’ en lugar de la vocal que demarca el género, restringe el lenguaje inclusivo al campo de la lectoescritura, dado que estos símbolos gráficos carecen de correlato fonético. Por este motivo, en el campo de la oralidad, los dos ejemplos enunciados deberían pronunciarse de un modo similar al que sigue: “Los compañeros y las compañeras argentinos y argentinas que trabajan en diferentes sectores del comercio y de la industria son sumamente valiosos y valiosas, porque todos y todas colaboran con su función parcial a la promoción del bien común.” O también, como a veces se manifiesta de manera abreviada en ciertos textos, con la ayuda de la ‘/’: “Los compañeros/as argentinos/as que trabajan en diferentes sectores del comercio y de la industria son sumamente valiosos/as, porque todos/as colaboran con su función parcial a la promoción del bien común.” 

Aunque entre los activistas feministas y de la diversidad sexual que impulsan este giro lingüístico, hay una tercera variante que parece tener mejor proyección a futuro, para ser incorporada sin pelearse demasiado con el sistema vigente, consistente en el uso de la ‘e’ como vocal para señalar el género neutro, especialmente porque puede utilizarse fácilmente en la interacción oral. En este caso, nuestro ejemplo sería reformulado del siguiente modo: “Les compañeres argentines que trabajan en diferentes sectores del comercio y de la industria son sumamente valioses, porque todes colaboran con su función parcial a la promoción del bien común.” Pensamos que esta opción tiene serios problemas a resolver, como la creación de un pronombre neutro (‘elle‘) y de un determinante (‘une‘). Otra dificultad manifiesta de esta variante del lenguaje inclusivo tiene que ver con la disonancia entre la desinencia verbal y los sustantivos o adjetivos neutralizados, como en “Consideremos al otre” o “Hoy estamos todes”, disonancia que se ha visto, en muchos casos, forzada a asumir género para la desinencia verbal, como en “Consideremes al otre” o “Hoy estames todes”, tal como si la ‘o’ verbal se correspondiera con el morfema masculino de los sustantivos, adjetivos y artículos.

3.- Más allá de los tecnicismos, que son numerosos y caen más en consideración de lingüistas especializados, pensamos que un cambio morfológico de la lengua no acarrea necesariamente una transformación conceptual. La interconexión del significado entre los conceptos no se reduce a un juego combinatorio de fonemas significantes, por eso creemos que la modificación morfológica no varía necesariamente el contenido conceptual del pensamiento lingüísticamente expresado. Al focalizar la atención casi exclusivamente en lo morfológico, los hablantes inclusivos tienden a un descuido del orden conceptual que consideramos contraproducente, porque la demanda de la igualdad de género se plantea en el ámbito en el que se debaten las ideas.

Tampoco hay evidencia de que la distinción de género lingüístico sea un impedimento para considerar la igualdad de género en la vida individual y social. Para poner un caso, el inglés no distingue género en casi todos sus sustantivos y en la totalidad de sus adjetivos y sus artículos. Sin embargo, no parece que los hablantes nativos del inglés estén mejor predispuestos para contemplar la igualdad de género que los hablantes nativos del español, del francés o del alemán, por ejemplo, que sí distinguen género morfológico. Incluso, en aquellas regiones en las que se hablan lenguas menos sexuadas, con un genérico auténticamente neutral, a menudo se verifica mayor inequidad de género que en otros países. Por un lado, el árabe clásico utiliza el género femenino para los sustantivos en plural, sin importar el género de ese mismo sustantivo en singular, es decir, al revés que en castellano. A pesar de esto, en las sociedades en las que se habla, como Arabia Saudita o Marruecos, hay una desigualdad absoluta de derechos entre varones y mujeres. Otras lenguas, como el japonés y el turco, directamente no tienen género y son gramaticalmente inclusivas, a pesar de desplegarse en el seno de sociedades estereotípicamente machistas. Por otro lado, el islandés es una de las lenguas que menos cambios ha sufrido a lo largo de los siglos, manteniéndose casi intacta debido a políticas lingüísticas sumamente conservadoras, al punto que no adquiere términos extranjeros sin antes traducirlos de alguna manera con raíces de palabras autóctonas, pero corresponde a la sociedad más avanzada del mundo en cuanto al lugar que ocupa la mujer, la conquista de sus derechos y la diseminación de la sororidad.

Volviendo al modo peculiar de hablar del lenguaje inclusivo, que se impone de a poco en ciertos ámbitos académicos locales de tradicional prestigio, como ciertas aulas de los colegios Carlos Pellegrini y Nacional de Buenos Aires, del profesorado del Joaquín V. González o de la Universidad de Buenos Aires, debemos mencionar también que el uso del mismo produce un extrañamiento respecto del propio lenguaje, porque anula la espontaneidad del habla del mundo de la vida y focaliza la atención en los mensajes mismos de la comunicación en cuanto tal, esto es, termina operando más en el nivel de un metalenguaje que en el de un lenguaje. La exigencia de un alto nivel de conciencia gramatical, que implica la consideración de la concordancia que involucran los sustantivos con referencia sexuada respecto de los adjetivos, artículos y determinantes, no está al alcance de cualquier hablante y de cualquier oyente, sino más bien de un pequeño sector altamente escolarizado que pretende imponerlo. De este modo, paradójicamente, el lenguaje inclusivo se torna exclusivo y, en cierto punto, también elitista.

4.- En este punto hay algo para destacar: los hablantes de una comunidad no pueden elegir los signos lingüísticos según sus preferencias ni los pueden cambiar a gusto y piacere, porque la comunidad del habla está ligada a su lengua tal cual le es dada históricamente de generación en generación y en vistas a su estructuración semiótica. Este estado de cosas incluye un ‘semántica’ que cristalice las significaciones en un vocabulario común y una ‘sintáctica’ que articule normativamente la combinación de sus signos, de modo tal que la ‘pragmática’, esto es, el uso que los seres humanos hacemos de los signos lingüísticos, sea posible y, por lo mismo, también la comunicación humana oral y escrita en cuanto tal, en un juego de composibilidades idealmente infinito. Aunque hay que aclarar que el paso del tiempo también permite que los signos lingüísticos cambien en función de los usos que reciben en el mundo de la vida, pero de una manera gradual, paulatina y en su mayor medida inconsciente.

Así, por ejemplo, en el latín para referirse al progenitor masculino se utilizaba la palabra ‘pater’, homófona y derivada del término griego ‘πατήρ’. Se especula sobre una supuesta raíz onomatopéyica ‘ph‑’ propia de los bebés, dado que al fin y al cabo la ‘p’ se pronuncia simplemente separando los labios, y un sufijo ‘‑ter’ que designa relaciones familiares y que, consecuentemente, se encuentra también en ‘mater’.  Pero, con el correr de los siglos, ‘pater’ se empezó a sustituir por ‘patrem’, y más tarde aún, con la aparición de las lenguas romances, por ‘patre’. Hasta que en determinado momento evolucionó hacia el término que nosotros empleamos actualmente en español, que también utiliza el italiano, esto es, ‘padre’, emparentado de raíz con sus equivalentes en otras lenguas vivas, como ‘father’ en inglés y ‘Vater’ en alemán. Es decir, tanto la inmutabilidad como la mutabilidad del signo lingüístico dependen de factores que trascienden la planificación de un grupo minoritario de hablantes. En este sentido, cabe pensar en la posibilidad de que la variante desinencial ‘e’ del ‘lenguaje inclusivo’ termine siendo aceptada por la comunidad de hablantes, pero esa adaptación sería el desenlace de un largo proceso evolutivo de asimilación y acomodación en el seno del mundo de la vida.

La lengua castellana, entonces, no escapa a la dialéctica de la inmutabilidad y la mutabilidad del signo lingüístico, padeciendo mutaciones tanto conscientes como inconscientes, replicando el ritmo en que deviene el mundo de la vida en su despliegue epocal. Nos puede servir también el caso del ‘voseo’ que nos caracteriza como hispanohablantes sudamericanos, a fin de reforzar esta idea que venimos desarrollando. Los españoles que llegaron a nuestro continente durante la Conquista todavía utilizaban el voseo en sus dos vertientes de forma reverencial y de signo de confianza. Este uso del ‘vos’ arraigó en América, en parte a través de la literatura incipiente y en parte porque los españoles mismos lo usaban reverencialmente entre ellos para diferenciarse de los nativos. El tiempo transcurrió y hoy millones de latinoamericanos lo usamos sin reverencialidad alguna. Sin embargo, el voseo comenzó a desprestigiarse en el siglo XVI en España, donde el castellano peninsular decantó unívocamente por el ‘tú’. Como se puede apreciar, estas metamorfosis lingüísticas dependen del devenir de los acontecimientos históricos, que siempre es circunstancial, contingente y orientado por la dinámica del mundo de la vida.

El lenguaje cumple un proceso histórico de institución, sedimentación y transformación de sentido, en sus palabras están cristalizadas tanto las significaciones intramundanas como los sentimientos, los valores y los ideales de cada comunidad de hablantes. En este aspecto y en función de su evolución, cada generación suele considerar que la lengua de sus padres era más pura y originaria que la propia, en tanto que la de sus hijos pasa por ser una versión impura y derivada de aquella. Salta a la vista, empero, que estamos ante una falacia: no cabe asumir una actitud reaccionaria, conservadora o progresista en relación con las lenguas. Antes de hablar el castellano rioplatense, las generaciones que nos precedieron hablaban otra variante del castellano moderno, y antes aún del castellano antiguo, y antes de eso las lenguas romances que fermentaron con la disolución del Imperio Romano, más atrás el latín vulgar y ya bien lejos las lenguas indoeuropeas. Preguntar cuál de estas lenguas es mejor o peor en relación a otra es algo que no tiene demasiado sentido, porque cada una de ellas brotó de la idiosincrasia de una época vitalmente situada y determinada.

 

 

El lenguaje surge del mundo de la vida casi espontáneamente y no admite cambios forzados por motivos ideológicos. Cada lengua tiene tras de sí una historia que la vincula a una tradición cultural en constante cambio y que, aunque no lo notemos a simple vista porque sucede lentamente, va modificando muy de a poco nuestros lazos comunicacionales. Es el propio mundo de la vida el que ha erguido las regularidades del lenguaje, el que las ha elevado a la condición de normas cuando, por medio de distintos mecanismos como diccionarios, libros de gramática, manuales de uso y cánones literarios, ha generado modelos lingüísticos asociados a identidades culturales. Estas obras registran, exponen y despliegan las articulaciones de una lengua, respetando su complejidad y la diversidad de sus dialectos, pero a su vez la fijan, la depuran y la orientan, definiendo lo que es correcto y lo que es incorrecto, a fin de poder analizarla, sistematizarla y enseñarla mejor a las siguientes generaciones de hablantes. En este sentido, para que hubiera un cambio auténtico del lenguaje, el uso de la ‘e’ del lenguaje inclusivo debería llegar a ser espontáneo y habitual. Tendría que extenderse del pequeño círculo de hablantes actual a las calles, a la prensa, al mundo académico en su totalidad y, finalmente, terminar siendo aceptado por la Real Academia Española, al menos si la seguimos considerando como la institución a cargo del cuidado normativo de la lengua castellana.

5.- Para quienes están muy preocupados por los valores fundamentales de igualdad de género que pretenden defender los propulsores del giro inclusivo desde el lenguaje mismo, estos ideales, empero, pueden expresarse de otro modo, respetando el lenguaje comunitario preestablecido, diciendo por ejemplo: “Todos somos personas”; “Ninguna persona es más ni menos que otra”; “El varón y la mujer tienen los mismos derechos y las mismas obligaciones”; “Es inaceptable que la mujer se subordine al varón” y otras cosas por el estilo. Los únicos términos genéricos genuinos que disponemos para hablar un lenguaje no sexista en el castellano corriente son los llamados ‘sustantivos epicenos’ como, por ejemplo, ‘persona’, ‘víctima’ o ‘individuo’, que no sólo van a mantenerse invariables, porque no hay ni ‘persono’, ni ‘víctimo’, ni ‘individua’, sino que ni siquiera tienen la posibilidad de marcar el género en el adjetivo, porque aunque una persona sea varón, nunca será ‘persona cuidadoso’ o ‘víctima pasivo’, así como tampoco una mujer podrá ser un ‘individuo cuidadosa’. En este caso, el género gramatical es absolutamente independiente del sexo del referente.

Hay otros modos en que también podemos llegar a evitar una forma sexista de hablar, por ejemplo, en las proposiciones subordinadas en lugar de decir ‘los que’, podemos decir ‘quienes’ o ‘cualquiera’, o en vez de usar sustantivos como ‘los estudiantes’ o ‘los alumnos’, podemos decir, ‘el estudiantado’ o ‘el alumnado’. También podemos recurrir a nombres genéricos y abstractos, substituir el nombre por un pronombre, utilizar determinantes sin marca de género, elidir el sujeto, eliminar el artículo y así una infinidad de mecanismos gramaticales que determinados lingüistas inclusivos parecen ignorar. Estimamos también razonable hasta cierto punto el desdoblamiento de género en ciertas circunstancias, por ejemplo diciendo ‘chicas y chicos’ o ‘argentinas y argentinos’, porque, si bien es redundante al incluirse el femenino en el masculino plural de acuerdo al uso y a lo normado por la Real Academia Española, se puede equipar a expresiones corrientes y aceptadas tradicionalmente, como cuando se dice ‘señoras y señores’. Nos parece especialmente importante este uso desdoblado en las ofertas laborales, las becas académicas y otras oportunidades de desarrollo, donde se debería pedir ‘ingenieras e ingenieros’, ‘investigadoras e investigadores’ y cosas similares, porque el masculino plural, tal como ya lo hemos señalado, tiene la ambigüedad de poder ser interpretado genéricamente o específicamente y, a través del desdoblamiento genérico, es posible evitar malentendidos que excluyan a las eventuales postulantes mujeres.

Nos parece, entonces, que no hace falta recurrir a una revolución morfológica para promover valores igualitarios entre seres humanos desde un nuevo modelo lingüístico, para así abandonar posiciones totalitarias de corte machista o feminista. La promoción de esos valores igualitarios requiere transformaciones críticas en el pensamiento de las personas, las cuales son mucho más complejas y vastas que un cambio premeditado en la morfología sintagmática impuesto ideológicamente. Creemos que en un país libre y democrático como el nuestro, cada uno puede hablar, en definitiva, como quiera. Pero introducir normas que obliguen a aceptar masivamente los cambios gramaticales del lenguaje inclusivo o la mera intención de rescribir clásicos de la literatura en esta nueva modalidad, nos recuerda la ‘neolengua’ promulgada por el ‘Ministerio del Pensamiento’ en la novela ‘1984’ de George Orwell. Tanto el izquierdismo como el derechismo posmodernos tienen una visión voluntarista del lenguaje como medio de imposición de intereses partidarios totalitarios.

6.- Desde un punto de vista estrictamente filosófico, en la concepción del lenguaje inclusivo subyace una tesis partidaria del determinismo lingüístico, según el cual el vocabulario con su gramática asociada generaría un entramado absolutamente rígido para los pensamientos que elaboramos. Si modificar la morfología de las palabras implica la transformación de los conceptos asociados, entonces, en definitiva, hablar es lo mismo que pensar y pensar lo mismo que hablar, fusionándose en un mismo plano el orden de los significantes con el de los significados. Pero debe quedar muy en claro que esto no es así en absoluto: la palabra es siempre signo de una cosa para alguien que la interpreta dentro de un horizonte semiótico, es decir, la palabra surge de la experiencia humana, del encuentro del ser humano con las cosas y con sus semejantes en un mundo situado espaciotemporalmente.

La palabra representa un correlato de la síntesis psicosomática en que consiste el ser humano, ya que articula un ‘componente material’ (o significante) con un ‘componente intencional’ (o significado). Como signo sintético, la palabra abre dos dimensiones: una ‘trascendente’ (por ser signo de un objeto portador de un significado) y otra ‘inmanente’ (por ser expresión de un sujeto productor del significante). Bajo el primer aspecto, el lenguaje puede desarrollarse artificialmente como sistema de signos objetivos y articulados, en tanto que bajo el segundo aspecto, el lenguaje se despliega naturalmente como expresión subjetiva de la vida humana y la comunicación interpersonal. Dicho de otro modo, la palabra es la expresión de un sujeto hablante y pensante, que se exterioriza como signo oral o escrito, y, gracias a esta exteriorización espaciotemporal que la dota de cierta autonomía, es posible su referencialidad estructural y su organización sistemática. Todo discurso, hablado o escrito, se desarrolla en el tiempo y en el espacio fragmentariamente, remitiendo al ‘polo objetivo del mundo’ como referente intencional significativo (así la multiplicidad de las palabras en la oración se unifica en el ser de las cosas o de la situación objetiva a la que remite) y al ‘polo subjetivo del yo’ (así también la multiplicidad del discurso remite a la unidad del ser humano hablante como a su fuente originaria).

En contra de la tesitura de los partidarios del giro inclusivo, el lenguaje nunca es ‘determinante’ del pensamiento sino ‘condicionante’ del mismo, lo cual no deja de ser importante. En efecto, cuando no se lo somete a análisis y crítica rigurosa, el lenguaje en vigencia invade nuestro pensamiento de modo sutil y silencioso, pudiendo imponer significaciones metamorfoseadas por los convencionalismos de turno, de manera acrítica y miméticamente adquirida. Esto es notorio en expresiones que se han colado en nuestro modo de hablar cotidiano, sin haberlo casi advertido y sin que reflexionemos sobre lo que implican esas modificaciones para  nuestra interpretación de los fenómenos. Por ejemplo, en nuestro ámbito, durante las últimas décadas, la intromisión de la expresión ‘recursos humanos’ que se ha impuesto en el mundo empresarial en lugar del vetusto ‘departamento de personal’, con todo lo que implica connotativamente este cambio en la designación: concebir al hombre como ‘recurso’ (perteneciente al ámbito de los medios), en vez de como ‘persona’ (perteneciente al ámbito de los fines).

La palabra es una manifestación externa de una vivencia interna, no sólo conceptual, claro está, sino también afectiva y pragmática. Por esta triple dimensión, el lenguaje saca a la luz nuestros pensamientos, nuestros sentimientos y nuestras obras. Esto lo saben muy bien los psicólogos, quienes analizan en el discurso el estado anímico del paciente y sus posibles trastornos de conducta. Sin embargo, al despegarse del individuo parlante y exteriorizarse como expresión intramundana, la palabra adquiere cierta autonomía que permite la elaboración de un sistema lingüístico en función del uso social: se establece un vocabulario, una gramática y unas reglas de uso, siendo esta normatividad no sólo lícita, sino también necesaria y conveniente para la actividad científica, para la correcta comunicación social y para la educación de generaciones futuras.

El lenguaje que brota del mundo de la vida está al servicio de la comunicación humana y descubre en el diálogo su significación más profunda: en el encuentro íntimo entre un ‘yo’ y un ‘tú’ consumado en un ‘nosotros’. En este sentido, hablar significa no estar nunca solos, asumir nuestra intersubjetividad constitutiva, nuestro ser en el mundo con los otros. Hablar es siempre un intercambio vital significativo, afectivo y pragmático, porque cada vez que se habla, hay alguien que dice y alguien que escucha, un diálogo transido por la comprensión y la interpretación, a través de una serie de preguntas y de respuestas que idealmente no tienen fin, una comunicación siempre  abierta a nuevos horizontes de sentido a los que nos podemos aproximar, esto incluso en nuestros soliloquios más íntimos, en los que hablamos con nosotros mismos. El lenguaje, entonces, abre el ser humano a un mundo en sus dimensiones significativas, afectivas y pragmáticas, a través de la interconexión con los otros, porque el lenguaje nunca permanece en la inmanencia del ‘yo’, sino que se dirige intencionalmente a la trascendencia de un ‘tú’: el lenguaje es eminentemente dialogal y está llamado a ser inclusivo porque es esencialmente social.

Russell Kirk: ¿de dónde viene la virtud? – Barton Gingerich

Por Barton Gingerich

Fuente: Acton Institute

 ¿Cómo puede la sociedad humana formar y criar personas virtuosas?

En la edición de Verano/Otoño de 1982 de Modern Age, Russell Kirk exploró esta pregunta perenne en un ensayo titulado «La virtud: ¿Puede ser enseñada?»

Kirk definió las virtudes como «las cualidades de la humanidad plena: fuerza, valor, capacidad, valía, virilidad, excelencia moral», particularmente cualidades de «bondad moral: la práctica de los deberes morales y la conformidad de la vida con la ley moral; nobleza; rectitud». A pesar de los intentos modernos de suplantar a la «virtud» activa y vigorosa con la «integridad» pasiva, las personas «poseídas de una virtud energética» todavía son necesarias, especialmente en tiempos más turbulentos.

¿Puede enseñarse tal cosa? ¿Pueden los ciudadanos virtuosos ser formados por tutorías y otras formas racionales de educación?

 

Virtud moral vs intelectual

Kirk citó esto como el argumento fundamental entre Sócrates y Aristófanes. El primero creía que «la virtud y la sabiduría en el fondo son una». «El desarrollo de la racionalidad privada» podría impartir la virtud a la siguiente generación. El último, junto con Kirk, era bastante escéptico sobre esto. «Porque todos hemos conocido seres humanos de mucha inteligencia y astucia cuya luz es como la oscuridad».

Explicó Kirk, «La grandeza de alma y el buen carácter no están formados por tutores contratados, según Aristófanes: la virtud es “natural”, no un desarrollo artificial».

Ya sea que Aristófanes pensara que la virtud era una herencia innata, casi biológica o un resultado de la crianza, quedaba sin respuesta. En cualquier caso, Kirk traza un compromiso con Aristóteles, quien defendió dos tipos de virtud: la moral y la intelectual:

«La virtud moral surge del hábito (ethos); no es natural, pero tampoco la virtud moral se opone a la naturaleza. La virtud intelectual, por otro lado, puede desarrollarse y mejorarse a través de una instrucción sistemática, lo que requiere tiempo. En otras palabras, la virtud moral parece ser el producto de hábitos formados temprano en la familia, la clase, el vecindario; mientras que la virtud intelectual puede enseñarse a través de la instrucción en filosofía, literatura, historia y disciplinas relacionadas».

Aunque Kirk entendió a ambas virtudes y vio a cada una de ellas como una valiosa búsqueda humana, elevó a la virtud moral como una necesidad universal de una civilización saludable. Él, junto a los grandes romanos y su propio norte intelectual, Edmund Burke, pensaba que «la espiga de la virtud se nutre en el suelo del sano prejuicio; son formados hábitos saludables y valerosos; y, en la frase de Burke, “el hábito de un hombre se convierte en su virtud”. Un personaje resuelto y atrevido, obediente y justo, puede formarse en consecuencia».

Kirk insistió en que la virtud intelectual no debe estar divorciada de la virtud moral y consideraba a la virtud moral como el bien más importante para asegurar. Citando el ejemplo de Solzhenitsyn, Kirk creía que la primera debería ser manejada para defender y defender a la segunda.

La amenaza de la modernidad

Sin embargo, Kirk estaba bastante preocupado acerca de si la cultura de los Estados Unidos en la década de 1980 podía proporcionar tal alimento. Él creía que la virtud moral requería tutoría a través de «ejemplo y precepto», y esto era lo más a menudo transmitido por la familia. Ver a la virtud, y luego hacerla explícita en una instrucción piadosa en el deber, es esencial para hacer florecer cualquier virtud innata (o sobrenaturalmente concedida). Desafortunadamente, la vida moderna amenazaba la tierra necesaria para la virtud.

«En ningún tiempo anterior, la influencia de la familia, los prejuicios tempranos y los buenos hábitos tempranos han sido tan fracturados por fuerza externa que en nuestro tiempo», dijo preocupado, «La virtud moral es sujeto de burla por la inanidad de la televisión, por películas pornográficas, por el culto del “grupo de iguales” del siglo veinte».

Mientras tanto, la riqueza y la mayor movilidad han eliminado aún más a la creciente generación de sus padres y abuelos. La facilidad de viajar ha debilitado gravemente a la familia extendida, con miles de millas que separan a las generaciones entre sí.

Además, el ajetreo y las distracciones de la vida moderna han aumentado enormemente, incluso desde los días de Kirk. No solo los dos padres (si es que hay dos padres en un hogar) trabajan a tiempo completo o parcial, sino que el lugar de trabajo se entromete aún más en el hogar. Mientras tanto, los niños son secuestrados a su propio grupo de edad en enormes instalaciones educativas y en actividades extraescolares altamente orquestadas. Lamentablemente, muchas familias pasan su «tiempo de inactividad» frente a varias pantallas, consumiendo pasivamente entretenimiento digital en lugar de interactuar entre sí (un problema al que Andy Crouch ha respondido en uno de sus últimos libros). La participación religiosa también está en declive y de nuevo se elimina la oportunidad para que los niños sean testigos de sus padres y otros adultos en momentos sociales «sin vigilancia», cuando la virtud se ejemplifica claramente.

Hacia una restauración de la familia

De forma refrescante, Kirk no coloca la responsabilidad de abordar esta crisis en los hombros de la iglesia o de las escuelas (públicas o de otro tipo), al menos no necesariamente. Aunque considera que ambas necesitan mejoras y reformas, sabe que no pueden reemplazar a la familia y la sociedad civil (esta última puede encontrarse en iglesias y escuelas, pero ciertamente no se limita a ellas). Es la familia la que debe ser recuperada y restaurada su salud.

Y así, en particular, corresponde a los padres considerar cómo podemos impartir mejor virtud a nuestros hijos. ¿Pasamos suficiente tiempo con ellos, en donde vean nuestras acciones, perciban nuestros principios y valores y comprendan los deberes de los cuales serán responsables? Los padres estadounidenses pueden gastar mucho tiempo, energía y riqueza para asegurar un brillante futuro académico y profesional para sus hijos. ¿Dan lo mismo para impartir virtud moral a quienes se dedican a eso? ¿Son cómplices en la creación de una brecha generacional artificial, dejando efectivamente a sus propios hijos huérfanos espirituales y culturales? ¿Y qué les puede hacer cambiar de las preocupaciones sobre la riqueza y el estatus a la preservación y la administración del bien, para ignorar las presiones de seguir una vida doméstica poco saludable?

Kirk tenía una preocupación similar. Al final de su ensayo, ofreció un pronóstico: que los estadounidenses tendrían que soportar dificultades para ser despertados ante la necesidad de una virtud vigorosa. En otras palabras, los tiempos difíciles pueden hacer buenos hombres, haciendo evidente la conveniencia y la necesidad de ciertas cualidades que las personas —individualmente y en comunidad— deben tener para prosperar.

En preparación para esas épocas difíciles, nos corresponde a nosotros mismos perseguir tales virtudes e inculcarlas en nuestros propios hijos, incluso mientras habitamos un momento de aparente comodidad.

 

Nota

Este es el primero de una serie celebrando el trabajo de Russell Kirk en honor a su  cumpleaños 100 este octubre. Puede leerse ese material en Blog Acton: Russell Kirk Series.

El artículo «Russell Kirk: Where does virtue come from?» fue publicado el 14 de noviembre de 2018 por el Acton Institute. La traducción es de ContraPeso.info: un proveedor de ideas que sostienen el valor de la libertad responsable y sus consecuencias lógicas, fundado en 1995.